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simon esain
chascomus - argentina
Escribo poesia y prosa breve.
Poemarios editados: Indignaciòn de Noviembre, Mayo de 1989 o El Humo, Musa Interventora, El Momento de Ahogarse.
Poemarios inéditos: U.S.Me (paraíso del acobardado) Totem (la mirada de Ulysses); BP Tangos; BP No Tangos.
Poemarios en preparación: En Nombre de mi Mamá, mi Papá, el Perro y el Gato, Muchas Gracias; BP Baladas; BP Stood Up; BP Poemas.
Prosa inédita: Las Malvinas y Otros Sueños, Enero y Otros Meses I, Enero y Otros Meses II, Enero y Otros Meses III; Setiembre y Otros Meses I, Setiembre y Otros Meses II, Setiembre Naif; BP Prosa Breve I; El Problema de Bembi; Toque a la Mano de Bronce; BP Prosa Breve II; Confesiones Falsas de un Campesino.
Durante 10 años edité desde Chascomús La Silla Tibia, medio artesanal de difusiòn literaria
Miembro fundador del Movimiento de Artistas y Artesanos de Chascomús (MAYA), a cargo de su taller literario
Miembro fundador de la Delegaciòn Chascomús de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos
Representante oficial de DEUCO, defensa de usuarios y consumidores en Chascomús
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U.S.Me (paraíso del acobardado)
Tótem (o La Mirada de Ulysses) poemario 1999-2006
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Este libro no pretende apagar tu sed. Unas veces será agua y otras, arena. No hay por qu&e... Ampliar

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De regreso al zoológico



In memorian María Cristina Sarena




devuelve tu pequeño infinito
- y agradece -
a la víbora.

Leopoldo Castilla





- Porque uno tiende a creer con naturalidá que alguien mayor es proporcionalmente más sabio y más capaz que alguien más chico, es que ante algunos tamaños tendemos a sentirnos presa y a desconfiar de nosotros, tendemos a sentirnos criaturas, ¿entendés?, y a preguntar por el pasado. Tendemos a cayar y a estirar la mano hacia el silencio paternal – me dijo - Si lo sabré yo, que he sido esa clase de serpiente desde chica -
- El sentido de nuestra existencia es un modo tentativo de poner las cosas en su lugar; levantar en torno un edificio bastante equilibrado e iluminado ante el cual morir como espectadores contentos y no aplastados - murmuré, con inadecuada rotundidá.
- Pero es común pensar que existe un sentido precisamente donde las apariencias indican que no lo hay - me dijo la sierpe. Esa mañana se había levantado conversadora – Es una bonita herencia de la antigua capacidá de la gente para crear y recrear sus mundos, pero para hacerlo por medio de cuanto significaban las partes de una ansiedá vital, y no de su ansiedá morbosa, como hacen hoy -
O sea que el Creador ha sabido ir asegurandosé el puesto, reflexioné.
Ni por las tapas pensaba que a estas cosas las declaraba por mí.
Lo que a mí me preocupa ahora es escribir un cuento sobre un sueño que tuve la otra noche y dedicarseló al recuerdo de una amiga.

Resulta que yo yevaba una serpiente-boa a una exposición de extraordinarias características, armada en el Zoológico, en el Zoológico porteño, naturalmente. Pretendían los mandamases que la exposición fuera como un flamante Edén, estacionado, ubicado al revés, es decir, en su opuesta cronicidá existencial. Hoy, habituados como nos tienen a que un dos por tres pongan las cosas patas para arriba, cada uno debía entregar su serpiente personal, de pronto devolverlas convertidas en prenda de redención burocrática. Las gentes íbamos a dejarlas ayí como a bolsitas con droga, con ganzúas, pistolas cuarentaicinco, ángeles guardianes o boteyas conteniendo el zumo venenoso destilado por nuestras almas en pena, para que, estimo, continuaran perviviendo sanamente dentro de cada bicho, y aleccionando (tengo que consultar a un cura por si está bien expresado) vides videndis * a los visitantes, que para algo útil pagaban su entrada.

