Home | Blogs | Foros | Registrate | Consultas | Sábado 25 de noviembre de 2017
Usuario   Clave     Olvidé mi clave
     
Ir a la página de inicioIr a los Blogs
Mi Perfil
simon esain
chascomus - argentina
Escribo poesia y prosa breve.
Poemarios editados: Indignaciòn de Noviembre, Mayo de 1989 o El Humo, Musa Interventora, El Momento de Ahogarse.
Poemarios inéditos: U.S.Me (paraíso del acobardado) Totem (la mirada de Ulysses); BP Tangos; BP No Tangos.
Poemarios en preparación: En Nombre de mi Mamá, mi Papá, el Perro y el Gato, Muchas Gracias; BP Baladas; BP Stood Up; BP Poemas.
Prosa inédita: Las Malvinas y Otros Sueños, Enero y Otros Meses I, Enero y Otros Meses II, Enero y Otros Meses III; Setiembre y Otros Meses I, Setiembre y Otros Meses II, Setiembre Naif; BP Prosa Breve I; El Problema de Bembi; Toque a la Mano de Bronce; BP Prosa Breve II; Confesiones Falsas de un Campesino.
Durante 10 años edité desde Chascomús La Silla Tibia, medio artesanal de difusiòn literaria
Miembro fundador del Movimiento de Artistas y Artesanos de Chascomús (MAYA), a cargo de su taller literario
Miembro fundador de la Delegaciòn Chascomús de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos
Representante oficial de DEUCO, defensa de usuarios y consumidores en Chascomús
Archivo de entradas | Mostrar datosDesplegar
Ocultar datos Agosto 2007
U.S.Me (paraíso del acobardado)
Tótem (o La Mirada de Ulysses) poemario 1999-2006
Mostrar datos Julio 2007
Publique su taller

Últimos comentarios de este Blog

29/07/10 | 15:22: alicia dice:
hay muchas cosas que
06/12/07 | 18:08: yllen dice:
Has logrado un clima muy fuerte y con excelente descripción de lugar y de sentimientos. ¡Ecxelente!
26/08/07 | 20:25: Fernando G. Toledo dice:
Estimado Simón: me gustaría hacer contacto con usted. Si puede, escríbame a la dirección de correo que dejo anotada. Saludos.
Vínculos
Sarmiento Sarmiento
Ingeniero de la Argentina moderna

Ha constituido una materia pendiente, por error u omisión, no tomar en cuenta una faceta b... Ampliar

Comprar$ 25.00

Escuchá Radio De Tango

simonesain.blogspot.com





Escribí un comentarioEscribí tu comentario Enviá este artículoEnvialo a un amigo Votá este artículoVotá este texto CompartirCompartir Texto al 100% Aumentar texto

Par-tidos



Y si hubiera esta teoría, ¿de qué sirve? ¿Cuál es el sentido de hacernos esta pregunta? El sentido es que no basta explicar, no basta con que elabore una teoría compleja de lo complejo, llena de variables y planos de análisis. El problema va más allá de eso.

