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Mi Perfil
Mónica Maud
Mónica Maud
Santiago del Estero - Argentina
Soy docente, enseño Crítica Literaria y dicto talleres de escritura a Jóvenes.
También soy responsable de un Suplemento semanal de Literatura en mi provincia y estoy a cargo de una revista dirigida a los docentes.
He colaborado con numerosas revistas digitales, si quieres conocerme puedes ingresar mi nombre en un buscador y allí estaré.
Pero, lo que mejor hago - dicen - es escribir cuentos. He editado sólo un libro "Yo, sacrílega" con 30 cuentos que tratan los pecados desde el sueño, el delirio y la pesadilla.
Tengo 45 años y declaro que dos son mis placeres: leer y conversar con gente que se pueda alejar de los instintos que los subordinan. Escribir, en cambio, es el sentido de mi vida.

















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Últimos comentarios de este Blog

16/09/13 | 17:34: karen dice:
por dios hermosisimo libro,no puedo creer lo atrapante de la historia,te atrapa realmente..amo leer y sin dudas ame este libro,trasmite todo,increible..
04/05/13 | 15:51: Laura dice:
hola gente! como estan? yo con un dilema,. recien termino de leer malasangre y me quedo una duda existencial, me parece que no lo entendi bien.. no se de que murio Mercedita , la tia de Pilar.. :/ no entendi muy bien esa parte creo.. de desifra en la hora del lobo? quien sepa por favor responda por qe me quedo un sinsabor tremendo! jaja saludos
04/07/10 | 21:20: Rodolfo dice:
No pude encontrar \"suplecultura@nuevodiario..\",pero encontré tu dirección \"monicamaud@..\" Me gustó mucho una poesía de Mario Benedetti \"Quien sabe\", y en la misma página del diario, del Domingo 2 de Mayo 2010, un texto de Eduardo Galeano \"Los nadies\", muy bueno. Comparto tus placeres de leer y conversar, percibo que nos animan las mismas inquietudes espirituales.Soy médico, tengo 62 años, y hay cosas que veo, leo o escucho, y que me tocan el alma. Me has inquietado con tu perfil, e intuyo que encontraré cosas lindas en tus cuentos cuando los lea. Yo también me cosidero bastante \"sacrílego\", y estoy harto de la mediocridad en que vivimos sumergidos. He vivido 35 años en Córdoba,nutriéndome de su cultura y sus cosas, recién en el 2004 me radiqué nuevamente en Santiago del Estero. Te brindo éstos datos para que entiendas que no me anima la intención de una conquista por Internet, no se trata de un \"lance\" (estoy muy viejo para ello), sino que percibo que puedo encontrar regocijo en tu trabajo, en tus obras, en tus sugerencias, y vos también podrás nutrirte con las cosas que leí y aprendí en mis largos años.Espero no haberte agobiado, espero que me respondas, me darás una gran alegría, e intuyo que vos, al igual que yo,sos amiga de regalar cosas del alma, de lo contrario no te animaría el afán por las letras y las cosas que animan el espíritu. ¿Te cansé un poco?, cuánto lo lamento, no fue mi intención. Cariños, y hasta que te decidas a contestarme.
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La escritura de Mónica Maud



Por Hugo Campos

“Adhuc sub judice lis est”
(Horacio)

Definir la literatura es como definir la vida. Una y otra están llenas de inocentes demonios, insignes travesuras, sinceras mentiras, llantos deliciosos; en fin, de costosas revelaciones. Una y otra, industrias misteriosa son. Y como dice Horacio en “Arte poética”: “Adhuc sub judice lis est”. El hemistiquio horaciano nos coloca en el límite. O en varios límites. Decir que “el litigio está en manos del juez” es admitir el límite. ¿Quién es el juez que ha de intervenir en tamaño litigio conceptual?. Quien escribe sin duda. Y el que lee, seguramente.
Éste es el planteo de Mónica Maud en “Yo, sacrílega”. Pero la novedad no está en la proposición, sino en el funcionamiento de un mecanismo significativo cuya indagación nos proponemos ahora.


