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simon esain
chascomus - argentina
Escribo poesia y prosa breve.
Poemarios editados: Indignaciòn de Noviembre, Mayo de 1989 o El Humo, Musa Interventora, El Momento de Ahogarse.
Poemarios inéditos: U.S.Me (paraíso del acobardado) Totem (la mirada de Ulysses); BP Tangos; BP No Tangos.
Poemarios en preparación: En Nombre de mi Mamá, mi Papá, el Perro y el Gato, Muchas Gracias; BP Baladas; BP Stood Up; BP Poemas.
Prosa inédita: Las Malvinas y Otros Sueños, Enero y Otros Meses I, Enero y Otros Meses II, Enero y Otros Meses III; Setiembre y Otros Meses I, Setiembre y Otros Meses II, Setiembre Naif; BP Prosa Breve I; El Problema de Bembi; Toque a la Mano de Bronce; BP Prosa Breve II; Confesiones Falsas de un Campesino.
Durante 10 años edité desde Chascomús La Silla Tibia, medio artesanal de difusiòn literaria
Miembro fundador del Movimiento de Artistas y Artesanos de Chascomús (MAYA), a cargo de su taller literario
Miembro fundador de la Delegaciòn Chascomús de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos
Representante oficial de DEUCO, defensa de usuarios y consumidores en Chascomús
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Las mujeres de Pocho



a ellos


Resbalando en lo que eran las veredas esa media tarde, huellas negruzcas entre el borde con yuyos inclinados hacia la zanja de desagüe y las bases aumentadas por el pasto crecido entre los alambre tejidos, panceados hacia adentro o hacia fuera pero nunca derechos, llegué a la esquina en construcción donde vivía la cuñada menor del Pocho, la que antes era delgada y no me interesaba lo mismo que ahora.
Siempre recuerdo una vez que pasó de largo con otras vagas por donde estaba trabajando y a los diez metros rieron las cuatro pero sólo ella se agachó y se tiró la pollera roja sobre la espalda para mostrarme todo lo deseable que tenía debajo y hacerlas reír más fuerte mientras se alejaban.
Era su hábito andar con algún moretón reciente en un hombro o un muslo, su condecoración de los lunes. Yo no era de los que iba a señalarseló y a preguntarle cómo los conseguía porque ella tampoco iba a contestarme o me obsequiaría tan llana la verdad que su explicitación diría poco para mí.
Esta era la cuñada linda del Pocho, esa cuñada inevitable que todos sabemos conseguirnos, y me la había presentado cuando yo era un recién casado y temía mucho los escándalos de celos de mi mujer.
A minutos de estar charlando con ella cayó la hermana de en medio, como se suele decir, la más negra, gorda y fea entre esas cosas que suelen callarse, que desde siempre había sido gorda, fea y de piel más oscura, para su desgracia.
Para empezar por lo más llamativo y que les sirva de referencia, tenía las caderas cuadradas como si la hubieran armado alrededor del gabinete de un televisor y se parecía demasiado al padre y a los tíos y poco a su madre y a sus tías, pobre gorda. Vivía flotando por el barrio la mayor parte del tiempo, yendo y viniendo entre las ruinas del caserón marital y las casillas de sus hermanas porque no tenía casa propia donde hacer y deshacer a gusto y de donde echar a gritos a cuantos le cayesen mal.
Estaba casada desde hacía una eternidad con un negrito vago que todavía vivía con los padres en lo que antiguamente había sido una quinta periférica, y por eso la Zulma, ese era su nombre también más oscuro que otros, casi gordo y ‘turco’ también, la Zulma se lo pasaba flotando o rodando por el barrio hacia las casitas de sus hermanas, juntadas o tal vez peor casadas que ella pero que en todo caso le parecía preferible porque vivían solas nada más que con su marido o su macho, libres de las parentelas.
La mujer de Pocho, la mayor de las tres, sí que vivía sola desde que lo dejara solo al Pocho. Vivía apenas a dos cuadras de acá y yo pensaba ir a visitarla luego.
