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simon esain
chascomus - argentina
Escribo poesia y prosa breve.
Poemarios editados: Indignaciòn de Noviembre, Mayo de 1989 o El Humo, Musa Interventora, El Momento de Ahogarse.
Poemarios inéditos: U.S.Me (paraíso del acobardado) Totem (la mirada de Ulysses); BP Tangos; BP No Tangos.
Poemarios en preparación: En Nombre de mi Mamá, mi Papá, el Perro y el Gato, Muchas Gracias; BP Baladas; BP Stood Up; BP Poemas.
Prosa inédita: Las Malvinas y Otros Sueños, Enero y Otros Meses I, Enero y Otros Meses II, Enero y Otros Meses III; Setiembre y Otros Meses I, Setiembre y Otros Meses II, Setiembre Naif; BP Prosa Breve I; El Problema de Bembi; Toque a la Mano de Bronce; BP Prosa Breve II; Confesiones Falsas de un Campesino.
Durante 10 años edité desde Chascomús La Silla Tibia, medio artesanal de difusiòn literaria
Miembro fundador del Movimiento de Artistas y Artesanos de Chascomús (MAYA), a cargo de su taller literario
Miembro fundador de la Delegaciòn Chascomús de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos
Representante oficial de DEUCO, defensa de usuarios y consumidores en Chascomús
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Las Malvinas



En las Islas Malvinas ¿acaso no se ha cumplido a carta cabal
cuanto Alberdi pregonara para alcanzar el progreso argentino?
¿Por qué no soñar que algún Sarmiento posterior obtendría
igual éxito en todo nuestro país?
Ironicus Introito (circa S. XX)

¿Leer el futuro? No leo el futuro. Tengo un deseo de futuro
para leer las circunstancias de hoy.
Hugo Zemelman


1

Temprano, en la hondura nuclear de la mañana, cuando se goza del sueño como de un narcótico a los tuétanos, me despierta mi primo; sus modos cautelosos de abuela sorda rozandomé, tocandomé.
Su modo no le resulta muy eficaz al principio, pero no bien empiezo a entender qué me proponen sus reiteraciones murmuradas, me despabilo bajo la luz de nuestro quinqué y termino por levantarme y acatar sus señas. Estamos pasando las vacaciones escolares en la casa de campo de sus tíos, lejos de casi todo.
Luego soy yo el reiterativo:
- ¿A las Islas Malvinas? – pregunto y vuelvo a preguntar, más que incrédulo extrañado, como le pasaría a cualquiera de ustedes si en el lugar menos propicio y en el momento menos pensado, los invitaran a semejante viaje, ni siquiera digo al mismo.
A cabezazos me va brindando circunloquios de su natural seguridad, y así es como coincidimos, él ya vestido y yo a medio vestir, en tomar unos mates antes de marcharnos.
A pie, cada cual con su maleta al hombro, tomamos, mejor dicho tomo tras él, el primer camino de ovejas que nos protege las zapatillas del rocío, como si eso fuera motivo suficiente para tomarlo.
Nos dirigimos hacia el oeste, cuando estoy bien seguro de que las Malvinas quedan al este, cualquiera sea el punto de partida desde donde se las ubique. Tampoco me deja convencerlo ahora con peros tan objetivos y seguimos avanzando, aunque yo crea que retrocediendo, digo avanzando a buen ritmo, mientras el cielo color acero aplasta un resto de estrellas como si fueran migas de pan que regresaran a ser harina.
Frente a nosotros, lejano, ominoso al parecer, ese acero empavona dos o tres brumosas bandas horizontales hasta darles el gris cañón.
Sale el sol y va subiendo mientras ya pisamos nuestras sombras en el pasto amarilloso, pero en ningún momento luego de la media mañana el astro supera los 45 grados sobre el horizonte. Nos alumbra desde atrás, coincidiendo lo suficiente con lo que dictamina mi capacidad de orientación. Sin hacerse notar, con el anónimo diluirse de las horas en las horas y en las distracciones del paseo, el sol va mudando sus apostaderos, jugueteando por su lado como otro chico, añadiendo al paisaje una amenidad singular, que en alguno de esos momentos empieza a convencerme de un aceptable resultado para nuestro devaneo.
Después de superar algunos alambrados y senderos de ovejas más que solitarios, abandonados, llegamos a una tranquera de madera en buen estado de conservación, recién pintada de blanco, verdadera extravagancia en el común de nuestros campos, que me atrae sobre todo cuando mi primo no quiere que boleemos la pierna por encima, apoyado un pie en la tabla inferior, como hacemos sin excepciones ante estos obstáculos, porque es pronto y divertido.
Otra singularidad anoto: la blanca tranquera no tiene candado echado; mi primo la destraba a mano, vuelve a cerrarla con esmero. Entonces ¿qué mayores detalles necesito para entender que pisamos cierta pertenencia allegada a sus afectos más respetuosos?








