Home | Blogs | Foros | Registrate | Consultas | Martes 19 de septiembre de 2017
Usuario   Clave     Olvidé mi clave
     
Ir a la página de inicioIr a los Blogs
Mi Perfil
simon esain
chascomus - argentina
Escribo poesia y prosa breve.
Poemarios editados: Indignaciòn de Noviembre, Mayo de 1989 o El Humo, Musa Interventora, El Momento de Ahogarse.
Poemarios inéditos: U.S.Me (paraíso del acobardado) Totem (la mirada de Ulysses); BP Tangos; BP No Tangos.
Poemarios en preparación: En Nombre de mi Mamá, mi Papá, el Perro y el Gato, Muchas Gracias; BP Baladas; BP Stood Up; BP Poemas.
Prosa inédita: Las Malvinas y Otros Sueños, Enero y Otros Meses I, Enero y Otros Meses II, Enero y Otros Meses III; Setiembre y Otros Meses I, Setiembre y Otros Meses II, Setiembre Naif; BP Prosa Breve I; El Problema de Bembi; Toque a la Mano de Bronce; BP Prosa Breve II; Confesiones Falsas de un Campesino.
Durante 10 años edité desde Chascomús La Silla Tibia, medio artesanal de difusiòn literaria
Miembro fundador del Movimiento de Artistas y Artesanos de Chascomús (MAYA), a cargo de su taller literario
Miembro fundador de la Delegaciòn Chascomús de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos
Representante oficial de DEUCO, defensa de usuarios y consumidores en Chascomús
Archivo de entradas | Mostrar datosDesplegar
Ocultar datos Agosto 2007
U.S.Me (paraíso del acobardado)
Tótem (o La Mirada de Ulysses) poemario 1999-2006
Mostrar datos Julio 2007
Escuchá Radio De Tango

Últimos comentarios de este Blog

29/07/10 | 15:22: alicia dice:
hay muchas cosas que
06/12/07 | 18:08: yllen dice:
Has logrado un clima muy fuerte y con excelente descripción de lugar y de sentimientos. ¡Ecxelente!
26/08/07 | 20:25: Fernando G. Toledo dice:
Estimado Simón: me gustaría hacer contacto con usted. Si puede, escríbame a la dirección de correo que dejo anotada. Saludos.
Vínculos
Paisajes internos Paisajes internos


"Dentro de mí crecía un pozo. Uno bien grande, profundo y vacío. Mi vida de ... Ampliar

Comprar$ 46.00

Entrá a Radio La Quebrada

simonesain.blogspot.com





Escribí un comentarioEscribí tu comentario Enviá este artículoEnvialo a un amigo Votá este artículoVotá este texto CompartirCompartir Texto al 100% Aumentar texto

