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Las letras son sueños, las palabras un dulce despertar.
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06/02/11 | 23:26: MONINA dice:
Hola, te felicito por todo lo que expusiste, todo me gustó mucho, me encantaría contar con vos en mi grupo de amigos, es por eso que te invito, puedes promocionarte exponiendo tus poesías o escritos o tus sentimientos o tus sueños, te elegí además porque me gustó tu referencia de que las letras son sueños y las palabras un dulce despertar, me encanta valorar a los poetas, no escribo pero me gusta leer poesías, reflexiones, frases, cuentos, relatos, textos breves, de todo un poco, por eso si querés formar parte de mi grupo de amigos: “PUNTO DE ENCUENTRO AMIGOS DE BS.AS”, si gustás conocernos, también podés decirle a alguien de tus conocidos o amigos, si quieren ser nuestros amigos y al igual que a vos si quieren mandarnos algo sobre:"El Verano", "Las vacaciones", "La playa", "El mar", "La Amistad", "Los Amigos", "El amor", "Estar enamorada" o que tengan que ver con estos temas y quieran además tener nuevos amigos, tener una linda amistad duradera, fiel e incondicional, si apostás a la Amistad y aceptás comprometerte con ella, te invito a que transites nuestro camino de la Amistad con nosotros a cambio te ofrecemos toda nuestra amistad, estar en las buenas como en las malas, ser una buena compañía a través de mensajes, Chat o en encuentros de grupo en salidas varias, nuestro lema es: “Unirnos por la Amistad” Creemos que es un pequeño y humilde aporte para “La Paz en el Mundo”, dale aceptás? Te estaremos esperando con toda la buena onda y amistad por siempre y yo con los brazos abiertos virtualmente y quizás algún día en persona para darte la bienvenida! Soy de Temperley,Buenos Aires, psicopedagoga Coord.Gral.: MONINA Para Suscribirse: puntodeencuentroamigosdebsas-subscribe@gruposyahoo.com.ar
06/07/09 | 12:13: MARÍA ELENA ZWEIFEL dice:
qué pena que hace más de un año que no nos entregas otros escritos.Disfruté tanto de EL MENSAJE,lograste que me introdujera en la historia,que viera el mar ,que sintiera la arena húmeda,que imaginara a sofía... muy bueno...pero volvé por favor. MARILEN -SAHUMERIO DE VAINILLA
12/03/09 | 08:34: Alejandro dice:
Existen los diferentes - dice: Muy bueno. Es imposible, que alguien al cual el mar y la playa le despiertan al niño oculto dentro, no sea tambièn un poeta.
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El mensaje



Molesto, alcé un poco la cabeza para ver.
Eran unos niños que curioseaban alrededor de algo que había llegado hasta la orilla.
Pensé que sería un animal muerto, o alguna tontería que habrían arrojado desde algún barco cercano. El puerto no estaba muy lejos, y era habitual que desde los cargueros se arrojara basura al mar, como si este fuera un gran contenedor de desperdicios y no aquello que hay que cuidar como verdadero oro.
¿Hay algo más lindo que sentarse frente al mar y dejar que los pensamientos
divaguen por el espacio sin límites de la imaginación y los recuerdos?
Seguramente no faltaría quien a esta pregunta respondiera que sí. Pero, bueno, sobre gustos, dice el viejo refrán, nada hay escrito. Lo cierto que para mí es un gran momento, y lo disfruto siempre que puedo.
El sol levantándose sobre horizonte. Algunas gaviotas sobrevuelan la superficie del océano, esperando encontrar un alimento que parece rebelde a hacerse presente. La brisa golpea el rostro con timidez, pero puede sentirse el aroma salitre. Las aguas están tranquilas, y mansamente avanzan sobre la arena, pero sin agredir a quien desee caminar por la orilla.
En lo que me es personal, más que hacer un recorrido sobre la arena mojada, me gusta sentarme a pocos metros, y desde allí otear el espacio. En esta época del año viene poca gente, lo que garantiza cierto silencio de ruidos humanos. No me molestan las personas, es sólo que recostarse y el vaivén de las olas como sonido ambiente, es algo que me fascina.