2


Al otro lado de la tranquera pintada se extienden unos campos con visos marinos, por lo ondulados. Algunas gaviotas planean hacia el horizonte hasta volverse motas de placidez, de continuo reemplazadas por otras, contemplables, que caen llenas de gracia desde lo alto. Me percibo atento a permitirme saborear cualquier sorpresa, metido en una sensación tan fluida como este aire.
La luz mansa del sol se pulveriza ante la inmensidad proclive que hemos encontrado.
Mi primo sonríe al hablarme.
Tras la bruma está donde cabalgan unas líneas y luego asoman colinas dispersas, azules, redondeadas, como transparentes. Porque el continuo de esbozos parece descender a borrarlos en lugar de sumarse a ellas y solidificarlas, y por encima de esta cadencia tranquila, una faja de color empañado o tal vez un mar silencioso, insiste en materializar sus ondas.
Al rato descubro el primero, una manada de ñandúes estacionados oblicuamente a cosa de dos kilómetros, y lo señalo extendiendo el brazo y la pregunta.
- Sí, son – dice mi guía; y la cuenta, moviendo el índice delante de un ojo solo, como si contara moscas sobre una vidriera de carnicería al otro lado de la calle – Cuarenta y dos, entre machos y hembras. El año pasado conté treinta por este mismo lado – añade, con satisfacción – Es que los aprovechan como se debe -
Jugamos a hacer resonar las zapatillas sobre el camino de tierra, parejo y abovedado. Llegamos a un sitio habitado por ovejas australianas, recién esquiladas. Sus hijos todavía las acompañan, pero sin su lana rulienta han dejado de ser lindos corderos. Creo ver nuestras caras en sus caras. Es algo que me preocupa.
Pronto estamos llegando ante la casa de los padres de estos primos de mi primo, que como aclaré, no son mis parientes.
El conjunto de las habitaciones se trata de una granja de las más completas. Un motor a explosión extrae agua y la eleva al depósito de la torre. Varios molinillos a viento gimen, acezando, con propósitos tan invisibles como sus hélices. Algunas personas con delantales enterizos trajinan metiendo cajones vacíos a la entrada de un invernáculo; a continuación filas de conejeras sombreadas por arbustos, muestran a sus simpáticos ocupantes.
Los dueños de casa, sacandosé los guantes, sacudiendo sus ropas cotidianas, vienen a recibirnos sonrientes o amables, mejor dicho cumpliendo ambas funciones a la vez.
Mi primo habla de sus primos y los adultos también se refieren a ellos. De momento no participo en la conversación aún creyendo que no voy ni me van a entender. Devoramos un frugal almuerzo tardío y una jarra de limonada auténtica.
- Aquí – y la palabrita me suena sólida – las clases continúan durante el verano. Sólo durante Julio las suspenden debido al frío y las nevadas -
No queda lejos la escuela y ha sido convertida en centro de una especie de aldea laxa, sin calles ni muros. Vamos a esperarlos salir, aunque yo hubiese elegido seguir almorzando otro poco.
- Nosotros no debemos entrar a las aulas y menos que menos oír clases – avisa, sonriendo muy seriamente mi primo, tal cual hará en obligadas oportunidades gracias a mi maquinal tendencia a meterme donde no me llaman – Aquí lo único que te exigen para permitirte disfrutarlo todo es que seas respetuoso de sus normas -
Aunque no lo asumo unido al hecho del disfrute, mas bien al contrario, por lo que recuerdo, siempre he sido tenido por un chico bastante respetuosos y quiero suponer que se refiere a esa misma clase de respeto, el que cabe reclamar entre iguales y no al acatamiento del superior por el inferior, forma contra la que me gusta rebelarme, a menos, claro, que alguna reciprocidad me modere.
- No hay inconvenientes; seré respetuoso hasta el extremo. Me parece que vale la pena – dispongo, muy ¿argentino?
Tampoco nos aburrimos esperando, oyendo brotar, clamar, cesar y reanudarse la sinfonía de risas, cantos, discursos y discusiones desde el salón de techos rojos, iguales a una sandía abierta en mitades, que tan escueto se ve por fuera. Cada alumno ¿será una semillita?
La bandera, ahora que reflexiono lo pienso, de seda inmaculada la bandera, quizá la más bonita que haya visto, flamea al frente de los edificios agrupados, a su vez rodeada de canteros en flor. Pero es que una tentadora cancha de fútbol, con arcos reglamentarios y todo, yace inconvenientemente al otro lado de los salones, a resguardo de abusadores, como postre en la heladera.
- Aunque diéramos la vuelta y entráramos adonde no se debe, no podríamos usarla porque guardan el perímetro bajo llave. Aquí es costoso mantener su césped como tiene que estar para jugar correctamente. Los domingos vendremos a participar. En la casa donde paramos o en cualquiera de los alrededores tenemos lugares de sobra donde hacerlo hasta que las zapatillas nos queden mochas – promete mi primo, sin dejar de sonreír.
Entiendo lo que me explica pero todavía no me digo que la realidad hace evidente a la lógica. Por varias ocasiones sí sigo tentado de requerirle me explique a qué se debe que sienta aquella obsequiosidad sin omisiones, de la que es cómplice, como una deferencia especial para conmigo, como si fuera yo un disminuido mental o me creyeran enfermo de los nervios. Pero finalmente, en ninguna ocasión lo practico y termino por ir despreocupandomé.


3


Como cada sábado, éste que para nosotros es el primero, trae una reunión del vecindario, en la cual tampoco podemos intervenir de lleno.
De evidencia para nadie quedamos, como perritos falderos, bajo el alero del salón comunitario, entreteniendonós en picotear tortas y probar bebidas caseras acopiadas en larga mesa, con lo que a mi conato de despecho agrego otro de indigestión. Ni siquiera debemos encargarnos de espantar moscas, porque al escasear los árboles, en consecuencia no las hay.
Junto a la puerta de entrada un prolijo pizarrón verde enumera los temas a debatir, y son de tan engorrosa comprensión sus ítems como imaginar a qué funciones aluden, que no recuerdo uno ni he vuelto a leerlos en otra parte. Mi primo trata de explicarme estas peculiaridades isleñas comparandolás con demasiada simpleza a nuestras costumbres y necesidades urbanas que a ellos caerían insondables. En el mientras tanto inspeccionamos los carruajes bien conservados y ornamentados, que aquellas familias gustan lucir, tras previo acuerdo, para que usarlos no pase por alarde.
Jamás hubiese sospechado que en las Malvinas pudieran quedar indios, pero así es, y quedar es el término injusto que acá no usarían. Hay bastantes, quiero decir que están, conformando grupos familiares o siendo parte de alguna familia, fáciles de reconocer por sus rasgos y cabelleras como por sus ropas coloridas, aún cuando apenas se les pueda diferenciar de los demás en el comportamiento, porque son más amables o parezcan más orondos que cualquiera. Sí, tal vez sonrían con mayor anchura para igual franqueza debido a su redondez facial y a sus dentaduras envidiables.
A quienes no veo prevalecer, para mis dudas, es a la gente rubia y pecosa; también en cuantos hallo, salvo su toque distintivo, nada subsiste que los diferencie o incline a hacerlo.
En verdad la reunión no es tan seria como dentro de tanta formalidad social cabría esperar, porque transcurre muy animada, cargada de alegrías; compruebo que no les resulta necesario apartar a los menores de edad para agregarle eficiencia. Primeros que nadie, salen corriendo, saltando y gritando mientras los mayores se palmean los hombros o los antebrazos y vienen a hacerlo con nosotros, rodeados del bullicio pertinente. Así sucede la comida general y ciertos amagos festivos entre los adolescentes; luego cada familia se retira, remoloneando, más o menos agrupadas o entremezcladas, reagrupandosé o aceptando acarrear porciones de la mezcolanza, glosando las tareas encomendadas a su entusiasmo.
Nuestro jefe de familia se aparece trayendo hacia mí, tomado por los hombros como se trae a alguien agobiado de nuestra amistad, un señor alto y delgado. También soy tomado por los hombros y enfrentado a él. Soy presentado a un famoso profesor que, como tal, me es presentado. Se me escapa el resquicio para que haga pie mi sentido del menoscabo.
Sonríe y me desilusiona. Me pide que le diga qué es lo que en verdad me gusta estudiar.
- Pero en verdad, ¿eh? – me recomienda, con un gesto que para mí huele a referencia, que a nuestro anfitrión le cae gracioso y a mí no.
- Me gusta la literatura… - digo, para no andar con falsas modestias.
- Ah, la literatura… - y mira un segundo al cielo brillante y tendido para ojear en realidad a su amigo – Otro modo de sentir piedad por algo que se parece mucho a uno mismo – murmura.
¿Qué voy a contestarle? ¿No es menos estúpido callarse? Digo que puede ser y ambos vuelven a sonreír. No puedo sonreír con ellos.
Ocurre que cuanto aquí observo, aún el hecho de contenerme y observar, es tan diverso a lo normal en mi vida que una conmoción interna me cierra la boca antes que impulsarme a emitir incoherencias u obviedades, y hasta me previene de recibir las probables respuestas. Porque la probabilidad de su contenido me restringe, me confina. Esto se me adensa adentro, en tanto, pero no como niebla; sentir que para todos es un comportamiento lógico me aplaca. Ninguno se ha acercado a pedirme que lo lisonjee con veredictos sobre su armonioso pasar o para que ensayemos comparaciones inconducentes. Cabe a mi posibilidad no contarles, por ejemplo, que las formas de algunas nubes pasajeras me traigan vagas añoranzas de otra luminosidad y puedo dejar de ser ingrato como para señalar que extraño el tomar mate con mi madre a la tardecita.
Por supuesto que en un lugar donde nadie te manda, nadie te vigila nadie viene a cobrarte por algo y donde ninguno se cree por encima de los otros y por si fuera poco, lo hace con elegancia, vivir resulta ilusoriamente fácil y apetecible y ni el hecho de estar en vacaciones me ayuda a trabucarme. ¿Alcanzan a ser tan sencillas las cosas? ¿Qué dice la experiencia, esa altura aledaña, inminente? Las situaciones enfatizan que no ¿Existe aquí una situación distinta? ¿Cómo han llegado a ella? ¿Qué han tenido que cruzar para lograrlo?
Traigo una idea colegial a cuestas, pero me obligo a no meterme en esa cuestión, por el momento.
Pero generalizando, hablando de cada uno, por casualidad ¿brota alguna mueca despectiva desde el patio de mi despecho? No. No todavía. Debiera, si lo evaluase, extrañarme. Quizá. Pero no lo evalúo. Me lo prohíbe su largueza.
Pueden insinuarlo si les da gusto, pero esto no es un calco perfeccionista de esas asociaciones religiosas preñadas de individuos mediocres, complacidos en el amparo y el engaño dulzón del adoctrinamiento. Y el menor argumento a anteponer es que no vea templo alguno ni rastros de culto o teología.
Debiera haberme extrañado, pero a mi edad librarme inadvertidamente de lo odioso debió resultarme, más que inadvertido, parte de la luz cenital o el claroscuro de las hojas con que se tapiza el suelo.
¿Qué hacemos, a cambio de la falta de misas, los domingos? Bueno, los domingos cada casa es un mundo y cada aldea congrega por un rato a esos mundos a compartir uno solo, por lo general simpático. Al menos eso me parece… ¡Dios sea loado!