Soñando sobre la situación



Las calles subían y bajaban y nosotros subíamos y bajábamos por ellas. A cada cuatro o cinco manzanas dábamos una vuelta, medio perdidos, medio encaprichados, buscando el modo de entretenernos.
Y volvíamos a verlas aplastarse, descender o arrastrarse a superar unas lomas cubiertas de casas avejentadas o de otras más nuevas pero menos cómodas, encogidas pero mejor ordenadas, y casuchas remendadas y desorientadas, y terrenos baldíos con los bordes y los fondos tapiados por yuyales boca abajo por el peso del agua, donde algún caballo aparecía apostado amaneciendo con las ancas al Sur.
El temporal había convertido las calles en surcos y en chorizos de barro, entre charcos y pastizales brillantes.
Nuestro Chevy 400 avanzaba protestando, coleteando y embarrandosé a lo bagre. Levantaba cortinas de agua barrosa sobre las veredas o las zanjas inundadas. Cada tanto rezongaban y zumbaban sus neumáticos traseros, nuestros nervios nos hacían sonreír y los asientos en sus fundas sintéticas, estaban terminando de volversenós repugnantes aquella madrugada.
Cerca de algunas esquinas encontrábamos eucaliptos viejos y jóvenes por igual, lloriqueando de pie.
Haber dormido vestido me causaba un malestar tétrico.
Tardamos una hora en localizar la casilla de Pedro. Cuando estuvimos bien seguros de haberla hallado, corrimos hasta su alero, como chicos, eligiendo donde dar algunos saltos para mojarnos menos las zapatillas. Pasaron como diez minutos antes de que alguien nos atendiera, abriese diez centímetros la puerta del porche y un imberbe de cara manchada preguntara quiénes éramos y qué queríamos.
- Nos manda el ‘Turco’ – dijimos, pateando el suelo para evacuar el calzado y la impaciencia. Era el modo indicado de entrar allí, dejando antes nuestras pulgas afuera.
Encendimos cigarrillos sin invitar al cara manchada.
Pedro salió de la pieza pero sin hacerlo de los resabios de una borrachera feroz. Su barba llevaba al menos cuatro días sin ser afeitada. Se había puesto un pantalón verde, de entre casa, y se enjugó la boca con un buche de un whisky que podía verse de oferta en muchos lados. Nos explicó paternalmente dónde quedaba la casa de la mujer del ‘Turco’ y cómo llegar mejor con semejante día. Habíamos estado cenando en ella dos semanas atrás pero ni por broma recordábamos su ubicación. No podíamos andar preguntando. Era donde debíamos entregar el depósito, lo que ellos llamaban el depósito. Todos estos veremos, estas idas y venidas eran el trámite necesario de las precauciones que el ‘Turco’ se tomaba para incluirnos en el negocio.
No era pesado trabajar para el ‘Turco’; era tedioso. Y pensar que él se enriquecía mientras nos aburríamos de lo bien que le salía todo. Él era de los que sabían dónde poner la friega para que todo funcionara.
Aun medio dormido y borrascoso, Pedro nos relojeó con indulgencia. Su compañero se mantenía de pie, la flacura de sus brazos sobre el pecho, junto a la ventana desnuda. Pedro nos conocía, sobre todo al ‘Pirincho’, nuestro chofer, pero igual nos evaluaba y nos transmitía pautas a través de su comportamiento. Debíamos atenderlo. Cumplía con cada detalle de las cosas que tenía encargado ocuparse. Nunca era sencillo hablar con él porque definía todo a su gusto y paladar. Ya lo tenía todo juzgado y estimado y no aceptaba versiones diferentes. Lo hacía tal cual su patrón, el ‘Turco’. En cualquier caso su primera reacción era colocar por delante la probable opinión de su jefe, como un letrero de advertencia.
Comenzó a quejarse de la lluvia y la humedad. Vi unos papeles impresos sobre una mesa ratona en el centro de la salita. Una ’45 lista, servía de pisapapeles.
La mujer del ‘Turco’ era bastante menor que él y le había dado tres o cuatro hijos más. No era de mal carácter. Se había vuelto amarga desde un tiempo antes; cortante, desconfiada sobre todo, y al ‘Turco’ le venía bien que ella aportara esta disposición a sus manejos. Le aliviaba parte de las recomendaciones y previsiones del trabajo y ella tenía dónde meter su naricita a gusto y, de yapa, fruncirla con impertinencia.
Nos dimos cuenta de que tendríamos que irnos de la casilla sin matear. Nos moríamos de ganas pero era muy temprano. En realidad todavía estaba amaneciendo; la capa tormentosa embargaba la luz de Noviembre distribuyendolá en forma de grisura.
Pedro estaría con todos los pedos mañaneros en la panza.
Casi todo el mundo dormía aún y era mejor así.
Ahora pasamos frente al caserón de la mujer del ‘Turco’, lo reconocimos y memorizamos cómo regresar evitando los peores pantanos. En el baldío de enfrente se inundaba una canchita de fútbol, pero nuestro Chevy casi se quedó en los chorizos oscuros de la cuadra siguiente, por donde se nos ocurrió dar la vuelta hacia el bulevar.

