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Las letras son sueños, las palabras un dulce despertar.
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06/02/11 | 23:26: MONINA dice:
Hola, te felicito por todo lo que expusiste, todo me gustó mucho, me encantaría contar con vos en mi grupo de amigos, es por eso que te invito, puedes promocionarte exponiendo tus poesías o escritos o tus sentimientos o tus sueños, te elegí además porque me gustó tu referencia de que las letras son sueños y las palabras un dulce despertar, me encanta valorar a los poetas, no escribo pero me gusta leer poesías, reflexiones, frases, cuentos, relatos, textos breves, de todo un poco, por eso si querés formar parte de mi grupo de amigos: “PUNTO DE ENCUENTRO AMIGOS DE BS.AS”, si gustás conocernos, también podés decirle a alguien de tus conocidos o amigos, si quieren ser nuestros amigos y al igual que a vos si quieren mandarnos algo sobre:"El Verano", "Las vacaciones", "La playa", "El mar", "La Amistad", "Los Amigos", "El amor", "Estar enamorada" o que tengan que ver con estos temas y quieran además tener nuevos amigos, tener una linda amistad duradera, fiel e incondicional, si apostás a la Amistad y aceptás comprometerte con ella, te invito a que transites nuestro camino de la Amistad con nosotros a cambio te ofrecemos toda nuestra amistad, estar en las buenas como en las malas, ser una buena compañía a través de mensajes, Chat o en encuentros de grupo en salidas varias, nuestro lema es: “Unirnos por la Amistad” Creemos que es un pequeño y humilde aporte para “La Paz en el Mundo”, dale aceptás? Te estaremos esperando con toda la buena onda y amistad por siempre y yo con los brazos abiertos virtualmente y quizás algún día en persona para darte la bienvenida! Soy de Temperley,Buenos Aires, psicopedagoga Coord.Gral.: MONINA Para Suscribirse: puntodeencuentroamigosdebsas-subscribe@gruposyahoo.com.ar
06/07/09 | 12:13: MARÍA ELENA ZWEIFEL dice:
qué pena que hace más de un año que no nos entregas otros escritos.Disfruté tanto de EL MENSAJE,lograste que me introdujera en la historia,que viera el mar ,que sintiera la arena húmeda,que imaginara a sofía... muy bueno...pero volvé por favor. MARILEN -SAHUMERIO DE VAINILLA
12/03/09 | 08:34: Alejandro dice:
Existen los diferentes - dice: Muy bueno. Es imposible, que alguien al cual el mar y la playa le despiertan al niño oculto dentro, no sea tambièn un poeta.
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El niño de las estrellas



Siempre me gustó observar el cielo en una noche clara. Confieso que mis conocimientos de astronomía no son muy avanzados, pero las estrellas siempre tuvieron un atractivo especial. No sé por qué.
Quizá tuvo que ver una vieja historia que escuché en mi adolescencia. Nadie me supo decir nunca si es real o no, ni siquiera mi tío Alberto, quien me la contó.
Pero fuera o no lo fuera, desde ese día le dedico tiempo a escudriñar la noche estelar, y entre el descubrimiento de distantes galaxias, de tanto en tanto busco a quien mi tío siempre llamó “el niño de las estrellas”.

- Francisco –me dijo una noche-. Ven. Acércate, quiero mostrarte algo.

Yo conocía su afición por el cielo nocturno, y no tardé en ponerme a su lado, especialmente atraído por el viejo telescopio que guardaba como un tesoro desde hacía incontables años.

- Quiero contarte una historia.

Guardé un respetuoso silencio. Él comenzó.

