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simon esain
chascomus - argentina
Escribo poesia y prosa breve.
Poemarios editados: Indignaciòn de Noviembre, Mayo de 1989 o El Humo, Musa Interventora, El Momento de Ahogarse.
Poemarios inéditos: U.S.Me (paraíso del acobardado) Totem (la mirada de Ulysses); BP Tangos; BP No Tangos.
Poemarios en preparación: En Nombre de mi Mamá, mi Papá, el Perro y el Gato, Muchas Gracias; BP Baladas; BP Stood Up; BP Poemas.
Prosa inédita: Las Malvinas y Otros Sueños, Enero y Otros Meses I, Enero y Otros Meses II, Enero y Otros Meses III; Setiembre y Otros Meses I, Setiembre y Otros Meses II, Setiembre Naif; BP Prosa Breve I; El Problema de Bembi; Toque a la Mano de Bronce; BP Prosa Breve II; Confesiones Falsas de un Campesino.
Durante 10 años edité desde Chascomús La Silla Tibia, medio artesanal de difusiòn literaria
Miembro fundador del Movimiento de Artistas y Artesanos de Chascomús (MAYA), a cargo de su taller literario
Miembro fundador de la Delegaciòn Chascomús de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos
Representante oficial de DEUCO, defensa de usuarios y consumidores en Chascomús
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U.S.Me (paraíso del acobardado)
Tótem (o La Mirada de Ulysses) poemario 1999-2006
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Subjetividad



ellos / son más verdad que yo, porque están / muertos

D’Anna



Emergíamos bañados en sudor desde todo un día dedicado a planteos y resoluciones asistenciales, presentadas en sus correlativos formularios y ventanillas, inevitables vías de acceso a las cuestiones burocráticas; cuestiones inhabitables, cabe denunciarlo, destinadas a la postrera paciencia de las necesidades de los viejos. Reclamos regulares convertidos en previos, en dilucidaciones previas, en papelería básica para comenzar trámites, o para continuarlos; para reclamar o para recibirlos, revisarlos, aceptarlos. Pasto para gestores oficiosos. Para convertir una vida particular principalmente en eso, para dejarla convertida; para insertarle series, fichas, categorías, montos, dádivas.
Comprobantes, certificados, visados, poderes, tarjetas, recibos, liquidaciones, ítems, oficios. Otra especie de esqueleto al que va a tocarle sostenerla entre nosotros, los todavía irregulares actuantes. Para presentarla a medio armar o medio desnuda en distintas y a menudo distantes oficinas, donde su resistencia sigue puesta a prueba porque espera otra espera, otra dilación absurda, alguna solicitud extra o novedosa, que le hace retroceder el camino andado a la búsqueda de una firma que nos reinstale ante las otras firmas, para relanzarnos hacia delante, hacia el nuevo tiempo o la nueva fotocopia.
Digo que emergíamos sudados o recién bañados, qué importa, porque los ochenta años precisamente recién cumplidos por mi padre, habían convocado a sus fantasmas entre estos otros; los fantasmas rejuvenecidos y sonrientes de su hermano y hermanas, que terminaron por aparecer como último, tal vez inmediato resultado de tanto ahínco, desvarío e impaciencia.
Era posible que vinieran siguiendonós antes de que nos diésemos cuenta. Mi padre era un perrito arrugado y esquilado que me a seguía unos pasos detrás en mi ocupación de representarlo; encogido, como si le interesase sin interrupciones lo que significaba el suelo, sonriendomé o mordiendosé. Evocandomelós. Recordandoselós. Porque ya nadie lo reconocía al verlo en cualquiera de los lugares donde entrábamos y hacíamos cola; y él a nadie conocía ya. Nadie lo llamaba y creo que los aguardaba aún, dando vueltas, dandosé vuelta, metiendosé en los bolsillos los gestos ansiosos de una mano útil.
La gente y los empleados pasaban por el visor electrónico de sus ojos sin decirle nada; dejandoló envuelto y desolado en sus sempiternas estratagemas socializantes, ya inservibles.
Sobraba en este mundo, en esta versión del mundo.
Era admisible que necesitara cumplir todas aquellas exigencias funcionales para que el mundo de este tiempo le renovara su derecho a continuar existiendo, funcionando, sobreviviendo, al menos convertido en una planilla insertable en una docena de consultorios, y en un carné que activara su penúltimo grito de auxilio, planchado y plastificado.