A las tres y media ya estaba anocheciendo porque era finales de Mayo y además llovía de a ratos y el cielo más que un cielo de barrio parecía un nido de gatos hecho con pulóveres viejos.
Las veredas, aunque fueran angostas o inexistentes, todavía estaban mejor que las calles.
La casita de Ana María así había quedado y seguido en veremos, como la vida de su ocupante, y apenas era algo donde estar debajo. Estando allí uno tenía en todo momento la presencia inmediata del asilo, la oscuridad del techado sobre la nuca. Había paredes comenzadas en algunos costados, Sin cerco de plantas ni alambres que las protegieran. La entrada principal, ya que también podía entrarse por otros lados donde tampoco había puertas, era una galería de postes que sostenían lo que llegaría a ser una losa cuando la terminaran. Así se llegaba directamente al primer rincón oscuro que era esta cocina adonde había encontrado a la más atractiva de las tres hermanas amasando para hacer tortas fritas, no con una botella verde sino con un palo de amasar auténtico, heredado de quién sabe qué abuela. No hubiera podido dejar de hacerme la ilusión de que enseguida me abrazaría o la abrazaría contra la oscuridad, contra una pata del encofrado y sin dificultades llegaría a su tajo húmedo y dilatado para hacer en él cuanto quisiese.
Ella era de esas mujeres que pueden hablar sin gesticular, sin mirarnos a la cara, sin cuidar su apariencia, sin dejar de hacer las ocupaciones como toda un ama de casa aunque desde jovencita había sido una callejera y nunca haya sentado cabeza en honor de alguien y sin por eso dejar de seducirnos por completo. Ana María todavía amasaba a la luz gris que entraba a la cocina por el hueco que daba al norte, a la calle chirle, y por otros agujeros peor ubicados a esa hora con respecto a la claridad restante.
Tiraba harina sobre la masa y sobre la mesa desde setenta centímetros de altura con soltura y gracia, igual que una madre. Era glorioso verla. Era dulce comprender que muchos hombres la hubieran agarrado a trompadas por dejarlos por otros o por despreciarlos por otros y al enterarse de su última andanza y en lugar de agarrarse a trompadas entre ellos, porque Ana María no valía la pena y por saber que en realidad eran ellos quienes no valían nada y todo seguiría estando bien.
Por la abertura que daba al crepúsculo pasaban los vecinos, sus carros, sus caballos, sus esfuerzos, sus perros; pasaban despacio, regresando despacio, chapaleando barro y comentando el partido que habría esa noche y los sorteos que auroleaban el fin de semana.
Para cuando apareció Zulma el agua en la pava ya estaba protestando. Zulma nos miraba conversar redondeando sus ojos, hamacando de acá para allá sus tobillos entre los escombros, haciendo girar la base de la bombilla, secandolé la boquilla con un repasador en consideración a mi presencia mientras yo oía a su hermana discurrir por sobre el hombro igual que la lluvia hacía sobre el cartón embreado. Pronto estuvimos comiendo tortas fritas calientes con mate dulce ensillado.
Debajo del delantal ella tenía puesto un baton oscuro, sin mangas; las ocupaciones le quitaban el frío y los brazos todavía le asomaban jóvenes. ¿Cómo no iba a ser glorioso ser abrazado por aquel par, recibir al oscuro un elogio risueño de la boca de aquella ex callejera del barrio? Me hubiera gustado ser cura para bendecir con algo húmedo los golpes que Ana María había ido recibiendo en toda su carne y tras cada una de sus andanzas durante todos estos años. Su charla de soltera me ayudaba a pensar en una tarde lluviosa de viernes cuando se vuelve tan pesado vivir, mientras miraba los agujeros remendados en el techo, las casi paredes y los boquetes convertidos en entradas y salidas por las esquinas que eran costados, fondos, dobleces, refuerzos, y la gotera de luz encendida entre ella y yo iluminando el cada vez más húmedo piso de tierra afirmada.