Habíamos hecho noche en lo de doña Mariana, un montón de ruinas entre las que dos habitaciones seguían de pie, conservaban encima la techumbre protectora, aunque igual la lluvia cantara en varios tachos, chorreara ante la puerta como una cortina de vidrios, salpicara al interior y provocara que las tablas carcomidas y ahumadas del cielo raso olieran de un modo apenas soportable.
Me ubiqué en el rincón donde solía estar una alacena verde y la mancha clara conservada por la pared acunó mi sombra, que apenas se movía. Habiendo tenido tan poco que ver con el tipo de vida transcurrida entre sus paredes, aquella casa había sido importante para mí. Ahora era un montón increíble de escombros que me atraían. Observé el piso en plena cavilación. Es mejor decir el conjunto de contrapisos restantes. Descubrí que la casa había sido construida varias veces sobre sí misma. Que su emplazamiento inicial había copiado la ochava de la esquina, como demostraba el material más antiguo. Superpuestos, habían ido derivando los otros dos o tres hasta adoptar la habitual posición en ángulo recto con relación al paso de la vereda, la única que yo había conocido desde mi infancia.
Mientras los otros bromeaban y manoseaban a las pobres mujeres sobrevivientes que, más que nada en mi memoria, yo quería y respetaba, el invariable guiso con mucho zapallo y fideos moñito, se calentaba de a poco en el mechero a kerosén y de a poco iban comiendoseló a media que lo encontraban a medio calentar y se invitaban con la única cuchara. Yo trataba de entender el fenómeno de la nostalgia, ese océano de ilusiones, de engaños y estupidez, que amasa cada uno, tan incansablemente como a su agua el mar.
Me preguntaba si cada uno de los otros vivía igual de sometido a ese embate, a sus derrames, y luchaba a brazo partido para escaparselé ileso por medio de las absurdas versiones de la conducta cotidiana.
Esa madrugada llovió muy fuerte y me hicieron levantar antes de que lograra dormirme. Estaqueado por la incomodidad, me había desolado el monótono canto de las goteras. Nunca como esas noches se me vuelve odioso el ronquido ajeno.
Pensé pero no pude soñar y quién sabe qué hubiera soñado alguien transportado de este modo a rincones de su infancia y adolescencia, su época querida, plagada de ilusiones y empeño, desvaríos y nobleza, de la que emergió a la vida emplumado de rojo como un pollo de riña, deseando lucirse todavía en cada tarea, con los pendones de padres y hermanos y de su flamante historieta sobre los hombros.
Fui a orinar con una linterna en la mano y vi los pisos desfondados alrededor del baño y frente al patio, desfondados sobre la tirantería paralela que los hacía descubrir un breve sótano de ventilación bajo los cuartos. El aserrín habría llovido alegremente cuando los cielo rasos de arpillera y papel se abrieron, se rajaron y acabaron aplastados bajo una mezcla de ladrillos, cal y chapas podridas, colgada de algunos rincones en posición de derrumbamiento congelado; ahora empapados de nuevo, hinchados y hediondos cadáveres en el alba.
Con el pensamiento volví a elevarlos y a reconstruir su aspecto, buscando mantenerlos a salvo como cuando unas velas encendidas frente a las estampas religiosas, alumbraban el gran cuadro del dormitorio principal, las tres mujeres acostadas en sendos lechos matrimoniales, alcanfor, alcohol y naftalina, conversando entre sí la más vieja, la madura y la más joven; anteojos, tristezas, cremas faciales.
Los sostuve en su puesto por unos segundos mientras liberaba la vejiga. Sólo unos segundos hasta oír las voces conservadas por mi memoria en su justa naturaleza. Pero alguien ya había arrasado el patio y oí, como si gimotearan, los pedazos de jardín, del gallinero, donde sólo reconocía en su lugar un rectángulo infértil de bosta apelmazada sobresaliendo cinco centímetros, el limonero seco, la palma, el aljibe, los sapos impasibles tras sus ojos abiertos, tal vez instalados bajo una lluvia más intensa que ésta. Cuando el mundo empieza a quedarse vacío, sin detalles queridos, es cuando están robandonós la firmeza y sus puntales.
