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Abrapalabra Taller Literario
Lanús - Argentina
Taller de escritura, lectura y análisis crítico y
degustativo de las palabras y las metáforas.

Integrantes: Betty Capella, Roberto Cerello, Fabián Di Lernia, Alejandra Fariña, Silvia Fornaro, Miguel Fraguela, María Centurión y Julián Pagano.

Coordinadora: Andrea Testa


Encuentros: Sábados de 17:30 a 19:30 Hs

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Últimos comentarios de este Blog

29/01/13 | 21:13: daniel coletta dice:
muy muy bueno y además, conmovedor. Yo desee lo mismo cuando tenía 7
06/01/12 | 23:44: Miguel Fraguela dice:
¡Excelente Fabián! Gran poder de sintesis para describir la distancia entre la esperanza y lo que no se puede alcanzar. Este cuento es una pintura. También a mí me conmovió.
17/12/11 | 09:00: Elena A.Navarro(Falta tiempo para tanto decir) dice:
Muy bueno el relato con un final extraordinario, conmovedor
Vínculos
El destierro de la reina El destierro de la reina


Encerrados para siempre en sus propios límites, duros como el paisaje originario de Almer&... Ampliar

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dadas o textos libres.
Creemos y sostenemos el "trabajo de escritura" y "el
aprendizaje en grupo".
Escucha y debate son nuestras herramientas para darle
alas a las palabras; para que poesías, cuentos, ensayos,
sean, además de un hecho estético, un acto de comunicación.


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Luna de Salta



Luna de Salta.


La luna caminaba por la Santa Rita tratando de encontrar un hueco para descolgarse, como racimo de glicina blanco y luminoso, hacia la galería.
El silencio nocturno había entrado en la casa, hundiendo a sus moradores en un sueño profundo, despreocupado: sueño del deber cumplido. Sólo la doctora García, (Bióloga de la Universidad de Salta) contemplaba la lucha de la sombra con la luna, emergiendo de la noche, queriendo envolver la casa. Un manto denso tratando de cubrirlo todo y la luna arreándolas contra los cerros y el regreso en semicírculo victoriosa a la Santa Rita, a iluminar la galería: “Reina de la noche” y las sombras sin hacer ruido en puntitas de pie caminando a su espalda.
La doctora García deja el paisaje nocturnal y vuelve sus ojos a la complicada tesis presentada por Pablo, excelente investigador, docente lúcido y apasionado como pocos; amaba su profesión y vivía con ella en el laboratorio.
A veces Fernando su marido, iba a rescatarla de los anfibios y batracios. Entonces el reproche amoroso de Fernando: “No puede ser Paquita doce horas sin comer, no sólo el laboratorio y el departamento de investigaciones existen, también están los niños y yo que te queremos, por eso te necesitamos” se sentía avergonzada. Pero lo que su marido no entendía: ella trabajaba, no jugaba con las ratas, al menos él tenía que entenderlo, que valorar el silencioso trabajo de los biólogos: en las charcas con la yarará al acecho, en los montes con la variedad de insectos y por doquier la cobra, la cascabel.
Si Fernando veía un sapo en la galería pegaba semejante gritos pidiendo ayuda: diciendo que lo saquen y los hijos riéndose de él. Entonces, si un sapo lo asustaba tanto, ¿por qué no consideraba su trabajo?