Ana me contó algo de los problemas de Pocho pero también empezó a divagar respecto de sus propios fracasos maritales.
No sonreía, porque ya estaba bastante ocupada para además encontrarle la gracia a sus palabras, pero yo sabía que en cualquier momento era capaz de empezar a divertirse y a pedirme que fuera a la vuelta a traer una botella de algo alegre.
Metiéndose en nuestras frases sin terminar de las que todo el mundo abusa hoy para conversar, Zulma aprovechaba oportunidad tras oportunidad para meter algunas puteadas contra su marido, contra su suegro y hasta contra sus hijos, porque los tres eran varones. La eterna miseria de su vida era lo que la mantenía disgustada y le resultaba imposible separar a aquellos de cuanto había vivido.
Adornada con toda su bronca y su inocencia la gorda era una joya de barro fresco recostada junto al aparador. Igual que yo, pensaba en el momento en que debería irse, pero para volver adonde su familia política preparaba la carneada de un chancho, ese espectáculo hediondo, grasiento, sobre todo hediondo, que nos hace odiar el ajo, la sal y la pimienta, que engrasa y ensucia hasta cuanto ya está sucio por costumbre y aceptado con su suciedad acostumbrada, y lo vuelve peor y se vuelve peor e insoportable hasta que toda la casa y todas las ocupaciones de la casa piden a gritos recuperarse de su condición de chiquero.
El olor de las tortas fritas atrajo a un amigo de Ana que pasaba por si acaso. Era uno de esos como a ella le gustaban, altos y anchos, que para estar cómodo y mostrarle sus brazos se colgó de los armazones de lo que algún día sería el dintel. Algún día cuando también este tipo fuera algo terminado y útil.
Para hablar usaba un vozarrón acatarrado que ahuyentó los olores y ruidos a frituras que disfrutábamos hasta ese momento, que al menos yo estaba disfrutando intensamente; los pocos colores a salvo de la hora y las tripas abiertas del cielo y hasta las características del lugar y su dueña. ¿Cómo podía importarle? ¿Cómo un tipo tan poco significativo podía permitirse el lujo de despachar por delante y lejos los mínimos detalles rescatables entre tanta pobreza? ¿Creía compensarnos con los detalles propios? No parecía molestarle quedarse solo del todo frente a nosotros, separado por su propia frontera frente a las líneas desparejas, frente a las sombras duplicadas y los brillos anaranjados que repartía la hornalla. Parecía estar acostumbrado a que el mundo lo soportara.
Supuse que Ana entendía su mensaje, su estilo; quise suponer que valoraba tanto descaro y que a mí no me tocaba juzgarlos.
A pesar de las escasas oportunidades que la situación brindaba, me preocupé por hacer evidente la diferencia existente entre ambos. Pero hasta esa tarde no había sido tan gentil y agradecido con la pobre Zulma, por ejemplo.
Siempre he sido o pasado por un infeliz procurando conseguir aceptación adonde fuera y con quienes me metiera, pero esta condición ya no me urgía ante las hermanas. Estaba lejos aún de proceder con ellas como este moscardón macho y sentir algún gusto en ello, elaborar algún mérito. Incluso vino a hablarnos de los temas que a él interesaba comentar porque los suponía, circunstancia mediante, capaces de adjudicarle un decisorio atractivo.
¿Nos importaba que su hermanito se hubiera roto el brazo cayendosé de un eucalipto porque el patrón lo mandó subir a atarle una soga antes de hacharlo?
Por mi parte apenas consiguió alegrarme íntimamente con aquel infortunio. Yo era un infeliz que al menos se cuidaba de caer en semejantes ridículos. Como cuando Zulma le mangueó un cigarrillo y él reconoció que no le quedaban porque se acordó que entonces hubiera podido convidar a Ana María, y Ana María fue hasta donde estaba su cama y trajo su paquete casi vacío y nos convidó, y él, en lugar de agradecer como lo hice yo, le fumó uno.
