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simon esain
chascomus - argentina
Escribo poesia y prosa breve.
Poemarios editados: Indignaciòn de Noviembre, Mayo de 1989 o El Humo, Musa Interventora, El Momento de Ahogarse.
Poemarios inéditos: U.S.Me (paraíso del acobardado) Totem (la mirada de Ulysses); BP Tangos; BP No Tangos.
Poemarios en preparación: En Nombre de mi Mamá, mi Papá, el Perro y el Gato, Muchas Gracias; BP Baladas; BP Stood Up; BP Poemas.
Prosa inédita: Las Malvinas y Otros Sueños, Enero y Otros Meses I, Enero y Otros Meses II, Enero y Otros Meses III; Setiembre y Otros Meses I, Setiembre y Otros Meses II, Setiembre Naif; BP Prosa Breve I; El Problema de Bembi; Toque a la Mano de Bronce; BP Prosa Breve II; Confesiones Falsas de un Campesino.
Durante 10 años edité desde Chascomús La Silla Tibia, medio artesanal de difusiòn literaria
Miembro fundador del Movimiento de Artistas y Artesanos de Chascomús (MAYA), a cargo de su taller literario
Miembro fundador de la Delegaciòn Chascomús de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos
Representante oficial de DEUCO, defensa de usuarios y consumidores en Chascomús
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U.S.Me (paraíso del acobardado)
Tótem (o La Mirada de Ulysses) poemario 1999-2006
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hay muchas cosas que
06/12/07 | 18:08: yllen dice:
Has logrado un clima muy fuerte y con excelente descripción de lugar y de sentimientos. ¡Ecxelente!
26/08/07 | 20:25: Fernando G. Toledo dice:
Estimado Simón: me gustaría hacer contacto con usted. Si puede, escríbame a la dirección de correo que dejo anotada. Saludos.
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Suele confundirse profundo con complicado cuando en realidad es exactamente lo contrario lo simpl... Ampliar

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El viaje



In memorian M. A. V.

Quien no ha muerto joven, merece morir.
Cioran
La historia del siglo XX nos enseñó lo contrario, que fuimos a sentarnos a la puerta de casa, y vimos pasar el cadáver del amigo.
Hugo Zemelman