Fuimos por una caye de tierra poco utilizada, todo el santo camino desde la mañana temprana hasta el mediodía pasadito, déle y déle conversar. Hasta que eya olió pizza como desde siete kilómetros antes de yegar a verlo, cuando todavía pasábamos entre quintas inactivas y montecitos neblinosos. Y me mordió.
No se rían porque me mordió en serio, con bronca eya, a la que yo debía proteger, principalmente de que los cuscos caseros no me la mordieran. Todavía la veo cerrar sus ojos al apretarme la carne, ensañada; siento las filas de dientecitos en la curva entre el dedo índice y el pulgar me mordió porque yo no me apuraba lo suficiente mientras eya se volvía loca por yegar al puesto donde había olido que estaban preparando pizza a montones.
Como para creerle semejante cosa desde mi idoneidá en plenitú. Yo soy un profesor maduro pero todavía joven, ¿entienden?
No le demostré dolor en tanto me mordía ni después miedo a enfermarme de su mordedura, y por suerte nada pasó más tarde. Bueno, reconozco que es un decir; la verdá es que yevo el alma envenenada desde entonces.
Pero seguí yevandolá.
Eya iba metida en una bolsa de la cintura para abajo, lo que es un decir. En casa a todos nos pareció la forma más práctica de traslado. Yo mantenía la manija de la bolsa en una mano y eya se las arreglaba con mucha voluntá para caminar embolsada, a mi lado, bastando con que yo la esperara un segundo de vez en cuando, cuando se le desacomodaban los aniyos.
Esgrimía sin pudor su cueyo tan largo y removía en todas direcciones la cabecita triangular, como si se lo manipularan desde arriba. Tanto me hablaba por la derecha como por la izquierda, desde atrás o abajo, de cerca o de lejos, o se me apostaba enfrente, un cacho por encima de mis ojos, para hacerme sentir boquiabierto cuando conviniera a la dramatización de sus afirmaciones, que se mandó unas cuantas, mirandomé a los ojos, como si fuera capaz de avanzar para atrás sólo preocupada por lo que decía, y yo sostuviera en la mano una manija inútil.
La serpiente, o sea, mi serpiente, me había preguntado no bien salimos de casa, qué pensaba yo acerca del hecho de perder el tiempo.
Linda pregunta para que vos me la hagás, pensé para mis adentros, esos mismos que tengo yenos de ocurrencias como ésta. Es que eya me daba la impresión de que iba a su misión como una chiquilina podría ir a la peluquería con su mamá a preparar su cabeyera para el baile mensual.
Repensandoló, nunca me ha preocupado un asunto como el que me tiró. Siempre me habían preocupado las cosas que sucedían, que caían, que sonaban, que podían palparse y medirse, no las que se quedaban al margen, en veremos. Antes me atraía lo que asomaba, lo que amagaba sorprendernos, ganarnos de mano, más que la cobarde metafísica de los elementos constitutivos, por más científica que fuera. Por ejemplo, un buen día, cuando se les dio por empezar no sé qué cometido imprescindible con las instalaciones del Zoológico, a cada uno nos entregaron animalitos a cargo, y a mí me tocó esta víbora, modosita y tranquila. Así, desde chicuela vivió en el fondo de casa, sin molestar a nadie. En invierno lo pasaba enroyada en su cueva y en verano era como de la familia.
Hoy parecía despabilada, más atinada que de costumbre. Además de oler, veía todo mejor que yo, que tenía que ir mirando dónde pisábamos. Había momentos en que no sabía adónde ponía el zapato ni para dónde apuntaba, bastante mareado por sus miradas y su conversación.
Una serpiente que es también una boa constrictora y loca por la pizza, imaginenseló ustedes. Y por la pizza, porque en el Zoológico (empecé escribiendoló con mayúscula como si desde siempre fuera un lugar especial y así voy a tener que seguir haciendoló, ahora que lo es) la habían criado a pura pizza los cómodos de los empleados ¿entienden? Cuando chiquita le daban a comer lo mismo que eyos comían, de puro irresponsables. No me explico cómo no le habían intoxicado el hígado. La habían convertido en una serpiente porteña, bien porteña desde jovencita, acostumbrada a lo peor y a compartirlo, que es lo peor de lo peor. Faltaba que me exigiese le comprara un par de zapatos de tacón alto para entrar al jaulón hecha una reina. Pero esto es una hipérbole; eya nunca usaba calzado.
Y yegamos nomás, al puesto cayejero donde, bajo una lona tendida con cuatro palitos, cocinaban pizza para todo el mundo, como ella había olfateado. Y se metía las porciones enteras a la boca y se le dibujaban los triángulos de las porciones de pizza a medida que se las tragaba sin masticar, como si hubiera traído un hambre de la San Puta. Pero no sé cómo podía saborearla comiendo pizza de ese modo. Tampoco recuerdo quién pagó ni cuánto, pero debe haber sido otro, porque si no yo me acordaría de semejante gasto. Tal vez fue un obsequio de la casa.