Volvió a la tesis y dijo en vos alta quebrando el silencio de la noche: “ojalá no haya incoherencias así puedo aprobar este trabajo”.
Una leve brisa movió la Santa Rita y la luna dio de pleno en el ventanal de Paquita García: (la doctora en biología Francisca García docente de la universidad de Salta).
Se sintió incómoda y levantó la cabeza, la figura de un muchacho, de cabello claro pasó frente al ventanal sin mirar para adentro, atravesó la galería y se confundió con la sombra que bajaba de los cerros: “¡Muy bien!” ahora veo fantasmas: dijo para sí, ordenó los papeles y recordó que tenía que dormir.
El sueño fue inquieto pero la mañana alegre y demasiado corta.
Había prometido comer con la familia. No quería llegar tarde pero tenía tanto trabajo…. ¿y la tesis de Pablo? Se quedaría toda la noche corrigiendo si fuera necesario. El muchacho necesitaba el trabajo para presentarlo en el congreso. ¡Hay! Nadie era responsable de que ella no supiera manejar el tiempo. De haberse acostado con la familia, seguro que estaría despierta, dando vueltas en la cama y tapándole la nariz a Fernando para que dejara de roncar.
Los señores ocultos de la noche soltaron una canción monótona al unísono, quedándose en una sola nota (una canción de protesta) quizá, por la falta de lluvia, de trabajo. Por el sacrificio de los changuitos para ir a la escuela…. ¡Qué cosa!
-hay de todo y no se tiene nada-.
Se unieron los sapos a la protesta nocturna y ella tenía que continuar trabajando; pero estaba convencida que la canción de protesta que brotaba de debajo de los yuyos, esa baguala era para el cielo, era para el cielo salteño, tan azul y tan bello, tan cercano y tan lejos.
La luna se echó de panza sobre la Santa Rita queriendo desenmascarar a los cantores pero sólo descubrió a un sapo gordo que croaba en la galería sin temor a la censura.
La doctora García corrige y piensa: “ya falta poco” y la luna empecinada, de panza sobre la Santa Rita.
Los manifestantes de la noche van guardando violines, charangos y un suave susurro acunó a la noche.
Y él, cabellos claros, apenas mecido por la brisa: alto, seguro pasa frente a la ventana de la mujer que escribe y esta vez sí, mira para adentro.
Los ojos de Paquita García encuentran una mirada incierta, que no le dice nada; pero que al mismo tiempo no se atreve a sostener.
El joven atraviesa la galería y otra vez se confunde con la sombra.
Deja los papeles y corre a refugiarse en los brazos de Fernando: “estoy loca Fernando, aunque no lo creas, estoy enloqueciendo”
El hombre la mete en la cama y le dijo que tratara de relajarse, que le traería una infusión de chamisco y jazmín y así dormiría hasta que el sol le hiciera cosquillas en los pies.
Fernando preparó la infusión y salió a recorrer la casa: “era imposible que con semejante luna alguien entrara a la casa, ni el vagabundo menos lúcido cometería semejante tontería”, pensaba Fernando Galván mientras recorría la casa. “Todo en orden, bebe la infusión tibia y profunda y entonces me contás con detalle”.
“Creo que estoy enloqueciendo. Necesito consultar con un siquiatra.