Hace años vengo prometiendomé escribir un relato sobre aquella vez que viajamos en tren desde Ranchos a Altamirano y, combinación mediante, a Chascomús.
No sé si lo recordarás. Por mi lado puedo hacer memoria de mis propios recuerdos.
El vagón estaba muy iluminado, como un parque de diversiones, para lo que fueran la penumbra pueblerina y la oscuridad del campo. Nos habíamos quedado unos días terminando detalles del trabajo y pasamos tres noches enteras discutiendo de política a nuestras anchas. A tu instancia, también hablamos un poco de ese otro misterio, las mujeres. Por postura ideológica te negabas a ser cliente de prostíbulo y se te volvía cuestión perentoria el seducir a alguna cada tanto. Algo parecido hacías con la política y sus expectativas de entonces. Había una sola relación legítima para conformar tu ímpetu, una que, adonde fueras, exhibías por delante, como a tus ganas de seducir.
Ubicandonós de a poco, diría que viajamos en una burbuja de luz que, si observo bien, era una luz gastada. No me interesa aclarar si fue un atardecer húmedo y oscuro, con bolsones de neblina al fondo de las calles, o si se trató de un cielo colgado, azul turquesa y frío.
La calle real perfilaba su procesión junto a las vías del lado de nuestras ventanillas, recortandosé contra los efectos crepusculares. Fumábamos frente a frente y puedo reconstruir tu mano sosteniendo el cigarrillo.
Encontrarte bajo luces y un auditorio cautivo en sus asientos, que tu gesto podía convertir en platea, comenzó a insinuarse y provocarte.
Estábamos al comienzo del vagón y vos de espaldas al pasaje.
- Mirálos – dijo por sobre el hombro, tu irónico agridulce – Mirálos ir y venir cada día del matadero, como borregos. Mirálos, engañados por completo y tranquilos. Oílos hablar de fútbol o chismes. Entregados a los entretenimientos del establishment. Viven ciegos y sordos porque no quieren ver ni oír. ¿Qué te parece si aprovechamos para hablarles? -
Era una linda idea.
- ¿Te parece? Vas a conseguir que nos tomen por chiflados. No los asustés. Nada les gusta menos que los pongan de cara a sus propias limitaciones y miserias. ¿A quién le gusta? Sabés que a esas cuestiones se las convierte en folklore. Vas a quemarte vos, y lo que es peor, vas a quemar el mensaje -
Te habías embalado:
- ¿Qué te parece si me paro y les pido un minuto de atención? ¿Acaso no se bancan al vendedor de biromes? ¿No te animás a armar un debate? -
. ¿Les vas a vender a Marx, al Che, a Camilo Cienfuegos? ¿Les vas a proponer que exijan la reforma agraria en la provincia de Buenos Aires? Vas a conseguir que te miren con lástima, o que se burlen del discurso a través de vos, o de vos a través del discurso. O que alguna vieja chupacirios llame al guarda -
- Al guarda también hay que explicarle que es un explotado, si es que no lo sabe. Que mientras unos se dejan arrear como animalitos, él es otro de los que hacen el trabajo del perro pastor para el dueño de la majada -
- No, no sirve. Ya sospechan esas cosas y se las aguantan. Es el mérito de su despecho. Es como un trueque moral. Se lo convertís en un problema existencial y les creás un peso extra que no soportan. Y encontrarán el modo de sacarseló de encima. O si no, se te empacan como burros. Estoy seguro de que al guarda le interesa que no le vayan con problemas y volver cuanto antes a su casa. Aprendé del vendedor de biromes: lo primero que hace es tratarlos de damas y caballeros; a partir de ahí todos juegan su juego. Modificar estas formas acomodaticias no es fácil; significa quitarles a sus vidas lo que tienen de más íntimo y espontáneo, de acomodadas y de característico. No podés pedirles que renuncien a esa gracia -
Te acodaste en el marco de la ventanilla y pareciste resignado. – Integrados, integrados – rezongabas. Te tenía enganchado esa definición. Me miraste de reojo. Sabías que yo tenía razón y que la psicología de barrio me respaldaba. No era tu compinche ideal. A mí también me hubiera gustado verte secundado por otro con tus mismas ganas.
- Sí – dije – Claro que son unos integrados y una majada. Nunca vas a convertirlos en lobos usando ideología – me miraste con el mismo rencor que yo suponía ibas a encontrar en sus ojos. Decir que las verdades no sirven con la gente, no significa haber encontrado otras verdades. Significa que muchas otras verdades se nos escapan, y que su peso, aún oscuro, mineral, curva la realidad y la arrastra a su camino. Es un error tan frecuente y tan grave meterse en realidades despojadas de todo misterio.
Siempre restan explicaciones, más profundas cada vez. Indican que pisamos nuestra condena a la superficie. Pero ¿por qué un joven va a reconocer y respetar precisamente al misterio? Imposible. La sangre le hierve, sus ojos se abren inundados por lo inaceptable. Enarbola el misterio de su propia vida puesta en vilo, único hierro que tiene en las manos.
Al minuto te volviste hacia el pasillo, encorvado bajo una supuesta joroba, adelantado el mentón. Actuabas:
- Integrados – murmuraste, a modo de prueba de sonido, buscando el tono – In-te-gra-dos… -
Devolviste tu espalda encrespada al respaldo de madera y me sonreíste, satisfecho.
- Lo que hace falta es la máscara… Si yo fuera el Che o Alfredo Alcón, me darían bola automáticamente... Vamos a gritarles ¡Integrados! ¡Integrados! ¡Boludos! ¡Alcahuetes!... Si eso es lo que son. Por ahí se ponen a pensarlo -
Gozaba con tu juego, de tu alegría altiva. De tu sesgo de alfil. Aquello era el juego más atrayente; contenía las medidas de tus fuerzas, de tu estatura oculta, de tu sombra real. Negué con la cabeza.
Como si insultaras al profesor de espaldas, soltaste tus descalificativos hacia el pasillo de aquel vagón traqueteante en medio del campo.
- Integrados… integrados… - tu público se hacía el sordo – Boludos…. boludos…. -
Me cautivan las explicaciones, pero porque emergen como prueba de la infinitud de lo inexplicable.
- Decir la verdad es una de las formas del amor, y decir mentiras es una de las maneras del poder, pero eso no es todo. Cuando decís la verdad, la gente, el otro digamos, debe estar en condiciones de reconocer y rechazar el engaño, debe estar en condiciones de prescindir del mentiroso que, las más de las veces, es su ilusionista favorito. Además debe estar en condiciones de soportar la verdad con mucha firmeza para apreciar su principal consecuencia, que es la libertad, al menos la libertad interior. Pero ¿es posible ordenar ese cambio? -
- Precisamente ese cambio es una revolución, la revolución. Ese es el mayor significado contenido por la revolución. Sin ese cambio no hay revolución que valga -
- Ojalá resultara así -
- Integrados…. integrados… - repetiste, más alto, más decidido.
- Dejáte de joder. Ellos no tienen la culpa. Es injusto responsabilizarlos -
- No hablés como un peronista –
- No soy peronista; soy radical –
- Es lo mismo –
- No, señor; no es lo mismo –
La locomotora pitó y empezó a detenerse. ¿Te acordás cómo se llamaba ese lugar, ese puntito del mapa bajo una lámpara indefinible? La mínima parada intermedia en la que, desde abajo, alguien le gritó al maquinista y recibió un bulto desde el vagón de mercancías, el primero de la breve recua.
- ¿Por qué para ahora? – dijiste - ¿Qué es esto? -
- Alegre – te dije, mientras los pasajeros habituales nos miraban y sólo el frío subía al tren. Yo había visto el letrerito al llegar; me fijaba en esos detalles que vos pasabas por encima. El tren se detuvo en Alegre. ¿Existirá aún? De lo que se veía al costado fui memorizando las siluetas cinematográficas de unas acacias peladas, de una tranquera nueva y un sulky bamboleandosé de una rueda a la otra, avanzando en nuestra dirección, el caballo y el pasajero retrasandosé, yendo para atrás, yendosé para siempre de nosotros, su pequeña polvareda iluminada por la luz que caía de las ventanillas.