Apoyé la cabeza otra vez sobre la arena, para continuar con mi descanso, pero no me fue posible. Aquellos niños, lejos de preocuparse por mi salud mental, aumentaron más sus risas y parloteos.
Intenté hacer de cuenta que no estaban allí; pero no fue posible.
Molesto y rebuznando algunas imprecaciones, me puse en pie. Los observé un instante. Dos de ellos estaban en cuclillas alrededor del objeto. Otros tres, agachados, miraban y arengaban a sus compañeros para que lo cogieran. Iba a irme, pero no pude evitar el contagio de aquella curiosidad infantil.
Con paso lento, comencé a caminar hacia ellos.
Me vieron acercarme, pero no se preocuparon. Continuaron con sus comentarios.

- ¿Qué sucede? –pregunté
- Es una botella –dijo uno de ellos

Me sorprendí. ¿Tanto alboroto por una botella?

- ¿Qué tiene de especial? –interrogué cuando ya les tenía al lado.
- Parece tener un papel dentro – fue la respuesta.
- Debe ser un mensaje pirata –dijo otro, en medio de la risa de sus compañeros.
- Sí...con un mapa del tesoro –exclamó el que parecía ser el mayor del grupo, al tiempo que cogía la botella y la sacudía.
“¡Ábrela...ábrela!”, gritaron casi al unísono. Le fue difícil quitar el tapón, pero cuando al fin lo logró, extrajo el papel.

- ¿Qué dice? –interpelaron desesperadamente. ¿Qué dice?
- No lo sé...Está borroso, pero parece una poesía.
- ¿Poesía? –inquirió, con expresión de asco, el que estaba junto a mí.
- Sí -aseveró dejando caer la botella y el papel sobre la arena mojada.

Cuando se iban, como no creyendo el hallazgo, el más rezagado cogió el papel, lo miró un instante, y como todo comentario se preguntó “¿A qué tonto se le ocurre tirar poesía en una botella?”. Tiró la hoja, y corrió tras sus amigos que lo llamaban desde la distancia.
Me aproximé al manuscrito. Lo recogí con suavidad para no perderlo, pues la humedad ya lo había maltratado y se deshacía con el contacto de mi mano.
Mi mente se había llenado de pensamientos, al principio, molestos por la interrupción de aquellos críos, y ahora llenos de perplejidad, pues en cierta forma, tenía razón el pequeño: ¿quién escribiría y lanzaría sus creaciones al mar? Era una manera muy extraña de propagar una obra.
Volví a casa. Al salir de la playa, topé mi paso con un viejo pescador con quien no había cruzado nunca una palabra, si bien nos veíamos muy a menudo, pues gustaba él de pescar por aquellos lugares.

Cuando llegué al departamento, vivo apenas a una calle y media, dejé el escrito sobre la mesa del comedor, junto con la botella.
Tomé una ducha para quitarme la arena que llevaba pegada al cuerpo, y después de prepararme un poco de café, me dispuse a examinar aquello.
La botella era común, de vidrio blanco, sin marcas ni adhesivos. Tampoco el tapón traía señas de ninguna clase. No era posible saber si era local, o de alguna bebida extranjera.
El papel, o lo que quedaba de él, también era usual, blanco, sin rayas.
Especial, era la tinta. No era de instrumento moderno. Parecía ser de pluma fuente. Y la letra era atractiva, clara, firme.
Lo leí en voz baja.

“Con mis manos bordé un nombre
con mis ojos lo iluminé
con mis labios le desperté.
Era un día claro cuando te conocí.
Tu sonrisa eran perlas de fantasía; tus besos, victoriosa palma.
No quise perderte, no quise que me dejaras;
Sin embargo se hizo la noche en mi alma, y tú...”

