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Mi Perfil
Rodrigo Arjona
Buenos Aires - Argentina
Tengo 37 años, soy guionista egresado de “Guionarte” primera escuela de guión de la Argentina. Soy escritor desde los 12 años, poeta y cuentista, participé en varios concursos literarios. Me interesó la escritura cinematográfica a la edad de 21 años. Cursé algunos talleres en la misma escuela y luego me decidí por comenzar a cursar la carrera, no sin antes probar suerte con la Universidad, donde entré a la Facultad de Filosofía y Letras a cursar en distintos momentos la carrera de Letras y la carrera de Historia. Finalmente decidido de lleno a completar los estudios de una carrera que me permitiera llevar a la práctica mi pasión por la escritura, dejé los estudios universitarios y me dediqué a terminar la carrera de Guionista de cine y T.V. Luego de mi egreso tomé contacto con la productora Argentina Druidafilm, y comencé a trabajar en un equipo que prepararía un programa de cortometrajes para ser difundido en canal 7.
Al mismo tiempo ejercía como docente ayudante en la carrera que había estudiado, en la materia “Guión 1”. En el año 2001 los inconvenientes producidos en el país y que son por todos conocidos, hicieron que el proyecto de cortometrajes no se pudiera concretar. Sin embargo, mi relación con la Productora continúa hasta la fecha, con la concreción de 2 guiones de largometraje que están siendo comercializados para su próxima realización. Además me desempeño como Director del “Área Guión” de la productora, siendo su función la supervisación técnica y creativa de los guiones que la productora recibe para su realización.
En el transcurso del año 2006 se llevó a cabo la filmación de INZOMNIA, con un guión mio.
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23/04/11 | 01:00: veka dice:
me encanto esta carta yo le hice un video de esto se llama carta de un vampiro a un amigo e me equiVoque mucho hah pero loq cuenta es la intencio saludes
27/09/09 | 19:26: Soledad dice:
edward cullen???
01/08/08 | 07:57: Paul W. Richard dice:
EXCELENTE ESTE TEXTO, RODRIGO. TE FELICITO POR TU GRAN HABILIDAD. UN ABRAZO
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Es un lugar donde poder exponer mi Literatura, siempre plagada de pistas que llevan a mi propio interior. Así que la gente que sepa "Leer" mis cuentos y poesías tendrá una mejor idea de quien soy.


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EL BOSQUE



Hacia el verano de 1995 hubo unos sucesos no del todo explicados que tuvieron lugar en la ciudad costera de Necochea y que se relacionaron con la desaparición de algunos vagabundos y unos jóvenes veraneantes. Por los vagos nadie se preocupó demasiado, simplemente completaban el número correcto para justificar una investigación mas o menos seria. Las familias de los jóvenes ejercieron más presión, pero la última respuesta del comisario de la zona de que quizás “se habrán escapado a otros balnearios”, los terminó de convencer de que el caso se cerraba ahí. Que los jóvenes aún hoy (a más de cuatro años del hecho) no hayan aparecido ni allí, ni en ninguna otra playa de la costa argentina no parece importarle a nadie, ni siquiera a las ya resignadas familias que los lloran.
Ya han pasado más de cuatro años, y yo estoy fuera del país. Poco me importa ya que se me tilde de loco o de sensacionalista. Lo fui en mi época, de lo uno y de lo otro, pero puede asegurar que mi cordura está (hasta donde puede estarlo) bastante estable, y ya no me dedico a vender noticias baratas.
Yo estuve en Necochea en Enero de 1995, yo fui participe de los acontecimientos en los que se involucraron esos jóvenes, y fui testigo de su final. Y ruego a Dios (si es que todavía hay uno a quien rogarle) que le dé fuerzas a esas desdichadas familias, ya que sus niños no volverán.
Había ido a la ciudad a pasar unas semanas de vacaciones, pero mi instinto de periodista no descansa nunca y, si bien Necochea es una ciudad tranquila y familiar, siempre estaba con los ojos abiertos a cualquier cosa que pudiera sonar como una buena nota, aunque fuera falsa.
Así fue como conocí a Natalia Rodríguez, una chica de 18 años que estaba pasando sus vacaciones en compañía de sus padres. La conocí en un boliche, totalmente borracha, y me contó una historia absolutamente traída de los pelos sobre cosas que hacían ella y sus amigos en el bosque.