* * *

Hace años que amenazo con escribir este relato sobre nuestro viaje, un viaje ordinario que tanta gente hacía y siguió haciendo cotidianamente hasta que anularon el servicio. No sé si te acordarás.
A menudo he pensado que no podría. Había una canción de moda, llamada ‘Aquellos fueron los días’, cantada por una tal Mary Hopkins. Hablar de vos me permite ponerme en segundo plano, en ese plano que se esfuma sin perjuicio, como el ponernos a hablar del pasado o del futuro nos salva de hundirnos y ahogarnos en el pantano presente.
Cuando uno es joven casi todo lo que hace son preparativos para irse a otro lugar, para distanciarse de su pasado y meterse en otro, para apartarse de sí y sus remanidos errores, apartarse de su familia y comenzar a construir otra. Casi todas las vueltas, idas y venidas, las damos como prólogo confuso de un caudal definitorio. Cualquier viaje puede caernos iniciático. Cualquiera de esos prolegómenos puede ser discriminado y tejido al que después desencadena otros y otros, y se revela conductor, imantado. Balance que no te dejaron hacer porque se hace después de haber vivido la vida que a vos no te dejaron vivir.
Discutíamos. También delirábamos. Sobre las camas y en el piso los libros de Henry Miller, Lobsang Rampa, Cortázar, Hesse, y siempre el ‘Paroles’ de Prevert, conteniendo tus queridas ratas del albañal y tu Barbará.
A esa edad uno agarra para acá o para allá, como si se fuera a la esquina. Teníamos 20 y 22 años, creo. Tener esa edad en los ’60 era doblemente significativo. Supongo que ese es el punto. Me parece que el hecho de preguntarme qué voy a decir ahora, y para qué voy a decirlo, más allá de tu pronta muerte, de tu pronta simbolización, no resulta invalidado porque me obligue a hacerlo. Que hoy estés muerto es lo que más me obliga, sin embargo, como la misma juventud nos obligaba entonces. Ser joven es una obligación intensa, angustiante, a veces morbosa. Pero lo sintomático es el modo de tu muerte, que califica a la época, y por encima de la época, a las conductas. Convierte ese aparente final del morir o el hacerse matar, en impulso perpetuado, como prueba, como evidencia irrefutable.
Los que seguimos vivos también somos símbolo, admitamosló en honor a la vida, pero debemos alimentarnos cada mañana, dormir, no podemos llevar antorchas en las manos porque se nos caen los pantalones, y las llevamos humeando en el estómago. Te consumiste sobre vos y te alimentás de esa consumación; podés seguir velando mientras cerramos los ojos. Pero no debe ser preciso que nos sintámos muertos para que los muertos nos ayuden a resistir.
No puedo decir que tu muerte es el precio que pagamos, el rescate por nuestras vidas, porque entonces la convertiría en una condena a nosotros mismos y tu mano trataría de arrancarme el corazón. ¡Qué reclamo infinito el tuyo! Contiene el desfile de las desvergüenzas.
Algo que enseguida veo es que has quedado joven para siempre, vivificando cuanto implica e implicaba entonces, y por mi lado, porque en estos pensamientos la contradicción juega su partido a troche y moche, como si otra juventud permaneciera recluida, o refugiada en mí, siento que no puedo envejecer. Miró lo que me hacés decir. Alguna porción, algún resorte todavía está esperando que algo suceda o se concrete, para añadirse el tiempo transcurrido, el tiempo que, mirado desde el presente, se ha ido yendo en vano por encima de todo. Creo que no es una sensación demasiado errónea.
Creo que ese es el cielo donde vos estás.
La última nota que tengo tomada por ahí, pregunta si puedo considerarme tu heredero, yo, que aposté a mi paciencia, heredero de vos, que apostaste tu vida. Y si no busco considerarme así ¿qué otra cosa me empujaría a seguir esperando?
La cuestión me emociona de inmediato. Mal estado anímico para ponerse a escribir, dicen. Voy a equivocarme mucho, a errar y exagerar, dicen. Pero parece que sólo cuento con él. De cualquier modo no hay que dejarse engañar por un texto; en el texto siempre se dice lo que queda callado.
Una emoción irracional envuelve estas cuestiones, que vienen de lejos y estiran y tensan cuantas cuerdas rocen.
Dandolé vueltas he comprobado que voy a fracasar ante esta otra. ¿Sabés qué es lo más difícil? Encontrar, decidir cuál es el rastro o el nivel de sinceridad justa para que haya aquí una historia, un diálogo. Lo probable es que si dependen de la temperatura de mi escepticismo o la bronca, esos niveles se me escapen entremezclados. Tal vez lo menos franco sería la mejor franqueza: cuidarme de rozar el cinismo, guardarme otra vez los pareceres. Pero es, por mi lado, mi compulsión meterme en dilemas fuera de mi capacidad, como le pasaría a un caminante casual. Dilemas que ponen a prueba la organicidad de mis razonamientos. Digamos que esa es mi inocencia y a la vez mi poca bravura. Antes que en otros bailes siempre nos he visto debatiéndonos en nuestras inocencias. Esa melodía que no necesitan los demonios. Esa que luego nos permite comprendernos, y a los demonios volver a vencernos.
Tu muerte vuelve incómoda cualquier posición. Es que ninguna puede justificarla, sólo la tentación. Sólo se la puede alzar como un reclamo incesante. Ir corriéndote, ir poniendoté de a poco entre los más antiguos niños asesinados. Mientras crece progresivamente la convicción de que vamos hacia el odio sin remedio y la matanza.
Hubiera sido inútil tratar de desnudarte de cuanto te atraía hacia la prueba. Creo que sólo otra pasión hubiera podido: una mujer, esa otra tumba que te desnuda y te toma la vida.
Me doy cuenta de cuán jóvenes éramos.
La pregunta constante es qué voy a decir con este relato. Si se trata de plantear explicaciones o de algo más importante, inconcluso. Importante por incluso. Que está doliendo, aguijoneando. ¡Hay tanto que parece terminado!
El hecho de tratarse de un pequeño viaje me tienta a parangonarlo con tu vida, a extrapolarlo con el significado deducible de las brevedades en este país, en nuestro dilatado país. Me lleva a buscar un peso íntimo y el trauma necesario. Ocurre que también quiero sentirme sosteniendo el peso, esa explicación, esa gravitación tuya. Me obligo a no dejartelá entera, no quiero que su probable sentido quede encerrado y cancelado por tu suerte. Pareciera que sólo nos queda rescatar lo poético de nuestros errores. En todo caso lo poético es un presupuesto, un tono, pero no un procedimiento conclusivo, terapéutico.
Quiero que algo sobresalga para destruir la versificación, hacia acá, hacia el afuera del tiempo; aunque sea una rémora, una culpa. Como decir al final de una estrofa: yo también necesitaba tu muerte.