La humedad de la arena había echado a perder el resto del papel y no pude continuar la lectura que parecía seguir en varios versos más. Aunque no me interesaba tanto saber como continuaba, sino quién lo había escrito, y por qué lo había puesto en esa botella. Su autor podía estar a cientos, incluso a miles de kilómetros.
Indudablemente un hecho curioso, que guardaría como simple anécdota.
O eso pensé.

Yo trabajaba en una oficina. Era un trabajo sencillo, pero que me alcanzaba para vivir.
Mi familia se reducía a unas cuantas imágenes en el recuerdo y a unas viejas fotos que guardaba en una caja de zapatos. Mis padres fallecieron hace muchos años.
Comparto el tiempo con amigos, con quienes salimos algunos fines de semana. No me gusta bailar, así que difícilmente visito clubes nocturnos.
Compañía femenina no tengo desde mi separación. Viví por cierto tiempo un noviazgo, hasta que ella decidió que alguien más podía hacerla feliz. Mis amigos dicen que soy un tonto, que dejo pasar mi juventud, pero la verdad es que me resulta difícil entablar una nueva relación.
Tal vez el autor de aquellos versos había atravesado una situación similar, y el dejar ir su dolor dentro de una botella, era para él una forma de catarsis. Por un momento pensé en hacer algo parecido, pero no pude evitar sonreírme ante mi ingenuidad.

..........................................................................................................

Continué yendo a la playa un par de días más. No sucedió nada extraño. Casi había olvidado el asunto.
Hasta que una mañana, mientras bajaba las escaleras para mi acostumbrado rato bajo el sol, creí ver un objeto en la orilla. Intenté no darle importancia, pero no resistí la tentación. Cuando me acercaba, unos niños, tan mañosos como los de la primera vez, ya la habían cogido. Se las pedí, pero se negaron a dármela. Insistí, y ellos continuaron con su negativa. Finalmente les ofrecí algunos billetes, y quienes no pudieron resistir la tentación esta vez, fueron ellos.
La botella era como la otra. Común, sin adhesivos. Le quité la arena de alrededor y pude ver su interior.
Había un papel.
Rápidamente regresé a casa. Mi respiración estaba agitada, más por la ansiedad que por lo veloz del recorrido.
Lancé las llaves sobre el sofá, me senté y quité el tapón. El papelito corrió sin dificultad hacia fuera.
Respiré profundo y leí.

“Hoy comprendí por fin, qué es el amor...un amor limpio e ilimitado...que sobrepasa barreras y cubre carencias...que impulsa y eleva el alma, y hace que desaparezcan por completo los fantasmas...Hoy lo comprendí gracias a ti...al amor de mi vida...”

...........................................................................................................

- ¿Qué? ¿Ahora eres arqueólogo marino? –preguntó mi amigo al ver las botellas, luego que le había contado la historia.
- Ten cuidado con eso, no se te vaya a caer.
- ¡Vamos hombre! ¿No te das cuenta de que algún tonto lanzó esto al mar?
- Puede ser.

Era cierto. Podía ser.
Sin embargo, empecé a bajar todos los días, cada amanecer, hasta la orilla. Ya no se lo conté a nadie. Lo que comenzó siendo algo curioso, se tornó una necesidad.
Y la perseverancia rindió su fruto, porque hubo un nuevo hallazgo.

“Hoy comprendí el amor, gracias a ti...mi fuente clara donde reposo mis días atormentados, donde recupero fuerzas y valor para vencer al terrible monstruo del destino. Donde brota el canto suave y sereno de la dicha. Donde los sueños tienen un comienzo pero nunca un fin. Ahí, donde el arco iris inició su vida, y donde el cielo abre sus puertas a la felicidad. Hoy lo comprendí, y lo hice porque estabas a mi lado. Aquí, junto a mí...”

“¿Quién eres?”, preguntaba cada vez que leía aquellos breves escritos. ¿Es posible no sentir lo que emana de esas letras? No. Seguramente que no.
“El terrible monstruo del destino”...¿Cuál destino? Si supiera quién eres. Si supiera cuál es ese monstruo. ¿La soledad? ¿La desdicha? ¿La pobreza?
¿Y si yo lanzara una botella para decirte que no existe el destino? ¿Que la dicha la construye uno mismo con sus experiencias, buenas y adversas, pero que es uno quien elige el camino? No, es una tontería; podría lanzar mil botellas, y quizás ninguna te llegue.

