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Myrian Castillo
Barranqueras - Argentina
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Últimos comentarios de este Blog

11/04/09 | 23:18: Myrian dice:
Gracias Luis por tu cuento
11/04/09 | 23:02: luis dice:
la ardilla llamada ana, era la más sociable del grupo de pequeños peludos. Una tarde, después de un apanzada de nueces, se alejo del grupo a dormir sobre una halla, su sombra era la mas fresca de todas... se le hizo noche y se dirigio a saltos breves a su madriguera, pero fue avizorada por un buho. Ana se sintió muerta, pues no veía hacia donde sus saltos la transportaban... sintió el aleteo sobre su cola y luego una garras frente a sus ojos, imploró a sus creencias para no ser devorada, pero el buho ni la tocó siquiera... el ave era vieja, casi ciega y sorda. Ana masticó rapidamente sus plumas y la dejó sin volar, vengándose de esa manera de todos sus amigos muertos por esta ave de rapiña. La noche pasó rápìdo... el sol aparecio entre los árboles, frente a la madriguera de ana, unas cuantas plumas, regalo de los lobos por el suculento festin que Ana les había regalado
31/05/08 | 16:13: Graciela(JAQUE MATE EN LA COMARCA) dice:
REcién te veo Myriam!! me gusta tu estilo chaqueña!! me encanta! Esta Muñeca de Papel está tan bien desarrollad...muy bueno! La palabra exacta en el momento exacto. Breve, tenso, bello. Pasá por mi comarca cuando quieras. Estoy de "vacaciones" de "mis palabras", pero allí mis textos esperan visitas. Un abrazo Graciela
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Trabajos realizados en mis torridas noches literarias.


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PARA UN HOMBRE SIN NOMBRE



Dedicado a todo lo que debemos guardar en la memoria
“…te amarras a un recuerdo o el recuerdo se amarra a ti…”

Cuando llegan fechas vacías, donde sucedieron muertes inescrutables, donde asesinos se ocultaron, maníacos del poder, que dejaron un jarrón vacío sediento de flores, o de una flor en memoria del que fue; viene a mí esa frase.

Recuerdo el verano del 77’ en Campana, Provincia de Buenos Aires; tendría quizás 7 años, estaba de vacaciones en la casa de uno de mis tíos. Esas vacaciones largas, eternas, dulces, como lo es para todo niño que parte de un pueblo a una ciudad grande.

La travesía comenzó en mi querido y caluroso Chaco, en la estación del ferrocarril, allí la gente pululaba como hormigas, ofrecían chipas o tortas fritas y asadas, maní con chocolate, recuerdos, animalitos que se movían con varillas y otros que rodaban mientras caminabas. El tren era enorme, más largo que un ciempiés, de a ratos tiraba bocanadas de humo y un estruendoso ruido… Cuando se dio la hora de partida jamás imaginamos que un viaje de 36 horas se haría de 72, campos, maizales, espinillos, animales pasaban tras la ventanilla junto al incesante movimiento. En el medio del viaje casi descarrilamos, ¡qué griterío!, cerca de Buenos Aires envestimos a un gaucho y su caballo, creo que se creía Don Quijote porque aunque el guardia hizo sonar su campana y trató de detener la enorme oruga de hierro, éste se empecinó en chocarlo de frente, así que pasamos una noche más, en el medio del campo, con enormes mosquitos y ruidos extraños, y un cielo, un cielo que no he vuelto a ver, poblado de estrellas blancas…
Pero volvamos al porqué las vacaciones se hicieron largas, resulta ser que mi abuela se enfermó, y mucho, por lo que uno de mis tíos, el mayor de ellos, vino a buscarnos desde Chaco, antes tenían que conseguir el permiso del médico para que ella pudiera viajar, el doctor que la atendía estaba en un hospital en Zárate, como no quería dejarme en Campana con mis primos, me alistaron y me llevaron con ellos; ya en el hospital la espera fue larga, así que mi tío me llevó a una plaza a jugar, comimos helado y disfrutamos de una hermosa mañana. Al medio día, cuando todos los estudios y la aprobación del médico estuvo, volvimos a Campana; por suerte conseguimos asientos seguidos en la mitad del colectivo, mi tía y mi abuela iban delante de mi tío y de mí, el colectivo prácticamente se llenó de pasajeros en la estación. Yo, obnubilada por los enormes camiones que veía pasar, autos a toda velocidad, gente que se movía como hormigas en las veredas…