Sus fantasmas consiguieron alcanzarlo y rejuvenecerlo mientras él los buscaba para contenerse en el transcurso de estos racimos sudorosos que robaba, exprimía y bebía en las esperas de su sed y el largo rato libre que siguiera.
Convertido por sus manos en una copa cristalina.
Los fantasmas consiguieron hacerlo sonreír con placidez mediante una misteriosa e inorgánica gestión acelerada. Y creo que lo hicieron mientras ellos mismos mutaban cronológicamente, como si se nos acercaran descendiendo de fotografía en fotografía, de afiche en afiche; desde la imagen en el retrato que estuviera años colgado a la cabecera de la cama hasta el grupo seleccionado de ancianos a todo color, exhibido en los muros del banco provincial para ser admirados por los pobres viejos de las colas irreales, saltando al varonil grupo fotografiado en su marco de nácar decorado y el de la fotografía con ellas, que está sobre la cómoda, de allí al crucifijo de bronce con la cinta argentina santificando el escritorio de una dirección, a las imágenes que reposan en un sobre en alguno de los cajones y a los folletos ilustrados y a muchas otras piezas pequeñas, vueltas sepias o amarillentas en el cajoncito de la mesa de noche, hasta alcanzarlo como si recién salieran del ascensor a este mundo o a este piso del mundo, a provocarlo, a mejorar un poco sus peores modales y acomodarse ellos otro poco a las aceleraciones de su famosa impaciencia. Sabiendo como ellos y él sabían, que la añoranza de sus manos y voces era adonde le quedaba aferrarse.
A lo largo del día la ciudad fue testigo de nuestro trajinar bajo su sol.
Bien que nos hizo transpirar buscarle las veredas sombreadas, disfrutar cuando tuvimos suerte de una oficina con aire acondicionado, que sin embargo nos recibía como a animalitos subrepticios. La ciudad era todas las ciudades y se extendía a los pies de la parte vieja, elevada, y su parque arbolado, y la mirábamos desde las esquinas, con ganas de visitarlos.
Cuando llegó el momento, las primeras escalinatas nos permitieron emerger, para sumergirnos en otra perspectiva con la lentitud precisa, con las necesarias estaciones, corrillos, comentarios, parejas brevemente silenciosas, distracciones individuales y llamadas.
Primero terminaron por cerrarse las oficinas. Las empleadas dejaron su sonrisa en los baños y nos permitieron desentendernos del trámite, olvidarlas también. Dedicar lo que restaba en nosotros a torcernos sobre la barrera del presente, mutar las sucesivas broncas en insolación e internarnos por una calle insuficiente en las calles presentidas, que no subían ni bajaban sino que nos atravesaban, con sorpresas, y se internaban por sobre nuestras exclamaciones en lo nunca dicho todavía o no dicho las requeridas veces, que venían a creerse la misma vía.
El atardecer alivió el agobio diurno y tal vez nos bañamos.
El sol se ubicó afuera o al otro lado de todo; se metió bajo sábanas rojizas y estuvo un rato allí, recalentandosé hasta el rojo vivo, regodeandosé con lo que hacía, antes de comenzar a apagarse. Y la niebla comenzó a acumular su abdomen sobre el Este, y a ser ilumina desde abajo y a ser convertidos en espuma sus jardines de leche por la luz de la luna. La luna creciente, la luna engordada, la que parecía volcarse de boca sobre nuestros pasos y en harina apenas visible. En esa posición navegaba sin apuro hacia otros encuentros conocidos.
El barrio al pie de la explanada de acceso estaba tan pobremente iluminado como parecía estarlo dulcemente el sector contiguo, dedicado al recreo, a los paseantes, al turismo. Nos vi subir a los cinco por el calvario 1 distribuido en las escalinatas.
La luz de la luna comenzó a cumplir su papel progresivo, como si bajara hacia aquí por otro juego de escaleras, trayendo sus detalles del otro abismo que los viejos traían.
La bruma lejana se desencadenó y empujó con la brisa sus ovejas despeinadas hacia el otro extremo, por encima, a baja altura. Yo la miraba un poco a ella, a la luna, y otro poco a ellos. Ella, luna, empezó a correr contra la dirección de la niebla sin que ellos se enteraran; porque hubieran dicho que corría, como cuando eran chicos, como una rueda de madera de plata metida casi hasta el eje en el agua. La luna se puso a navegar a toda vela en sentido opuesto al de la brisa, como un barco de dos proas. Navegaba hacia sí misma, un poco como ellos. Se entristecía o animaba, callaba o se reía, relucía como nieve, al compás de sucesivas turbiedades altas, manojos de polvo de carbón arrojados encima de su faz. Igual les pasaba a los viejos con los ruidos de la vida sobre su memoria estancada.