El valiente es todo golpe, certeza, filo. Apenas necesita argumentos para descargarse. Y el valiente muerto alcanza el blanco, se convierte en puro símbolo. Resulta imposible acercarselé, tocarlo con las manos. No hace falta más suspenso. No quiero seguir viajando sin vos. Por ordinario y breve que el viaje resulte. Si algo me empuja a ubicarme, a situarme bajo esta luz, es el caso de que alguien, quienquiera sea, en cualquier tiempo, se ponga a pensar en complicidades y en la parte que me toca. Quiero decir que tu muerte hablará en mi juicio y dirá que vos te has convertido en razón permanente, por encima de todas las razones que sigan siendo utilizables. Empiezo por enarbolar esa razón sobre mí. No quiero dejarte en el pasado, interrumpido, equivocado, como fotografiado donde caíste por un reportero del sistema. Quiero traerte, como sea que pueda, pero no dejar atrás al que se distinguió por encima de las cobardías. Fantasmal, metido en nosotros. Tanto y tan duro ahora como entonces lo que significabas, como si cada día bajásemos al mismo andén y cada cual siguiera hasta su casa o su tumba, a buscar su precio. Debo significarlo. Podremos aceptar las treguas y el descanso de las almas, pero no la próxima crucifixión. El viaje que hacemos juntos no debe llegar a ese destino.
Si una gran división alimentamos los argentinos es la que separa nuestras almas de nuestros cuerpos. Por ahí nos corta la censura del filo. Por éste o tal interés, por ésta o tal razón, nos han llevado a tajearnos y escindirnos. No quiero perder de vista este punto. Es un punto grave que nos convierte en híbridos, en productos de una manipulación.
La violencia es motivo para acudir a la violencia pero también se acude para darle carácter de razón. Los violentos ya han acudido a ella por falta de razones. Más que sufrir el drama de la exaltación o la cobardía, vivimos la impotencia de seguir siendo los mismos y entretejer como pueblo la justa proporción de las firmezas contenidas.
Pero vos sí entregaste tu pequeño todo; entregaste tu pequeñez entera. Tan entero que el tajo destinado a prepararte para otra cosa, te desangró. Estabas tan confiado en la victoria que muchos no podrán entenderlo. Puede decirse que nos obligan a sobrevivir remplazando el instinto amoroso por el morboso, y que de cada lado, no frente a frente, la morbosidad nos une por donde no debiéramos quedar unidos. Esta unidad agónica mantiene viva a la nación y sangrando a la patria.
Nos era usual hablar de ‘este país’ como si la nación fuera un cuerpo y la patria anhelo amorfo que se revuelve por dentro, que el cuerpo contiene y puede ahogar. La nación sigue identificandosé con el enemigo, uno ya convertido en cadáver que sepulta su alma. ¿Y cómo impedirte que vivieras tu pasión? Buscabas el parto, ser parte y padre, manejar el origen de tu orgullo, de tu libertad. ¿Cómo regular ese instinto? Si su destrucción nos deja huérfanos. El sentido no puede aparecer lejos de tu amor obstinado, la tierra y las tumbas donde la vida está sembrada. Un sentido bajo el que yazga un pacto silencioso.
En aquella época había alternativas más valiosas que la violenta. No he dejado de creerlo y hoy mismo podríamos seguir la discusión. Vos respondiste a tu impulso y ¿qué puedo decir al verte volar por encima de palabras e impulsos? Cualquier papel me cae molesto acá abajo, y bueno, esa es mi quietud forzosa, Miguel.
Tampoco el rebelde persigue lo mejor de sí sino su propio sueño.
Pienso en el plan del Che, el segundo frente que propuso y su decisión de meterse en el Calvario de nuestras liberaciones inconclusas. Oferta lógica y poética, pero desesperada, propia de un convencido. No hay dolor ni desengaño que destruya su poesía; antes que eso nos empujará de vuelta a ella, y ¿cómo negar la definición política más neta?
A veces me pongo a imaginar los ríos de espanto y dolor acarreados por la elección de la respuesta violenta. No fue una inclinación atípica o extraña a nosotros. Sigo pensando que en aquel tiempo la democracia era revolucionaria todavía; alcanzaba para comenzar a destruir el autoritarismo genético. Tan revolucionaria para todos como hoy sigue siendoló la instauración de un proyecto popular y soberano. Te oigo reír y preguntar cómo se logra eso sin poesía y sin violencia y agregar que a corto plazo estaremos pensando que no nos dejan otro camino para salvarnos, que una vez más sonará la hora donde los que sientan ganas se diferenciarán de los que sientan miedo. Cuando unos ofertarán sus vidas y otros sus reservas.
Es triste repetirlo pero la democracia fue una de las víctimas por la que nadie lloró. Es tan difícil entusiasmar con otra bandera que no sea hacer justicia con las propias manos y atrapar al futuro a manotazos. Si la tentación es uno de los sistemas permanentes para hacernos perder la inocencia, rescato a los inocentes cada vez, a pesar de todo lo que siento y lo que sientan. Ni siquiera me voy a poner a examinarlo. Es el costado reversible de lo fatal, de lo que nos obligan a tragar. Vos, también yo, hemos sido tomados por distintas tentaciones. Todavía cuido mi inocencia; por simple repugnancia he evitado iniciarme.
En mi adolescencia creo haber presenciado la expectativa despertada por el rumor de que el gobierno iba a ofrecer el cargo de vicepresidente o de canciller al Che. Hasta los conservadores estaban deseando tener una figura que oponer a Perón. No estoy diciendo que el Che se equivocó. Me responderías que igual lo hubieran asesinado.
Aún así, lo sueño. Me hubiera gustado tanto ver que el sentimiento democrático le ganaba la pulseada al autoritarismo, Pero es soñar demasiado. Otra vez caímos a la puja entre violentos.
Cuando discutíamos el Che ya había sido asesinado y no resultaba fácil comprender lo que significaba. En él resultaba menos valioso el guerrero que el dirigente. Pero de tan afilado que tenía el corazón, pronto se encontró solo, al borde de las realidades.
Pienso en los ríos de espanto y dolor y a la vez me prohíbo imaginar muertes preferibles o preferibles consignas póstumas.
Cualquier cínico puede salir diciendo que ambos nos equivocamos, y es amargo. Es como contemplar el humo que deja una locomotora al pasar por el campo o los patios. Es tan grave que ambos podamos ser definidos por el error; es tan grave decir que ambos fuimos vencidos. Que tu actitud implicaba mi derrota y que mi actitud implicara y siga implicando la tuya, que suena bárbaro y absurdo.
Sé que lo trágico nos rescata del fatalismo. Estamos justificados y disculpados por lo que sobrevino; esto viene a ser lo trágico. No haber podido tener razón ni vos ni yo es parte de lo que ahora nos une. Lo que me hace verte cercano y despierto.
No es esto lo fatal.