Hugo Zemelman


Supongo que había salido a disfrutar un poco de las veredas iluminadas. De esa tibieza de panadería con que se cargan el pavimento y las paredes al acercarse el verano. Supongo que había salido a disfrutar en calma de las perspectivas fáciles de armar con fachadas y puertas, cordones, cables y postes de los servicios públicos, los troncos de los árboles y sus sombras respectivas. A disfrutar, tal vez, al comprobar el perceptible efecto de la nueva estación en las ramas, quietas y descolgadas, y en los bordes y ángulos donde vuelve a darse un gradual desplazamiento de reflejos y atenuaciones, tan similares a otros dones que vemos ir modificandosé hacia la ostentación o la ambigüedad.
Me preguntaba si…
Me encontré con que en el bulevar aparecían instalados varios… ¿cómo decirlo para que se entienda mejor la primera impresión que recibí? Varios ¿corrales, jaulas? de cemento y alambre tejido, como si durante la noche última alguna empresa constructora se hubiera tomado el trabajo de serruchar, arrancar y acarrear las tantísimas canchas de paddle abandonadas por acá y allá en cada barrio y alrededor del centro de nuestra ciudad, entregadas desde hacía años a la actividad indeclinable de los yuyos y el descascaramiento, para, de pronto, destinarlas a otros sucesos imperiosos.
Ahora semejaban precarias instalaciones para aprendices de tenis, con un frontón cerrandolés lo que venía a convertirse en fondo y cercado el resto perimetral por un conjunto de elementos, disponiendo algo parecido a eso que denominamos alambrado olímpico.
Dentro de cada corralito, atestandolós, grupos de jugadores en ropaje azul, o verde, o rojo, o amarillo, cubiertos de avisos publicitarios, se movían con necesaria parsimonia y una despreocupación similar a la que yo andaba disfrutando esa mañana de domingo. Los racimos de hombres jóvenes se prestaban la pelota o se revisaban las uñas mientras otros levantaban graciosamente sus rodillas desnudas, velludas y tostadas, mostrando su relajamiento y su seriedad profesional, malambeando una especie de entrenamiento tan insignificante como el que suelen brindar los estudiantes y sus profesores a quienes pasamos al borde de los colegios.
Concentrando a cada grupo de deportistas tanto o más que lo reducido y poblado de cada ámbito, vestidos por su lado con amplios sobre trajes azulejo claro, mantas semirígidas que les colgaban por delante y a la espalda casi hasta mitad del muslo, apenas ceñidas en la cintura por un lazo negro, en sus cabezas cascos azules con siglas blancas que no alcancé a identificar, un policía metido allí, apostado cada ¿dos metros? ¿dos con cincuenta? ¿tres metros?, las piernas en ángulo de treinta grados, en ristre el arma lanzadora de granadas lacrimógenas, sus caños y las bocas de los caños casi inocentes en su grisura opaca y el silencio, un policía cada dos o tres metros, digo, miraba hacia afuera, hacia mí, inmóvil, los carrillos recién afeitados, hieráticos, pretendiendo alcanzar también algún grado de solemnidad en la postura o, en una de esas, satisfacer la manía estética o televisiva de un jefe omnipresente.
A este lado de los alambre tejidos, otra línea policial en uniforme azul marino, pistolas y bastones oscuros en sus correajes negros, los brazos, ese otro par de armas, al pecho, en la cintura o el correaje, vigilaba igualmente, unánime, hacia el contorno pueblerino, tranquilo bajo la luz cenital, vacío o vaciado o como desganado. El entorchado amarillo oro sobre las viseras de las gorras ponía el toque vivificante en cada cordón de vigilancia externa y demostraba el rango superior de sus portadores.
Como hace en el gallinero el rojo de las crestas de los gallos.
Sí; no he querido usar antes la palabra gallinero, pero enseguida reapareció y encontró donde ubicarse.
Me acerqué a curiosear.
No lo advertí y por lo tanto no me preocupó, ser el único individuo que lo hacía; el único individualizable como curioso y por tanto, foráneo.
Circundando las canchas y atraídas por la de los jugadores profesionales, era tan natural que reinara una inminente presencia multitudinaria que creo haber confundido la tibieza de la atmósfera con el calor de los cuerpos invisibles transitando, cruzando el césped a trancos iguales a los míos. En este caso ya no era el único sino el primero de cuantos colmarían la afluencia previsible.
Pero aun así creo que me acerqué a curiosear. Algo extraño emanaba de aquella escena; una sensación de absurdidad era lo que le daba mayor coherencia y peso.
Me detuve, en parte de manera casual y en parte porque no quise evitarlo, delante de un oficial en camisa celeste de mangas cortas, también rubio, serio y estirado para la ocasión.
Llevaba tres segundos detenido junto a él, a un metro de distancia de la línea imaginaria dibujada por el círculo de servidores públicos, usando de palco avant l’escene el trecho de visión libre entre uniforme y uniforme, llevaba ese instante digo, tratando de identificar al equipo o alguno de los futbolistas encerrados, cuando se movió, abandonó su posición y me encaró, abrió las piernas en escuadra al reubicarse, cruzó con ostentación sus fuertes brazos a la altura del esternón, los sostuvo allí: no los apoyó sobre el pecho sino que dejó lugar adonde infló el tórax previamente, como si estuviera a punto de usar toda su voz, ladeó y echó hacia atrás sobre el hombro derecho la cabeza descubierta, no necesitó carraspear, torció la boca hacia arriba por la comisura derecha y hacia abajo por la izquierda, en el mismo plano que el eje de la cabeza, arrugó la frente formando cuatro surcos nítidos, al hacerlo sacudió un prolijo mechón rubioso de los que precedían su peinado con fetitas de cabello cortadas por los dientes gruesos del peine, y fijó su par de ojos azules medio metro por encima de los míos, por encima de mis ojos comunes y escurridizos, lo hizo telescópicamente, supongo que fijandolós en los plátanos y tipas de suave verdor, treinta metros atrás de mí.
