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Mi Perfil
simon esain
chascomus - argentina
Escribo poesia y prosa breve.
Poemarios editados: Indignaciòn de Noviembre, Mayo de 1989 o El Humo, Musa Interventora, El Momento de Ahogarse.
Poemarios inéditos: U.S.Me (paraíso del acobardado) Totem (la mirada de Ulysses); BP Tangos; BP No Tangos.
Poemarios en preparación: En Nombre de mi Mamá, mi Papá, el Perro y el Gato, Muchas Gracias; BP Baladas; BP Stood Up; BP Poemas.
Prosa inédita: Las Malvinas y Otros Sueños, Enero y Otros Meses I, Enero y Otros Meses II, Enero y Otros Meses III; Setiembre y Otros Meses I, Setiembre y Otros Meses II, Setiembre Naif; BP Prosa Breve I; El Problema de Bembi; Toque a la Mano de Bronce; BP Prosa Breve II; Confesiones Falsas de un Campesino.
Durante 10 años edité desde Chascomús La Silla Tibia, medio artesanal de difusiòn literaria
Miembro fundador del Movimiento de Artistas y Artesanos de Chascomús (MAYA), a cargo de su taller literario
Miembro fundador de la Delegaciòn Chascomús de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos
Representante oficial de DEUCO, defensa de usuarios y consumidores en Chascomús
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U.S.Me (paraíso del acobardado)
Tótem (o La Mirada de Ulysses) poemario 1999-2006
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hay muchas cosas que
06/12/07 | 18:08: yllen dice:
Has logrado un clima muy fuerte y con excelente descripción de lugar y de sentimientos. ¡Ecxelente!
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El pintor