4


Debido a sus antecedentes mundiales, imagino, cómo voy a dejar de imaginarlo, que el partido de fútbol será un carnaval. Pero ahí tienen ustedes, y perdonen que a cada rato les pase parte de mi bulto, tampoco dejo de equivocarme en esto.
Los chicos malvinenses nos destinan en un mismo equipo, el ‘Choiquepan Soccers’, al cargado grupo de suplentes, y desde nuestro banco los vemos desplegar en base a velocidad y concentración, jugadas y contra jugadas que arrancan del público exclamaciones y aplausos continuos, mientras nosotros dos, debidamente sentados como el resto, transpiramos de entusiasmo tanto como ellos brindandosé.
Descubro otra novedad inimaginable: sentirme aliviado de que no me invitaran a entrar en juego a revalidar mis aptitudes de continental. Sí participamos luego en peloteos y corridas informales, finalizado el encuentro principal entre escuelas.
Para nada recuerdo quiénes ganaron o cómo. El sabor de ver a la inteligencia sudando y las ganas resolviendosé fue lo conmovedor; sentirme partícipe, ganador o ganado. Desde esta altura del domingo, porque todo este domingo fue como subir a una torre, es que empiezo a ver seres de otro planeta en mis nuevos compañeros. Jugaron en serio por ganarse la alegría de jugar.
Claro que hay chicas. Y son admirables por su parte pues en todas partes lo son. Si mi corazón partido todavía sangra su cuota colectiva en cuanto les permito adueñarse de toda mi memoria. Aquí va un exceso de discreción.
¿Estoy confiando demasiado en que ustedes advertirán imperfecciones o carencias y exageraciones donde no puedo discernirlo? Así debiera ser, como que por primera vez muchas palabras que me habían llegado huecas al desorden de la mente, cobran, antes que sentido teórico, sustancia para mí. Sustancialidad, no práctica escolar ¿entienden? Cuánto y a qué velocidad debo haber palpitado para alcanzar este punto de cocción.
Nuestros anfitriones cuidan en especial que nos habituemos antes que nada, a las comidas. De creerlos vulgares mezquinos el primer día, concluyo por comprender asimilando cuánto desean que nos llevemos una estimación inmejorable de su arte doméstico más que del culinario. Así y todo cometemos algún atracón que no nos permite saborear como merecería el plato de la siguiente comida, antes que el intenso trajín que nos depara tanta libertad, nos convierta en eficaces e inmunizados barriles sin fondo.
Otro ejemplo que nunca agradeceré bastante: cuidaron de que por nada presenciáramos la matanza y despellejamiento de la producción de conejos, uno de sus solventes rubros comerciales. Ni siquiera nos sirven preparaciones de su carne, atentos a la devoción que esos animalitos nos despiertan de día en día.
Como el televisor funciona en el dormitorio paterno porque la televisión es cosa para adultos, y al estar de vacaciones ni soñamos con tocar un libro o un periódico, al menos por mi parte experimento, cual la circunstancia dictamina, la sensación grata del aislamiento, sin fisuras para permitir nostalgias, con nostalgias del día de ayer que me hacen desear como pocos al día de mañana.
De lo escaso que recuerdo haber leído en aquel paraje de las islas, esta frase pintada junto a la puerta del salón comunitario, quizá intentado justificar cuando adentro sucede, se me graba a raíz de otra cuestión:


“Así como lo complejo abarca riquezas pero esa abundancia representa su problemática, así lo sencillo
acarrea un problema cuando permite que su sencillez se convierta en pobreza.”
Juan Folklore