- Dicen que hace mucho tiempo, en esta misma ciudad, vivió un niño de unos ocho o nueve años. Nadie recuerda su nombre con certeza, ni tampoco cual era el lugar exacto de su residencia. Pero se asegura que todas las noches salía al monte, y se sentaba entre unos árboles, sobre una piedra tan grande que apenas si podía subir por su escasa estatura.
Muchas veces los padres iban a buscarlo molestos, porque cuando se iba, recién empezaba el sol a descender, y volvía muy tarde, a veces cerca de medianoche. Ellos sabían con certeza dónde estaba, porque siempre marchaba al mismo lugar.
Ese puesto era especial.
Varios árboles rodeaban el sitio como fieles guardianes con grandes brazos verdes que por momentos parecían querer abrazarlo, en un abrazo que la brisa nocturna primaveral hacía suave y arrullador. Muchas veces escuchó que aquellos le hablaban. Él oía con atención, pero no podía captar con certeza el mensaje. Sin embargo, no se asustaba. En su interior percibía que eran palabras amistosas y hasta de admiración.
¿Por qué lo admiraban? Pues...no lo sabía. Quizá porque su edad era muy corta para estar solo por aquellas florestas, o quizá porque amaba la compañía de la naturaleza, o quizá...

Guardó silencio un instante, como si él mismo estuviera buscando los motivos. Motivos que finalmente no supo hallar.

- ¿Los padres nunca escucharon nada? –pregunté.
- No. Él quiso contarles una vez, pero como era de esperar, se rieron y hasta un poco de orgullo sintieron de la imaginación que tenía su hijo. Al menos ellos estaban seguros que todo aquello era propio de la imaginación infantil.
Él continuó visitando aquellos parajes. Su mayor placer era bañar su rostro con las luces que el cosmos le ofrecía y que le iluminaban como si alguien allá arriba supiera que él estaba ahí y usara las estrellas para buscarlo. Cerraba los ojos y a diferencia de otros niños, no se imaginaba pilotando grandes naves espaciales.
Al contrario. Él se imaginaba volando, como un pájaro estelar, entre tantos planetas, lunas y asteroides. Imaginaba cómo sería aquello. Trataba de sentirlo. A veces bajaba sobre algún planeta, y había uno que era su preferido. Lo llamó Altea. Quizá lo había escuchado en algún lado, pero Altea era su preferido.
-¿Por qué? –inquirí lleno de curiosidad.
- Bueno...él decía que allí tenía muchos amigos. O al menos es lo que recordaban sus padres tiempo después. Contó muchas historias de ese lugar. Decía que allí había muchos niños, y que lo esperaban todas las noches para jugar juntos.
Una vez la madre se sintió un tanto inquieta con aquellos relatos, y quiso consultarlo.
Recurrió a la directora del colegio, una señora mayor, llena de gran cariño por su profesión docente y por los niños. La buena mujer le restó importancia. Ella decía que era común que los niños tuvieran amigos imaginarios, y en este caso en particular no era raro que así fuera, pues se trataba de un pequeño retraído, y que esa forma de ser, a su vez, provocaba cierto rechazo en sus compañeritos, que lo hacían motivo de bromas y de burlas, a veces ácidas. Como consecuencia, él se separaba más. Era probable, pensaba, que la situación cambiaría con el correr del tiempo, cuando tuviera más edad, y ya se acercara a la adolescencia, etapa en que comienzan otros intereses.
La madre quedó algo tranquila con estas explicaciones, hasta que finalmente no pensó más en el asunto, y cifró sus esperanzas en los años por venir.
El niño seguía contando historias de sus amigos imaginarios. Una vez, por ejemplo, contó como uno de los chiquitines que lo esperaban cada noche, lo llevó a recorrer parajes de su planeta. Vio grandes campos verdes, coronados con cascadas que caían sin violencia de pequeñas grietas abiertas en la montaña. El cielo siempre estaba claro, y según le pareció, había dos lunas que podían verse incluso de día. Dijo que había visto un animalito que no recordaba como se llamaba, pero que se parecía a un ciervo, solo que más robusto. El amiguito le contó que aquellos animales eran capaces de correr tan rápido como el viento, y que se utilizaban en esos lugares como medio de transporte. Las aguas de la cascada formaban una especie de estanque, en donde nadaban muchos peces de colores. Él, quiso, juguetón, coger uno, pero su amigo le asustó con un grito. Al parecer eran peces que ante cualquier contacto, tenían la capacidad de erizarse en una sucesión de espinas que les servían de defensa. Aquellas espinas no eran venenosas, pero provocaban un tremendo escozor que duraba semanas.
Luego lo llevó a la aldea donde vivía con su familia. La aldea era sencilla, pero aparentemente no había grandes necesidades. Los padres de Alissé, así contó se llamaba su amigo, eran de cuerpos gruesos, musculosos. Tanto su madre como su padre. No supo decir a qué se dedicaban o cómo se sustentaban, porque el realidad nunca se preocupó por saberlo. El tiempo que allí estaba, lo dedicaba a muchos juegos. Alissé tenía un grupo de amigos, compuesto por niños y niñas, y todos se divertían. Ellos fueron quienes lo llamaron durante uno de aquellos vuelos que acostumbraba hacer por las noches. Él al principio dice que sintió un poco de temor, pero luego, cuando se dio cuenta de lo bien recibido que era por todos, ya no se distraía tratando de conocer otros sitios, sino que siempre iba allí desde el comienzo.
Cuando los padres iban al monte a buscarlo porque se había hecho muy tarde, lo encontraban con los ojos cerrados, y una expresión tan agradable que a veces parecía estar dormido. Pero no era así, porque nunca lo encontraban apoyado sobre la roca o recostado; siempre estaba erguido y sin moverse.
Un día, la madre lo sacudió molesta al ver que no respondía el llamado. Él abrió los ojos, sonrió, y le dijo: “Alissé, te deja saludos”. “¿Si? Pues dile a Alissé que se vaya despidiendo, porque ya no vas a venir más”.

