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Mi Perfil
marcelo lazovic
buenos aires - argentina
Marcelo Lazovic es autor de los libros Desencuentro Violento (2007) y Entonces(2011). Participó en el grupo poético Globos rojos y concurrió al taller literario del poeta Néstor Costa del 2005 a 2007. Sus poemas han sido seleccionados en diversas antologías. Durante 2010 y 2011, asistió a los cursos de Laura Massolo formándose como coordinador para el Taller de Poesía. Actualmente se desempeña como colaborador de la revista Lamás Médula.

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se dictan talleres de poesía en turdera, lomas de zamora

para más información

http://marcelolazovic.blogspot.com



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Desencuentro violento





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Fobia al encierro



Se avalanza sobre los azulejos. Sus zapatos pisan tan fuerte que parecería que se van a quebrar, y pasa, pasa demasiado ligero sobre la habitación que no es interminable porque él no quiere que lo sea.

Ojalá no me llamen por teléfono, dice, y pide, y rogá que algo pueda detenerlo.

Pero no quiere seguir avanzando tan decidido sobre un camino que se muestra fácil, por eso mismo, porque sólo es una muestra y está solo y no es más que una secuencia de impulsos. Gritaría ahora, prefiere el silbido de los pájaros, estar allá afuera y dejar todo así, que el destino lo busque a él.

Las habitaciones, varios rectángulos iguales, y muchos cubículos, montones, uno al lado del otro, pegados, que dividen a toda ímpetu toda la fuerza que pudiese concentrarse. Y con fuerza, dice, los haría polvo a ellos, a los que invisibles miran cada movimiento. Y con fuerza, digo, se rompería eso que divide, ese no sé qué en el ambiente.

Camina apurado, muy apurado (espíritu engañoso) quiere caer bien parece, piensa, se dice, se conforma. Es lo que hay, y lo que no hay es tiempo. El infinito está acortado, es un espacio entre el pelo y el techo. Y la libertad está ahí, en respirar todo lo que se pueda.

Mataría varias veces.

Dice que eso que vibra en sus oídos no es música, no, no hay música porque el sonido no llega hasta el alma, se queda rebotando en las paredes repetidamente, choca contra las mentes y cuando le raspa la oreja a alguno, ese perdió.

Nunca le dijo adiós a los cables ni tampoco a las cartas, a las de amor no por lo menos. Qué saben los demás del amor, del que a veces cuesta toda una vida. O una realidad, porque no se separa de lo que existe, no sabe cómo, entiende tan por demás al mundo que se quedó en los detalles, en las palabras para hacerlas hermosas. Una mujer no es una palabra, lo sabe más que bien, una pared pintada no es sólo un color desparramado.

Nunca le dijo adiós tampoco a la soledad. Ella es peor que cualquier drama, porque los dramas tendrán alguna solución supongo, la soledad siempre está rondándole muy cerca y no te la sacás de encima tan pronto.

Va a llegar a su asiento para no volver a moverse. Todo lo que sucede es un abismal recorrido que no pasa delante de él, siempre lo supera, exageradamente, como un puente y un salto al vacío. Para qué vivir así, se pregunta todas las mañanas. Muy por encima de los horarios existe algo impalpable que de por sí le daría miedo a cualquiera. Sería ver real a la estructura, sería extender la mano hacia algo mejor, que claro, no sabe qué, así lo acostumbraron, a matar y a matarse, obedeciendo.

Una vez en su asiento sabe lo que no tiene que hacer. No podés pensar, se dijo y se recriminó. Hay alguien que piensa por él, hay quien configuró todas las acciones y papeles de su escritorio. Maldita sea, dice, otra vez no soy yo. Revuelve en su estómago toda esa cuestión existencial, que en silencio le carcome los latidos. Mejor pienso despacito, dijo, y con qué pena lo escribo. Es mejor que no me escuchen, se retrucó, maldita sea.

No sabe sentarse de otro modo del que le explicaron, no y re-que-te-no. No sabe llegar tarde porque no le enseñaron lo prohibido, claro que no. Se pegó en el pecho la inscripción al mundo laboral, andá flaco, tenés que ser como todos, pero eso es no ser, pensás.

Hay algo fijo, lo sabemos, las escaleras mecánicas y eso que aparenta ser lo que lo lleva hasta el lugar que lo vuelve a matar (primero lo cocinaron, tomá todos los números del mundo y explotá, fue lo que le dijeron cuando llegó por primera vez). Qué nervios, en sus manos está su futuro, en saber cómo conseguir la llave que lo saque del mundo de los números, de las palabras ciegas y anoréxicas. Arrugate, querido, antes de intentar escaparte. Al mundo lo configuraron desde las entrañas mismas de un dios plástico. Mostrá una sonrisa cuando te llamen, mostrásela a la pantalla, a esa que te desgarra la mente porque sí es interminable. A la pantalla la tenés que querer, le dijeron, la pantalla hace todo por vos, y volvieron a sopapearlo sin asco.

Quisiera quedarse casi solo en el mundo. Solo, eso, porque más vale un destino que te atrape que toda la pesadumbre colgada sobre vos cuando te sentás. No te aflijas, contá todos los números, soportálo, hasta que un viento nuevo le escupa a la pantalla.

Volvería a matar, por el asco que le enseñaron a sentir.

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Comentarios de nuestros lectores - Escribí tu comentario
30/11/09 | 01:56: gonzalo dice:
muy bueno, la verdad me siento como en un hogar familiar , reconfortado por palabras que me identifican. supongo que a veces es lindo sentirse incomprendido y hasta exitante no saber quien uno es . muy bueno, un abrazo
gonrosaspaz@hotmail.com
 
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