Home | Blogs | Foros | Registrate | Consultas | Miércoles 20 de septiembre de 2017
Usuario   Clave     Olvidé mi clave
     
Ir a la página de inicioIr a los Blogs
Mi Perfil
simon esain
chascomus - argentina
Escribo poesia y prosa breve.
Poemarios editados: Indignaciòn de Noviembre, Mayo de 1989 o El Humo, Musa Interventora, El Momento de Ahogarse.
Poemarios inéditos: U.S.Me (paraíso del acobardado) Totem (la mirada de Ulysses); BP Tangos; BP No Tangos.
Poemarios en preparación: En Nombre de mi Mamá, mi Papá, el Perro y el Gato, Muchas Gracias; BP Baladas; BP Stood Up; BP Poemas.
Prosa inédita: Las Malvinas y Otros Sueños, Enero y Otros Meses I, Enero y Otros Meses II, Enero y Otros Meses III; Setiembre y Otros Meses I, Setiembre y Otros Meses II, Setiembre Naif; BP Prosa Breve I; El Problema de Bembi; Toque a la Mano de Bronce; BP Prosa Breve II; Confesiones Falsas de un Campesino.
Durante 10 años edité desde Chascomús La Silla Tibia, medio artesanal de difusiòn literaria
Miembro fundador del Movimiento de Artistas y Artesanos de Chascomús (MAYA), a cargo de su taller literario
Miembro fundador de la Delegaciòn Chascomús de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos
Representante oficial de DEUCO, defensa de usuarios y consumidores en Chascomús
Archivo de entradas | Mostrar datosDesplegar
Ocultar datos Agosto 2007
U.S.Me (paraíso del acobardado)
Tótem (o La Mirada de Ulysses) poemario 1999-2006
Mostrar datos Julio 2007
Escuchá Radio De Tango

Últimos comentarios de este Blog

29/07/10 | 15:22: alicia dice:
hay muchas cosas que
06/12/07 | 18:08: yllen dice:
Has logrado un clima muy fuerte y con excelente descripción de lugar y de sentimientos. ¡Ecxelente!
26/08/07 | 20:25: Fernando G. Toledo dice:
Estimado Simón: me gustaría hacer contacto con usted. Si puede, escríbame a la dirección de correo que dejo anotada. Saludos.
Vínculos
Meditaciones para psiconautas Meditaciones para psiconautas
Poesías e imágenes para la meditación Zen

En este libro, la poesía, la plástica y la música se unen para acompañ... Ampliar

Comprar$ 35.00

Escuchá Radio De Tango

simonesain.blogspot.com





Escribí un comentarioEscribí tu comentario Enviá este artículoEnvialo a un amigo Votá este artículoVotá este texto CompartirCompartir Texto al 100% Aumentar texto