Y después yegamos a la vieja entrada del Zoológico, a la que eya me yevó derechito, donde nos enteraron de que en la actualidá era la entrada vieja, que ya no se utilizaba, y por eso estaba cerrada con candado la puertita, como parte de la restauración. Y ahí dejé de soñar.
Cuando el custodio nos dejó entrar porque le dije, desenvoltura mediante, que yo también era custodio, y le hice ver mi uniforme marrón con vivos negros y mi fusil ametrayador igual al que él traía, traía y yevaba a todos lados entre manos como hacía yo con la serpiente embolsada, le dije que eya vivía ayí, mientras se quedaba quietecita y se dejaba controlar, el custodio nos dejó ingresar por donde no se debía tal si fuésemos personal del Servicio, pero la expresión de su cara no varió, como si la yevase cosida, y siguió mostrando los ojos inyectados de sangre y el sueño se diluyó suavemente, como si a alguien de arriba le hubiese dado por terminarlo.
Pasamos una tranquerita de fierro y alambre tejido, las esquinas redondeadas, por un pasadizo de alambre tejido alto hasta los sobacos, tipo manga para vacunos, donde había que transitar de a uno en fila sobre un tablón con trastes como cueyo de guitarra, y abajo se veía el Zoológico extendido, bastantes árboles de hojas polvorientas a esa hora y filas de parabrisas lustrados, briyando como ascuas, estacionados a la entrada correcta, sobre la Avenida `cubierta de árboles hasta la lejanía’. Y había fuentes redondas para agua estimulante reflejando


* Cuya visión ejemplifica.
las quiyas y barbiyas del sol y en todas partes se veían jaulas repletas, lavadas y embanderadas para la inauguración y grupos de puestos de venta ambulante recién pintados donde, a la distancia, figuritas de blanco expendían porciones de pizza, panchos y vasos de gaseosa a bandadas de peones y arquitectos.
No bien entramos y estuvimos al comienzo del piso de tierra de la explanada, fue como si yo perdiera el rumbo de las acciones; no se me ocurrieron nuevas mentiras, excusas ni nada más. Eya se quitó la bolsa por los pies, mirandomé a los ojos, distanciada unos metros, como pudiera una mujer quitarse la bombacha a los pies de mi cama. Para hacerlo mejor se había apoyado en un hombro del guardián. El tipo seguía mirando hacia afuera del recinto. Elegía el camino por donde yo me iría enseguida. Pero por primera vez yo le estaba viendo unas piernas tan hermosas a mi serpiente-boa y me preguntaba, hasta entonces, en qué había estado pensando.
Por el camino la serpiente me había preguntado qué pensaba yo acerca del hecho de perder el tiempo, ¿se acuerdan?
. Yo no considero que el tiempo se pierda, que se yegue al extremo de perderlo. Se gana, de un modo u otro. Conservamos la seguridá de que hayarle sentido a algo lo pone en funcionamiento de inmediato, como se pone en movimiento una figura de piedra por medio de un milagro. Suena lógico que nuestra mente se satisfaga encontrando ejemplos, explicaciones, razones, concediendo suma importancia al comentario de lo sucesivo – Me había escuchado comentarle mientras veníamos, a su inescrutabilidá de persona joven.
- En eso no nos parecemos. A mi índole resulta preferible elegir a comprender. Comprendiendo se pierde mucho de lo que abunda, pero eligiendo se gana bastante de lo esencial -
- ¿Sos una serpiente desconsolada? – pregunté, de puro petulante, sin pensar que era eya la serpiente de mi destentación y que yo iba con eya a destentarme de una vez para siempre, por las buenas o las malas -
- En cierto modo, sí - me dijo, dándome su sinceridá la impresión de que mentía mal a propósito.
- Y yo ¿seré a partir de ahora, un loco manso? – le pregunté, medio en broma, porque no sabía bien a qué simulaba referirme.
Eya, mirando a lo lejos por sobre las alamedas y los techos oxidados, me hizo ver que una respuesta u otra carecían de importancia. Estábamos tratando un asunto que ya no requería compostura sino terminar por quebrantarse contra el piso, igual a un jarrón que viene cayendo.
- Todas las explicaciones, como las demás cosas, están al alcance de nuestra voluntá. Lo que resta hacer es dedicarselá con empeño. Se trata de dedicación. Fijáte que nosotros – y yo iba maniobrando la bolsa mientras esto decía, mirando la punta del camino meterse entre el verdor mojado, sin verme, porque debía haberme visto -Cuando pedimos o rogamos a la altura, a lo supremo, es porque confiamos en su dedicación total, más que en su omnipotencia, que se nos escapa de las entendederas. Es porque confiamos en que el ser supremo dedica a nosotros su eternidá. Si no fuera así ¿cómo podría escucharnos? ¿Cómo podríamos creer que nos escucha? -
Y la caye era larga y dejaba hablar y pensar y volver a abrir la boca.
Vino el guardián del fusil y tomó a mi serpiente por el taye, casi por el naciente de sus caderas, por donde tan lindo se les percibe ondular cuando uno les apoya de la mano el canto y del meñique el primer sensor, un gesto de propiedá que me impidió respirar a continuación.
A continuación apareció otro guardián, como muy cómplice del primero, con una mirada furibunda hirviendo a dos metros por delante de su nariz:
- La persona que está en verdaderos aprietes es aqueya que ya no puede hacer daño a otras, aqueya cuyo ofidio ha doblado la cabeza hacia el desconsuelo – vociferó, empujandomé con su aliento hacia el corralito de escape.
El sol picaba fuerte.
Dejé de soñar y por eso no la vi irse.
Salí con el rabo entre las piernas y un vacío enfriandosemé en la mano derecha, en la que durante horas había tenido la manija, sin saberlo. Hubiera querido alzar la bolsa que eya se quitó y llevarmelá de recuerdo, pero el guardián, adivinando mi intención aviesa, levantó el boyo de arpiyera con la punta de su zapato oscuro-legal y lo portó unos metros a tirarlo como si la bolsa tuviera rastros de sangre menstrual, al primer tacho para desperdicios visible, el que iniciaba o finalizaba una serie previsora, bien dispuesta a lo largo de los senderos.
Yo había ido a destentarme. ¡Qué ganas de tirarme de cabeza en ese tacho!