A medida que la visibilidad desaparecía algunos manchones rojizos se filtraban hacia abajo y las nubes tomaron un gris de película vieja, como si hubieran encargado a alguien darle otra mano ahora, antes de la última escena.
La vivienda tenía tantos agujeros por donde uno buscase que mientras hablábamos yo no había dejado de espiar la tormenta, sus movimientos pausados de vientre gordísimo y los cambios que cada quince o veinte minutos se volvían perceptibles atrás y adelante, lejos y cerca, como si estuviese presenciando un partido entre dos equipos demasiado parejos.
El tipo, medio mojado por la llovizna, siguió hablando como si Zulma y yo no existiésemos, dejandolá a ella en su condición despreciable y dejando para mí el despreciable papel de atender a la fea. De vez en cuando cambiaba de pierna dando una patada al suelo y no hacia el menor caso cuando Zulma metía alguna pregunta o ganaba de mano en la respuesta. Esta grosería me reventaba más que a ella, acostumbrada desde siempre. El tipo estaba tratando de ahuyentarnos de un modo directo e imponerle a Ana su intención, su decisión.
Dejé de aceptar el mate en cuanto el tipo empezó a tomarlos. Las tortas fritas gloriosas se acabaron con su ayuda y empecé a comerme las uñas y Ana Maria empezó a preparar la cena sin cambiar de movimientos ni de trastos.
Limpió de harina la mesa con agua y cepillo y ubicó en medio su cortajeada tabla para la carne. Me aislé un poco de la cháchara intrusa pensando en cuántas ocasiones la misma Ana era puesta sobre alguna cosa firme como si fuese esa útil tabla, igualmente engrasada, manchada y llena de cortaduras. Seguro de que todavía conseguía extraer placer de sí como podía hacerlo de una pata flaca de oveja poniendolá en una asadera con ajo y perejil. Se trataba de lograr una operación semejante.
Ana sabía meterse al horno, hacer de sí una presa, aderezarse con poco y nada como con ajo y perejil; sabía calentar contra su grasa su flacura interior y chorrear y embadurnarle la boca y las manos al invitado. Una cosa tan remota que no la soñaría le tocaría aprender cuando jovencita, cuando su cuerpo también la enloquecía y los olvidos y las omisiones eran cosa de cada día.
Ahora mismo me hubiera gustado dejarseló preguntado para que lo masticara luego, con la carne asada.
Zulma no pudo demorarse más. Sacó sus botas de goma de una bolsa de polietileno con el sello del supermercado próximo, puso adentro sus pobres mocasines y se fue por entre las puntas de las maderas desclavadas llevandosé por delante unas cuantas puteadas a medio terminar. Agarró por el centro de la calle hacia la vieja casa y los viejos galpones de la quinta de sus suegros que la esperaba con su fondo lleno de yuyales, un caballo atado, una vaca preñada, el chiquero hediondo y los palitos doblados con sus gallinas mojadas debajo del espinillo. Llegaría sacudiendo la otra punta de sus reniegos, pero riendosé un poco de cualquiera de nosotros para que la simpatía de los presentes la ayudara a entrar y ubicarse.
Las cosas nunca cambiaban para ella.
Su mundo visible seguiría funcionando igual que el invisible, la gente seguiría repitiendo y callando lo consabido, la vaca se empacaría en lugar de dejarse ordeñar, se rompería una de las ruedas del carro, la chimenea se ahogaba junto ahora cuando llovía, lanzaba hollín alrededor y había que empujar a los hombres a que la limpiasen pasandolé un manojo de alambrepúas por la garganta.
Yo no me largaría como ella por lo peor del barro. Podía con mi físico, podía manejarlo. Sabía arreglarmelás para aprovechar los caminitos y pedazos de vereda y los bordes con pasto de las zanjas para deslizarme hasta lo de Marta, la mayor.