Miguelito y el ratón



a Betina


En la cafetería céntrica me encontré a Miguel, el periodista, rozagante hasta cierto punto de su geografía a pesar de la grisura matinal, recién bañado al parecer, bien peinado al menos. Y me contó que esa mañana a la hora de levantarse toda la familia, había matado a una rata. Y había que oír esa expresión en boca de un periodista pueblerino, típicamente pálido, cargado de espaldas, que nunca se despeina.
Había aprovechado el chaparrón que se descolgaba en aquel momento, la inundación escandalosa que se daba en alguna habitación trasera y el desborde en los desagües de la casa, para perseguir y aplastar a escobazos a la intrusa que desde hacía tiempo oían anidar en el caño principal.
No sé a qué parte de las viejas canaletas de su casa llamará caño principal, pero pienso en el brazo que baja al patio interno en la casa de mi madre, donde de tanto en tanto anidan gorriones y causan inconvenientes parecidos.
Me contó que se había mojado bastante, aunque no puedo saber a qué grado llamará bastante en su jerga. Según su inalterable tono de voz toda la circunstancia le parecía meritoria. En principio sonaba un poco absurdo, y sé que decirlo así es parte de un proceder incorrecto, pero considero que bastante expresivo.
Yo no tenía mérito alguno que oponer al suyo esa mañana y el clima me parecía inapropiado. Sobrellevé esas impresiones obligado a tomar con su pinza lo que sucedía. Por ejemplo, una de sus pantuflas se había ahogado pero él pensaba recuperar pronto el cadáver y luego la utilidad del mismo.
Al final del hecho la rata había quedado tendida sobre los adoquines de la calle lateral, durmiendo por el resto de la eternidad, algo como una pata rosada recogida bajo el vientre gris claro y la otra estirada bajo la lluvia, descalza o desnuda, artística. Creo que agregó la palabra ‘patética’ pero no estoy seguro porque me aburría y no lo oí bien, así que prefiero no incluirla.
Tampoco voy a referirme a las imágenes fúnebres de la represión militar que se me ocurrieron solapadas a sus expresiones, por incongruentes.
La cuestión fue que Miguelito pudo demostrar a su mujer que sigue siendo hombre de pelo en pecho. Me imaginé que el pelo gris de la rata empapada y despeinada, luciría metálico, bárbaro y profundo sobre el gris brilloso del flujo callejero bajo la tormenta impetuosa. A él no se le hubiera ocurrido lo del gris metálico. Tal vez sí se le ocurriera el término ‘metalizado’. Incluso el juego de temperaturas propias que puede darse entre la de los objetos mayores expuestos, árboles y paredes por ejemplo, la del aire matinal opuesto al abúlico retenido en las habitaciones, el frescor especial del agua llovida y el que puede ser percibido atravesandonós la ropa mojada, que no vienen al caso; es inconducente comentarlo.
Él tenía buenas razones. Esa mañana Miguelito había salido a ‘recorrer el espinel’ urgido por el innegable deterioro del aporte publicitario en sus audiciones televisivas y radiales; a pesar de que, gracias a difundir la opinión más crítica sobre la gestión municipal a cargo del partido populista, un importante sector del público lo respaldaba. Ya se había decidido a cobrar menos sus avisos porque ya los conseguía menguados, pero no podía evitar que los avisos fueran contratados o renovados por lapsos menores, las sumas netas por todo concepto encogían proporcionalmente y, eso sí, efectuar la cobranza demandaba mayor atención, paciencia y tacto, su desconfianza como inversor aumentaba otro tanto, a pesar de todo el empeño manifiesto sus clientes seguían vendiendo menos, disponían de sumas menores y se comportaban peor justificadamente, justificados por las mismas innegables razones que lo acosaban, con una intención diversa, detrás de su apostura. La publicidad resultaba cada vez menos efectiva como respaldo económico y como negocio. La competencia recurría a ingenio y deslealtades comprensibles que apenas venían a cuento para una broma de mesa a mesa en el bar o alguna reunión sabatina. Esto lo amargaba. Volver más eficiente el mensaje publicitario implicaba mayor esfuerzo intelectual y esto le restaba ganancia líquida tanto como calidad de vida. Es decir, en sus dichos fluía un mar de efectos secundarios que, por ahora, ocultaba la causa del empobrecimiento general, que nadie se avenía a reconocer.