5


Hasta entonces no había contado entre mis cuatro o cinco virtudes el dejar la cama con facilidad, pero sabiendo de antemano cuánto esperaba incluido en el día siguiente, pronto modifico mi hábito, me acoplo al cargado horario usual y disfruto bien despierto hasta de unos amaneceres indefinibles, fugaces, reservados a los litorales con nieblas. El hecho de esta mudanza acontecida en mí, se rodea a su vez de cierta niebla entre la que avizoro luminosos efectos de contrastes dinámicos reservados a la consecuencia de los interiores firmes.
Como los árboles, los caballos de montar escasean debido al costo de mantenerlos adecuadamente y el bajo rendimiento de tal inversión, pero el gusto que obtienen de cada equino reemplaza a la posesión de una manada entera, y ahora estoy seguro de que cada animal, de poder hacerlo, confesaría parecido sentimiento.
Una mañana ventosa y salada, enseguida nos despejó el sueño y también nos quitó el calor del desayuno. Nos tocaba el turno de cabalgar en forma, como aquí acostumbran y tienen por debida excentricidad.
Enfilamos hacia la colina más alta que ofrecía el contorno, sí, como la suponen y representa otro placer, libre de cercos y alambradas, y no tuvimos que decidir mucho más. Nuestra pareja de zainos, colas y crines completas y musicales, se echó a galopar suavemente, viento arriba, y nos llevó tal si fuéramos montando sendas gaviotas de mar.
En otra alternativa cualquiera me hubiera apresurado en vaticinar que semejante día iba a volvernos un fracaso la aventura. Desde entonces, sin embargo, amo las nubosidades torturadas y humosas arremolinadas en sus propias confusiones y descargas; torrentosas, majestuosas como poco más; el silbido ancestral del viento húmedo, y añoro como al verdadero el leve olor a océano que puede exhalar los caballos sudados.
No alcanzamos a otear el mar ni siquiera desde la testa del promontorio. Nos conformamos, pequeños navegantes, con nuestro largo cabalgar bajo de la nubosidad en marcha, densa e interminable, oceánica, empujada y despeinada; empujados, ventilados, despeinados y sacudidos por las mismas ráfagas frescas que dibujaban acontecimientos y músculos allá arriba.
No buscamos otra aldea y mucho no hablamos. Breves fueron nuestros comentarios al regresar, abrigados por nuestras espaldas durante la sangría mitigante del crepúsculo sobre las ondulaciones de abajo y encima.
El dueño de casa nos acarició los cabellos erizados y dejó un momento sus pesadas manos en el hombro de cada uno.
- Buenos caballos ¿verdad? – afirma preguntando, demostrando su orgullo al tener el privilegio de brindarnos aquel disfrute.
Asentimos en silencio.
Claro que a continuación, sin permitirnos otra iniciativa menos campechana, nos enseña, según dice, a bañar, cepillar y avituallar el descanso de los zainos, a limpiar riendas y monturas, a dejarlas listas en su puesto para los próximos usuarios.
- ¿Por qué es todo tan serio aquí? – pregunto a mi compañero de travesía, caminando entre el establo a oscuras y la casa iluminada, y no por falta de respuesta sino buscando que la suya tampoco interrumpa la calidez.
- Porque aquí nada es apariencia, todo es certeza. Aún su escasez, aún su colmo. Este es un mundo que no te excusa – mi primo no lo dijo pero yo lo pensé, a ese asunto del excusarnos.
Y así es como uno se acerca a las sensaciones de la perfección que, por lo común, son las ensayadas por el propio fracaso.
Esa noche, convertido más que nunca en un tronco sobre el colchón, sueño que llegamos al fondo mítico del Sur, entre azules y destellos, y allá nos recibe, sonriente, una familia de caballos grises, en su portal de hielo.
Como es de esperar, llovizna todo el día siguiente, pero ¿a quién le importa? Porque nuestra ama de casa y sus hijas cocinan en la sartén más grande y quemada que he visto manejar, tortilla de algas y huevo de ñandú con carne muy condimentada de chancho malvinero, el plato elegido por su esposo para volverlo excepcional. Y comenzando por el revuelo de su preparación secreta hasta los juegos improvisados mientras el homenajeado dedica la siesta a digerir, basta la claridad mortecina que echan las ventanucas sobre nuestro jolgorio.
No se me ocurre pensar que el cielo llora al mirar hacia fuera. ¿Por qué habría de llorar?
Hasta entonces estoy enamorándome gaseosamente, pícaramente, de cuatro o cinco niñas vecinas, desde una rubiecita transparente a una indiecita color tibieza otoñal, pero desde este almuerzo y la tarde redonda y cenicienta que sigue, pienso con obstinación viril en proponer matrimonio a la primera que me brinde oportunidad. Punto y aparte.