Por el camino:
- ¿Vos me querés? – me había preguntado eya.
- ¿Y qué es querer? – le había contestado yo, siguiendolé la corriente como un idiota que se hace el vivo.
- Querer ¿no es pretender algo más? – me había planteado - ¿No es esperar precisamente lo que nos hace falta desear? ¿No es, acaso, indeterminar nuestro faltante e imaginar que sucede, que se concreta bajo ese rito? Querer siempre angustia. Querer no se trata de conservar o apreciar lo poseído. Quiero saber si yo te angustio, si en este momento todavía te angustiás conmigo –
- No, qué va – yo mismo me ponía sobre aviso – El hecho de no encontrarle sentido a algo ha sido y es una de las fronteras permanentes de las que dibujan nuestro mundo, achicandoló o ampliandoló, descubriendoló u oscureciendoló, a las que nos hemos habituado. Es decir, donde terminan su efecto los sentidos apreciados y apreciables, se ubica la penumbra, merodea un límite extraviado, la sustancia es reemplazada por algo indistinto o extravagante, artístico. Las pisadas de la gente van o vienen por eyas, por lo general cargando al hombro dioses o al menos, entusiasmos básicos, por no decir bárbaros. A la mayoría de las personas las cosas sin sentido, así dispuestas, nos tranquilizan como si hubieran sido descargadas, como se descargan las armas, pero no faltan quienes afirman o tratan de mostrarnos que constituyen el verdadero arsenal, el peligroso -
- Pero cada vez que ustedes creen en algo, vuelven a ser inocentes ¿no? – me preguntó -¿No funciona así? ¿Qué ocurre cuando creen haber perdido la ingenuidá o cuando creen en algo más porque necesitan creer de cualquier modo? -
- Cuanto mas cosas carecen de sentido más se empequeñece nuestro mundo alrededor. Es lo propio de cada situación o de cada estado de conciencia. Es ayí, en ese rededor donde van a parar, como a un andurrial, junto con los antiguos todos, todos los sinsentidos nuevos, digamos los necesarios sinsentidos. Desde ayí vuelven, cuando lo adquieren, cuando lo recobran, encabezando hordas invasoras. Se trata de una lucha comarcana. Nosotros, los humanos, comarcanos o tribales, vendríamos a ser, inequívocamente, un infinito territorio a disposición del sentido, sin otros obstáculos serios que le impidan corretearnos apenas surge la oportunidá, como en los viejos tiempos –
- ¿Es esa la raíz del miedo profundo que nunca los abandona y no terminan de entender? – me preguntó eya - ¿el sentirse tan indefensos cuando les faltan los alambrados convencionales o la presencia de pirámides consecutivas? O sea, el terror final del ser humano ¿no sería otra cosa que un fruto de su capacidá para encontrarle sentido a todo? Hablando mal y pronto ¿a toda y cualquier cosa? Habitarían un mundo – dijo eya – donde todo, y me refiero a un absoluto más que religioso, relativizante, ¿todo, tarde o temprano encontrará sentido, y por tanto, justificación, razón de suceder? ¿Sería éste el grado máximo del disparate humano? ¿El máximo desafío a la sensatez, consagrada en consecuencia la principal virtú divina? ¿Sentir que van, sin remedio, hacia eya, la demencia progresiva, ¿a través del famoso entendimiento, del afamado conocimiento y la dulce ilusión? –
Los ojos verdes de la serpiente, fundiendosé en las galas mañaneras con las escamosidades verdosas, me miraban o reflejaban con intensidá glacial; ¿pretendían sus orlas multifacéticas que yo le contestara?
- ¿Se sienten ustedes siquiera capaces de mantener clasificadas, jerarquizadas y separadas unas locuras de otras? ¿Alcanzar algún orden discreto, estético? ¿Algún desorden contagioso? –
Pensé para mí tantas cosas sin goyete (por ejemplo: ¿cómo, acaso no lo habíamos logrado hacía mucho tiempo?) en tanto miraba para un costado, que me tranquilicé.
- ¿Han pensado alguna vez en lo que significa el hecho de perder el tiempo? – había vuelto a preguntarme.
Ayí donde está la ansiedá está el presente, me dije. Percibía cierta gravedá. Uno siente mejor cuando cruza ciertas líneas. Sentía el peso que me yevaba a darme cuenta de que son los deseos los que mejor nos relacionan con nuestros sentidos, incluidos los deseos de no sentir, esa destructora consecuencia del sentimentalismo. Pero luego es la frescura del presente la varita mágica del sentido aglutinante, culminante, ¡creador!... El presente ocupa la cabeza y con la punta de su flagelo produce, con facilidá, sentidos chispeantes, que se evaporan. Podemos descubrir y saborear los sentidos que se acuñaron en el pasado; podemos imaginar el futuro poblado por grandes sentidos poderosos, deslumbradores, pero aquí es, en el presente fino, hondo, lacerante, donde el acto de encontrar su sentido a lo que en apariencia no lo tiene o lo ha perdido, se convierte en sed.
- ¿Te fijaste que durante todo el camino no hemos ironizado? – comenté, para mantener mi ánimo y aplacar mis ganas de tomarme una cerveza.
- Es cierto – me dijo – Ahora, si la ironía no surge en parte alguna, será porque está siendo total a nuestro alrededor. Hemos venido funcionando como un fosforito en la oscuridá, o un cuenco a la luz del día. ¿Cómo equilibrarías o compensarías si no, estos minutos de saludable parvulismo? -
- Pero es evidente que cuando dedicamos ironías a ciertos tópicos, estamos poniendo a salvo el resto.
¿Qué significa apostar a la presencia de los niños primero que a la de los adultos, en el ministerio de la humanidá? - pregunta que es uno de mis cabayitos de bataya.
- No sé. Para mí es preferible elegir a comprender – sonrió la serpiente, quince centímetros por debajo de mi mandíbula, haciendosemé la nena.
A menudo las razones que se oponen a nuestros deseos pasan a ser consideradas razones absurdas, lo que constituye a la propia razonabilidá en el verdadero sinsentido de la situación. El sinsentido de más súbita creación y el de comprensión más inhumana. Como que no pide comprensión.
Ay, más de una vez nos he visto como a un palito flotando en la marea y tomado como referencia. Es la precisa ingenuidá de nuestra ignorancia gigantesca la que nos hace sentir al alcance de la mano toda y cada explicación contenida, todo y cada sentido necesario.
Por ejemplo, la tentación es una concesión divina. Es que la divinidá sabe de la larga insatisfacción de la que no somos culpables. Para nosotros, para nuestras simples artes humanas, la tentación no existiría. Existe el sentido perdido de la tentación, el sentido que estaría disuelto en eya misma.
Consecuencia o equivalente, mi voluntá había venido flaqueando por su lado, (al menos yo ya lo sentía desde acá, desde mi abandono) cercana pero vagando en el otro territorio, con su cada vez más nutrido séquito de porqués, que se asentaban en su estela, ¡pájaros insectívoros entre sus patas de vaca ordeñada!