En razón de algún instinto propicio, subíamos las escalinatas en diagonal, menguando y estirando el ascenso. Nos vi subir en diagonal usando la zona menos iluminada de las escalinatas, donde nuestras sombras se duplicaban hacia uno y otro foco de luz, zona donde los reflejos jugueteaban mejor, envolvían más; los volúmenes sumados se instalaban en los rostros, mitad en varias sombras, caricias reiteradas que nos mirábamos recibir con la brillante mitad nuestra del sudor de la tersura novedosa. Los rostros ya traían con ellos sus ahorros interiores, sus relámpagos veraniegos de tormentas lejanas, dejadas atrás como cargamentos sin valor. Los cuatro eran gotas de una lluvia pasada, un resto de la oscuridad conocida.
Hubo momentos perfectos en que caminaron apareados, captados entre sí en diversas instantáneas. En otros, y otras instantáneas, ambos varones enfrentaban o esperaban a las dos hermanas. Ellas se les unían, riendo bajo sus peinados idénticos, anticuados, y ellos bajo la gomina común, obligados a sospecharse ridículos, preguntando qué, qué, el porqué de la risa, también reían aunque no les contestaran.
Uno puede fijar su atención en los detalles reales o en los ecos significativos que su naturalidad expresa. Yo no escuchaba más el rumor de sus suelas en los granitos acostados que el de las etapas rituales que veníamos dejando cumplidas, protocolizadas, sin revisión posible. Se mostraban avenidos con aquella escultura ciega.
Yo subía los escalones apenas adelantado para que no me reclamaran o gritaran algo, por mostrar mi diferencia, para proteger con discreción mi subjetividad, aún inquieta, tanto por verlos mejor, para encuadrarlos y contemplarlos desde mi ojo cinematográfico, esa sección técnica a la que nunca renuncio.
Siempre necesitamos que sucedan determinadas cosas. Allí necesitábamos que sucediera tal cosa o tales otras, y sucedían. Había que oírlas. Había que verlas entretejerse. Creo que hasta podríamos encontrarlas más tarde en nuestros bolsillos o en nuestras muelas, si nos lo proponíamos. Como cuando los escombros se acomodan en la pila y se hace imposible otro derrumbe o cuando uno llega a leer las manchas de humedad en las
paredes silenciosas.
A la vez me veía desde más arriba, desde donde las columnas del alumbrado tradicional, como si estuviese en el ojo de uno de los cascarudos que revoloteaban esperando el final. Nunca puede saberse qué esperan los insectos atrapados, engañados por las luces callejeras.
Nos detuvimos en lo alto, viendo la vereda que coronaba el último peldaño, como diciendo:
- Veannós, si pueden. Somos la verdadera novedad, el verdadero atracón, el fenómeno tenso. Llegamos. La fiesta recién empieza. Hoy queremos ser del todo felices.

1 Paseo que recrea la crucifixión.
No parecían sordos los árboles, no parecían dormidos, no parecían gastados como suelen estarlo en algunos parques públicos. Los primeros cipreses del recinto, los que nos recibieron, no anticipaban todo, no parecían ciegos ni sordos. Por debajo y detrás, los senderos ocultos. Aparecían donde caía la luna pero era un falso aparecer. Los cascarudos nos ahuyentaron pronto. Caminamos al azar. Altos pinos, casuarinas y acacias se mostraban desgarbados por la separación, una distribución espacial que sobrevivía más acá de las tapias y cercos desaparecidos entre propiedad y propiedad linderas, que habían dejado intercalados sus vacíos. Asomaban cerrados, tranquilos, sin que tuvieran que ver con nuestras oficinas burocráticas, replegadas, apagadas.
Eran el parque del barrio en ruinas.
Viejas quintas convertidas por la conservación en hermosos cascarones. Gruesas fachadas absolutas, dispuestas en su desarreglo, apareciendo como dentaduras de una encía, de una encía verdosa dispuesta a masticar los corazones suicidas. Prolijos rincones como caminos, de pie sobre el césped, todavía rosados o celestes, con algunos umbrales desdentados.
La torre iluminada en tonos pastel por sus propios fanales circundantes, surgía menos solitaria, paradójica, por delante, entre un mar de espaldas negras.
El parque me pareció un tablero de ajedrez, con piezas iluminadas por su posición y piezas a oscuras; sombras e iluminaciones alternando los escaques. El día se había convertido en una noche alta, reparadora. Nos hacía sentir que habíamos transitado una herida formada por tajos cicatrizados.