Por ignorancia o ceguera, la farsa todavía se vendía y se compraba gracias a que todos seguían esperanzados en el resultado final.
Pero esta mañana lo hallé contento de sí en particular y esa contentura le duraría unas horas, hasta un rato antes de comenzar su labor vespertina.
Había conseguido otro cliente.
No un gran cliente y un aviso importante; sucesos de tal categoría ya estaban descartados de su panorama normal. Se trataba de otro simple cliente para salpicar las tandas radiofónicas: nada menos que el carnicero a la vuelta de su casa, con el que, por algún milagro, seguía en buenas relaciones personales. El hombre no había tenido motivos para apelar a los periodistas de la competencia como alguna forma de venganza. Esta competencia, por ejercer un discurso opuesto, es decir a favor, sobrevivía solventada por el presupuesto público y era tan desleal como el mismo Miguelito denunciaba a cada rato, deseoso al cabo, de recuperar aquel rol.
De puro agradecido y solidario se compró un kilo de chorizos luego de cerrar el trato.
Había vuelto bajo la llovizna con las carpetas en la mano y en la otra la bolsa de polietileno con leyenda roja, sintiendo que portaba un ramo de crisantemos amarillos destinados al florero de su comedor.
Festejamos la imagen.
El interior de uno de esos chorizos parrilleros era lo que me mostraba ahora.
Allí estaban los trozos en que había sido convertida la rata gris, todavía envueltos en su pelambre empapada, tal como me la había imaginado al oírle el relato de su hazaña. Ahí estaba la cola pelada, seccionada en trozos de centímetro y medio, y cada una de sus patas que, de ningún modo alcanzaban a parecernos artísticas, y partes desmembradas de la cadera.
- ¿Y no lo denunciaste? –
Miguelito me miró sin que su bonhomía variase. Sobre todo su bigote permanecía impasible. Era su experiencia de hombre político que le servía para toda ocasión. Me miraba con suavidad mientras hablaba:
- ¿Y para qué? ¿Para perder un cliente? Mejor que eso saco los pedazos de rata y me como el resto del chorizo, que está bueno -
Una señora metáfora de nuestra actualidad.
Me pareció advertir toda clase de fragmentos de origen sospechoso en la masa semirojiza en la mejilla del plato blanco que Miguelito inclinaba hacia mí. Él no abrigaba otra intención que demostrarme en qué consistía su habitualidad profesional. Mi asimetría vigente, aunque variase el motivo.
Debo aclarar pronto que no me resultaba absurdo que mi amigo se sirviera crudo el embutido fresco y que la carne y grasa picadas, hediondas por naturaleza, no nos provocaran invencible repulsión. Miguelito comía con calma, dedicando instantes a discriminar lo que se llevaría a la boca, mientras charlábamos como ante platitos de vermú.
Inquietado por mi desequilibrio matinal, me tomé la molestia de pasar por la misma carnicería y pedir chorizos. Tres chorizos pedí; sólo un cuarto kilo, para probarlos. El carnicero me atendió muy amable. Yo tendía a resistir las compulsiones pueblerinas que en este caso me hubieran obligado a comprar por lo menos un kilo de haber allí una señora presente, ni siquiera medio. ¿Dije que el dueño de la carnicería me atendió con su mejor sonrisa?
Volví a casa pisando el mediodía, uno oscuro e inservible, apenas cierta tibieza remanente y confortable mezclada al aire. Puse mi compra sobre la mesada y me armé de un cuchillo. Abrí a lo largo cada chorizo y enseguida apareció el gris pelambre patético de la rata pegoteada a sus trozos, leve carne como de pollo, mordida y desmenuzada por la máquina picadora. El pelo ya estaba desprendido y contaminaba el embutido entero.
Sentí un asco tremendo. Un asco que no sólo podía ser relacionado con la evidencia de la aberración o el comportamiento de mi amigo acerca de ella.