- Así que vos sos Esaín ¿no?... Y se puede saber ¿qué es lo que andás buscando aquí? – gritó o me gritó, porque no acerté a definir su gesto, ya que no me miraba sino que se fijaba a mi espalda, lejos, por encima, jerárquicamente, autoritariamente, como si no se dignara a hacerlo ni medio centímetro debajo de cierto nivel, como enfocando un plano de igual orden o entidad, que lo oyera o asintiese al oírlo. Elevaba el tono a un ritmo y torcía la boca al abrirla. Recogía los labios y sacudía la cara hacia atrás y hacia arriba al compás de la barbilla y el peinado, a medida que lanzaba las palabras mordisqueadas por la actividad nerviosa de su lengua, de su mandíbula unívoca y sus labios mecanizados. Transfigurados por la mueca impertinente.
- Y usted ¿quién es? – le pregunté, extrañado porque el tema de nuestras respectivas identidades me pareció tan insustancial como inconducente, de tan obvio. Quizá por ser tan obvio.
- Yo soy el que te va a moler el lomo a palos – me gritó, empezando a sacudir la rodilla izquierda como si en ella sostuviera el anclaje de un pistón que pone en marcha un ballet. Todo su cuerpo estaba empezando a concertar estos movimientos en una aparatización precisa, efectista, estudiada y tan ensayada como un ballet verdadero. Parecía que había pulsado su botón fundamental.
Confieso que se me heló un cierto tramo de la piel de la espalda mientras observaba su modo neurótico de articular las sílabas y, por fuerza el azul de sus ojos con el círculo oscuro en medio, demasiado brillantes para caer saludables como, recordé, lucían las ascuas de mi padre enojado cuando yo era chico y aprendía a sostenerle su rayo pulverizador.
- Acá no tenés nada que hacer ni nada que venir a husmear ¡Yo te voy a dar andar haciendoté el gallito! -
- Usted es un energúmeno – me oí replicarle, porque en tanto lo hacia ya calibraba el término usado, por si fuera de los que le brindarían ocasión para burlarse de mi formalismo o mi vocabulario en un arrebato de furor clasista. Él continuó como si fuera un muñeco a cuerda:
- Yo soy el energúmeno que precisamente está pensando en reventarte la cabeza a patadas hasta que los sesos se te desparramen por el piso y vengan los gatos muertos de hambre a comerselós -respondió, insistiendo en su actitud y utilizando el término en cuestión, con lo que reveló cierta preparación lingüística destinada a oficiales de inteligencia.
Pero la conversación, si es que así pudiera ser llamada, comenzó a parecerme un juego ridículo.
Los futbolistas se veían adormilados, contentandosé en prestarse la pelota unos a otros y la pelota resonaba con monotonía propia de la cadencia con que era utilizada. La brisa venía de las esquinas y por debajo de la primera fila de árboles, acariciaba con amplitud el espacio abierto y soleado, nos acariciaba un poco con su suavidad de siempre, uno a uno acariciaba, según cualquiera podía comprobar, cada hoja en cada rama de los viejos plátanos a este lado del paseo, y saltaba, creo que saltaba o que se deslizaba por encima de las casas blancas y las casi blancas, al otro lado de la calle, como queriendo decir, quiero decir que se me ocurrió entonces que lo hacía queriendo decir alguna cosa, algún aviso que, por parecerme interesante o apropiado, tendía a distraerme.
Todavía permanecí frente al oficial de policía porque en el fondo de mí estaba tratando de entender qué hacían aquellos jugadores profesionales, atildados, equipados y ubicados entre tantas medidas de seguridad. No parecía, para empezar a verlo, algo exigente, útil o deportivo, lo que hacían. Allí el objetivo, y pido perdón por este vocablo, pero es el preciso, el objetivo justificante era otro.
Ejemplo uno: atraernos como a moscas al azúcar.
Si bien parecían estar transcurriendo el rato de espera, como en un hotel o un aeropuerto, o tomando el sol en la concentración, aguardaban que se produjera otro tipo de actividad. ¿Los involucraba? El sitio era adecuado. El césped natural brillaba bajo el mediodía e invitaba a disfrutarlo, fuera uno quien fuera. Arboledas y fachadas sencillas creaban un amplio recinto estático tras ellas, reteniendo allá pero sólo como continente, al público perfecto para una exhibición de indudable destreza. Los rumores se acallaban apenas se volvían distinguibles, anunciando que de un momento a otro, dispersos altoparlantes comenzarían a pregonar la fiesta de los hombres.
Otros oficiales del cordón que rodeaba por afuera esta canchita que yo había singularizado con mi cercanía, sin necesidad de articular sus miembros apostados o producir sonido alguno, como si fueran figuras capaces de deslizarse llevadas o levadas por la brisa de un ímpetu sordo, estaban aproximandosé y rodeandonós, mejor dicho, secundando a mi interlocutor a dejarme rodeado y hacerme sentir que los percibía encerrandomé, exhibiendo una actitud tan reconocible como un olor característico, mirandomé como a un bicho hediondo, a un bicho extraño, quiero decir, lo que llamamos un bicho peligroso, que habían reconocido desde lejos o del que habían sido avisados, y que ahora les brindaba la oportunidad de inspeccionarlo en directo.
¿Tal vez porque vestía jeans? ¿Y una remera ordinaria, vieja, sin alguna leyenda reconocida al pecho o la espalda, pero que podía haber estado allí?