6


En variadas ocasiones menores y adultos me dirigen frases cuyo sentido, como si fueran expresadas en otro idioma, no memorizo, asumo. Sostenemos amagos de conversación; ninguna sigue adelante. Es como si trataran de prevenirme con algo de sus claves; hacerme especie de resúmenes o recetas desapropiadas para un intercambio fluido. Y supongo que no comienzan, como nadie comienza, por obviedad, sino tanteando la cuestión.
Es difícil soportar con elegancia esta barrera.
En una sobremesa nocturna, mientras los demás hablan de alguien para mí tan estimado como desconocido, me dice el padre de la familia, quien mejor maneja mi habitual inconveniente:
- Por lo común entre nosotros, lo valioso de una persona no consiste en cuánto esa persona es o podría llegar a ser por sí misma, por las suyas, como lo que puede llegar a ser si nos ocupamos debidamente de ella y sus capacidades ¿entendés? Sobre todo si nos consideramos dadores de éstas y responsables de aquello. Porque entonces valor y desarrollo son alcanzados y disfrutados gracias a la acción y la relación comunitaria, aplicada de modo que no coarte ni menoscabe. Aquí no reprimimos con nuestros estatutos; damos forma, contenemos y, en lo posible, damos lugar. No estamos para dar cátedra sino para mantener vivas las mismas preguntas que vos te hacés. Ya sabemos que te resulta un modo antipático, que lo tenés por un discurso hipócrita. El caudal de confianza que utilizamos te resulta incomprensible y hasta indeseado para tu costumbre de ponerte a prueba contra y no a favor de algo. Poco más que entenderte podemos hacer para remediarlo. El modo, la intensidad de nuestras relaciones y el estado emotivo que reina entre nosotros resultan intransferibles para alguien como vos, que ha perdido su experiencia y costumbre y sobre todo, el hábitat, que es lo primordial con que contamos. No existe medio tecnológico o artístico que nos ayude a relacionarnos en este momento. Por fortuna es así, perdonáme que lo diga; es el límite que nos ha salvado. Este límite es el ejercicio de lo humano. Esta trama y su tensión te resultan invisibles a pesar de cuanto observás. Y cuanto observás, al quedar incompleto, no le hace ni te hace justicia –
Queda claro, al menos, adónde apunta. Está mostrandomé la diferencia principal, el humor que no puede circular entre nuestras canalizaciones. Por algo lo hace. Sigue hablandomé del tema y sus implicancias, tratando de volverme accesible algunas abstracciones.
No aseguraré que puede. Recuerdo bien su actitud y mejor su aprecio por la mía, que no es mas que tendencia a quedar callado, atendiendo, atendiendoló. Tal vez utilizaba un recodo de menor calibre.
Le pregunto por los niños, una mera identificación mecánica.
- Toda persona comienza siendo niño y nunca deja de ser niño antes que nada. Nunca olvidés que las personas necesitamos confiar. Eso es, precisamente, ser niños, por empezar. Necesitamos ser aceptados; necesitamos sentir que somos bien considerados a pesar de todo. Vivimos situaciones de confiabilidad aún en brazos de un monstruo. Nunca confundas momentos felices o niños felices con estados de felicidad y justicia. Los niños tienden a sentir felicidad aún rodeados de lo peor. Y casi igual actuamos los adultos. Claro, nosotros conservamos el hábito adecuado. Por eso nos es tan importante retenerlo, ser sus dueños -
Llego a plantearme si lo valioso es el correcto estado de los asuntos o el estado de corrección que provocan en nosotros, más allá de los juicios planteados, Me propongo averiguar si todos sentimos parecido; luego me olvido.
- Qué tal si en lugar de desvivirnos por aquello que a propósito y a un tiempo, resulta atractivo e inviable, aquello que el poder utiliza para crearnos cuellos de botella y embudos hacia sus manos, nos ocupamos de opciones a nuestro alcance, que nadie prohíbe ya, que esperan de nuestra voluntad? ¿Quién nos pone límites en ello? ¿Quién nos impide ser inteligentes? Acaso mejorar nuestra inteligencia ¿se ha vuelto aburrido? Tuvimos un amigo que nos planteó estas preocupaciones –
Una mañana estoy ayudandoló a mantener limpio el sistema de la calefacción central para el venidero otoño, cuando se verán urgidos a usarlo.
- Es difícil calentar cualquier cosa desde afuera, ¿no? – comenta la señora, riendo, como si la figura les hiciera mucha gracia, alcanzandomé un vaso de refresco que aún no me he ganado simplemente sosteniendo destornilladores – Y más difícil con una cosa como una casa ¿no? – sonríe dándome una palmadita sobre el pecho y no porque tenga mis manos ocupadas – El buen calor debe nacer desde adentro. Siempre ¿eh? -
Desatendida, desligada de esta rutina que va volviéndoseme familiar, una aparente ingenuidad empapa más que sus expresiones, el reducto de donde asoman. Al no derramar ni gota de ese otro humor agrio, desencantado, capaz de equiparar y traducir la experiencia de nuestra vida urbana, luego de impresionar como un desamparo, me desarma. Me siento impedido de dialogar entre iguales por medio de fórmulas tan positivas. Mi ciencia no sirve para comprender ni mi ignorancia para aprender. Desencajan, me desubican. Como si al no provocar desencuentros, al no propiciar discusiones, carecieran de atractivo y dinamismo para mí. Es mi permanente motor la presunción de que alguna especie de inocencia nos impide saber lo pertinente, ver más allá de nuestras narices, como se acostumbra decir. De que, caídas, derribadas las imágenes ilusorias, algo fundamental reaparecerá y nos permitirá dar el paso siguiente.
Pero ellos no esperan algo así. Siento que el mensaje local circula en un sentido solo, hacia nosotros, hacia mí al menos, que debo asentir y callar en consecuencia, lo que me molesta mucho, me desanima y confunde. Aunque ya sé que mi voluntad ha sido acostumbrada a ejercitarse, antes que ayudada por, contra la voluntad del prójimo. Soy argentino, soy continental.
Me sé distinto y lo disimulo. Esto, ¿es o no es ser inocente?
Ellos saben mejor ambas cosas, y hacen como que no obstan.
Ocurre un choque extraño, tolerable, natural, pero que me ubica en cierta incomodidad y no puedo intentar manejarla ni modificarla. Es como si estuviera de nuevo en mi país de siempre. Palpo aquí un fatalismo diverso, adverso, ya no cómodo. Y me pregunto cómo pueden, precisamente ellos, resistir a esta falla, si cabe en sus conciencias y en su pulcritud. Porque si cuanto surge de ella aquí parecen apreciarlo, debo concluir, así nosotros allá resistimos a su amparo las taras del sistema. A cambio de permitirnos especular con algunas conveniencias que fallarán finalmente.
- Sabemos que el poder, esta sensación de plenitud que nos permitimos manejar, converge en cada uno por delegación de los otros: mayores, hermanos, cónyuges, hijos, amigos, compañeros. Si cuantos ceden nuestra cuota, nuestra concentración de poder, la retiraran, nos veríamos reducidos a una pena, a un sentimiento de conmiseración, a una cáscara seca. En funcionar como dadores y receptores consiste el mérito. Exige esfuerzo y dedicación controlar este río y estos remansos de capacidad. Nos afanamos en enseñar a controlarlos. No podemos permitirnos derrames de soberbia y vanidad. Temblamos ante ellos. Son nuestros monstruos en el jardín. No es repitiendo consignas morales como dominamos la imprescindible tarea del poder. Es ubicando el lazo, el cauce común por encima de todo, para que nos eleve, para que nos vigile, para que no nos aplastemos. No es sencillo pero es lo más valioso que hemos logrado edificar -