Hice otro asqueroso cálculo: una sola rata ahogada en el chaparrón de las ocho no podía proporcionar tanta carne. Tampoco cabía que pensáramos en una oportunidad casual.
Me imaginé al buen carnicero pescandolás, moribundas, en las rejillas del alcantarillado y llevandoselás agarradas por las puntas de las colas, en un racimo oscuro. Vi los bigotes patéticos, sí, ahora patéticos, chorreantes al final del racimo oscuro.
Desperté con la boca llena de saliva amarga, salada, retenida durante el sueño. La retención inconsciente de saliva como causante de mi pesadilla. Fui al baño a escupirla y enjugarme la lengua y las encías.
También me pregunté qué me pasaba.
Recordé otro capítulo del sueño.
Por lo habitual cada vez que cruzo las vías férreas cerca de casa, me permito revivir una sensación grata. La de contemplar algo distinto, marginal pero cálido. Se acentúa un aprecio familiar. No es largo de explicarlo. Entre la visión normal de una calle corriendo entre fachas y edificios, y la visión del paisaje ferroviario que se cuela por los fondos y los trastes de las construcciones como un ofidio doméstico, surge una divergencia que excita la potente intimidad del uno enfrentado a la inerte gravedad y compostura del otro. Los rieles sin fin, unitivos, y los patios cercenados, cicatrizados por el humor y el silencio de acciones antiguas y relegadas, arman un cuadro recoleto, propicio al interés restante en unos ojos aburridos por la intemperie y el trato mecánico. Hay algo de fogón, de humareda común y de cocinas unísonas mezclado a la presencia impetuosa, imponente, de las locomotoras.
Las locomotoras son la vida que pasa como si fuera otra cosa; bufando y resoplando por entre los hierros y la ropa tendida que son nuestras vidas. Los trenes resultan un juguete onírico para cualquier impotencia, y huelen a expectativa. Dejan flotando, al pasar, el olor a esperanza de sus viajeros o sus asientos vacíos.
Había abordado el servicio ferroviario propiedad de Miguelito. Me trasladaba a la estación siguiente, un caserío fabriquero, donde alguien me esperaría gracias a la combinación con un convoy metropolitano. Es que antes de dedicarse al periodismo, Miguel había invertido sus ahorros de cuando fuera edil municipal en un tramo regional del servicio público sacado a remate tiempo atrás. Un ramal dejado ciego o manco ahora, atravesaba tres o cuatro estaciones en campos del partido, manteniendolás unidas a la cabecera urbana.
El viaje de ida me pareció interminable, desmoralizador. Otoñal. Toda clase de pensamientos rencorosos corretearon por mi mente sin que pudiera controlarlos. No tanto porque viajaba sin compañía, incómodo, inseguro de que mi amiga hubiera podido acudir a nuestra cita, porque no le resultaba sencillo escaparse de su hogar para encontrarnos, sino por las condiciones residuales del material rodante y los modos folklóricos del servicio a bordo, y por tener que presenciar gratuitamente adonde fuera que fijase la mirada, un muestrario histórico de nuestra animalidad civil, que llevaba a quien fuera a renegarse al fin, mientras el destino concreto del viaje y cualquier otro destino, se demoraba, se hacía desear u odiar.
La incomodidad sufrida era una muy personal sensación de que la realidad, esa primera certeza de que es posible comprenderlo todo, bajo la que pueden ser palpadas y halladas numerosas capas comprensibles, esa certeza, digo, está formada por muchísimas capas de distintas absurdidades. Y resultaba más que absurdo, ridículo, plantearle ese nivel del reclamo al inspector del servicio, cuando me vigiló su rostro decrépito.
Un empleado de Miguel.
Mi amiga era una aficionada que quería escribir una novela. Para protagonizarla desde otras experiencias.