Cuando desperté ya me sentía desconsolado; estaba tendido largo a largo, quieto aún, sobre mi desconsuelo.
Ya venía sintiéndome desconsolado desde los instantes previos al despertar Era esa la sensación que me había conmocionado. No era responsable la cara dura del custodio. No era temor a que el Servicio Especial descubriera mi impostura.
Pero ¿cómo?, trinaban las frases girando ante mí, pajaritos mecanizados disolviendo la penumbra, ¿finalmente resulta que la tentación concluye siendo el comienzo de una convicción? ¿De una convicción insoportable? ¿Empezar a sentir y luego a creer lo que ese sentimiento significa? Que mi vida nunca ha encontrado su sentido. Así que el premio no es más que otra fase de la culpa que tengo que pagar. ¿Qué tengo que pagar ahora? ¿Es que me están condenando, no sólo a morir, sino a hacerlo renegando de lo que he vivido? ¿A preferir la desaparición física a la vergüenza de estar desnudo ante mí por el resto del tiempo? ¿A sentir, a convencerme, de que yo mismo me condeno?
Esto no puede pasarme a mí, precisamente a mí. ¡Otra más moderna! Tocarme esperar el final con mayor terror al absurdo del balance que a la imposición de sus costos definitivos. ¿De qué se trata, en realidá, todo esto? ¿Es una prueba? ¿Otra maldita, endiablada, prueba más? ¿Es que eya misma me ha desechado porque yo no le sirvo?
¿Cómo?
En el momento de renunciar a la tentación de modo definitivo y culminante ¿tentarme eya y su despampanante espalda desnuda con esta idea absurda?
Pero ¿es que he sido tan ciego y tan obtuso? ¿Era tan maraviyoso lo que había dejado pasar de largo? ¿Estaba empezando a desear con desesperación lo que ya había tenido?
¿Es que me estaba volviendo loco? ¿Ser un tonto morboso justamente yo, que aspiraba a las alturas? ¿Era ésta la forma seleccionada para mi locura senil?
Quedarme con el deseo más acá del sentido o quedarme con el sentido más ayá del deseo. ¿De qué se trataba todo esto, por dios?
¡Tortura! ¡Torturadores! ¡Confabulación!...
Era una situación terrible la que recién descubría.
¿Qué hacer por mí ahora? Esta imposibilidá de reaccionar me aplasta, me aplasta esta roca sostenida por los brazos del presente. Ya no hay sueños. ¡Soñar es fugarse de este lugar donde el sentido de cada existencia resulta imprescindible para no enloquecer! ¡Deseo soñar! Pero, su para qué, su pobrecito para qué ¿qué sentido tiene ahora? ¿Ahora que sé va a ser puro despertar, puro despertar, puro despertar?