Desperté. Sí, eso fue lo que pasó a continuación.
Enseguida hice la cuenta de que esta era la tercera pesadilla que me acometía esa madrugada.
Pensé unos segundos…
Encendí el velador para levantarme e ir al baño. Todavía tenía tiempo de volver a dormir.
Lo que pensé se confirmó al ver la píldora blanca junto a la perilla del selector de frecuencias del radio-grabador ubicado sobre la mesita de noche.
Gracias a los efectos del agotamiento mental había conciliado el sueño antes de ingerir mi medicamento diario.
Mis conmociones eran resultado de la abstinencia química. No alcancé a elaborar una frase al respecto, un comentario orientado a tantear el horror de fondo.

Calificación:  Votar Aún no han votado este texto  - Ingresá tu voto

Comentarios de nuestros lectores - Escribí tu comentario
Últimas entradas del mes


Radio La Quebrada Radio de Tango Indexarte Escribirte OccidentesEscuchanos
Noticias | Efemérides | Novedades | Ventas | Biografias | Textos | Audio | Recomendados | Entrevistas | Informes | Agenda | Concursos | Editoriales | Lugares | Actividades | Blogs | Foros | TiendaFundación | Letras de Tango I | Letras de Tango II | Contacto | Boletín
© 2006-2017- www.escribirte.com | Todos los derechos reservados   | Diseño Web | Canales RSSRSS