.....................................................................................................................

Qué gozo sentí cuando la vi. Corrí a recogerla, como si fuera el más preciado de los tesoros. Y a decir verdad, para mí lo era. Porque con el paso de las semanas, mi corazón ya no era el mismo. Sabía que me exponía al ridículo, más aún porque no conocía a su autor, pero algo, muy en el fondo de mi alma, me atraía con fuerza. Y con dulzura.
Esta vez fue difícil extraer el papel. De alguna manera se había humedecido y había quedado pegado al fondo. Raspé con cuidado intentando despegarlo, hasta que lo logré.
No salió en muy buenas condiciones, pero permitía su lectura.

“Sin palabra alguna me llena tu presencia, y sin palabra alguna me hablas de todo lo que necesito para vivir. En ese silencio que guarda tu sonrisa, extraes de mí todo el amor que sólo alguien como tú es capaz de dar...Que dicha tan grande es tenerte conmigo y para mí. Saberte cerca en las horas angustiosas en que los remolinos del pensamiento chocan a mi corazón...Y saber que la alegría tiene un bello nombre...el tuyo”.

¿Dónde estás para que mis brazos puedan rodear tu corazón, y protegerlo?
¡Quiero encontrarte! Porque yo tampoco soy feliz.
¿Pero qué digo? No es posible que pueda sentir esto. No. No es posible.

..................................................................................................................

Una corriente cruzó mi cuerpo cuando entró a la habitación. Su negligé rosa
chispeaba con mil estrellitas al ser golpeado por la luz tenue. Su paso sereno hacia mí, me permitía verla en toda la extensión de su belleza. Yo aguardaba inmóvil sentado al borde de la cama, pero mi corazón palpitaba y sonaba en mi cerebro como una campanita.
Quizás parezca tonto. Pero ese tintinear en mi cabeza hablaba de un solo tema: amor; y repetían con insistencia un solo nombre: el suyo.
Cuando llegó hasta mí, se detuvo. Estaba tan cerca, que pude oler el perfume de su cuerpo. Dobló sus rodillas lentamente hasta apoyarlas en el piso y quedar su rostro justo delante del mío.
Era hermosa.
Su cabello negro caía en cascada casi hasta sus hombros. Sus ojos eran grandes, negros, profundos. Con una profundidad reflexiva, vivaz, inteligente.
Sus labios eran finos, de tenue color rosa, deseables. En realidad, toda ella era deseable, pero con una provocación de deseo diferente. No sé muy bien explicarlo. Movía las fibras internas de mi cuerpo, que ardía por recibir sus caricias, pero al mismo tiempo me inspiraba una ternura tan íntima que no quería más que arrullarla en mis brazos en medio de susurros amorosos y tibios besos.
Mi mano se catapultó hacia su rostro para acariciarlo. Mis dedos se enredaron en sus cabellos. Sus mejillas aparecían coloradas, de un rubor delicioso. Mi mano rodeó su nuca y tiré de ella suavemente hacia delante. Nuestras bocas comenzaron a acercarse despacio, pero sin pausa. Hasta que nuestros labios se tocaron por fin en un primer beso lleno de dulzura pero también firmes de pasión.
El sabor de su boca era el de un delicioso durazno, o al menos así me pareció. No sé cuanto tiempo estuvimos besándonos, pero sé que fue por varios minutos.
Nuestros labios no querían separarse. No estaban dispuestos a abandonar aquella danza llena de calor, mientras mis manos se deslizaron por sus hombros, se dejaron caer por sus brazos, hasta que finalmente hallaron el cinturón que cerraba egoísta aquella prenda de seda.
Con dos movimientos la desprendí, y sin separarme de su boca llena de azúcar, se la quité.
Allí me aparté de sus labios por primera vez en mucho rato, para deslizarme por la piel suave de su cuello. Su aroma era fresco, femenino, excitante.
Seguí mi camino hacia su pecho, donde dos fuentes palpitantes me aguardaban llenas de calor y deseo.
Cerca estaba ya, pero algo sacudió mi cuerpo con firmeza.