Existe, percibo, una barrera materializandosé entre la seriedad de sus convicciones, la ingenuidad imprescindible a la que aparentan recurrir, y mi principio de fatalismo, la asumida capacidad de extralimitarnos siempre, por hábito o necesidad, que hace, a este lado, sentirse dueños de mayor poder o independencia, más que propensos a justificar su coherencia, confundiendolá con nuestra proclividad al premio, nuestro airoso manotón que sale corrido en toda fotografía tomada a nuestro comportamiento.
Pero a un tiempo, con ser adolescente y sólo atravesar la situación antes que soportarla, describo la futilidad o insensatez de proceder en consecuencia. No alcanzo a enfrentarla, a definirme, ni a comentarseló a mi primo, así de fuerte es la incongruencia percibida. Algo hay; algo siento flotar, neutralizante.
Debo pensar que algo así es propio a nuestra edad.
¿Estoy lo bastante equivocado para que ella insista en mí?
- Aún cuando no lo tengamos en cuenta, sobre las cuestiones humanas flota esta pregunta: ¿Dónde está el límite? – Dice mi anfitrión como si leyese mis pensamientos – Sean naturales, culturales o históricos, sobre cada conflicto ronda la pregunta: ¿Quién fijará los límites? ¿Qué nos impulsará a desafiarlos? ¿Para qué? Eran los dioses por lo regular, vos lo sabrás, quienes contestaban esas preguntas. A veces con ídolos pretendíamos responderlas. Apelando a las expresiones de la voluntad humana, a esa especie de borracheras en que caemos. Dioses e ídolos luchan a perpetuidad en medio de nosotros. Si algo es cierto de los dioses es que se vuelven visibles o invisibles cuando quieren. Primero suplantandonós y luego desafiandosé -
Reflexiona un instante:
- Hemos dejado atrás héroes y mártires. No necesitamos que nos arrastren. Juntos elegimos caminar, tal vez porque pensamos en los niños y en los viejos. ¿Entendés? Nunca se termina de aprender a caminar porque el caminar no agota –
Si esperó mi pregunta, se equivoca. Cuando se calma su sonrisa, prosigue:
- Palpar los propios límites y saber respetarlos porque nos fijan cauces saludables, es la condición básica de toda sociedad. La sustancia de los límites que nos ocupan determina además nuestra disciplina política. Respecto a estos puntos, como ante un abismo, lo eterno es vertiginoso pero no lo perdurable. No perdamos de vista que existe una cuestión sin fondo en nosotros, que traspasa y a la vez justifica los límites. Poseemos condiciones generales y realidades para elaborar y dibujar nuestros límites, nuestra economía vital. El límite nos recoge en nuestra humanidad sólida, precisa. Recrea la necesaria otredad; sin lo otro que somos tampoco poder ser. Deben ser espejos donde vernos reflejados, nuestros límites; donde comprendernos aún sin entender. Superar, vencer o violar límites equivale a arrebatarles el poder del que son símbolo o señales. Me refiero al poder que les ha sido conferido –
Hace una pausa como para medir sus dichos:
-Debemos ser cautos nosotros, aquí en nuestra isla. Si funcionáramos simplemente así como nos ves, vos, con cumplir nuestras reglas, podrías unirtenós. Pero no es que funcionemos así: somos así. Y este ser, aunque creación, es elaboración; no se improvisa –
Otra pausa, en la que me sentía transpirar:
- Tratamos de mantenernos en la parte soleada, como iguanas. Allá en tu ciudad la gente que conocés confía cada vez más en su desconfianza que en sus relaciones; se guía más por sus miedos que por lo que le dice el corazón. En ese mundo al que ambos podemos referirnos porque lo conocemos, ese hábitat ilusorio, parcializado, primero la ciencia y luego la tecnología en su plan de revelarse superioridades, porque siempre necesitamos superioridades, se ofrecen diariamente a través de la publicidad a llevarnos por sobre cada limitación fomentada por la angustia, por sobre cada barrera, en andas de la angustia apropiada al nuevo culto. Y las ideologías han conspirado en apuntalar esa trampa con la mística de sus discursos. Aunque no aclaren que deberemos pagar deshumanizandonós el viaje al otro lado, resulta que también nos ofrecen sus remedios para el trance – Unió con fuerza sus manos ásperas – Y esto es terrible. El hombre objetivado es el héroe nuevo que da a beber y a masticar su sangre y su carne cruda en el ritual. Cumple el sacrificio periódico de las hembras y varones elegidos para el altar del amo. Pero la falsedad de sus promesas de ídolo se desnuda en su mensaje de soberbia, en su oración a la desmesura. Los ídolos siempre hablan tentando: ansias, placer, novedad, victoria, gloria… -
Sin duda piensa intensamente en una visión:
- ¿Y les duele? El engaño ¿les duele o viene a confirmar los juegos del escepticismo? -
El jefe de la familia que me hospeda enfatiza con suavidad algo que no entiendo:
- Reverencia o violencia. ¿Cómo tener idea del abismo sino a través del gesto y la palabra? – me mira.
- ¿Se trata de dios?... – aventuro – No… Me extraña mucho no ver templos ni oír oraciones entre ustedes. ¿No creen ustedes en dios? -
- No tenemos permitido usar esa palabra, ese nombre -
- ¿Cómo? -
- Precisamente nos obligamos a vivir sin recurrir a ella. Por un lado pensamos que una existencia semejante no necesita de nosotros, sin que eso quiera decir que nosotros no necesitamos de ella. Porque por otro lado pensamos que pretender alcanzar el conocimiento de la divinidad es un no-saber, es no haber aprendido a respetar ningún límite, una amnesia diabólica. Aspirar al conocimiento de la divinidad es contener en nosotros una pretensión ilimitada, es decir, tener el alma habitada por un terrible agujero negro. ¿Cómo, cómo podríamos reconocer la divinidad que nos corresponde por vivir aferrados a nuestra humanidad desde una actitud tan alienante?
Me mira e interpone su índice entre ambos, pero sus ojos miran hacia adentro, hacia su tiempo:
- Nosotros tratamos de vivir socializados, a lo que consideramos un estado superior – No le resulta fácil confesarme esas cuestiones – Sabemos ser individuos en razón de los límites que asumimos, pero los límites también son, son los despertados por una vivencia comunitaria. Te hablo de dos dinámicas distintas encontradas. Seguramente debemos agradecerle mucho al resto del mundo. Nos permitimos elaborar una armonía dinámica, y aquí el límite también es la clave del ser. Somos isleños. El reducto común es nuestra divinidad, al menos la madre concreta del héroe fundador -
- ¿Podría explicarmeló mejor? – yo no quería decir eso sino que me lo facilitara.
- No. Sería contradictorio. Ya lo entenderás – me mira – Tenés mucho por leer, pensar y sobre todo, sentir. No te lo pierdas –