Un mundo hacia adentro-afuera
El relato, cualquier relato, tiene magnitudes insoslayables como espacios geográficos y temporales, personajes y por supuesto, el lenguaje.
El título “Yo, sacrílega” de esta serie de cuentos ya nos cuenta la historia de una repetición. Hay un personaje, “yo”, un lugar y un tiempo: “el pecado y el yo”.
Si admitimos que “yo” es, como muchas otras, una marca de la ficción debemos recalcar que, además, hay en ese “yo” la huella que retorna para recordar y recordarse. Es decir, ese “yo” se blasona como personaje, invención, fingimiento. Pero, al mismo tiempo, retrocede, ¿o avanza? hacia una responsabilidad empírica. De ese modo, los límites no se anulan aunque se dilatan. Se cruzó el límite sin moverse de un punto. El “yo” se ha vuelto personaje; para eso ha traspuesto fronteras, aquellas que comúnmente llamamos realidad. Pero, en el acto de cruzar está también la quietud, aquella que ofrece la invención desde la instancia autorial.
Es decir, se instala el juego de un dentro-fuera quebrados, no aniquilados. De esta manera, el mundo que el sistema narrativo articula se abre hacia adentro porque desde su interior nos instruye para observar la huella, viajera inmóvil que manifiesta las hendiduras permeables a la contaminación. No se trata de un mundo íntimo, por lo tanto. Y aunque los relatos de “Yo, sacrílega” admitan esa posibilidad de lectura, hemos de conceder nosotros, lectores, que hay un más allá desde un más acá. Retozo de transferencias no jerárquicas estipulado de la quietud de un movimiento reduplicador.
Lo mismo pasa con el atributo de ese “yo” operado mediante el adjetivo “sacrílega”.
En el concepto que la palabra sacrílega fija sin pedantería está naturalmente la idea del pecado, pero está también la idea de redención sin la cual la anterior no podría significar. De modo que la fijeza no es anclaje definitivo. Es recuerdo, huella, hendidura que desacredita la perversión que injustificadamente se adjudica un centro y sus alrededores.
La desinencia “a” de sacrílega manifiesta lo que ya se repitió; esa terminación nos sitúa en la oposición femenino-masculino. Pero en la desinencia “a” está la desinencia “o”, por lo mismo que explicamos antes. Entonces se impone la pregunta: ¿hay un centro?. Desde luego, pero desplazado en continua traslación. Así el mundo del que hablábamos se vuelve al revés sin deterioro del derecho. Movimiento hacia un adentro por la huella. Huella que conserva la memoria de un afuera, con lo cual las fronteras se dilatan, se expanden o si se prefiere, se abren, pero, no se borran.
Por otra parte, si consideramos que en el título que analizamos está cifrada una historia, debemos descifrar las coordenadas de tiempo y espacio. Esto no escapa de la reiteración ya reiterada. Si en “sacrílega” habita el pecado como lugar, éste no está solo, la absolución lo acompaña.
El “yo”, por su parte, dice lo que ya hemos dicho y tampoco está solo. Allí están no sólo un “tú” sino también, un “él”, que además, es un “ella”. Como vemos el lugar es el de “junto a” y el tiempo es el de “al mismo tiempo”.
Pues bien, en los relatos que Mónica Maud reúne bajo el título “Yo, sacrílega” ocurre lo que hemos explicado ya. Sería inútil pormenorizarlo, no obstante, podemos señalar algunas indicaciones.
El título del libro, como todo título, se esfuerza en constituirse como lo más externo, lo más hacia fuera del cuerpo al que pertenece. Sin embargo, ya lo hemos advertido, aquí re-ocurre en el dentro, es decir, en los relatos. Iteración duplicadora de un exterior que se internaliza. O de un interior que se exterioriza. Oposición suspendida, pero no cancelada.
De nuevo, el juego de lo micro (el título como condensación) y lo macro (los relatos como exposición) reitera la porfía anterior: la huella, siempre la huella.
Hay en los cuentos de Mónica Maud otra persistencia: la de recurrir, con el sacrilegio de la repetición, a otras tantas zonas míticas que eso llamado, no sabemos bien por qué, conciencia colectiva, ha emblematizado como el pecado supremo, como el sacrilegio. Y de los que la literatura se hace cargo para ayudar a construirlos, construyéndose también cada vez que, para redimirse con lo nuevo, toma lo antiguo como punto de partida de la creación. Pero la repetición nos recuerda que más que partida hay continuación.
Esta recurrencia puede ser, como se ha dicho, interpretada de múltiples maneras. Sin embargo, estaremos de acuerdo en que nos enseña dos cosas, o tres, mejor dicho. En primer lugar, que esas míticas referencias, como el infierno, la traición, el sometimiento, el amor, la carne, la sangre derramada de la carne, la sangre que el alma derrama, en fin, esas zonas tenebrosas por todos compartidas son compañeras del camino, presencias no cancelables, precisamente porque desde la tiniebla ofrecen la posibilidad de la luz. En segundo lugar, ese “Fiat lux” es redentor en varios sentidos, pero quizás el más apremiante, tanto como el más efectivo, sea el indagar, es decir, preguntar a los rincones más lúgubres y por eso mismo más mal disimulados, que cada uno posee y de los cuales quiere desalojarse presentando una nota de desahucio. Y en tercer lugar, que debería ser el primero si jerarquizáramos, ese desahucio es la palabra, y otra vez el lenguaje, como suprema potestad, como única manera, como suprema impetración, como ritual de luz.
Quiero decir que en “Yo, sacrílega” advertimos un camino (que no sabemos adónde empieza, ni adónde termina) de interrogación al ser, en el ser. Pero, esto no es nuevo; la literatura siempre lo ha hecho. Quizás lo nuevo se encuentre en que ese camino es el lenguaje como único ritual capaz de convertir con su propia alquimia lo recóndito en cercano, la tiniebla en lumbre. Y ese mundo hacia adentro – afuera que muestran los cuentos de Mónica Maud no nos impone nada, aunque nos manda creer en el lenguaje y con esto, nos impone todo.
El hombre, genéricamente hablando, no está solo. Tiene una perpetua compañía: el lenguaje que se ha hecho cargo de su carne, de sus huesos, de su alma. Lenguaje que no sólo le sirve para mostrarse y mostrar, sino para repudiar la oscuridad; y de aquí en más, el único sacrilegio será negarle su amistad. No se trata, queda claro, de detener los vientos, que sería prodigio tan digno de Dios como del demonio. Se trata, eso sí, de asumir la grandeza de examinarse para examinar el cosmos. Lo que equivale a decir que Mónica Maud nos deja al filo de la lectura otra mítica pregunta: ¿Qué somos? O mejor, ¿Quiénes somos?. Tal vez que lo que hallemos sea el dos de la unidad, lo doble para que uno y otro sean posibles. Pozo y cima unidos por una misma línea, la misma línea que une la proeza y la cobardía, el escándalo y la gloria. Pero, la redención está en nosotros.