Y desperté, nomás.
Porque las cosas son, pero mucho más pesadas son cuando se ponen de acuerdo con nuestras necesidades. Y yo ¿qué necesidá tenía de este peso encima?
¿Qué se proponían en realidá, estos cosos? ¡Acá había gato encerrado!
¿Y esta serpiente-boa, que de boa-serpiente pasaba a convertirse en morocha hipostática, alta, de ojos verdes, que pasaba a convertirse en un par de piernas diabólicas aún sin los pertinentes tacos altos, había sido mía hasta hoy por la mañana? ¿Y qué había hecho yo, a su lado, en tanto crecía y se metamorfoseaba?
Nada mejor que perder el tiempo. Sí, convertirme en culpable de perderlo. Era ese el sinsentido de buscarle un sentido. Eya me había dejado porque yo no le servía y se había ido con otro carcelero.
¡Acá había gato encerrado!
Oí al segundo guardián trabar el candado con un golpe autoritario y permanecer remoloneando por ahí, el fusil ametrayador contra la pechera impecable, color habano. Habano; no marrón, betún ni chocolate ni nada de eso. Eso significaba que yo ya estaba de este otro lado.
Un habano de implacable coloración.
Seguí desconsolandomé. Eya, la tentación, ya no era mía. Ya nunca iba a ser mía.
Ahí fue cuando el sueño pareció culminar suavemente… Cuando dejó de ser necesario.







(Una primera versión en www.freespeech.org/basilisco/cyberiohome.htm.)

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