¡Disculpe! -me dijo el pescador, tocando otra vez mi hombro-. Pero sería mejor si va a dormir a su casa.
- ¿Qué...qué hora es?
- Casi medianoche.

Ciertamente era tarde. Me recosté unos momentos sobre la arena y sin darme cuenta había dormido horas.
Mientras sacudía mi ropa, el viejo se dirigía hacia la carpa que levantaba cada noche.
Le seguí.

- ¿Hace mucho que vive aquí?
- Bastante. Quizá demasiado –suspiró, atizando el fuego-. ¿Quiere una taza de café?

Dudé un instante, pero finalmente acepté la invitación, que por cierto, era muy cordial.
Estiró su brazo, y me entregó uno de los jarros recién servidos. Yo aún guardaba el sabor de lo vivido en el sueño.
¡Por Dios! Había sido tan real.
Era la primera vez que miraba bien a aquel hombre. Tenía unos cincuenta años de edad, el cabello blanco y largo. La barba se veía cuidada. En el rostro aparecía cierto cansancio. Su vestir era sencillo, y se veía limpieza en todas sus pertenencias.
Debo decir que me sorprendió un poco, pues al verlo de cerca me hacía pensar el por qué viviría así, en la razón que lo habría llevado a aquella vida errante.
Pareció descubrir mi pensamiento, porque en un momento dado dijo:

- Este es un buen lugar para pescar. Durante el día no me permiten tener la carpa, así que al desarmarla cada amanecer guardo todo tras los árboles. El mar...-al decir esto quedó callado unos instantes, pensativo-. El mar –reiteró-, me provee del sustento, y a veces vendo algo para comprar otras cosas. De todas formas, como verá, mi vida es muy sencilla.

Asentí con la cabeza.
Ingerí el café con ganas, no lo niego. Dormir sobre la arena puede ser muy gratificante, pero no recomiendo hacerlo durante tantas horas.

- ¡Sofía! –dijo de pronto.
- ¿Cómo?
- Su nombre...es Sofía.

Debió ver mi cara, porque enseguida agregó:

- Los escritos en la botella. Ella los escribió.

Mi corazón dio un salto. Las imágenes de aquel sueño se agolparon otra vez en mi mente. Casi pude sentir el calor de su cuerpo sentada junto a mí.

- ¿Usted la conocía?

Guardó silencio unos momentos. Se puso en pie, caminó hacia la carpa, hurgó entre alguno papeles, y regresó donde me encontraba, cada vez más expectante y ansioso.
Se sentó tan parsimoniosamente como se había levantado, miró lo que traía en su mano, y me lo acercó.
Era una fotografía.

- Entonces, sí la conocía –afirmé.

Me miró fijamente, y su respuesta, llena de emoción, colmó mi sorpresa:

- Era mi hija.

Bebió unos sorbos de su taza. Miraba fijamente la fogata que había encendido.

- Tenía veintidós años. Era muy bella.

Asentí sin dejar de ver la foto.

- Desde que era una adolescente, ella venía aquí todos los días. Siempre le fascinó el mar. Decía que la sensación de inmensidad hacía que su alma volara libre por el espacio...Creo que también siento algo así –dijo tomando nuevamente de su taza-.
Una vez estuvo enamorada, pero el chico en cuestión no pareció enterarse de ello.
Eso la hizo sufrir bastante, pero no cejó en su deseo de conocer el amor. Su madre había muerto cuando todavía era una niña, así que la mayor parte del tiempo estaba sola, porque yo debía trabajar. Fue entonces que comenzó a aficionarse a esta playa. Pero no venía como el resto de las jóvenes de su edad, a tomar sol y a divertirse. Ella decía que venía a encontrar su amor, y por eso le escribía cartas y poemas que luego lanzaba al mar.
Sugería que la brisa marina sería el gran intermediario y que las gaviotas llevarían el mensaje a la persona correcta.