No me daría vergüenza ir cuidando mis zapatos y mis pantalones y nadie se burlaría de eso durante mi paseo.
Cuando el tipo se rindió y se fue, o se fue porque le dio frío de tanto estar colgado medio mojado exhibiendosé con poca ropa en medio de una corriente de aire, me imaginé lo que habría de comentar y volver a comentar de mí en el boliche.
Cuando Ana vino del fondo con la pata de oveja que pensaba hacer al horno, me le fui al humo enseguida. Me dio un beso que se quedó con todas mis palabras.
Entró el Pocho y se paró al lado del foco amarillento, es decir, en lo que era por efecto de la luz, el centro de todo. Había esperado que el otro saliera.
Traía la cara hinchada y más morada que otras veces. Directamente lo dijo a ella que necesitaba hablar de un asunto urgente y me preguntó si podía dejarlos solos.
El conjunto de casilla a medio terminar o a medio derrumbar donde vivía la mujer de Pocho, la mayor de las tres hermanas y la que había sino más linda y ambiciosa, estaba parada delante de la última mancha del atardecer. Los palitos de la estructura, los agujeros en las chapas de cartón, las partes inferiores sin coincidir ninguna, recortaban su negro nocturno a este lado, en medio de un baldío junto a otra esquina, apoyados en una filtración morada bajo la grisura.
Lo más arreglado y mejor presentado que había cerca era una pila de astillas de eucalipto que el padre depositaba allí para ir vendiendo al menudeo.
Marta tenía un foco colgando a la entrada y otro prendido en la cocina. En otra época Marta se había vuelto medio sucia y desordenada por pretenciosa, por querer atender varias cosas a la vez. Había malcriado una hija igualita a ella, que ya estaba juntada, y un varoncito cuya filiación paterna no quedara muy clara y era el gran problema que el Pocho no había podido superar.
Marta era la única mujer seria de las tres hermanas y la que se había metido en problemas distintos sólo por concretar sus sueños, sus ambiciones. Porque ha habido tramos en los últimos veinte años en los que hasta la gente como el Pocho y su mujer tuvieron aspiraciones económicas y sociales. Marta era quien lo había empujado más aunque más no fuera por ella misma y su descendencia.
La pobre Zulma, por carencias particulares, creció siendo una resignada, y a Ana María en tanto, nunca pareció importarle otra cuestión que probar hombres, en el amplio espectro que nos brinda la palabra probar. Uno de los tantos problemas de los que yo me había aliviado en ese tiempo, por ejemplo, era el no dejarme poner a prueba, haber evitado que mi orgullo se enredara en los desafíos de Ana, porque también hubiera tratado de salir airoso de allí, y el asunto no daba para tanto.
Marta me recibió con bastante ceremonia. Primero me hizo sentar, tomamos unos mates y después me pidió que la acompañara a acomodar mejor su pieza.
Fui tras ella llevando alzada la silla de las visitas. Sobre las patas de una escalera medio tumbada contra la pared, tenía ropa puesta a secar alrededor de una estufa. Eran pañales de su nietito. A propósito, estuve contandolé las principales hazañas de mi hija en sus estudios. Enseguida noté que Marta se ponía a revolver en su pasado mientras hacía como que revolvía ropa, a revolver aquellas ambiciones que había acariciado, que algún hombre que no era su marido, con otras posibilidades, se había ofrecido a facilitarle, y el estúpido, el incapaz de Pocho no había sabido aceptar y agradecer. Me cuidé bien de defender al Pocho con alguna frase comprensiva.
Marta tenía bastante de niña todavía a pesar de su capacidad para las ilusiones y las maldades. Uno todavía puede ser peor adulto actuando como un niño porque al deseo de maldad del adulto unirá la torpeza del apasionamiento infantil.