Mi tío volvió a callar. Esta vez echó una ojeada a través de la lente del telescopio. Miró el mapa astronómico que siempre tenía junto a él y tomó algunas notas en una vieja libreta que llevaba infaltable para la ocasión.
Lo miré expectante, como era de esperar. Creo que él se dio cuenta, porque sonrió cómplice.

- Lo que al principio hacía gracia –continuó-, ya no era así. La madre, a pesar de las palabras que semanas antes le había dicho la directora, quería buscar otro tipo de ayuda, ayuda profesional. El padre, estaba un poco cansado de esas historias, y la risa orgullosa del principio, se tornó primero en muecas molestas, luego en gestos amargos, y finalmente en amenazas.
“¡Si no terminas con esas estupideces, le gritó un día, vas a saber cómo se siente mi cinturón contra tu trasero!”. La madre quiso interceder, pero el hombre siguió escupiendo insultos. Diciendo que no podía soportar que su hijo estuviera loco, o peor, no soportaba la idea de que su hijo fuera retrasado mental.
Había pasado algo más de un año, desde el comienzo de aquellas fantasías.
La madre, más comprensiva, si bien no lo dejaba ya salir por temor a la reacción de su marido, trataba de escucharlo, pero sin alimentar la mente del niño con sonrisas o con gestos que parecieran de mínima aprobación. Incluso recurrió a un psicólogo, con quien tuvieron varias sesiones, todas infructuosas, pues el pequeñín contaba siempre las mismas historias.
Una vez, fueron tantas las súplicas, que su madre accedió y lo dejó salir un ratito, antes que su esposo regresara del trabajo.
Ella estaba nerviosa, porque sabía lo que iba a pasar si su marido se enteraba, pero el muchacho volvió en el tiempo prometido. Su rostro resplandecía de alegría. “Gracias”, le dijo a la madre. Por un momento, la mujer sintió paz en el corazón, como si todo aquello estuviera por llegar a su fin, y la vida familiar regresara a su cauce. “En definitiva, pensó, no eran más que fantasías infantiles”.
Las salidas se sucedieron, siempre con la complicidad materna.
El niño iba y volvía antes que su padre llegara.
Los encuentros eran siempre intensos. Su admiración por el espacio exterior crecía día a día.
Los árboles seguían siendo sus fieles guardianes nocturnos. En la protección de aquellas ramas que lo rodeaban como fuertes brazos, no temía a la oscuridad del monte. A veces se oían ruidos de pequeños animalitos buscando su alimento, pero nunca se sobresaltó por nada. Su mente, despejada, viajaba y viajaba.

Nuevamente oteó, mi tío, el infinito a través de la lente. Esta vez no tomó notas y volvió al relato.