No pudo evitar sonreír al decir esto.

- Pero creo que las gaviotas no encontraron la dirección indicada.

Hizo una larga pausa, que no me atreví a interrumpir.

- El tiempo pasó...Mi Sofía no dejaba de venir, sin importar la estación. Invierno y verano, otoño y primavera. Una tras otra. Por mucho que intenté hacerla entrar en razones, no fue posible. No le importaba si llovía o hacía calor intenso. Igual bajaba hasta la orilla para lanzar sus botellas. Y cuando no hacía eso, venía y aguardaba largo rato, esperando sólo Dios sabe qué.
Finalmente su salud no resistió, y un frío día de invierno, la pulmonía hizo presa de ella. A pesar de eso, igual escribía, y me pedía que trajera las botellitas con los papeles dentro. Alguna vez lo hice...otras no.
Su estado se complicó y un amanecer falleció.
Mi niña querida...-dijo en un susurro.
- Si ya pasó tanto tiempo, ¿cómo es posible que haya encontrado esas botellas?
- No lo sé...sólo la brisa del mar sabe qué caminos han recorrido.

Dejé el jarro sobre la arena, y perplejo me fui. El viejo pescador guardó silencio. Tal vez por respetar esa perplejidad que me envolvía, o tal vez porque él mismo estaba penetrado de recuerdos imborrables.
De regreso al departamento, cogí aquellos papeles que para ese momento guardaba como un verdadero tesoro. Los releí, una y otra vez.

.........................................................................................................................

El sol invadía y llenaba la habitación. Era tan intenso, que todo parecía desaparecer en medio de la nube de luz. El mundo real se desvanecía y me sentí transportado a un lugar de fantasía. En algún momento recordé el viejo cuento de Alicia y su aventura a través del espejo.
Recostado en la cama, dejaba vagar mis pensamientos.
Una brisa fresca irrumpió a través de la ventana abierta. Las cortinas se mecieron con bastante fuerza pero sin perder la suavidad en su movimiento.
Su vaivén me entretuvo durante algunos segundos.

No sé cómo, pero de algún modo lo presentí. Mi corazón se agitó levemente. “¡Qué loco!”, pensé.
Y llegaron a mi memoria aquellos versos que tantas veces recogí en la playa. ¿Por qué los recordé en ese momento? No lo sé. Pero no pude evitar que un suspiro escapara de mi boca.
Cerré los párpados.

Su figura fue emergiendo lentamente. ¿Tenía aún los párpados cerrados? No lo sé. Es como si ella hubiera sido parte de la luz que llenaba la alcoba, luz que la mantuvo invisible a mis ojos, pero siempre presente. Su vestido, de un color salmón muy tenue, cubría su cuerpo y sus brazos, pero con delicadeza. La brisa, movía sus mangas anchas. Y aunque caminó hacia mí, parecía flotar.
Poco a poco, pude ver en detalle sus facciones, y su rostro guardaba la más bella de las sonrisas que puedo recordar.
Se detuvo junto a mi cama, y se sentó a mi lado. Yo no me movía, pero mi inmovilidad no tenía nada de temerosa, sino que por el contrario, su presencia me invadió de ternura.
Cogió mi mano y la llevó hacia su rostro. Su piel era sumamente tersa.

- ¡Sofía! –dije-.

Su respuesta fue una sonrisa más brillante aún que la luz que nos rodeaba. Deslizó mi mano por su mejilla y mis dedos por sus labios que estaban tibios.
Sólo nos contemplamos. En silencio. Nuestros corazones parecían entenderse sin necesidad de las palabras.
Estoy seguro que muchos siquiatras escribirían extensas monografías sobre esto, pero aquello estaba muy lejos de ser una fantasía, una creación de mi mente. Yo lo sabía, lo podía sentir.

Colocó mi mano sobre mi pecho, y me soltó. Se puso de pie y caminó hacia la ventana. La luz la fue envolviendo lánguidamente. Cuando se detuvo, se volvió hacia mí sin abandonar nunca aquella dulce expresión.