7


Cada vez que tengo tiempo de pensarlo, verlos convivir en tanta plenitud y confianza me resulta chocante, sordamente chocante, para peor. El calor y la rectitud de estas relaciones son complacientes sobre todo, pero sin duda no estoy habituado a percibirlas sin cierta dosis de despecho que las vuelva lógicas.
Nada tiene de malo todo esto, y sin embargo sigo preguntandomé qué es lo que tienen de malo.
Ante lo que a mi prejuicio resulta una especie de representación, mi naturalidad se inclina a la desconfianza y el esbozo crítico. Pero, obnubilado, termino por castigar mi inclinación empujandolá a los juegos. En el juego confluyen todas las reacciones y evaporaciones. Es imposible criticar lo que semeja un sueño, aunque el intento de penitencia me lleve a cada rato a tratar de despertar.
Estoy seguro de que aquí rigen limitaciones molestas que comprobaría si intentara forzarlas. Pero ¿por qué llegar a forzarlas precisamente aquí? Sería demasiado injusto.
No pertenecemos al lugar; no participamos de su funcionamiento y, como además evitan imponernos las abundantes obligaciones que tocan a cada poblador, nos retacean derechos exclusivos de quienes cumplen con ellas antes que con ninguna otra, y así llevan ganado un contento fuera de nuestro alcance, y como sí nos dejan disfrutar de las bondades periféricas propias de su hospitalidad o nuestra condición fugaz, vaya a saberse, añaden este mérito sutil a su haber, o este toque de distinción a sus méritos, panorama que me trastorna el ánimo. Me parece que me pierdo de ser solidario porque ellos no son justos, pero por momento me parece que soy el que no es justo con su solidaridad.
Empiezo a convencerme de cuán discreto debo ser antes que respetuoso.
Reinan el orden y la distribución, sin embargo me siento estafado por esta realidad.
Todo es perfecto pero huele a crimen. ¿Cómo es posible? ¿Estoy enloqueciendo o comprobando mis condicionamientos?
Y una vez que me sepa discreto y respetuoso ¿qué se volverá imprescindible para precaverme de mí mismo?
¿Me habrán mandado aquí porque estoy enfermo? ¿Cómo fue que vinimos a dar aquí? ¿Hay realidades más reales que otras? No; no puede ser. ¿Seré, nomás, un perverso? ¿He venido aquí para enterarme? ¿O todo deviene de la simple ausencia del dinero en efectivo?
A pesar de su obsequiosidad y del descuido pertinaz de mi primo, me privan de mucho en tanto lo exhiben; y yo disimulo en nombre de lo que recibo. ¿Podría parecerles ecuánime esta relación? ¿visible, al menos?
¿Cómo volver congruente que gentes tan cordiales me hagan sentir un apestado? ¿Dónde está su falla o en qué consiste la inconveniencia? ¿Responderán a su meneada característica de isleños?
Si mis padres pudieran asomarse a tan actuales pensamientos poco costaría convencerlos de que, en realidad, tales experiencias estarán enloqueciendomé a corto plazo.
Tenemos ocasión de concurrir a una costumbre regional cuya disposición nos acoge sin salvedades. En otra aldea similar aún vive un anciano abuelo indio que desde siempre ha echado fama de narrador y cronista popular. A los 104 años de edad su salud ya no es la adecuada, por lo que cuando una de esas mejorías cada vez menos frecuente, da lugar, los vecinos se invitan a no perderse de escucharlo una determinada noche. A este espectáculo de fervores musitados y rostros atentos, pincelados por la luz de dos o tres lámparas a kerosén, se une, al regreso en los pescantes de los carros, la luna fantasmagórica en su lecho de círculos en el centro inexacto del cielo, pero en el seno despejado y recoleto de nuestras conciencias.
Sí. Sueño, y debo haber soñado aquello otra vez plagandoló de fantasías, y he olvidado los relatos y sueños por no animarme a repetirlos y por entusiasmarme con otras novedades de menor importancia. Sí; sin embargo no es esto lo inolvidable, creo. Creo que estarán de acuerdo. No radica en esto el encanto o la pérdida consecuente, sino en torno a la posibilidad de que pronto volviera a acontecernos y agruparnos. Creo que la posibilidad de que tales cosas se repitan al poco tiempo, al año siguiente o en algún momento al alcance de la mano, de la mano de cualquiera, mantiene encendida su calidez final.


8


Aunque al principio me sentía demasiado obligado por la permanente situación de tranquilidad acogedora, placer gratuito y bienestar, a dejar de lado los juegos burlones y despreciativos, luego empiezo a tramar cómo resultará posible no tanto el merecer, sin disfrutar aquel estado, alejando las culpas y también liberandoló de culpas.
Porque ahora el disturbio que aparece a la vista proviene de saber que terminará cuando termine la estadía y no hay pena que valga.
Pregunto a los muchachos cómo es en verdad el invierno y no recibo respuestas explícitas. Parece que no quisieran desanimarme o que continuaran protegiendomé. Como si se lo hubieran indicado. Pero me animo a preguntar a nuestros anfitriones y así obtengo ese tipo de descripciones barnizadas con pausas silenciosas que me impacientan pero al final me encantan. Ellos también gustan del invierno y se llenan de simpatías recónditas.
Y entonces yo ya no tengo más dudas sobre este mundo.
Mis dudas, igual que un regimiento cansado, se dan vuelta y me miran a los ojos.
Otra vez, por pura curiosidad y haber estado alimentandolá a causa de que el pachorriento de mi primo por lo habitual se comporta como un fantasma, no me precave lo suficiente o desea por mejor que me dé cuenta e interprete cada síntoma por las mías, pregunto que adónde están los ingleses.
Llenamos la sala común y es probable que ver tantos rostros y perfiles reunidos me haya motivado a preguntar.
Es tarde para morderme la lengua; los menores no levantan los ojos de sus diversas ocupaciones estudiantiles, ni para bromear de mí ni para ponerse sobre aviso. Están pendientes de una singular complicidad y saben que alguno de los mayores presentes me atenderá con la debida paciencia y penetración.
- Aquí, aparte de ustedes dos, habemos malvinenses – deletrea el padre. Recuerdo a uno de nuestros vecinos que hace muchos años tuvo parientes en Londres o Australia, o tal vez en ambas antípodas – Hace una pausa para que sus palabras suenen en la parte suspendida por la oposición de mis orejas.
- Por casualidad ¿se refiere al señor Juan Folklore? – intento adivinar, consiguiendo ensanchar su expresión de afinidad.
- Oh, no… Ese es un personaje de fábula que utilizamos en nuestras charlas de concientización. Suponemos que es un señor como tanta gente que anduvo por aquí y antes de irse tuvieron la amabilidad de cooperar con nuestras verdades. Contamos muchos amigos invisibles viviendo entre nosotros, en parte porque como ya lo habrás visto, no somos ni podemos ser muchos y debemos ocuparnos de tanto. Mantenemos esas amistades valiosas para que nos ayuden en las cuestiones substanciales y en nuestras relaciones íntimas. Como también verás, casi todos nuestros asuntos aquí terminan por volverse intimidades -
Sé que reconocemos un límite sutil pero no menos denso.
- Deberías viajar a la ciudad capital para encontrar a esa clase de personas como turistas en el aeropuerto – No intento averiguar a qué ciudad se refiere con el nombre de capital. Suena tan esotérico que concluye la explicación.
Entre mí no abandono este tema, pero creo que no necesitaré nuevas contestaciones. Para nada me interesa trasladarme a la ciudad, que debe ser muy aburrida ya que a nadie desvive ni nadie le dedica ese tipo de reverencias tan usuales en el continente.