Una noche, llegada la hora de la cena, se sentó a la mesa en silencio pero con una sonrisa.
La madre lo miró y también sonrió, más por complacencia al ver el rostro de su hijito, que por entender de qué se trataba.
El padre se dio cuenta, y pensando que tendría buenas noticias del colegio, le animó para que le contara.
Él dudó, pero ante la insistencia paterna, se atrevió a balbucear alegremente: “Alissé dice que puedo quedarme a vivir un tiempo con él”.
Al oír estas palabras, la madre tembló. Nunca imaginó que tan ingenuamente su hijo lanzara aquello. El padre guardó silencio sin levantar la mirada. Dejó los cubiertos a un lado. Apoyó los antebrazos sobre el borde de la mesa y preguntó: “¿Cómo dijiste?”
“Alissé dice que puedo vivir un tiempo con él. Sus amigos están felices que lo haga”.
El hombre miró a su mujer. Ella quedó sin respuesta.
Se puso en pie, cogió a su hijo de un brazo, lo arrastró a su cuarto, y cerró bruscamente la puerta.
La madre no atinó a moverse, sólo escuchó impotente el llanto de su hijo y el chasquido del cinturón.
Cinco minutos después, el hombre salió de la habitación, cerró la puerta con llave y volvió al comedor. En absoluto silencio se sentó nuevamente y comenzó a comer.
Cuando todos dormían, el pequeño, sintiendo todavía el dolor causado por los golpes, abrió la ventana y se deslizó hacia el exterior. Caminó inclinado y despacio para no ser oído, y en cuanto salió de los límites de la casa, corrió hacia el monte.
Subió con dificultad a la roca, como siempre sucedía, pero esta vez ya no miró a las estrellas con la misma alegría, ni curiosidad.
Algunas lágrimas se deslizaron por su rostro. Estaba triste. No sabía por qué su padre no comprendía que él finalmente había encontrado amigos, amigos que lo querían, que lo esperaban, que le enseñaban juegos y cosas bonitas. No eran como los demás niños, que se burlaban, y esas burlas le obligaban a callar. Ellos reían, siempre reían.
Además, él amaba las estrellas. Amaba volar libre entres miles y miles de planetas. Era feliz.
En eso sintió que sus fieles guardianes, los árboles, parecían agitarse. Como si quisieran avisarle que no estaba solo. En principio pensó que había sido descubierta su ausencia, y se preocupó porque sabía lo que iba a suceder.
Pero no. No era su madre. Ni era su padre.
La brisa dijo su nombre. Al menos quienes cuentan la historia, dicen que fue la brisa, o que él lo imaginó así. Lo cierto, es que no temió. Miró entre los árboles, y supo quien era.

Mi tío calló un instante. Cómo si estuviera tratando de descubrirlo en su interior.

- Al día siguiente, cuando su madre lo llamó para ir al colegio, ante el silencio abrió la puerta. Encontró la cama sin deshacer y la ventana abierta. Temió lo peor.
Llamó al marido, y juntos salieron al lugar donde su hijo acostumbraba estar. Tenían la esperanza de encontrarlo allí.
Al atravesar unos árboles, en la distancia creyeron verlo, sentado sobre su roca favorita, pero al acercarse, se dieron cuenta que no era él, ni siquiera estaba en los alrededores, todo había sido una ilusión óptica, fomentada quizá por el miedo.
Llamaron a la policía, quienes iniciaron de inmediato un operativo de búsqueda. Pero sin resultado alguno. El oficial a cargo, tratando de no ser muy severo en las conclusiones, por delicadeza con aquellos padres, les preparaba sin embargo para lo peor. Los perros rastreaban el terreno, pero no encontraban dirección cierta.
Cinco días usaron las autoridades para la investigación en la zona, hasta que finalmente desistieron y caratularon el hecho como desaparición sin causa física, o algo así.
En el ínterin, cuando todavía estaba armado el rastrillaje, la madre del muchacho encontró un niño de unos ocho años, jugando cerca de la casa. Un poco sorpresivo fue ese encuentro, pero sabía que vecinos nuevos habían ocupado la residencia cerca de la suya, así que pensó que aquel pequeño sería parte de la familia.
Cómo en un halo de esperanza, se animó a preguntarle si sabía algo de su hijo. Le dio la descripción y la ropa que llevaría. En un momento pensó si no sería mucho para un niño de esa edad, pero no quiso dejar la oportunidad a pesar de todo.
“No, no lo he visto” –respondió.
La mujer suspiró.
Cuando se separaba para seguir su camino, escuchó que el pequeño le decía: “Pero no debería preocuparse”. Aquellas palabras estallaron en su cerebro. ¿Cómo que no debía preocuparse? ¡Era su madre! Es cierto, no siempre le había prestado atención, algunas veces, incluso, había participado de las burlas familiares cuando él contaba sus historias, y no siempre le había defendido ante su padre que acostumbraba a castigarlo desde el primer año de edad; pero ciertamente le amaba.
En estos pensamientos estaba, cuando algo la dejó patitiesa. El pequeño se alejaba ya con sus juguetes, en dirección a la casa de los nuevos vecinos, pero alcanzó a decir algo que resonó misterioso en la mente de la mujer: “Además, ese niño pertenecía a las estrellas”
Quiso llenarlo de preguntas. ¿De dónde sabía él el amor que su hijo profesaba por el cielo nocturno? ¿Qué significaba aquello de que pertenecía a las estrellas?
Ya no pudo, sin embargo, hacerlo, porque el pequeño se había perdido en la distancia.