A menudo he pensado que la novela es una truculencia innecesaria. He reflexionado que nuestras claves íntimas, individuales y sociales, coinciden mejor con el fenómeno de la actualidad. La actualidad, intensamente conformada por la individualidad socializada, resulta un complejo dinámico del que sólo advertimos la parte emergida, legible, la parte que relacionamos con el hecho de ver y entender, aún cuando funcione mediatizado. Ya no se trata de un continuo saludable, de un misterio temporal saludable sino de uno vertical, verticalizado, profundizado, esquizofrénico. Como fenómeno vicario de comprensión, el suceso mediático ya ha reemplazado a la novela. No se trata de realizar una costura entre dos telas sino de tomar las agujas y hundirselás en un dedo o en la palma de la mano, lo más hondo o lo más lento que se tolere.
Una vez reunido con mi visitante me apuré a contarle la anécdota:
- Vos qué dirías de un buen padre de familia que cumple con su deber de eliminar una plaga doméstica y se reencuentra con sus restos en el relleno de un alimento cárnico, alimento del que tiene la obligación comercial de publicitarlo. Persona esta a la que veo cometer el absurdo de consumir el producto en vez de denunciarlo. Y qué dirías de mí, un tipo sensato que, sabiendoló, va y compra esos inmundos chorizos en la misma carnicería, para probarlos. ¿Para probarse qué? ¿Y por qué lo hace? ¿Porque su amigo difunde la publicidad radial? Y cuando comprueba, quiero decir cuando compruebo, que la aberración es mayor, despierto a la realidad impulsado por mi asco, para comprobar que la causa de la sensación asquerosa es anterior y estaba propiciandoló todo desde el principio y desde mí mismo – pausa - ¿Te das cuenta, Betina? ¿Te das cuenta? –
- No – la impaciencia conmovía sus caderas.
- Es que yo te lo explico así y ahora, como si vos pudieras comprenderlo. Sé que pretenderlo encierra otro absurdo, pero todavía no sé cuál –
Mi amiga me palmeó una mejilla.
- No pensés tanto que te va a hacer mal – repiquetearon sus pulseras de nogal encerado.
Nos acercamos adonde Miguel cumplía funciones gerenciales en el insignificante andén. Medio en broma, como sucedía casi todo entre nosotros, le expresé mi queja de usuario.
- Vení – me dijo, imperturbable – Los invito a acompañarnos a viajar en la máquina locomotora para que comprueben de lo que somos capaces. Sobradamente. Yo sé la clase de tipo que sos vos y lo que hay que hacer para conformarte –
Sospeché que en tanto lo decía, cruzaba o trataba de cruzar una mirada cómplice con mi amiga, pero sólo fue una sospecha. No alcancé a percibir más. La cara de Miguelito sonreía como siempre y en la boca de mi amiga la reciprocidad a cada sonrisa masculina era un hábito del que yo no quería saber más que eso; que era un hábito.
Nos amontonamos los cuatro entre planchas remachadas, oxidadas, naturalmente ásperas, angulosas, inocentemente incómodas, agrisadas hasta el blanco lienzo por los recalentamientos transmitidos desde la caldera en quién sabe cuántas ocasiones. Así y todo, interesante, como esposa ajena.
Tras la dulce campanada y el pitido entrañable sonando en medio del campo, partimos suavemente, pero la máquina pronto pareció enloquecer y acelerar a punto de destartalarse.
Miguelito, lleno de entusiasmo, gritaba. Quiero decir que nos hablaba a los gritos.
Sus gritos nos explicaban que todo era cuestión de acostumbramiento. No había real peligro alguno. Padre e hijo se ubicaban de espaldas a la dirección de avance, para tranquilizarnos. Del diario del maquinista sacaron y nos mostraron un recorte amarillento tomado de un periódico nacional. El promedio de descarrilamientos no había aumentado en los últimos diez años.
