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Mi Perfil
simon esain
chascomus - argentina
Escribo poesia y prosa breve.
Poemarios editados: Indignaciòn de Noviembre, Mayo de 1989 o El Humo, Musa Interventora, El Momento de Ahogarse.
Poemarios inéditos: U.S.Me (paraíso del acobardado) Totem (la mirada de Ulysses); BP Tangos; BP No Tangos.
Poemarios en preparación: En Nombre de mi Mamá, mi Papá, el Perro y el Gato, Muchas Gracias; BP Baladas; BP Stood Up; BP Poemas.
Prosa inédita: Las Malvinas y Otros Sueños, Enero y Otros Meses I, Enero y Otros Meses II, Enero y Otros Meses III; Setiembre y Otros Meses I, Setiembre y Otros Meses II, Setiembre Naif; BP Prosa Breve I; El Problema de Bembi; Toque a la Mano de Bronce; BP Prosa Breve II; Confesiones Falsas de un Campesino.
Durante 10 años edité desde Chascomús La Silla Tibia, medio artesanal de difusiòn literaria
Miembro fundador del Movimiento de Artistas y Artesanos de Chascomús (MAYA), a cargo de su taller literario
Miembro fundador de la Delegaciòn Chascomús de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos
Representante oficial de DEUCO, defensa de usuarios y consumidores en Chascomús
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U.S.Me (paraíso del acobardado)
Tótem (o La Mirada de Ulysses) poemario 1999-2006
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hay muchas cosas que
06/12/07 | 18:08: yllen dice:
Has logrado un clima muy fuerte y con excelente descripción de lugar y de sentimientos. ¡Ecxelente!
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Inminencia de los detalles hogareños



Ya era noche cerrada cuando doblé a la izquierda la última de noventa grados y aparecieron los primeros detalles que mi llegada volvía visibles, luego reconocibles y enseguida controlables, sus árboles y la casa, cuyo estado aparente era mi diaria inquietud como jefe de familia. Era mi mujer la que a continuación se encargaba del timón general.
Emboqué la entrada con un volantazo sobre el terreno carcomido y frené ante la tranquera blanca, deslumbrante. Una maniobra que podía hacer a ciegas. Tres pares de ojos vidriosos sacudían sus colas de un lado al otro cruzando el patio al trote, competitivos. En ese momento mi esposa abría la puerta y salía, evitando ser encandilada por los faros.
Sumado a este movimiento de bienvenida me hubiera gustado ver más luces encendidas por las ventanas.
Sonó el teléfono y me lo llevé a la oreja mientras me deslizaba del asiento confortable. Más que preocupado por los inconvenientes del día, llegaba ansioso, necesitado de relajarme hasta mañana. Deseaba reencontrarme desnudo, en brazos de mi mujer, y pensarnos abrazados también por la casa en calma, cobijados todos por el silencio imperturbable del cielo nocturno, nuestro cielo nocturno.
Hablé con uno de mis socios, a los que acababa de ver esa tarde de viernes. Mi mujer había venido acercandosé, provocando una gran sombra movediza sobre la fachada. Ahora escuchaba mis monosílabos finales, de pie junto a la tranquera abierta a la izquierda, iluminada por los faros del automóvil ronroneante. Sin embargo su ceño me hacía sentir que algo no me franqueaba el paso todavía.
Embutí la antena luego de agradecer las novedades. Me reproché el tono final que ocupó mi boca. Mi sombra proyectada entró en escena y se unió a la de ella. Le besé los labios, mecánicamente.
Meti el auricular en un bolsillo de la campera y también la otra mano. Nada de abrazos. Sentí que el peso de mi cansancio me tiraba de los hombros.
- ¿Qué vas a hacer ahora? -
- Volverme – no se me ocurrió qué más decir – Yo no sabía nada ¿podés creerlo? ¿Has estado escuchando los informativos? – Asintió. Miraba a un costado, no tanto por el destello a mi espalda. Estaba asustada, todo lo asustada que cabía. Los perros pedían caricias como a cada arribo. Los contemplé esperarlas. Estaba bien que no hubiera más luces en las ventanas.
Miré por encima de la arboleda pero encontraba un telón negro, descendido. Era uno de esos momentos en que es deseada intensamente la inminencia de los detalles hogareños, vagamente extrañados durante la jornada.
No sabía qué palabras agregar y ella tampoco. Me demostraba que su seriedad habitual podía ahondarse aún.
Le acaricié la cabeza y los tres perros sonrieron y sacudieron sus plumeros suaves; sabían, suponían que les llegaba el turno. Volví al automóvil y recuperé su olor a máquina dócil, preparada, diferente del aroma a tierra y vegetación humedecida por el relente. Salí marcha atrás y odié esa curva plana y polvorienta que amaba desde la niñez, que se abría a la derecha, revertida, sobre el párpado del tablero fosforescente.
Encendí la radio y moví el dial del punto seleccionado donde obtenía mi música, en busca de noticias, a pesar de lo que me asqueaban.