Habló a los gritos durante casi una hora sobre estupideces tales como invocaciones al demonio y unos libros que tenía uno de ellos que hacía que los perros de la zona ladraban aterrorizados si se pronunciaban ciertas palabras. Mi olfato se encendió de inmediato y me hice “amigo” de Natalia para intentar confirmar la historia: olía una buena nota de color para ganarme unos pesos y seguir disfrutando de las vacaciones.
Estuve con ella unos días, conociendo a sus amigos, entrando en confianza, charlando de una cosa y la otra. Al fin los padres de Natalia se volvieron y ella se quedó en mi departamento. Ese fue el momento justo, pues los muchachos se hicieron habitúes de mi casa y organizamos fiestas casi todas las noches. Yo no soy un tipo puritano y el alcohol me gusta, y en cantidades; y de vez en cuando algún “saque” no viene mal, así que los dejé hacer a su gusto y piachere en mi casa. Pasaron noches y noches de orgías de sexo, alcohol y drogas, y yo sentía que los chicos se estaban aburriendo, entonces una noche me decidí a hablar sobre las “cosas” que me había contado Natalia.
Volviendo atrás en el tiempo, siempre recuerdo esa conversación con mucho cuidado, tratando de dilucidar las reacciones reales de aquellos muchachos y chicas. Eran nueve en total, incluyendo a Natalia, cuatro varones y cinco chicas. Apenas terminé de hablar cuando se produjo un silencio incómodo y todos se miraron, casi diría que asustados. Dieron a mi pareja una mirada de reproche y acto seguido los ojos de todos se posaron sobre Jorge, quien había permanecido al margen de las miradas y parecía llevar la batuta en las fiestas en el bosque. Jorge se levantó de la silla que estaba en el fondo, sobre un rincón oscuro y vino hacia mí. Me miró fijo, y sonrió seriamente. Había un toque de cinismo en su rictus que me hizo pensar que él sabía realmente (o creía saber) de que podía tratarse lo que estaban haciendo. Se sentó en un sillón de una plaza muy cerca de mí, Natalia se paró con vergüenza y caminó hacia la mesa. Jorge miró a los otros y, en silencio, cada uno se fue poniendo de pie y salieron de la habitación.
Jorge me observó durante unos segundos. A cualquiera podría haberle resultado incomoda la mirada inquisitiva del joven, pero yo no soy cualquiera. He soportado miradas de gente muy pesada (miradas... y más también), y no me amilané por mantenerle la vista a ese muchacho. Mis sentidos, que hacía unos minutos estaban embotados por el cóctel de placeres, se despejaron de pronto y permanecían alertas a cualquier detalle. Jorge por fin habló.
Me preguntó que era lo que Natalia me había contado, parecía divertido y disgustado a la vez, y en ningún momento pareció haber perdido la confianza en mí. Habló de darle un “chas chas” en la cola, por bocona, y yo le dije que en todo caso, eso era una función que ya no le correspondía a él. Me miró sorprendido, acusando el golpe, pero al instante volvió a componerse, y me preguntó que quería saber. Fingí no saber de que estaba hablando, le contesté que los veía aburrirse y que se me había ocurrido que podíamos realizar lo que estuvieran haciendo en el bosque, si aquello resultaba tan divertido como me lo había contado Natalia. Me observó fijamente de nuevo, como sopesando la posibilidad de hablarme o no. Al final se decidió y abrió la boca.
Lo que Jorge me contó aquella madrugada fue inquietante. Hubiera resultado muy ridículo si no hubiera estado contado con tanta convicción. El chico aquel creía en todo lo que estaba diciendo. Me habló sobre unos seres del espacio, mas viejos que la propia tierra (él los llamó Ancianos), y una lucha y el cautiverio de toda una raza de Dioses que esperaba ser liberados, y que él intentaba desde hacía tiempo otorgarles la libertad y servirlos, pues le habían prometido el dominio de la humanidad. El “Gran Cthulhu” (así lo escribió él) le había hablado en sueños con voz autoritaria y le había dicho las Verdades de la vida y la Muerte. El muchacho se paró mientras hablaba y gesticulaba. Decía que Cthulhu estaba en preso en una ciudad sumergida y que las estrellas debían ser propicias y que Él no estaba vivo ni muerto. Se detuvo y recitó algo que no comprendí:
“No está muerto lo que puede yacer eternamente. Y con el paso de extraños Evos, hasta la Muerte puede morir”.