Si quieren que sea muy alevoso y trate de graficar una hermosa sensación onírica, les digo que un chorro, el mismo efecto que causa la emisión rápida de una película en el trabajo de compaginación, un chorro alargado, angostado al llegarnos y ensanchado al ir quedando atrás, paradójicamente formado por lo estático, lo estático veloz como en un tic acinésico, casas, patios, tapiales, esquinas, retoños de álamos y cañaverales, corría adosado a una serie de cruces descuidados, ruidosos, eventuales extensiones de paredones apolillados o largos zigzagueos bidimensionales de perfiles y ángulos en que iban siendo convertidos los techados y algunas chimeneas muertas, cuerpos carcomidos que así resucitaban y se alzaban, montones envejecidos, descascarados, pintarrajeados, violentados. La aglomeración y el despliegue veloz en momento alguno se interrumpían a cada lado de los rieles. La pequeña máquina atropellaba, alegre, la cortina de yuyales, enredaderas trepadoras, hilos de alambre y alambre tejido, sombras de lo corpóreo, cañaverales, patios, almácigos y tomateras íntimas. Al menos yo tuve la sensación de cabalgar una yegua negra desbocada, espumeante, que trataba de manifestar su alegría de algún modo. Por cierto que no sentí miedo. Pensé en el absurdo como resultado de la realidad. El humo y el vapor, en cambio, tras el efecto de la velocidad, nos servían de paraguas contra la llovizna.
La máquina siguió acelerandosé mientras el fuego jugueteaba y se divertía en la boca de la caldera.
Viajamos a una velocidad innecesaria con la que Miguel y su hijo pretendieron convencernos de la excelencia que podía alcanzar el servicio privatizado.
Pensé en la nunca bien reconocida capacidad industrial de los antiguos ingleses. Pero hacerlo me planteaba una incongruencia. Pensé en un viaje hacia el absurdo. La máquina me hacía recordar a mi abuela, que de inglesa tenía nada. Sólo principié a imaginar mi abuela en cuatro patas, mi abuela estática y veloz absorta en este tic: correr cuadreras a orillas de las vías contra caballos de verdad, en tanto el público miraba y se iba.
No sé si por viajar conversando a gritos todo el tiempo, por bromear con Miguel y su hijo, que hacía de fogonero y maquinista bajo su tierna supervisión, o por sentir el brazo y las caderas de mi amiga contra mi cuerpo, en un par de minutos convulsos y cinematográficos, estuvimos de regreso.
Al descender, la locomotora no me pareció tan enorme y salvaje y la hubiera palmeado en el lomo si no la hubiera sabido hirviente. Pero fuimos a contemplarla, a admirarla y olerla, empequeñecida.
Al cruzar el andén manteniendo cierta compostura, notamos cuán ensordecidos y mareados llegábamos a la perspectiva del placer. Cruzamos la estación hacia la calle y los efectos del vapor y la llovizna nos chorrearon por el rostro.
Los taxímetros partían ocupados, dejando improntas demenciales en el suelo.
El público se dividía en recién llegados que se dispersaban a los pocos segundos.
Nosotros no. Caminamos hacia el centro de la ciudad sintiendo que abandonábamos algo, que este abandono se convertía en cierta chatura, que esta chatura acentuaba un promedio general y que cierto nivel en los rumores circundantes cometía algo parecido, a medida que la sordera terminaba de salir por nuestras orejas.
Pudimos comprobar que cada pasajero retomaba sus ocupaciones rutinarias sin que importase el mal tiempo o importase la suciedad del pavimento y veredas, que se nos pegoteaba al calzado. Y la tristeza se aburría como una solterona o un jubilado junto a cada puerta particular.
Miguel había podido contra la rata; nos había reconciliado con el disgusto de viajar en su tren. Había que perdonarlo y celebrarseló.
Se lo dije a mi amiga y me abrazó por la cintura. Así fuimos seis o siete metros tropezando por el pedregullo del paseo hacia el final de la plaza Sarmiento.
Antes de la esquina logró lo que buscaba. Apoyó sus pechos en mi torso, allí los apretó durante unos segundos y me miró, sonriendo, sin palabras.

Calificación:  Votar Aún no han votado este texto  - Ingresá tu voto

Comentarios de nuestros lectores - Escribí tu comentario
Últimas entradas del mes


Radio La Quebrada Radio de Tango Indexarte Escribirte OccidentesEscuchanos
Noticias | Efemérides | Novedades | Ventas | Biografias | Textos | Audio | Recomendados | Entrevistas | Informes | Agenda | Concursos | Editoriales | Lugares | Actividades | Blogs | Foros | TiendaFundación | Letras de Tango I | Letras de Tango II | Contacto | Boletín
© 2006-2017- www.escribirte.com | Todos los derechos reservados   | Diseño Web | Canales RSSRSS