La oscuridad del pueblo no me sorprendió. Mis socios esperaban frente a la fábrica, apoyados en sus vehículos, detenidos en mitad de la calle. A mi vez frené sin cuidarme de dónde lo hacía. Pensé en tres terratenientes bien montados a los que citaba en un mojón una preocupación de clase. No habia tránsito que oír ni peatones que ver. Éramos tres hombres altos y serios buscando ponernos a la altura de la circunstancia.
Ellos habían estado estimando qué podíamos hacer primero que nada. Ya se habían repartido algunas tareas.
- Nos conviene que preparés tu casa acá pero que siga pareciendo deshabitada. Queremos que descansés la cabeza un rato. Vas a tener que tirar algo importante para mañana temprano y hacerlo en tres niveles ¿entendés?... Voy a instalarte una fotocopiadora; mi mujer va a sacarla de la biblioteca del colegio -
- Ya hubieron choques aquí cerca y se están preparando otros más gordos y del estilo que te imaginás. Lo mejor será que nos anticipemos a todo cuanto podamos. Precisamos descargar el camión antes de acomodarlo para nosotros –
- Pero también hay que decidir en qué lo ocuparemos primero -
Me explicaron cómo se planteaba la situación a nivel local y con quienes se habían entrevistado ya, dentro y fuera del grupo. Sin necesidad de explicitarlo sabíamos en qué medidas estaríamos de acuerdo.
La fábrica nos escuchaba cerrada, a oscuras, como una abuela muerta.
- ¿Qué hacemos con ésta? -
- ¡Já! ¡Quí lo sá! -
- ¿Han probado comunicarse con alguno en La Plata o Capital? -
- Andá a ubicarlos ahora. Sabés el lío que tendrán. Es más fácil que nos llamen ellos -
- Pero no esperemos más de las seis de la mañana – fijé.
Los adoquines brillaban por su cuenta, como si acabaran de ser barridos.
- El puente de la ruta está cortado y ahí es donde hubieron disturbios entre las familias de los metalúrgicos y los que salieron del barrio -
- Quién lo hubiera imaginado… -
- Por qué no preparás tu bastión lo mejor que puedas. Hacénos lugar. Yo voy a llevar algunas herramientas más tarde – me dijo uno. Sentí que los tres éramos intercambiables, que la confianza de tanto tiempo nos lo permitía, llegada la hora.
- Si no tenés un televisor puedo llevarte uno -
Asentí. Me venía muy bien que hubieran pensado en todas esas cuestiones.


Con un imprescindible empujón a cierta altura, abrí las puertas pretenciosas de vieja madera ornamentada.
Usé mi linterna de bolsillo. La lámpara seguía colgando su elegancia en medio del vestíbulo pero el piso estaba demasiado sucio. Primero pensé que eran pichones de paloma; luego los desconocí. Redondos, panzones, desvalidos, torpes como pingüinos, se confundían con sus sombras, pico largo, plumaje rojizo, casi terracota, lacio y encanutado todavía. ¿De quién eran hijos?
Hojas de roble, hebras de colas de zorro y cebadilla seca desfiguraban al encimarse los motivos de los mosaicos. Algo había deshecho un arreglo floral. Tuve miedo de resbalar al pisar todo aquello. Todavía calzaba mis botas de montar, pero así y todo el mío era un miedo gris.
Con una perfecta patada me descargué un poco de los nervios y lancé por la entrada hacia el fondo de la calle a aquel bicharraco desagradable. El otro, con su invalidez ominosa, se acurrucaba junto al zócalo, intentando mimetizarse. Retrocedí y cerré la puerta de calle. Busqué la llave general e iluminé la habitación. De entre las hojas se removieron varios pichones de gato, tambaleantes y chuecos, que instintivamente se alejaron de mí hacia la puerta vidriera que daba al comedor principal, mostrandomé sus culitos oscuros al alzar las colas para estabilizarse.
Había descuidado la vieja casa paterna.
Fui hasta el segundo pajarraco y lo aparté con la punta de la bota. Me cuidé de presionarlo porque, mirandoló mejor, parecía una pústula a punto de reventar y derramar su inmundicia interna. En verdad parecía un juguete diabólico de ojos perdidos en la idiotez. Los gatitos se detuvieron al borde de la penumbra; se volvieron y maullaron porque nadie los amparaba. Pensé que eran los hijos de la gata gris, si fuera posible que la gata todavía viviera. Aquella mugre me desalentaba. No iba a matarlos. El olor a muerte ya abundaba. Los metería en un cajón y al patio del fondo. Había lugar de sobra.
Necesitaría desplegar los mapas en la mesa del comedor; nos imaginé juntando las cabezas sobre ellos. Despejaría de muebles inútiles los dos o tres cuartos contiguos.
Pensé de adónde habrían aparecido esos pichones asquerosos y de qué especie serían. En Australia existían parecidos pero de ahí a resultarme lógico que me esperaran en la casa… Oía los quejidos de otro más. Estaría también a punto de reventar. Los barrería enseguida, junto con la hojarasca y la mugre, pero los tiraría por sobre la tapia al baldío de enfrente para no dejar señales de mi presencia.
Debajo de la cortina desteñida, recogida en un rincón, como siempre, vi asomar una jeringa descartable, vacía, polvorienta, con la aguja colocada.

Sonó el teléfono en el bolsillo de mi campera. También tendí a imaginarme quién era el que llamaba, a definir un rostro conocido entre los rostros que giraban en mi cabeza.
Debería sacar mis armas, limpiarlas y revisarlas.

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