Cuando nos retiramos del centro, ya casi en la ruta, el micro se detuvo en una garita, allí subió un hombre de traje azul, casi gris, corbata azul y camisa blanca, llevaba un portafolio color marrón de cuero gastado, habló algo con el chofer y buscó asiento, como no había ninguno libre, mi tío me alzó en su regazo; el hombrecito se sentó al lado nuestro, le sonreí, me sonrió; con mis manos traté de tocar el maletín que él acomodó sobre sus rodillas, y mi tío, sigilosamente, mantuvo mis manos lejos de su alcance… ¿porqué será que los grandes temen?… El señor, muy cortésmente, me regaló un chupetín de frutilla, rojo, redondo, azucarado, que lo guardé en mi bolsillo, justo allí me llamaron la atención los eucaliptos al borde de la ruta, quería contarlos, al igual que los tractores; el sol ya había pasado sobre el colectivo, y permitía correr las cortinas para que uno viera el camino, la verde gramínea, los zanjones perfectos al costado de la ruta, alguna que otra nube viajera, mi tía diciéndome que me quedara quieta, sin saber o recordar que a esa edad no reconocemos el significado de esa palabra.

El hombrecito azul se levantó y fue a hablar con el chofer, de golpe, en plena ruta, el micro se hace a un lado y detiene su marcha, parada en el asiento miro las ventanas del otro lado y diviso a lo lejos entre los eucaliptos, excitada exclamé - ¡mirá tío, soldaditos! Mi tío hizo una mueca, como de sonrisa, me alzó y me puso en los regazos de mi tía, recuerdo seguir apuntando y diciendo soldaditos, de pronto divisé los rostros pálidos de los que estaban en el colectivo, la puerta se abrió, los soldaditos subieron pidiendo que bajáramos, recuerdo que fuimos los últimos porque mi abuela se movía apenas, un soldado ayudó a mi abuela, quien no era muy grande así que prácticamente la levantó, detrás de ella me alzó y me bajó al lado de mi tío que rápidamente me tomó de las manos y me dijo-“quedate al lado mío, quietita-, le pregunté si era un desfile y me dijo: -si, es un secretito.”-, yo feliz, rodeada de soldaditos, pero no entendía ese nerviosismo de las personas, ni a mi tía… cuando le pidió unos papeles a ella y luego tomó mi mano y mi tío la otra, estaba entre medio de los dos que se acurrucaban cada vez más, sentía la transpiración de sus manos en las mías, traté de hacer un lugarcito más para ver a los soldaditos y los vi a los bordes de los zanjones con sus fusiles apuntando al micro, camuflados como la hierva, los diente de león levantándose en la briza como escapando, me di cuenta que todos los que bajamos del micro estábamos estampillados contra él en una larga fila de ovejas, el señor de traje azul y nosotros éramos los últimos del paredón, sonrió y me preguntó: - ¿ya comiste el chupetín? , moví mi cabeza negándolo, me guiñó el ojo, sonreímos, mientras me colgaba de las manos de mis tíos y me hamacaba, no dejaba de mirarme y sonreír. Creo él era tan niño como yo.

Una camioneta verde estacionó cerca del colectivo al frente nuestro, con soldaditos encima, bajaron tres, pidiendo no sé qué , parece que papeles, documentos, que iban devolviendo y haciendo subir a las personas de las cuales ya habían visto los papeles; cuando nos tocó a nosotros recuerdo que subió mi abuela, quien me llamó para que subiera con ella, pero los soldados no la dejaron, luego subió mi tía que no quería soltarme la mano, así que mi tío me cambió de mano y quedé al lado del hombrecito, él me dijo:” - éstos son los lobos”; momento en que mi tío me levanta y siento que una lluvia me salpica la cara, y no llovía, traté de secarme, mientras empujaban a mi tío para que subiera al colectivo, por sobre los hombros de él pude ver cómo a aquel chiquillo de traje azul ya casi gris le sangraba la nariz, levantó la cabeza y me sonrió, le dije chau con mis manos, mientras empujaban a mi tío y éste trataba de taparme los ojos, aun así vi las patadas estrellarse sobre el cuerpo de aquel hombrecito, escuché los gritos, vi culatas de rifles golpeando su traje azul casi gris, le pisaron las manos, abrieron su maletín y de allí volaron papeles, papeles escritos, papeles en libertad, volando tras los dientes de león, otros no pudieron volar y quedaron destrozados en pedacitos…

Cuando el micro siguió su marcha, en silencio sepulcral, cargado de ovejas, vi cómo del pelo lo levantaban a la camioneta, para seguir golpeándolo. Los lobos lo devoraban. Sentí las manos de mi tía limpiándome la cara de la sangre cuajada de una oveja, mientras yo con las mías apretaba en mi bolsillo un chupetín que se derretía y que nunca pude comer.

Muchos años después, ya en Chaco, mis tíos y mis padres solían recordar la historia, y siempre, siempre, a mi tío le sudaban las manos, yo compraba chupetines de frutillas, y mi abuela alzaba un vaso de vino diciendo: -“para un hombre sin nombre”-.

(Editado en Chaque tu lengua, de Eloisa la Cartonera)

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