Todavía niño había visto secarse y desaparecer una glorieta de lilas a la entrada, por encima de donde nuestros saludos y despedidas se estiraban, tibios, entre grandes y chicos, como rocas de lana.
Las personas mayores acariciandosé y halagandosé atrapaban mi curiosidad y sacaban fuera mi pudor.
Guardaba reminiscencias de cada una de las casas donde había vivido y transcurrido temporadas o visitas frecuentes. Dentro de cada una existía un instrumento de cuerdas diversas que comenzaba a sonar no bien se atravesaba la puerta y dejaba oír sus ruidos típicos, música reconocible y entrañable como el olor de muebles y cocina. El cuerpo cascarudo preservaba su figura íntima, cierta planta en su maceta regada cada vez que uno de sus miembros se lavaba la cara, las manos o los dientes, o una canilla goteaba sin remedio.
Cada una era un modo de vivir y de considerar cómo vivían las demás. Allí nada podía ser injusto. Estaban erigidas alrededor de un modo de ganarse la vida, de reír, de comer y entretenerse. Cada una era un modo de recibir al otro. Cada familia era un modo de adoptar y adaptarse a una fachada, a un comedor, a un patio, a la ubicación de una casa y el cariz de un barrio. Nada terminaba siendo casual o inculto. ¿Cuál de ellas no había llegado a ser un universo de adultos, niños y adolescentes, varones y mujeres? Adentrarse en cada una era reconocer su esquema completo. Conjuntos con cierto grado de generosidad y egoísmo, de intimidad, de complicidad y la alegría resultante. Ciertas aceleraciones eran toleradas o ciertos vacíos se volvían incómodos. Sus pasillos permitían carreras o sus patios desórdenes y redondeles. En cada una vibraba una formalidad y un horario.
¿Qué significaba haberse separado de aquellos pequeños mundos? ¿A dónde habían ido sus habitantes? ¿Cómo había resultado posible tanta separación y olvido?
Hacía mucho tiempo que no me sentía ubicado en alguna de aquellas casas. Por los cuatro costados me sentía rodeado por depósitos de decepción.
Me asomé al interior de mi memoria. Vi descuartizado mi pasado, amarradas a lugares dispersos las partes corrompidas, sin valor. Me dieron ganas de morir, de ya estar muerto, de ser otro fantasma. La verdadera vida estaba muerta ya. Creo que deseé estar soñando mientras orinaba, y que todo se convirtiera en el orín de una ligera pesadilla. Yo también era un montón de cascotes, de otro modo no me hubiera encontrado metido en este paseo.
Algo se había derrumbado sin que supiese evitarlo.
Relacioné aquel momento con la matanza de vacas, su desmembramiento cruel, los invariables y lustrosos ganchos grasientos que ordenaban el espectáculo, la carne en su frialdad y el olor en el interior de un carro cubierto por una lona o el de un furgón del reparto clandestino. Nos vi a todos vestidos de blanco, tarde o temprano, chorreados de sangre, sin reaccionar, absorbiendo en el alma aquella podredumbre.
Yo trataba de comprender a Pedro, por ejemplo. Trataba de pensar que era uno de nosotros; trataba de disculparlo, no sé porqué. Él no era de los que pedían consideración; amedrentaba y prefería amedrentar. Para eso le pagaban.
Esperamos un buen rato antes de ir a golpear en lo de la ‘Negra’, la mujer del ‘Turco’. A pesar del sobrenombre era hija de gallegos y blanca como la leche. Mientras pestañeaba y se tenía el cuello de la bata bajo la papada, nos hizo dejar la caja de galletitas donde le llevábamos el cambio menudo, nosotros, que entre los tres juntábamos para ir a comer una pizza con cerveza. El Pirincho la dejó sobre una mesa en el centro de la sala que ocupaba toda la planta baja del caserón y servía de garaje y lugar de entretenimientos, a juzgar por lo que contenía, por lo que amontonaban contra las paredes.