Pobre. De nuevo pensé en Zulma, en su negrura, en su gordura y en su inminente condena a ayudar contra su gusto a carnear y facturar un chancho y en lo que, por el contrario, sería capaz de hacer aquella gorda despechada con una cuchilla de carnear durante un ataque de desesperación. Si hubiera sido menos mansa, si su destino se hubiese parecido menos al destino de un chancho. La capacidad de maldad en todo caso está firmemente unida a otras capacidades igualmente importantes.
Marta, a esta altura de su edad, estaba serenada en todo sentido, pero una nochecita lluviosa de viernes permitía encontrarse mejor con sus lados blandos, que todavía la mantenían entre ellos.
- ¿Estuviste con Ana? – me preguntó, para saber de dónde y porqué venía. Yo no quería decirle que precisamente la había dejado con el Pocho, así que no debo haber estado muy convincente al responderle. Ella enseguida se imaginaría una explicación para mi visita. Me pregunté otra vez qué cosa habría ido a plantear tan decidido aquel loco.
Podría haberme quedado escuchando al oscuro por ahí cerca si hubiera tenido un poco más de curiosidad.
- Me convidó con tortas fritas – agregué – También la vi a Zulma -
- ¿Y qué se quedó haciendo esa pelotuda? -
- También cayó un tipo, uno grandote… - agregué. Pero Marta no lo tuvo en cuenta.
- La gorda quiere venirse a vivir con alguna de nosotras a toda costa. Dice que no lo aguanta más al viejo, al suegro. Pero capaz que lo hace de puro envidiosa. Siempre lo ha hecho -
Me quedé como pensando en eso pero en realidad imaginando qué hubiera podido hacer la Zulma con su liberación. Habiendo tenido presente a troche y moche los ejemplos de sus hermanas bonitas, la gorda debía contener tantos antojos guardados o mal exhibidos que la volvieran doblemente gorda y peligrosa.
- La gorda quiere poner un kiosko en esta esquina – se sonrió – Mejor dicho quiere que el inútil del marido se lo ponga. Quiere sacarle plata al suegro a cambio de todo lo que la han hecho trabajar sin darle nunca nada. En una de esas piensa bien pero a mí que no venga a joderme –
- Quien sabe… - dije, revisando el respaldo de mi silla, la silla de las visitas. ¿No sería acaso la propia Marta quien estaba empujando a la gorda a que se vengara con tanta efectividad? Ana me lo diría si disponía de una sobremesa con ella.
- ¿No te fijaste si le trajo lecha a Ana? -
- Creo que sí – Era eso de lo que quería darme cuenta, recordandolá amasar, echar algo al centro del montoncito de harina, como hacía mamá.
- No sé si también se la habrá llevado a mi hija, esta gorda pelotuda, que se apura a hacer lo que no tiene que hacer y siempre se calla lo que tendría que decir enseguida -
- Pobre – dije, por decir algo, esta vez en voz alta – Pero anda todo el día de un lado para el otro acarreando cosas -
- Espero que sí – dijo Marta, y el episodio quedó terminado.
Marta separó lo que precisaba y se puso a guardar el resto. Me preguntó cómo andaban mis asuntos, mi trabajo, mi mujer, que había sido maestra de su hija. No podía estar sin averiguarlo. Estaba ocupando mi papel. De las tres era la que se me parecía algo en esto de las ambiciones y la ilusión.
- Bien – dije – Voy tirando. En esta época con eso alcanza – Repetí toda esa sarta de frases hechas armadas de tanto repetir las mismas cosas cuando alguien me paraba a conversar. Le pregunté:
- Y vos ¿cómo estás? -
Dijo que bien pero se encogió de hombros, como si no le importara.
Se le escapó un buche de risa contenida.