Me miró con una especie de éxtasis al terminar estas palabras, y vio mi en mi rostro una falsa expectativa por aprender lo que él sabía. Me paré y le dije que enseguida debíamos probar los encantamientos y las recitaciones. Mentalmente me relamía pensando en la noticia que tenía en mis manos. Salimos de la habitación y nos encontramos en el hall con los demás. Natalia se acercó a mí, parecía temerosa. La miré, tranquilizándola en silencio. Jorge dijo que iríamos de inmediato al bosque.
El viaje fue callado, nadie decía una palabra, ni siquiera se miraban. Creo que por un instante los muchachos ya no encontraron divertido ese juego. No hablaron ni siquiera cuando Jorge se desvió para ir en busca de sus libros y les encomendó que tomaran sus posiciones en el claro. Nadie miraba a nadie, todos se acomodaron en una posición específica, formando las puntas de una estrella. Jorge llegó y se colocó en el medio, abriendo un libro viejo y arruinado. El ritual dio comienzo.
No recuerdo muy a menudo aquella vacación, pero de vez en cuando el rostro de Natalia se me viene a la memoria, y me llena de una dulzura nostálgica. Era una muchachita tierna, de sólo 18 años y mirada dulce, con unos hermosísimos ojos verdes claro.
Miré a los ojos a Natalia y la tranquilicé nuevamente con la vista. Jorge cantaba una letanía en latín mientras nosotros, dispuestos de una determinada posición repetíamos la última palabra. Después dio vuelta la hoja y habló, fuerte y claro, en un idioma imposible.
Mi memoria falla en este punto (a veces pienso que es una fortuna). Sólo recuerdo las palabras en un idioma absurdo para una garganta humana, y el frío, la sensación de que la temperatura disminuyó más de veinte grados, comencé a ver como el humo se formaba desde mi boca. Y oí el viento, arremolinado y feroz, soplando contra nosotros con una furia inconcebible. Las palabras de Jorge llevadas por el viento se mezclaron con otros sonidos: los perros aullando de pavor, cientos de ellos, desesperados. De pronto, el viento cesó, aunque la temperatura seguía a niveles insoportablemente bajos. Y el silencio. Era absolutamente imposible que hubiera un silencio tal, aun en la espesura del bosque. Parecía tener cuerpo y ser sólido, parecía querer aplastarte bajo su peso. Fue en ese momento cuando ocurrió. Y ocurrió delante mío. ¡Dios bendito, no sé como aun estoy cuerdo! Uno de los chicos dio un grito y se elevó en el aire ¡y sus pies no tocaban el suelo! Y se escuchó el sonido de sus huesos quebrándose. Gritando de dolor, su cuerpo reventó como un globo y nos salpicó con su sangre. Entonces escuché la risa y las flautas sonar, y vi el agujero abriéndose en el cielo. Y corrí, loco de terror, corrí con Natalia de la mano, llorando de pánico. Y la risa aumentó, y el olor a mar, a sal de mar, se hizo insoportable. Llegué a un árbol y me detuve, Natalia estaba sin aliento, se abrazó a mí y ocultó sus ojos al último horror. Los cuerpos girando en el aire como en el centro de un huracán. Sus huesos retorciéndose y quebrándose de manera inverosímil, mientras la sangre caía a borbotones ¡pero nunca llegó al piso. ¡Algo invisible succionaba la sangre de esos pobres chicos!. De pronto, un tentáculo escamoso y nauseabundo salió del agujero y tomó del cuerpo a Jorge que aun aferraba el libro murmurando incoherencias. Ese apéndice aberrante se lo llevó dentro del agujero, esfumándose para siempre.
Al final llegó otra vez el silencio, un silencio normal, terrenal. Me deshice del abrazo de Natalia y la miré a la cara. Sólo vi la nada. Una nada que dura hasta hoy cuando la voy a visitar al asilo para enfermos mentales más caro de la ciudad de París. No podía devolvérsela a sus padres así. Dejé que la dieran por muerta, total, su alma es lo mas parecido a un cadáver que he visto. A veces me sonríe cuando voy a verla, y sé que me reconoce por esa sonrisa tierna y dulce que me acompaña como un bálsamo las noches que las estrellas son propicias y escucho una música como de flautas, y huelo ese olor, ese horrible olor a bosque.

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Comentarios de nuestros lectores - Escribí tu comentario
29/06/08 | 14:49: Susana dice:
Me encantan las historias de terror, algo fantasiosa, pero nunca se sabe... Buenisimo.
Cavallerosu@hotmail.com
 
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