La escritura látigo furtiva
Como todo acto intencional este libro es lenguaje que aquí se vuelve escritura para re- volverse lenguaje. Corresponde, entonces, revisar, aunque someramente, la escritura.
Nos encontramos, inevitablemente con unidades. Una precaución: es preciso, por razones analíticas delimitarlas; pero conviniendo de antemano que aquí también se desdibujan límites.
Trabajemos con el antiguo concepto de oraciones. Las que encontramos en estos cuentos son, no por su extensión, sino por su fuerza significativa, como látigos o latigazos o latigueo.
“...¡Mis sueños!; ¡Nuestro mañana!; ¡La libertad!...” (“El juego”)
“...¡Piélago vapor. Encima de mí. Debajo de mis pies: desnudos...” (“Orfandad”)
“... Los amigos en alguna disparatada profundidad estarían unidos, para siempre...” (“Los amigos”).
Estos ejemplos son suficientes. Y quizás esta particularidad sea manifestación de lo que se llamó alguna vez, estilo. Lo cierto es que se trata de eso y aún más. Nos llegan, al lector le llegan, continuos espoleos para que esté continuamente atento. Y así, la estrategia se vuelve privilegio y no castigo. El látigo no daña, se hace lugar de encuentro de un sentido. A veces hay que releer porque estamos frente a una espesura blanda. La escritura, a través del látigo-táctica se ayuda a sí misma y nos guía. Otro tanto sucede con los blancos tipográficos los cuales separan, uniendo.
Látigo dulzura son también innumerables segmentos que, sin salirse del sistema de la narración, nos imprimen lo delicadamente poético. El tercer párrafo de “Laberintos”, por dar un ejemplo, sostiene y se sostiene por la capacidad poética. Ni qué decir de la alternancia de la persona encargada de la narración que ya no es una, ni gramatical solamente. Se alternan, a veces sorpresivamente; y otra vez el latigazo-caricia desafiándonos a la advertencia.
Por esa escritura prolijamente escueta en personajes, andan otros personajes. Podríamos hablar de un sustantivo colectivo: la humanidad y en una indagación: la de sí misma. Pero, al mismo tiempo, la escritura se vuelve personaje que también se indaga a sí misma, ya lo vimos.
Furtiva es, entonces, esta escritura que se hace haciéndose desde un roce con-fundido en esto y lo otro. Roce, que no es fricción, como lo explicamos ya. Porque hay intercambios, no batallas. Y si acaso escuchamos en ella un susurro escéptico, no se acaba en sí mismo, no es definitivo, pues como todo es al mismo tiempo, el murmullo de la gloria o de la glorificación también se percibe, aunque más no sea como exploración de regiones inagotables, y ésa es ya una manera de redimir y redimirse.
En tanto esto, la escritura se constituye como resistencia, entre otras cosas de un ser, el ser, que no se “vale de”, sino “es” escritura.
Equivale a decir lenguaje y equivale también a decir literatura. La escritura, el lenguaje, la literatura, entonces, retornan desde dentro-fuera como tibieza del látigo sostenedor de la existencia.
Quizás, siempre el quizás, porque todo acto de lectura es un acto de mala interpretación, ésta sea la postura de la autora en su acercamiento al concepto de literatura. Sin embargo, hay que volver a la cita de Horacio. Lo sabe la autora, como lo sabemos nosotros. La literatura es, según el juez.

Licenciado en Letras.
Santiago del Estero, Argentina, abril 2007

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