a ‘Pepi’ Patti


Estaba el pintor sobre su escalera abierta pintando letras negras sobre la pared color crema. Un niño se detuvo bajo la perpendicular de su codo hábil y le preguntó qué iban a abrir.
- Abrirán una librería – contestó el pintor, creyendosé gracioso.
- ¡Ah!... – dijo el niño. Se metió un caramelo en la boca abierta, pensó despacio, pasó despacio con el caramelo escondido en su boca por entre las patas abiertas de la escalera y siguió caminando, mirandoló por sobre el hombro.
- De nada – le dijo el pintor con un resto de gracia, ironizando, porque la ironía le endulzaba al menos el interior de la boca seca, pero lo hizo después que unos seis segundos pasaron por detrás del niño. El niño no lo oyó, según parece.
Desde la dirección opuesta vino una niña y se detuvo detrás de la escalera, donde el pintor no podía verla sin que tuviera que abandonar su posición de trabajo, que no abandonaría. Pero podía oírla, y la oyó preguntarle qué clase de negocio iban a abrir allí.
- Una librería – explicó el pintor, sin girar la cabeza. La niña lo pensó, lo evaluó y la halló lógico; luego efectuó un medio giro y reanudó su camino en pos de una ligera variante direccional.
- De nada – dijo el pintor al sentir que los pasos se alejaban demasiado, demasiado reemplazados por una mimética y sucesiva ausencia de pasos. La niña volteó el rostro y lo miró con seriedad, aunque el pintor no la veía hacerlo. ¿Lo habría oído? Pensó. Él creyó notarlo. ¿Se lo habría notado ella?
Al rato pasó otro niño. Parecía decidido a pasar de largo, pero regresó, caminando hacia atrás, poniendo cada talón en el mismo sitio de donde lo levantara, y en medio de esta reconstrucción se detuvo bajo el zapato derecho del pintor, el zapato que tenía un chicle rosado pegado a la suela.
- ¿Qué van a abrir acá? – preguntó el niño, que se calló lo del chicle.
- Si me vas a dar las gracias como corresponde, te contestaré – le dijo, sin mirarlo, el pintor, que en ese momento pintaba la R de rutina luego de una consonante y antes de una previsible vocal.
El niño lo miró, pensó que el hombre estaba un poco chiflado, lo pensó mejor y se alejó de las cercanías de aquella escalera boquiabierta. Sin necesidad de mirarlo, el pintor se dio cuenta de que, a unos metros de distancia el niño se detenía y lo semblanteaba.
Más tarde pasaron dos niñas. Una, que tal vez fuera la más alta o la más baja, la mayor o la menor, tal vez, o la menos tímida o la más desenvuelta, vaya a saberse desde acá, le preguntó si era cierto que allí iban a abrir una librería.
- Sí – dijo el pintor, que albergaba una natural simpatía hacia las niñas bien educadas y bien peinadas. La voz se había corrido. No se había corrido de su sitio la voz del pintor sino la de que allí inaugurarían una librería. Las niñas se fueron, jugando a dar trancos volanderos, juego que sólo constaba a ellas. El pintor se preguntó cómo había deducido que estaban bien peinadas.
Cuando el pintor estaba trabajando sobre la letra A, de Amauta, una voz de niño a cuyo niño no había oído llegar y que, por tanto, sonaba como si no hubiera cierto niño presente obligado a ella, le preguntó que qué clase de negocio iban a abrir ahora en ese lugar feo de la cuadra.
- Si me vas a dar las gracias, te contestaré – le contestó el pintor.
- Bueno – dijo la voz del niño invisible, que no se asombraba por tan poca cosa.
- Una librería – dijo el pintor. El silencio inferior le indicó que el niño se había quedado observandoló terminar con la letra que completaba otra palabra y comenzar a pintar en horizontal un guión intermedio antes de la siguiente.
De acuerdo al significado de cierto número consiguiente de pasos, el niño se fue sin darle, por medio de su voz, las gracias prometidas. El pintor lo oyó detenerse y contemplarlo desde lejos. Pensó que el niño reflexionaba. Después reflexionó que los niños no lo hacen y menos hoy en día, en que, como siempre, la suficiencia está bien difundida entre quienes menos la necesitan. Una verdad que el silencio convertía en secreto. Él, un simple pintor de letras, sí que reflexionaba, acosado psíquicamente por la forzada tranquilidad de su oficio.
Media hora más tarde que más tarde, llegó el librero que lo contratara para pintarle todas las letras necesarias en la fachada; llegó el librero caminando detrás de su saco desabotonado, caminando un paso sí y otro también, por la vereda que daba entrada a su negocio, seguido de un montón de niñas y niños parlanchines. El hombre entró a su negocio sin fijarse en el otro hombre y éste le oyó buscar en el completo desorden del interior. Salió con una bolsa de caramelos baratos y repartió ante los brazos levantados, que levantaban muchos colores y tamaños. Los niños gritaron, pelaron a quien más rápido los caramelos y se fueron juntos, también las niñas, que hicieron más o menos lo mismo, algo más lentas y algo menos estentóreas. Se fueron juntos, sin agradecer al librero su obsequio, hablando a gritos, como si pasearan en medio del campo o de una linda estación para ferrocarriles abandonados.
- Y ¿cómo va quedando eso? – pregunto el librero al pintor, que en ese momento pintaba la R de rumor o de rumores. Al librero no le había importado que los chicos no le dieran las gracias.
- Eso le corresponde decirlo a usted, que es quien paga – le dijo al librero el pintor.
- Para mí está quedando bárbaro – dijo el librero, estirando un poco la primera a de bárbaro, que no se hacía problemas por cuestiones que no pasaran por vender su mercadería, y se metió dos caramelos en la boca, ya que nadie lo veía. Enseguida se metió él mismo a su negocio y comenzó a ordenar la mercadería en los amarillos estantes pintados el día anterior por un pintor de obra. El pintor de letras se pasó de largo dos milímetros (uno por cada caramelo) en un bastón horizontal de la letra E, E de envidia, pero sabía cómo disimularlo con facilidad. Sabía con qué facilidad se disimula.
Cuando terminó con la letra A de la palabra jugueteríA, el pintor bajó al nivel de la vereda y lavó su pincel en un poco de aguarrás, dando suaves fricciones a los pelos entre índice y pulgar.
- Hay que cuidar de la clientela – dijo el librero con alguna intención, los brazos apoyados en la cintura. Los papelitos de envolver caramelos dejados caer por los niños, bailoteaban libres al fin, sobre la basura que el comerciante acababa de tirar frente a su puerta y que allí se había quedado, resueltamente quieta.
- Si es que se dejan cuidar… - dijo, en cuclillas, el pintor.
Los papelitos coloridos con que los fabricantes envuelven cada uno de los caramelos de su interminable producción caramelera, parecían hojas de un otoño anticipado. Como mucha otra gente, el pintor creía que los otoños poseen esa manía de anticiparse a meter uno de sus días en cuanto otra estación del año se descuida, pero faltaba muchísimo todavía, para preocuparse por el venidero otoño.
Entonces el pintor recordó otros otoños a los que disolvía en un gran botellón con aguarrás imaginario. Podrían haber sido amarillos unos, otros negros, o de tantos colores como para ayudarlo a envolver sus propios caramelos incansables a medida que se le cayeran de sus codos entumecidos. Pero tenía que cerrar la escalera, bajarla al piso y hacer como que se iba con ella, hasta que el librero le preguntara que cuánto le debía por aquel servicio.
Cuando el librero le pagó, el pintor sonrió y le dio las gracias. Para ser sinceros, se dieron mutuamente las gracias sin que quedara en claro a quién correspondía darlas, y cada cual marchó hacia una dirección opuesta a la del otro, una de las tantas maniobras que han llegado, si es que así se lo puede decir, a carecer de significación importante para nosotros. Llegaba el mediodía.
Algunos niños pasaron sin detenerse.
Mejor dicho, pensaban pasar sin detenerse, pero ya que al parecer nadie los veía, se detenían el tiempo necesario para aplicar una patada de refilón en la pila de basuras que el librero dejó frente a su puerta.
En el silencio de la calle oirían resonar el grito de gol.
Algunas niñas también pasaban y pateaban la pila, pero sin oír el grito. Es decir, establecían una ignorada diferencia; una más.






(En Revista Paralelo 30, Nro. Marzo 2007, http://geocities.yahoo.com.br/paralelo30/index.htm Sao Paulo, Brasil)

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