Estimada doctora no detecto brotes de paranoia. Eso sí, algo de estrés; pero no me necesita a mí para encausarlo.
Y con respecto a sus sensaciones…” “no son sensaciones”. “Yo lo vi pasar… mirarme y esfumarse en la noche… “
-Usted es una persona sensitiva, puede ver y oír lo inexplicable… La ciencia está investigando; pero por el momento no hay respuesta. Y quédese tranquila que su salud mental es excelente. Desconcertada salió Paquita García, del consultorio del doctor Walber sólo le quedaba investigar u olvidar.
Fernando la esperaba en el automóvil. La vio más pálida y con un cierto temor en las manos.
-La señora de Galván…. Queda usted secuestrada. Daremos un paseo para despejar la mente, yo también tengo el cerebro rayado de tanto dibujar planos-.
-Pero Fernando…. La tesis de Pablo, tengo que entregar ese trabajo-.
Terminaron la noche en lo de Valderrama bailando, cantando y guitarreando.
Paquita entró en un sueño profundo. Fernando la contemplaba con ternura: “ojalá que los gnomos no se metan en sus sueños.
Paquita García regresa a la casa justo en el momento en que la sombra se mezcla con el día moribundo. Había terminado de corregir la complicada tesis, mientras atravesaba el parquecito del fondo pensaba: “¡El trabajo de Pablo es excelente y después dicen que no hay talento, hay que descubrirlo… El diamante está hay que pulirlo.
-¿Pero a quién le interesa la escuela de los pobre, el sacrificio de los changos bajando descalzos de los cerros? ¿A quién puede importarle el trabajo, lo que piensan-, (Porque piensan las mujeres tejedoras que salen a vender sus ponchos, maravillas de colores, de diseño) (Lana mezclada en consentimiento).
¿A quién le importa los coyuyos ven su luz y no se maravillan.
-Flores amarillas-
¡Aha! Ahora oigo voces.
-Digo que me gustan las flores amarillas-.
-¿Las flores amarillas?-.
-Sí, sí es una pena en estos jardines tan bien cuidados que no halla flores amarillas-.
-El jazmín que está a tu izquierda es amarillo pero no ha florecido todavía-.
-Que bueno que pudiste comprar la casa Francisca, yo sabía que la ibas a comprar ¡Flores amarillas!-.
Paquita abrió los ojos y el rostro familiar de Fernando la tranquilizó.
-“Flores amarillas” es una canción-.
-No, son las flores que le gustan-.
Fernando tragó saliva antes de preguntarle:
¿Soñaste?...
-Sí-
El teléfono sonó en la casa de los Galván a las diez de la mañana.
Fernando trabajaba en su estudio y Paquita daba clases en la universidad.
-Hola ¿Quién habla?-
Un placer es escucharla, Francisca no se encuentra en casa; pero a la tardecita la puede hallar, ¡gracias es usted muy amable!.
Galván interrumpió su trabajo. Era imposible trazar una línea en esas condiciones ¿qué quería decir todo eso? ¿Qué explicación tenía….?. Paquita, sus sueños, sus visiones que no son tan visiones o sí.
La señora Balboa, hablando de su hijo y de flores amarillas.
La señora Balboa le comentó a Fernando Galván que se sentía feliz haberle vendido la casa a ellos: personas serias, responsable y sobre todo por que su hijo también lo estaba, según se lo dijo en sueños: “que acertó venderle la casa a los Galván, Francisca la va a cuidar a la casa y a lo mejor florecen las flores amarillas”.
Paquita sueña con un joven desconocido, que no es tan desconocido, porque asegura haberlo visto y en sueños le habla de flores amarillas.
La señora Balboa le acaba de decir, que su hijo esta muerto por eso vendió la casa a un precio tan alto “si la compraron, era porque verdaderamente les había gustado y la iban a mantener viva. Los contadores le ofrecían más; pero quería que la casa siguiera viva como cuando su hijo gritaba por los árboles y el gol corría por la galería”.
Paquita regresó con unas flores amarillas y una sonrisa serena: “son para él y no se hablará más del tema”.
En la cocina cenaba la familia Galván. Los jóvenes planeaban vacaciones y Paquita y Fernando discutían la conveniencia de ir a Córdoba o Tucumán. Claudia quería estudiar abogacía y para eso tenía que dejar Salta
“Tucumán no por la inseguridad”
“Vos ya lo pasaste Paquita me extraña que lo hayas olvidado y Córdoba
-Ay terminála Fernando vas a meter a la Claudia en una caja de cristal y después pedís que se defienda, que triunfe en la vida-.
Un ruido o… algo se debe haber caído en el quincho.
-Son los gatos Paquita. No vale la pena molestarse-.
Cuando la familia se retira a descansar y las luces se empezaron a apagarse se volvieron oír ruidos un suave gemido: “son los gatos” acordáte Paquita.
No necesitó la linterna Paquita García para llegar al quincho. Al comprobar que todo estaba en su lugar suspiró aliviada.
Regresaba a la casa acompañada por la luna que pegaba saltitos en la copa de los árboles, llegando al jazmín amarillo, el que aún no había florecido…
Lo vio con los cabellos claros apenas mecidos por la brisa y el cuerpo colgado del la pacho gritó horrorizada y en la galería se desmayó.
Ahora estaba todo claro, era el hijo de la señora Balboa, lo habían ahorcado y ella quiso vender la casa.
Fernando la llevó a la cama y ella era un signo de pregunta que temblaba.
Pregunta sin respuesta al menos por ahora.



Betty Capella
20 de noviembre 2004.

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Comentarios de nuestros lectores - Escribí tu comentario
22/04/08 | 15:20: yudit dice:
hermoso hermoso
yuditdeburgos2436@hotmail.com
 
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