* * *


Casi treinta años después fui hasta Ranchos en mi viejo Citröen y anduve tomando notas de la estación, la cuadra anterior, el típico descampado ferroviario, buscando un hilo, un modo de provocarme. Averigüé hasta el horario del servicio que para nosotros significaba el regreso a la almohada y el inodoro hogareño. La combinación nos dejaba en Chascomús a las 22:00.
Regresé por Altamirano, por si acaso.
Altamirano es una pena imponente por lo dulce. Sus casas se arruinan de año en año mientras los árboles vuelven a estirarse y los pastizales insisten.
Aquella noche fue un conjunto tranquilo de luciérnagas desperdigadas. Apenas cálidos reflejos en tanto ladrillo desnudo y tanto hierro. Por la misma época estuvimos allí varios días, con la torre, el tanque y los talleres ferroviarios siempre a la vista por sobre techos y ramas. Y a cada rato la mano caliente y la voz de los trenes que se metían y salían, empequeñeciendo el pueblo.
Claro, allí no hay ricos ni influyentes y nada que detenga al viento de la pampa. No se puede vivir allí y ser un pretencioso. Esa obviedad lo caracteriza bien. Esos lugares pequeños han quedado grabados en mi espíritu. Son la otra realidad, el otro modo. No el otro sueño; los sueños en estos lugares pequeños también hermosean lo paradójico. Los sueños se repiten en chicas y chicos y despiertan mayor ternura por ser los mismos que en todas partes.
Me parece lindo ponerme a contarte estas divagaciones a vos, que hace tantos años faltás. Siento que estuve entre aquellos a los que se nos escapó un globo de las manos, y después nos dimos cuenta de que ibas a bordo, y quien eras. Fue uno de esos sueños.
Te cuento que puse una cinta de Bob Dylan para empezar a escribirte. Uno de nosotros está gordo y viejo, no lo reconocerías. Otro se fue al sur y no supe más. Yo era un muchacho de su casa, acobardado por su padre, sin educación ni formación orgánica, sin la suficiente convicción. ¿Por cuánto tiempo iba a acompañarte? Además, ya tenía la amante que vos no encontrabas. Creo que mi monje ya se adormecía por muchos años y en vos, empujaba y empujaba.
No me permitiré escribir cualquier cosa. Este relato no busca acomodarte a nada. Aquí constan mis recuerdos y los sentimientos que un fantasma juvenil acomoda en mí. Ya sé que es complejo. No me preocupa ser periodístico; no quiero que los detalles hablen por mí, como hacen otros. Más que en la tuya o la mía, pequeñas almas que poco se diferencian de otras, me interesa rescatar la inocencia compartida, sacralizada. Sí, no te rías; a esta altura todos tenemos la inocencia sacralizada, creamos o digamos no creer en nada. Sólo la capacidad de creer supera nuestra condición humana. Pienso que en el fondo se trata del valor de la inocencia, esa porción anterior a todo, rescatada, que nos permite soñar con la libertad y la justicia y que es posible modificar los modos históricos, las formas humanas que han sido. Impulso imbatible, sea en vivos o muertos. Impulso genuino, el más valedero que oponer al escepticismo. Lo único con que podremos oponernos una y otra vez a las peores inclinaciones. No hay sobrevivencia que traspasar a otros sin nuestras reservas de inocencia. Aunque nos embosque en los peldaños o nos lleve de una oreja a la trampa. Aunque me lo discutas, aunque me lo impugnes, es un dilema válido.
El rescate de la inocencia me parece un buen planteo. Bastante original en este país de iluminados, sobradores y sabelotodos. En esta nación que ha sido nuestro eterno elefante en el bazar y ahora entrega los colmillos y se nos cae encima.
Siento que mi inocencia alcanza a sangrar junto a la tuya después de tanto tiempo y tantos sucesos. Como si fuera la sangre común que mana de nuestras heridas. A vos, desnudo, blanco, descarnado, sin uñas ni dientes ni debilidades, te toca sobrevolar con paciencia nuestras irresoluciones. Para mí lo hacés bien.