Ella extrajo la antena del auricular y marcó un número.
- Hablo yo – dijo – Los chicos ya dejaron el depósito. Van a pasar por ahí cuando vos digas -
- Vayan a eso de las diez – fue su frase de despedida, y nos empujó afuera como si ya no soportara nuestro olor a desgraciados – Yo voy a recontar esto y él va a entregarles el pago en billetes grandes -
Subimos otra vez hacia donde estaba el cementerio del sector fabril, por donde habíamos pasado al llegar.
En sus comienzos como parque industrial, los límites suburbanos apenas asomaban con alguno que otro rancho, chiqueros, basureros inestables. Treinta años después una barriada lo rodeaba y rebasaba largamente, contenía una avenida con bulevar de chivatos rojos y amarillos, sauces, y un barrizal transitable. El paisaje familiar incluía el fantasma orinado de una destilería, de una ex fraccionadota de gas, de un aserradero chato y oscuro y las dentaduras huecas de los ventanales apedreados de fábricas pintarrajeadas, abolladas y calladas como monumentos inconclusos.
Creo que fuimos puntuales por puro despecho. Planeábamos comprar un equipo de mate en cuanto pudiésemos. Estábamos hartos de fumar o mascar chicle, hartos del lugar y sus fantasmas grises.
Estacionamos de punta, encajando los remates del chasis en las cejas de la vereda, ante la boca de un cascarón de mampostería y chapa. Aprovechaban directamente el boquete en el fondo destruido para realizar las descargas y cargas. Cantidad de medias reses colgaban en desorden desde clavadores firmes todavía; adornaban el oscuro vacío bajo techo. Los cadáveres apenas se balanceaban en el aire húmedo, apenas giraban hacia un lado, retrocedían hacia el otro, goteaban el rojo final por el extremo de los cogotes al piso de tierra encastrada de coágulos.
Dos o tres docenas de hombres de variada edad y aspecto participaban de la subasta. Todos usaban botas de goma y expresiones aislantes.
Subido a una mesa de madera, cuaderno en mano, su voz gruesa y amable de abogado enriquecido, el ‘Turco’ se ocupaba de estimular los avances de la demanda. Manos alzadas hacia la mercadería colgante, le señalaban condiciones o detalles que la voz de cada cliente trataba de ir convirtiendo el modo más gracioso posible, en alegato de defensa.
El bigote del ‘Turco’ se las arreglaba para descalificarlos.
Nosotros no veníamos a compartir la función.
Nos miró acercarnos tranqueando, asomando entre dos furgones y sin pensarlo lo saludo al Pirincho, manteniendo su mano durante tres segundos, quince centímetros por encima del revoltijo de sus gesticulaciones.
Nuestro chofer le respondió con una pálida sonrisa y ahí nomás se detuvo, a relojear la concurrencia. A muchos los conocía y a otros no.
Otra vez nos pusimos a fumar.

Calificación:  Votar Aún no han votado este texto  - Ingresá tu voto

Comentarios de nuestros lectores - Escribí tu comentario
26/08/07 | 20:25: Fernando G. Toledo dice:
Estimado Simón: me gustaría hacer contacto con usted. Si puede, escríbame a la dirección de correo que dejo anotada. Saludos.
fgtoledo@diariouno.net.ar
 
Últimas entradas del mes


Radio La Quebrada Radio de Tango Indexarte Escribirte OccidentesEscuchanos
Noticias | Efemérides | Novedades | Ventas | Biografias | Textos | Audio | Recomendados | Entrevistas | Informes | Agenda | Concursos | Editoriales | Lugares | Actividades | Blogs | Foros | TiendaFundación | Letras de Tango I | Letras de Tango II | Contacto | Boletín
© 2006-2017- www.escribirte.com | Todos los derechos reservados   | Diseño Web | Canales RSSRSS