9


Para disimular una elaborada falta de método que es parte emergente de mi personalidad, me cuido de continuar exponiendo mis inquietudes en el aspecto histórico, pero para convencerme de que sigo funcionando con sensatez propia, todavía pregunto si existe alguna diferencia horaria entre nuestras localizaciones, y casi me contestan con este acertijo: que no sería capaz de creer la diferencia temporal que rige entre nosotros, en el supuesto caso de que no les pareciera perjudicial ponermelá en claro.
Cosechando este tipo de alusiones paso aquellos días como si habitara a bordo de una plataforma espacial y sin embargo camino cada atardecer cruzando chacras y aldeítas al descampado, unidas por senderos de carro ondulantes hacia redobladas brumas. Sumido en este paisaje, es por lo que tampoco me ocurre distinguir que tiene tanto peso lo que se dice como lo que no se dice; que pesa tanto lo que se piensa como cuanto no alcanza a ser pensado.
Cuanto decimos y cuanto pensamos nunca alcanza a liberarse, por más que hayamos calculado echarnos a volar. Sería incongruente que sacaran opiniones serias de este relato de mi confusión.
Los alcances de mi urbanismo han sido aplastados.
¿Dónde estoy? O ¿dónde están estas islas, en realidad?
Sólo ella, mi urbanidad, sigue a salvo; pero a mitad de camino, como si me hubiera soltado de su mano.
Cada anochecer me deja la impresión de haber oído una respuesta en el rumor del viento.
No ceso de cometer deslices o lo que yo así describo para justificarme en la cronología, gracias a mi naturalizada tendencia a mantener cierta apostura intelectual por delante de otras, tanto cuando deba basarme en el juicio como en su impronta opuesta. No puedo limitarme a aceptar las cosas tal cual son, precisamente porque esta es una definición que me aplasta.
Como es mecánico antes que lógico esperarlo, a una de estas torpezas tocará en suerte cerrar la serie local en lugar de presentarse para absolverme.
Es el día en que, algo ansioso por las indecisiones acumuladas durante otros varios, solicito a una de mis mejores amigas me deje su dirección postal para intercambiar correspondencia y seguir al tanto de su vida en la comunidad.
Me mira.
Estamos solos por unos minutos y eso la decide.
Me mira como si sus pupilas fueran las puntas de lanza del ejército en que transforman a cuanto nos rodea, para mí y principalmente porque estamos solos.
Me mira. Sí; como adivinarán antes que lo cuente, me sonríe. Me sonríe plena de cordialidad para explicarme que le es imposible satisfacerme.
No necesita recitar que en la práctica le resulta imposible, ni agregar que muy en realidad es algo imposible, ni tiene que jurarme que se trata de un auténtico imposible del principio al fin lo que le estoy pidiendo. Creo oírle decir que he llegado a este lugar mediante una serie de circunstancias que no se repetirán, con la intención única de que la experiencia persista en mi memoria.
Me sonríe. Interpone ¿color? ¿un espejo? ¿la voz del mar?
- Cuando nos separemos ningún servicio postal existirá entre nosotros. Cualquier medio normal de comunicación resultará inviable. ¿Conocés algún medio anormal de comunicación? -
Sabe que mi respuesta es no.
Quedo petrificandomé.
El vacío nos separa.
Ah… ah… ah… sueno, a piedra que se enfría.
Enfriado más que por la negativa en sí, por algo glacial que insinúa un duro invierno por venir; que insinúa algo perverso por venir; que insinúa algo escabroso.
Quedo contemplandomé contemplar en sus ojos celestes el repentino vacío que ocupa mis cielos.
Durante aquel lapso los veo mantenerse hermosos, volverse hermosos, y a pesar de cuanto estoy empezando a palpar cristalizándose alrededor y a través de mis pobres sentidos, hermoso todavía; aún hermosos, sin mácula. Hasta que yo también sonrío; les sonrío, anchamente, sabiéndome el idiota peor consolado en su idiotez.
La sensatez es un valor accesible, no un límite barato.


10


La fecha del regreso se aproxima, inexorable, y además de ser el momento mejor capacitado para empañar esta experiencia, es señal simultánea de que persiste en aquellos lugares insignificantes que lo necesitan, ese efecto fatal llamado tiempo, que aquí identifican con el normal sucederse de estaciones y trabajos.
No percibo que las incongruencias se suavicen a bordo de mí; más bien son concentradas por un dúo de bamboleos melancólicos, oceánicos.
Cuando todavía ubicado en mi almohada con aroma frutal como en una butaca de antesala, logro desvelarme por un minuto pensando en semejante anomalía, de envidiar a mi fantasmal primo, como ya he descubierto hago, alcanzo a comenzar a detestarlo con bastante franqueza.
Me pregunto si, por razones propias, las islas ya son utópicas, o si las utopías son vistas, alcanzadas ver siempre como islas, como islas en el mar.
Con gusto entregaría cuanto ha sido mi mundo conocido y por conocer, por conocer el modo del regreso y el ingreso definitivo a éste.

*

Después de desandar camino toda una tarde, tragando sin saborear y sin necesitarlo las menguantes bebidas y dulces de la provisión original, recibida y agarrada como a un salvavidas ridiculizante, entre palmoteos, besos y otras sonoridades que acallaron mi gemido interior, sin poder hacer aunque no más fuera pura geografía, hacer lo mismo con el creciente peso de las brumas flotantes que empañan y borronean el paisaje querido a nuestras espaldas, llegamos a casa de los tíos, más asoleados y agotados, revelando (al menos así lo ladran mis arterias parietales) ser adolescentes dueños de un ánimo cruel y una fortaleza digna del mejor verdugo.
Alcanzamos a repetirles que nos ha ido perfectamente.
Alcanzo a decirme que soy un traidor y un cobarde sin remedio.
Alcanzo a evitar la mirada que me lanza mi primo. Alcanzo a envolver un rictus vencido en el fondo de la toalla con que me seco la cara, cuando ya ubicamos la parda frialdad de nuestros lechos y caemos en ellos como antiguas piedras o como modernas píldoras rojas contra las amarguras del destino.


*

Tal vez la tristeza tienda a poseer un país para ella sola; tal vez pueda su índole, pero en mis terrenos no será así.
Tendrá que acompañarse de este sueño, lo quiera o no lo quiera.







(Una primera versión publicada en el nº 69 de Crítica, revista de la Universidad Autónoma de Puebla, Méjico,
en Febrero de 1998)

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