* * *

Así como el rock no debería ser escuchado sin primero tomarse unas cervezas, creo que los ’60 no podían recibirnos sino desnudos como estábamos.
Era lo que tu alegría quería decir cuando tu ¡integrados, integrados! desafiaba con su tentativa a los pasajeros desparramados por el vagón, cansados o aburridos, cada uno junto a su ventanilla. Para vos, llegar cansados al anochecer era sinónimo de rendición, de alcahuetes del sistema. Les llamábamos viejos injustamente, porque a nuestra edad todos los adultos lo parecían. Me reía, pero no era gracioso.
Como buen actor instintivo, no dudabas en arrojar tu cuerpo a las fieras. Creías que lo valioso era el efecto, el espectáculo. Sabíamos que no había que contar con el pasado. Esa necesidad nueva nos entusiasmaba más que el futuro. Una ficción oportuna enfervorizaba más que toda la historia. No sospechábamos equivocarnos, hiciésemos lo que hiciésemos. Pero creo que sabíamos que no habría error alguno en eso. De tu espectro brota, sí que brota, su humanidad. Aunque resultes una permanente obsesión manando de la intemperie. Tu terruño es un anhelo insepulto y se puede visitarlo por la noche, como a un bar, como a un café para solitarios.
Te gustaba el jazz; Coltrane, Parker, la trompeta, el saxo, Gillespie, Ethel Waters.
- Fijáte – te dije – que a la frase ‘adónde vamos a ir a parar’ ya le han quitado los signos de interrogación, para transformarla en dicho de circunstancia -
Te tiraba el PRT y estabas esperando que ellos te descubrieran. Nunca hubieras sido Montonero. Tu padre había sido funcionario o comisario y explicaba tu lejanía del peronismo. La mía se explicaba porque me había criado entre conservadores que se decían radicales. Era un pajuerano en tu ciudad y vos un marginado entre los tuyos. Extrañados por decisión propia. Ese reniego me gustaba. Me gustaba que te llamaran ‘el loco’ a pesar de tu seriedad. No era un mote tan habitual como ahora. Era lo que te ponía en órbita delante de nosotros, que sabíamos que tu locura iba en serio.
No olvidaré cuando te vi en la costanera, de malla elástica y anteojos negros, una toallita al hombro, solo por sobre los ombligos de los bañistas una tarde de domingo. No los mirabas. Tus pecas y tu palidez lucían tu soledad como a un par de alas. Era tu forme de pasar gritandolé verdades a la gente. La última vez que te vi estabas disfrazado con gorra y toda, de ‘botones’ para un hotel de la calle Lima, cerca de Corrientes.
- Parecés una caja de alfajores Havanna – me reí. Nos dimos cuenta que nos dijiste unas cosas por otras y lo comentamos al alejarnos; nos dimos cuenta de que ya estabas adentro.
Cuando me enteré de cómo te mataron, intenté dedicarte unos versos que todavía andan por ahí. Creo que son el único testimonio de tu asesinato en aquel momento. Contienen mi impresión de que tu herida rabiosa y tus insultos los decidieron a acribillarte, querido y eterno compañero de viaje. Fue en el ’75, no en el ’76, como muchos creen. Vale la diferencia. De tu asesinato duele más su pobreza como recurso que su crueldad como método. Esto es un pequeño homenaje y tiende a contagiarse de los grandes. Ni siquiera he averiguado dónde estás sepultado en nuestro cementerio legal.
Recuerdo que cuando llegamos la niebla rondaba las lámparas callejeras y los plátanos goteaban a las veredas sobre la caca de los tordos. Cada cual tomó por su lado. La casa de mis padres, ancha y sonora, quedaba a dos cuadras de la estación; alcancé a cenar caliente.
Ponías la almohada doblada tras tu espalda, te sacabas la camiseta y hablabas. No sé porqué te desabrigabas a pesar del frío. Te gustaba hablar y es posible que hacerlo sin recelos te acalorara tanto. Deseabas ser actor de teatro o cine, modelo o locutor; algo que te pusiese de cara a la atención de la gente. Estabas seguro de convencerlos enseguida. Era la misma seguridad que te causaba otros inconvenientes, como con las chicas. Usabas anteojos oscuros todo el año y en cuanto bar o boliche entrábamos pedías café con crema, sin consideración alguna, por vos o el lugar. Ser joven te desbordaba. Sabías que todo capricho era lícito y te los inventabas al estilo ingenuo de un James Dean. Como el de aquella psicóloga en Santa Teresita, que te llevaba diez años.
Querías que te descubrieran mientras otros disimulábamos. Antes que otras banderas agitabas la tuya. Me separás de vos como a una sombra. De algún modo, del que sea, todos los que estamos vivos nos sentimos responsables de los que fueron muertos. Para mí vos no estás muerto, sos un muerto, que es cosa diferente. Quiero que persista un hilo entre nosotros; quiero que tu muerte me mantenga marcado.
Me contaron que apenas habías quedado herido en el talón y en la comisaría de Florida te remataron. Me contaron que tus hermanos fueron a buscarte y te sepultaron discretamente, avergonzados de tu última jactancia.
Era imposible que le cayeras simpático a la gente. Estabas deseando ser descubierto y cuando esa propensión no es alabanciosa les despierta suspicacias muy oscuras.
Pero descubrirte es parte de lo que busco. Te alegrará que insista.