- ¿Cómo carajo querés que esté? ¿Acaso puedo estar mejor? Me preocupo por mi hija, por mi nieto. Ya soy abuela ¿entendés? ¿Qué querés que haga? ¿Acaso alguien anda bien en estos días? ¿Acaso vos andás bien? Si tu matrimonio marchara, si tus negocios marcharan, si tuvieras bastante trabajo, si anduvieras lo que se dice bien no vendrías a vernos, no tendrías tiempo. No te importaríamos, no te acordarías de nosotras -
Tenia que hacer algo enseguida. Me levanté, me acerqué y la abracé fuerte, un abrazo entre amigos. Marta seguía siendo la de siempre, quería seguir adelante y valía la pena estimularla.
- Se me pasó mi cuarto de hora – dijo, apartandosé con un mohín – No pude evitar que mi hija pensara con la concha. ¡No pude evitar que mi hija pensara con la concha! El chico anda todo el día con el Pocho y con los tíos. Te imaginás, te imaginás lo que va a salir –
- Alcanza con que salga más o menos como cuando su padre era un muchacho – dije, sin darme cuenta de una cosa.
- Su padre… - murmuró Marta, creo que con amargura. Estuvo pensando, dandomé la nuca. Yo también. No entendí lo que murmuró y fue mejor así.
- Perdoname. Estaba acordandomé de cuando lo conocí, de cuando el Pocho era un pendejo que empezaba a subirse a los camiones, a viajar de acompañante. Estoy seguro de que soñaba con laburar en serio y ganarse la vida como correspondía. ¿Qué más hace falta para empezar bien cuando uno no es más que un pendejo? -
- Pero hace rato que no es buen ejemplo para nadie y menos para el chico. Yo tampoco soy gran cosa pero por lo menos soy la madre y a eso debería sentirlo, debería valorarlo. A veces me da miedo de lo que pueda estar planeando para el chico. Por empezar lo ha alejado demasiado de mí y de todo lo que le conviene –
- ¿Querés que le hable? -
La seguí a otro de los rincones, esta vez sin llevar la silla. La ayudé a correr el esqueleto de la cama con su elástico hacia un lado donde el techo no goteara.
- ¿Querés que le hable? Como cosa mía… -
- Vos podrías hablarlo, pero ¿te parece que te va a escuchar? ¿Qué va a cambiar algo? -
- Nada se pierde con probar -
La ayudé a bajar el colchón enrollado.
- Y ¿estuviste con la Ana? – me preguntó cuando nos rozamos mientras la ayudaba a abrir el vientre del colchón y apoyarlo sobre las tripas del elástico.
- Si no te dije que me convidó con tortas fritas y todo – Sabía que no era eso lo que me estaba preguntando – Y estuvo la Zulma con su simpatía de siempre -
- Y esa pelotuda ¿qué se quedó haciendo con ustedes? Espero que les haya repartido la leche, por lo menos… -
- No sabría decirte -
- Y ¿Ana no te invitó a cenar? -
- ¿A cenar? No, pobre Ana, no tenía porqué - ¿Por qué tendría que haberme invitado a cenar?
- ¿Y por qué te viniste para acá con este tiempo? -
- Quería verte – A mi tono sólo le faltaba perfumarlo o que me echara perfume encima antes de responder.
- ¿Y no se apareció el Pocho por ahí cuando vos estabas? – me preguntó Marta mientras abría otra sábana con tantos remiendos como la anterior.
- No mientras yo estuve… ¿Y a qué tendría que haber ido el Pocho, si puedo saber? – quise saberlo, pensando en su cara de borracho, de loco.
- Y a qué te parece que va a ir… - Marta me había puesto a ayudarla a tender su cama, su vieja cama matrimonial hecha de caños avejentados – La única boluda que todavía puede darle pelota es ella… - se enderezó después de apretar una cobija a los pies – SI va a verla todos los días… Por un lado mejor, así me lo saca de encima de una buena vez -
Ese era el asunto urgente, importante.
- Y vos… ¿cómo lo sabés?- ¿Ese era el asunto urgente e importante del que quería hablarle? Yo nunca se lo hubiera planteado así a Ana.
