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Cielos e infiernos
Ricardo Cardone
Buenos Aires - Argentina
Enfermo ya de tantas discusiones con su perfil tan alejado de cualquier molde específico, siempre se muestra dispuesto a negárselo a los demás los días en que éste se rebela. De hombros que tienen prohibido caerse y pecho negado al abatimiento, suele suceder en su interior una lucha de clases entre una decente elegancia reflejada en su mente y una indecencia absoluta en su vestir, capaces de desconcertar a cualquier novato explorador de almas gemelas. Sumergido en una mezcla de aristócrata de barrio y último eslabón de la cadena evolutiva, aflora a la superficie con esa actitud inmutable que despliega frente al temor, valerosa cobardía de quedarse de pie ante el escalofriante devenir de la realidad. Su vida está reflejada en sus manos y en lo azul de su mirada. Si, azul. Lo blanco del ojo, para él, es azul.
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Últimos comentarios de este Blog

05/01/11 | 15:59: mariana dice:
Me gusta la descripción me lo imagino y aún más el final.
02/09/09 | 11:30: Marilen Zweifel dice:
\"VACÍOS\":hermoso poema Ricardo . Espero que sigas publicando . Marilen-sahumerio de vainilla-
25/08/09 | 21:07: Sol dice:
¡En qué paño muere abierta la otra herida!
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Cielos e infiernos
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Cielos e infiernos


Tomá un tiempo, el que quieras, desmenuzalo como si fuera arena entre los dedos, desterralo, rociá el aire con el polvo, sentenciá al viento a que lo lleve lejos, bien lejos. Tomá un tiempo cualquiera y, de a poco, casi sin darte cuenta, te habrás librado de su pasado.


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Latidos



Latidos
Un hueco invisible. Una luz oscura detrás de una puerta distinta. Una ventana que desconoce el silbido del viento. Algunas cortinas que se dejan llevar por la noche. Una mesa vacía. Una silla impaciente. Una cama olvidada. Enorme, el silencio llueve de estrellas en algunas manos huérfanas. En algunos pies desérticos que buscan lugares cóncavos. La noche libera los recuerdos como burbujas de aire. Y uno los respira tan frescos, tan presentes que ni siquiera alcanza a contar las horas. A reconocer el espacio entre la silla y el vacío. Entre una mesa con flores y la fragancia de las sábanas a las tres de la mañana. Y uno acaricia los labios cerrados, los ojos de almendra, el cuello desnudo como si recién descubriera ese signo del aire. Como si reconociera el lugar, las cortinas, la ventana que mira hacia la noche, la lluvia de estrellas que le dice que no, que está solo, que no hay pies, ni manos, ni cuellos, que no es el lugar ni el tiempo. Le anuncia que el silencio es un hueco irrevocable. Y los miedos acechan desde un cielo a cuartos crecientes. No hay lugar para leer los labios. No hay a quién confiarle un secreto imperdonable. Las formas filosas del amor se nos blanden con la luna y nosotros, como buscadores de certeras ilusiones, palidecemos en desiertos ajenos, sin llegar a saber si es cierto o no de aquel sitio en donde se unen los cuerpos como rojos latidos. Es verdad que aún no sabemos en dónde estará, cómo serán sus calles, si tendrá ventanas que desconozcan al viento, si las cortinas se dejarán llevar por las noches de vigilia. Es verdad que ignoramos su nombre y el tiempo al que pertenece. Pero conocemos la única puerta y su luz infinita. Sabemos que habremos llegado por los mismos laberintos a los que están sentenciados a cruzar los amores condenados a una eternidad. Sabemos que nos habremos detenido aquí, leyendo lo que mañana tal vez no encontraremos de la misma manera en que lo habíamos dejado, como las flores sobre la mesa, como aquella ventana abierta a media noche, como el silencio que perturba, como este amor que se nos muere.

Ricardo Cardone

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Comentarios de nuestros lectores - Escribí tu comentario
05/01/11 | 15:59: mariana dice:
Me gusta la descripción me lo imagino y aún más el final.
marianarius@yahoo.com.ar
 
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