- ¡Sofía! ¡Te amo!

Su sonrisa se fundió con el resplandor que la ocultó definitivamente.

Abrí los ojos. Miré, y la brisa mecía aún las cortinas.
Me senté abruptamente y repasé en mi mente cada imagen. Mi corazón todavía palpitaba la ternura que me había inspirado, y le reclamaba a mi razón que aquello no había sido un sueño.
Fui hasta la ventana. El mar, a lo lejos, estaba calmo. La mañana era agradable, fresca.
Ella había estado conmigo, lo sabía contra todo raciocinio. Si hasta podía oler su perfume.

Me vestí apresuradamente. En pocos minutos pisaba una vez más las arenas de aquella playa. Cerca de la orilla, me senté como tantas veces lo había hecho. Pero esta oportunidad era diferente. Porque el mundo que me rodeaba ya no estaba presente en mi mente.
Quizás estaba rodeado de gente. Quizás estaba solo. No lo sé.
Solo vi un objeto que atrajo toda mi atención. Un viejo bote abandonado desde hacía mucho tiempo. En la proa tenía pintado un nombre: “Mar en calma”.
Así estaba mi corazón. En una calma completa.
Ver el bote y tirar del él hacia la orilla, fue una sola acción. Las aguas se agitaron un poco, como queriendo venir en mi ayuda.
Subí, y con el remo, tan viejo como el mismo bote, fui avanzando sobre el suave oleaje.

..........................................................................................................................................

El viejo pescador, mientras se encaminaba hacia la calle, cargando su tienda de campaña, fue el único testigo de aquellas escenas.

Transcurrieron las semanas, y nadie supo qué sucedió con el bote y con su ocupante.
Sólo algunos pescadores de la zona dicen que en algunos amaneceres, han visto un bote, pero aseguran que en él navegan dos personas. Ellos testifican que se trata de un hombre y una mujer, quienes contemplándose y en silencio, navegan suavemente hacia el sol.
Claro que nadie les cree.

Con derechos reservados de autor. Copyright © 2005

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Comentarios de nuestros lectores - Escribí tu comentario
06/07/09 | 12:13: MARÍA ELENA ZWEIFEL dice:
qué pena que hace más de un año que no nos entregas otros escritos.Disfruté tanto de EL MENSAJE,lograste que me introdujera en la historia,que viera el mar ,que sintiera la arena húmeda,que imaginara a sofía... muy bueno...pero volvé por favor. MARILEN -SAHUMERIO DE VAINILLA
marizu@live.com.ar
 
12/03/09 | 08:34: Alejandro dice:
Existen los diferentes - dice: Muy bueno. Es imposible, que alguien al cual el mar y la playa le despiertan al niño oculto dentro, no sea tambièn un poeta.
bitacora52@hotmail.com
 
12/01/09 | 14:05: Enrique dice:
Recién leo este blog, me lo envió un amigo. Felicitaciones.
henry@hotmail.com
 
12/01/09 | 14:02: Ricky dice:
La verdad me gustó muchísimo. Excelente.
rickgrate@hotmail.com
 
07/05/08 | 20:36: Gladys R. Bandi dice:
Gerardo Qué placer leer "El mensaje" Qué derrroche de fantasía tan real, tan impactante, me la creí hasta "despertar" claro, no quería yo tampoco hacerlo.Lograste llevar el control hasta el final, cosa nada fácil. Muy emotivo. Espero seguir visitándote. Mo blog "Amaneciendo auroras"
gladysbandi@hotmail.com
 
07/05/08 | 11:54: ignacio dice:
Gerardo: Gracias por tu Sofía, gracias por dejarme volar un rato por ese mundo fantástico en el que nuestros sueños se hacen posibles. Y tenés razón, las letras son sueños y las palabras un dulce despertar. Un abrazo desde la otra orilla de ese Rio de la Plata que, en vez de separarnos, nos une.
nachus61@hotmail.com
 
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