- ¿Finalmente supieron algo? –interrogué sobrepasado por la ansiedad.
- La madre fue a la casa de los flamantes residentes y preguntó por un niño de tal y cual estatura y descripción. Los vecinos, amablemente, le explicaron que ellos no tenían hijos, que tal vez se habría confundido, y ese niño era de otra casa. Pero ella vivía en la zona desde hacía quince años, y bien sabía que los demás no tenían hijos pequeños.
Se dice que el padre nunca habló del tema. Su esposa asistía asiduamente al lugar, por las noches, como si esperara ver a su hijo salir de entre los árboles.
Su rostro se bañaba continuamente en lágrimas, mientras se apoyaba sobre la roca.
Así se sucedieron los días, donde cada noche repetía la visita. Pero una vez fue distinto. No sabía qué hora era, pero de pronto oyó un rumor. Miró a su alrededor, y le pareció que los árboles se movían como si quisieran decirle algo.
En principio se preocupó, pero luego rió de sí misma. Y recordó que su hijo le había contado muchas veces como aquellos guardianes naturales e inmóviles, le abrazaban y arrullaban.
Por un momento fue como si hubiera sentido la presencia de su hijo. Pero lo raro, es que no se angustió, sonrió. Nunca supo explicar por qué. Fue como si hubiera sido contagiada de una alegría casi infantil. Incluso se atrevió a contárselo al marido. Él no respondió, sólo guardó profundo silencio.
Pero ella...ella ya no se sintió igual. Y no volvió al sitio nunca más.
Dicen los que escucharon la historia, que de tanto en tanto, se asomaba a la ventana para mirar el cielo, y que siempre que lo hacía, siempre, una estrella fugaz lo surcaba, y que en esa estrella, ella veía la sonrisa de su hijo. Claro que no faltó quien dijo que estaba loca, y que no es posible que suceda con tanta asiduidad el que una estrella surque el firmamento, y menos, a voluntad.
Quien sabe...

Cuando terminó el relato, ambos miramos el cielo unos instantes y él volvió por fin a la lente de su telescopio.

Creo que allí fue donde me entusiasmé por la nocturna bóveda celeste. Y de tanto en tanto lo ojeo con curiosidad, y confieso algo...
Juro que la veo.
Veo una estrella cruzar el espacio. Claro, es un fenómeno explicable. No atenta en lo más mínimo contra la razón. Lo sé.
Pero cuando sucede, quizás más seguido de lo que debiera, no puedo evitar pensar en aquella sonrisa, y tampoco puedo evitar que me contagie.
Probablemente sea mi imaginación.
O probablemente sea la sonrisa del niño de las estrellas.

Con derechos reservados de autor. Copyright © 2007

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Comentarios de nuestros lectores - Escribí tu comentario
27/04/08 | 18:39: dora ines olivera dice:
Me encanta este tipo de fantasia -ficcion,parece que o mágico es lo que tellleva acrear estas historias siempre tan emotivas, y te deseo mucha suerte.
adrilis@fibertel.com.ar
 
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