- Porque Ana me lo cuenta todos los días -
- Estuvimos hablando de Pocho pero a mí no me lo dijo – dijo, pensando que podría ser una exageración de Marta y pensando adónde iría a parar mi comportamiento, mi discreción, al otro día, durante la mañana nomás.
- Y qué te parece que te va a explicar a vos si sos otro igual a él… -
- ¿Cómo me decís eso? -
- ¿Y qué? ¿Qué querés que te diga? ¿Qué te pregunte cómo anda tu mujer? ¿Por qué no me contás cómo anda, las cosas que te dice? ¿Te animás? ¿O no le das importancia? La verdad que a mí me pisa por la calle y ni me saluda – Me pregunté si alguna vez yo podría ser, sin torpeza alguna y sin visos ridículos, ser tan directo como ella, como ellas, como el otro tipo o como el mismo Pocho - Tu mujer todavía te da pelota ¿no? Todavía te aguanta, todavía de vez en cuando te dice que te quiere ¿no? -
- Ahí anda, ocupada en sus cuestiones, entreteniendosé con sus tonterías de siempre, el rosario, el horóscopo, los ángeles. Para mí son tonterías, qué querés que le haga – Yo nunca lo hubiera planteado como algo urgente o importante.
- Se habrá aburrido de darte pelota, se habrá aburrido de malcriarte… - Marta, en cambio, tan liso como había dejado la cubrecama, planteaba los temas aunque se nos fuera la vida en ellos.
- ¿Por qué me decís eso? Ella también puede hacer lo que se le dé la gana. Si le planteo mi opinión algún comentario, me sale con que ella hace lo que mejor le parece y que no me meta más. Entonces ¿qué más quiere? ¿Qué voy a hacerle? -
- No se te puede preguntar nada hoy. Decíme cómo andás vos, entonces. Contáme algo en serio. No habrás pasado por casualidad por lo de Ana María ¿no? No sos de esa clase vos; vos nunca hacés nada por casualidad… -
Parecía una gata. De verdad que estaba buscando parecerse a una gata. No respondí. Ya no quería buscar modos de responderle. Terminé de ayudarla en silencio.
Metió la escupidera bajo la cama y otra vez se enderezó sin un suspiro como parecía que iba a suceder en cualquier momento, sin que se le escapara un quejido cuando parecía que estaba a punto de suceder.
- ¿Vas a quedarte? – preguntó mirandomé con su ojo más serio, porque sus dos ojos eran serios, siempre estaban serios cualquiera de los dos. Pero que me quedara dependía de mí, no de ella, no de la seriedad de su mirada.
No pude evitar encogerme de hombros. Fue automático:
- Por un rato, no hasta muy tarde -
- Y, a ver, ¿qué querés hacer en tanto, para pasar el rato? – sonreía igual que una gata, inclinada ahora sobre su viejo velador sin pantalla, una imitación horrible y anticuada de una vela con lágrimas de cera a medio escurrirse. Buscaba poner la perilla en su sitio acostumbrado para después apagar o encenderlo al tanteo.
- Quiero que me chupés bien chupados los huevos – le dije, como si ya estuviésemos en plena intimidad.
- Bueno -
Había una nota de burla, dividida y concentrada sobre la o; un rintintín triunfador bajo la sorna.
- Quiero que me chupés bien chupados los dos huevos, ¿sabés? – le dije, con las manos otra vez en el fondo de los bolsillos de mi campera.
Marta apagó el velador y vi a unos metros a través de los trastos, a través de la lluvia, medio iluminada, lo que podían considerarse los fragmentos inmóviles de su cocina.
- Bueno -
Ahora había otro tono y un tintineo de condescendencia, de benevolencia, alrededor de la o.
- ¿Sabés, mamita? – dijo en la casi oscuridad mi tono de voz verdadero. Mi voz verdadera, apareciendo a este lado de la lluvia, cerca de donde parpadeaba la estufa a kerosén.
- Bueno -
- ¿Sabés, mamita? -
- Sí – un sí alargado.
– Claro que sí – un sí breve.

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