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Cazadora de instantes
Silvia Braun
Santa Fe - República Argentina
Escribo y pinto la vida. No la concibo sin libros, sin baile, sin música ...sin arte.
Circulo en sentido inverso a las agujas del reloj, me abrazo a un árbol, me bebo toda la cerveza del mundo amarrada a las plumas de un pájaro.
Dos más dos me da 90.
¿No es maravilloso?

silviabraun@gigared.com
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El muro
Carmen
Paula Ferraris
Paula Ferraris
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Últimos comentarios de este Blog

06/04/11 | 21:26: lidya maganani dice:
SILVIA ME PARECIO ESTUPENDO LEI EL MURO , DE TU MENTE BRILLANTE PUEDE SALIR , MAGNIFICOS ESCRITOS . ESPERO QUE TENGAS TODA LA FELICIDAD DEL MUNDO, GRACIAS POR SER MI AMIGA Y A PESAR DEL TIEMPO PASADO NO ME OLVIDASTE UN BESO LILYJ
17/03/09 | 10:27: Alejandro dice:
Existen los diferentes - Dudo que piedra quitar primero; el muro de la distancia està allì, de un lado la hermosa figura, del otro la belleza de las inteligentes letras. Como voragin de viento, tal susurro de tormenta, ensombrecida de noches, tras el muro, alma despierta. te vote como corresponde: exelente.
24/02/09 | 01:09: El Poeta dice:
Slvia: Lo sentí muy cerca de mi, por intuición simplemente. A i tambien 2 x2 me da diecisiete y medio. No puedo remediarlo... Soy tambien de Santa Fe, Rosario, y yo tambien a veces me busco y no me encuentro a mí mismo. Solo me falta el muro, al que tampoco encuentro!
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Carmen



CARMEN



Sintió la herencia inevitable de los años, el surco ilimitado de la vida y percibió , como muchas veces, una pena indefinida.
Peinó sus cabellos, los trenzó alrededor de la nuca como lo hacía desde niña; una tarea que era como su vida, pensó. Corrió las cortinas para que la luz entrara tenue y crepuscular; miró el pasto, el verdor extenso del campo, se sentó en el sillón. Terminó el trenzado ajustándolo con horquillas negras y comenzó a ovillar lana.
Pensó.
Vencida por la nostalgia, dejó el ovillo y fue hasta el viejo armario de madera. Un olor a encierro invadió el aire. Sacó de un cajón viejo papeles amarillentos y se sentó a la mesa a escribir.
Afuera, los trigales se mecían por el viento.
La mujer, inclinada sobre el papel, parecía llorar. " Quiero que vengas", escribía con temblor, quiero contarte mi vida, eso nomás... soy la madre de tu madre. Quiero que sepas ... pero no te demores porque cuando el trigo se inclina hacia donde sale el sol es porque la muerte ronda por los campos".
Nada más escribió la mujer sobre el viejo papel. Simplemente se sentó a esperar mientras trenzaba incansablemente sus cabellos. Una tarea infinita, como el campo que contemplaba en silencio.
Los días se sucedían sin que nada ni nadie se acercara a la vieja casa rodeada de sauces y de pájaros, de trinos, pétalos y néctares.
Una tarde vio venir a una muchacha con el pelo suelto al viento. Creyó, por un momento, que era ella misma,venida desde la lejanía de los tiempos, desde una juventud trunca y desvalida, llena de inseguridades y zozobras. Pero el paso de la muchacha, contrariamente a lo que habían sido los suyos, eran firmes y decididos, caminaba segura por el camino bordeado de sauces. No llevaba ninguna falda que se enredara a sus piernas de manera que, no supo precisar en qué podía parecerse a la muchacha.
Salió a esperarla.
La joven tenía la piel de nácar y ojos aceitunados, el pelo suelto le llegaba hasta la cintura.
Sólo dijo: soy la hija de su hija.
La otra contestó que no era necesario que lo dijera porque tenía su misma estirpe, la misma y orgullosa manera de mirar y la misma altivez cuando caminaba.
Entraron.
El aire, conmovido, rodeó a las mujeres que se miraron a través de los años como si nada tuvieran en común.
La joven se sentó donde la madre de su madre le indicó.
Por un largo tiempo no hablaron.
Miraban el campo que a esa hora casi crepuscular, parecía una mirada verde y pacífica posada sobre la inmovilidad de la tierra.
Palpitaba el aire.
La tarde se cerraba enceguecida y vacilante.
La vieja mujer se sentó en el lugar marcado por la costumbre de los años. La voz sonó lúgubre y triste.
Dijo:
" Quise conocerte antes de morir. Mira, allí afuera, allí está toda la vida que no he vivido. Sólo quería que lo supieras".
Y empezó a llover.
El cielo se tiñó de azul.
" Quería que supieras que alguna vez fui joven y bella. Pero no pude vivir. Me levantaba al alba, con los pájaros, atravesaba el campo verde, tibio en el verano, congelado en el invierno. Amparada por la brisa iba por el largo camino hacia los establos. Ordeñaba. La leche fresca caía tibia y blanca. Luego, emprendía el regreso, el mismo camino largo, el mismo viento enredado en mis faldas y los cántaros, pesados como piedras. Largo el camino, largo. La casa me parecía lejana por el peso enorme de la carga. Atrás quedaba el mugido de las bestias que era como un lamento de la vida. Luego, servía la leche en los tazones de losa blanca ... la mesa larga como mi pena... los hijos sedientos ... la ropa limpia ... el fuego siempre encendido y él, él, sentado a la mesa, erguido, severo, ciego a toda ternura, sin hablarme, sin mirarme ....
La mujer calló.
Se miraron. Luego dijo:
" Infatigable, día tras día, realizando la labor cotidiana que nadie veía, el músculo cansado y el corazón palpitante que pedía un gesto, solamente un gesto. En el fondo grasiento de la friega cotidiana, mi silencio, mis horas postergadas. Los ciclos de la vida se han cumplido. El ya no está y los hijos se han ido. Yo era una bella muchacha con el corazón más bello todavía. Te he llamado para contarte mi vida que no ha sido más que el ir y venir del establo a la casa y sentir el odio y el amor por el hombre que no me hablaba, que no me miraba ... sólo eso quería contarte, nada más ... no hay nada más".
Había cesado de llover.
La joven se levantó de la silla y fue hasta donde la madre de su madre. Tuvo deseos de abrazarla y decirle todas las palabras que, esperadas, nunca le fueron pronunciadas.
Afuera, los sauces se mecían suavemente.
El ovillo descansaba entre las manos de la mujer que había sido la madre de su madre.
Dijo: Carmen.
Nadie respondió.
Al levantar la vista vio en el espejo mil rostros, vestidos agitados por el viento, la lluvia implacable de los inviernos, la vida que pasaba vestida de mujer con pesados cántaros y un hombre que, desde un ángulo contemplaba la escena.
Puso el ovillo sobre la mesa.
Cerró las ventanas y la puerta.
Cuando salió, el cielo era una estrella envejecida.
El viento empezó a soplar.
Miró el camino largo.
Sus dedos finos comenzaron a trenzar lentamente sus largos cabellos rubios, lo hacía entrecruzando las hebras alrededor de la nuca.
Fue entonces cuando sintió el alarido pero no quiso darse vuelta.
Miró el cielo, la tierra y los trigales quietos.
Atrás quedaba la casa y el aterrado rostro de la madre de su madre atravesando el cristal de la ventana que se partió en dos para reiniciar la vida.



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