* * *

- No conviertas en consigna lo que debe ser una propuesta -
- ¿Por qué no te venís conmigo a Buenos Aires? Conozco a alguien que puede conectarnos. Si nos moviéramos juntos…. Si nadie se quedara atrás, podríamos cambiar esto en poco tiempo -
- Pero es que hay muchísima gente que no se queda atrás. Gente del otro lado… ¿No te das cuenta? Con eso que a vos te parece no reaccionar ni hacer nada. No saqués mal la cuenta. Y se trata de esa misma realidad que debemos cambiar. Que debe ser la consecuencia de una decisión genuina. No nos deben importar más los plazos que los modos. Esperar vale la pena. Crear el momento vale más que el momento mismo. Esto es indiscutible. Y no para mí…. Para los que te dije, la educación es más peligrosa que un mar de fusiles… Fijáte… -
- Eso no es pensar. Este es el momento. Cambiar las condiciones para cambiar las conciencias. De eso es de lo que debemos darnos cuenta. De eso es de los que los garcas tienen miedo. Y podríamos comenzar por destruir estas escuelas de mierda… -
- No, no, por favor, no me plantees otra dictadura. Fijáte el papel que están jugando los universitarios. Fijáte lo que acaba de pasar en Francia. No niego que para mejorar la educación todo momento es bueno, pero si la verdad tuviera un efecto automático, como vos creés, viviríamos otra faceta de la demencia, y eso no va a ser así porque va contra nuestros modos de ser. No lo pretendas. Si te precipitás después no reclames porque te dejan solo –
Me miraste y no quisiste retrucarme.
- Hablo de la educación porque sin ella el hijo del verdulero de la esquina nunca será tu aliado, y sin él no irás a ninguna parte -
Quién sabe qué rumiabas.
Como no podía dejar de ser así, tu maleta era nueva y de una marca en auge. La mía, me había quedado de la colimba. Cada uno con su maleta y el odioso portafolio repleto, fuimos a la estación al anochecer.
Me parece que el mal tiempo avanzaba desde el Oeste. El veredón pasaba frente a la bicicletería, llegaba hasta el final del cerco de alambre tejido y doblaba, se introducía en el descampado y el patio de la estación. La senda de ladrillos alcanzaba una graciosa fila de plátanos y, a la par, ambas se curvaban hasta la playa de pedregullo donde se podía estacionar bajo unos olmos o cruzarla musicalmente, sobre suelas o neumáticos, como un preludio al viaje, hacia el molinete o las puertas. Al fondo, oficiando de telón previo a la noche y la brevedad pueblerina, media docena de eucaliptos añosos. Más allá las luciérnagas inmóviles de las esquinas y algunas ventanas.
Sonaron lindo nuestros pasos sobre los ladrillos, sobre alguna mancha de gramilla, en la conchilla o el pedregullo. Reencontrábamos ese gozo de cuando íbamos los cuatro a la par por la ‘vuelta del perro’ de cada pueblo y para hacernos ver, empezábamos a cantar ‘Honky Tonk Women’. Tan agradable como cuando nuestras sombras estiradas hacia atrás, volvían corriendo y nos pasaban por abajo ante cada columna con su farol ahorcado, se nos adelantaban hasta meter nuestras cabezas en la penumbra o las puertas verdes, y cuando nuestros roces y murmullos juveniles ingresaban a la sala, y el ámbito los amplificaba, y por su intervención nosotros creíamos sonar a recién hechos, recién bañados y envueltos en celofán.
Enseguida estuvimos recorriendo el andén de una punta a la otra y preguntándonos a la medida de qué expectativa los habían hecho tan largos. Contemplamos la torre del agua y el molino a viento con la leyenda “Agar Cross & Co. Ltd.” en su cola. Probamos el grifo con su fuente de hierro empotrada a media altura; hicimos crepitar la piedrecilla blanca al dar la vuelta; vimos que los durmientes eran de hierro moldeado; vimos el número 4001 en la pared, bajo los clásicos letreros indicando “Oficina del Jefe” y “Telégrafo”; una placa conmemorativa de hierro y otra de mármol con clavos de bronce: “En este partido Mr. John Hannah Fundó en el año 1836 la famosa Cabaña Negrete. Círculo Tradición Nacional. 1930. Placa Nº 5”. Ahí apoyamos nuestro equipaje, porque daba para un comentario.
Tiramos nuestros puchos a la escupidera maciza junto a la pared. Varias personas ocupaban los bancos anaranjados, se apoyaban en las finas columnas de hierro que sostenían el alero, se entretenían reconociéndonos. Te hice notar cómo cada columna mostraba un sector rayado y arañado con inscripciones a la altura de las manos, y la pintura bien conservada en el resto.
- Me gustan estas puertas y la primera ventana, con su vidriera cuadricula, bien londinense – dijiste, para que todos te oyeran - Estos vidrios biselados son un lujo. Fijáte que sólo están en la parte destinada a los pasajeros -
- A mí no me gusta cómo queda el piso de cemento. Prefiero las lajas grises, como en Chascomús – el borde del andén mostraba pulcros ladrillos rojos, hechos a máquina, unidos con cemento blanco.
- Estoy seguro de que en las aldeas de Inglaterra todavía existen estaciones idénticas – dijiste, las manos en los bolsillos al bies de tu pantalón de corderoy, corbata tejida, caramelo de miel entre las muelas – Fuimos colonia inglesa y ahora somos una triste colonia yanqui. Ni siquiera en eso hemos mejorado – me hiciste reír con mucha gana.
- Por favor, que ahora no se te ocurra ponerte a fumar en tu maldita pipa – No hubiera soportado esa ostentación que a veces obligabas a tolerarte después de un almuerzo en equipo.
Recuerdo con satisfacción las hermosas broncas del viejo cada vez que tu exaltación le dejaba un reguero de cuotas incobrables y familias humildes encantadas con tu visita de Papá Noel. Por supuesto que no había señoras en la “Sala de Espera Señoras”.
Una larga vereda con cerco de ligustros y a la par una fila de plátanos podados y encalados, contrastaba bien con los yuyales de la oscuridad detrás de los galpones del andén de cargas, al otro lado del par de rieles. Así se da todo entre nosotros. Desde los yuyales veíamos sobresalir un montecito de paraísos y eucaliptos. Luego, enfrente, una gran playa de tierra afirmada, mangas para la carga de hacienda en pie, y junto al alambrado y tranqueras dobles, la continuación de las calles y el pueblo, sus magros focos del alumbrado intentando mostrar a través de los árboles, largas fachadas amarillentas y antiguas, y una no menos antigua y hermosa, que todavía conservaba legible la leyenda anunciando Almacén de Ramos Generales.
- Me gustan estos pueblos – dijiste. Asentí, mientras el vientito me helaba una mejilla y una oreja – Lástima que son como tumbas – asentí dos veces – Me moriría si tuviera que vivir acá. ¿Vos no? ¿No te sentís como una estrella de cine entre esta gente? -
No. Yo no. Ni quería sentirme así; no se correspondía con mi papel. Te brillaban los pequeños ojos, esos que te costaban un apodo que rechazabas y nosotros nunca usábamos. Cualquier recorrido que fabrique a través de la memoria conduce a tu muerte. Decirlo es el modo de denunciar lo absurdo, lo paradójico, pero a la vez el gesto revelador. Que también lleva a mi diferencia, dueña de mi vida por su lado. Mi vida, que queda abierta, como un signo crudo, para cada vez que quiera verla.
Puedo pensar que aquel viaje, similar a tantos otros que compartiríamos, fue el primer tramo de una marcha paralela a algo, que me trae hasta hoy y hasta vos.
Puedo pensar este instante como otra entrada al nudo interminable que tiene en aquel otro su origen o destino.
Aquí siento entre mis dientes la consistencia de la carne y que debo anotarlo. Siento que mastico.

* * *

En Altamirano mudamos de convoy y la charla se volvió dura. Aumentaba el frío y lo que restaba se limitaba a repetir o insistir.
Veo que esta memoración, esta otra reiteración, contiene una gran dosis de fatalismo, algo que no me cuadra. No sé cómo podría aumentar su proporción trágica, pero al menos el repaso implica renovar tramas y comparaciones.
Te pido que me ayudes en esto.
A pesar de que en su momento vos te separaste de nosotros y nos dejaste atrás, no elegiste estar muerto. No elegiste ser superado. Nos hubieras querido de compañeros.
Te veo quedarte acostado en el aire, como un barrilete recién armado al que enseguida se lo empuja a levantarse en el aire con un tirón al hilo. Un hilo al que no cortaron los tajos.
Traerte conmigo no significa escapar hacia delante; por suerte el enemigo enfrentado es el mismo que vos enfrentaste, todavía es el mismo de siempre. El enemigo de siempre, tal vez sin quererlo y sin apreciarlo, nos ha evitado la caída en la demencia de nuestro nomadismo; nos ha preservado de nosotros mismos, enconados, arracimados.
No sé qué pasaría si alcanzaran a cambiarnos de enemigo.
Aún así, se trate de un problema externo o interior, importa menos. Lo percibo a medida que la ausencia de carismas se agrava. De continuo decapitados, vamos transformandonós en el cuerpo de una nobleza ciega, de una nobleza que no alcanzamos a cuajar.



* * *

Tu presencia a esta altura de la noche, confirma los miedos, los errores, las excusas. Tu reclamo se hace presente todavía y todavía es capaz de impulsar mi reclamo.
Me doy cuenta de que no estoy hablando de piedad ni de venganza.
Estás aquí como una lámpara suave. A tu luz puedo mirar el basurero, el cementerio dormido; puedo mirar en mí, en la multitud.
Me enorgullece palpar este modo que tenés de estar ahí.
Atravesamos manojos de cañaverales prendidos al terraplén y retoños de álamo azotaron las costillas del vagón. Utilizar los trenes representaba palpar el esqueleto vivo del Estado. Te había dicho que no. Yo también te había dejado solo. Discutíamos si era posible el cambio o la transformación. Para el pensamiento negativo apenas importa lo que las cosas son y el estado en que se encuentren, para llegar a ser lo que debieran. Ese apenas, que deja incompleto su totalitarismo, es lo que puede ser destinado a las fórmulas que permiten hacer pie en las discusiones del futuro.
A veces me parecía entender que creías que la simple revelación de la verdad alcanza.
Una postura religiosa que vuelve mística la política. Que el statu-quo se basaba en el engaño, que la denuncia haría caer vendas y nudos. Que las complicidades y censuras eran el obstáculo. Son muy persistentes estas viejas aliadas. Me daba cuenta de que entendías otra cosa cuando te planteaba mis más sinceras objeciones
Pero no; no sólo las medidas que instituye la dictadura son el obstáculo, ni sus planteos son las únicas cortinas de humo. Hay otras, simplemente humanas, egoístas, cómodas, ante las que las ideologías terminan por inclinarse y sólo la política obtiene resultados. La calma también tienta con la calma que promete.
Nuestro pensamiento era crítico, y negativas nuestras definiciones. Este estado nacional no era un verdadero Estado; este pueblo nuestro que nos había parido, no era el pueblo verdadero. Mucho menos era verdadera nuestra historia y las posiciones políticas asumidas respondían a intereses confesables. Nuestras actitudes, las de uno y otro, aún comprensibles, se volvían para uno y otro en ineficaces o insensatas.
El pensamiento negativo no encuentra límites en su vuelo y permite volar, permite tanto… El otro pensamiento, en cambio, aterriza enseguida. Por eso será que cae rastrero, y tan poco tentador.
Convence a los delincuentes primero que al resto.
Restaba el paso cabal.
¿Cómo rechazar algo tan auténtico como tu riesgo y tu entrega? ¿Cómo no ver su propia realidad indesvirtuable? Vos sos el punto de una verdad que puedo tocar. Y basta comenzar a sacudirla para que suene a instrumento.
Yo te veía correr hacia el muro; vos me veías quedarme sentado. Creo que salta a la vista una ausencia que a todos nos nombra. Una frontera interior cuya visión se vuelve irresistible.
Querido Miguel Ángel: una vez en el andén, cada cual tomó para su casa, es decir, hacia ésas que no eran nuestras verdaderas casas.




Una primera versión en La Silla Tibia, Nro. 26, Setiembre de 1997, Chascomús, Argentina)

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