Sentí que caminábamos por el lapso entre una jugada y otra.
Mi padre, su hermano y sus hermanas eran cuatro adultos de mejillas recién afeitadas, maquilladas, asoleadas, sonrientes, sólo caducos en sus ropas de muertos, en los vestidos con hombreras y prendedor brillante justo al final de los escotes, y en las camisas y pantalones rayados. Como si sus huesos faciales se lo impusieran, sólo recordaban anécdotas que terminaran en carcajadas. Creo que la risa les hacía transpirar los ojos y mirarme sorprendidos de su propia alegría.
Mi padre estaba radiante pero ese curioso esfuerzo era posible al volver a ostentar los treinta y cinco años que yo le recordaba. Me miraba a cada momento, vigilandomé, y a veces intentaba explicarme algo porque no quería que me escapara a sus complicidades.
- Ya me lo has contado – le decía yo, para tranquilizarlo.
El rocío o su emoción iban mojando el césped por donde camináramos, yo primero que ellos. Lo señalo porque sé de lo que es capaz su emoción.
Fuimos eligiendo acercarnos a unas paredes amarillentas que nos gustaron más que otras, restos de los que habían sido unos caserones típicamente mediterráneos, como podíamos recordarlos de alguna chacra gringa en los andurriales del pueblo natal, con ventanas pequeñas, demasiado altas para nuestros talones. Luego derivamos hacia un perfume vegetal que dijeron reconocer.
Yo no dejaba de admirar la torre azul. Así la denominé.
Ella se corría hacia nuestra derecha; volvía a ubicarse delante de nuestra marcha; quedó luego asomada a nuestra izquierda. Era una hermosa torre cuadrada, colonial, con visos celestes, mirada adusta, techo de mosaicos azules y pararrayos quebradizo. El resto del edificio había sido quitado por los diseñadores y ahora parecía haber existido sólo para ayudarla a quedar de pie en su soberbia. La rodeaban serviciales, el pasto, la noche y el recuerdo de lo que el barrio fuera. La punta de la torre y la luna corriendo juntas provocarían vértigo a quienquiera se animara a levantar los ojos hacia ellas desde la posición justa. Llegamos a sus cercanías y aparecimos otra vez en un claro de árboles, luego de caminar una línea imprecisa que los interceptaba.
Allí estaba una de las reliquias más hermosas que he visto. Bien iluminada por el servicio de ornamentaciones municipales, geométrica, simétrica, mostrándonos el escenario de su vientre y dando al frente la íntima pared del fondo, justo el doble más larga que las paredes laterales, que la sostenían sin derrumbarse; enteras, firmes las tres, y por tanto despojadas, como un anfiteatro; sus órbitas vaciadas en la planta baja y en la superior, asomadas a la noche, conservadas sólo las marcas perimetrales en donde les arrancaron el piso y los techos. Azuleja, fosforescente, mirandonós con fijeza, rodeandonós como un abrazo. Parecía la cara de la escultura de un pez. Era sin duda, la reina del parque. Parecía un vestido de fiesta pretenciosa, largo hasta el suelo. Mi padre y mis tíos callaron y por fin escucharon mi ademán de silencio.
Estaba dejandolós ante el espejo de su tiempo.
Aquella era la acogida perfecta para que un fenómeno se diluyera en otro.
De pronto estuvimos y nos sentimos rodeados por un circo demasiado fantástico, bajo una cúpula de porcelana. Creo que el debilitado gusto artístico de los cuatro viejos fue conmovido. Dejaron de reclamarme que dejara de lado mi subjetividad.
Allá, a la derecha, de donde veníamos, casi bajo el carro lunar, la última casa amarillenta rodeada de cinturas. Encima, enfrentandonós, esta dentadura y su abertura musical de ópera mozartiana, una caja para joyas usadas o robadas, vaciada. El mejor fantasma del pasado frente a las lozanías fantasmales de cuatro octogenarios, rejuvenecidos, palpitando frente a la ruina, vieja e imposible como ellos, tanto tiempo de pie y admirable. Propia de un sueño.
Detrás, sobre el perfil de pinos y casuarinas, la torre con el agujero del reloj que vivió sostenido y se abandonó a la gravedad en el último minuto.
Por la izquierda proseguía el derroche ignorado. MI padre les cantaba una anécdota protagonizada por mí, por el que fui en mi infancia según él recordaba. Quería que me les volviera transparente del todo, hasta evaporarme o despertarme.
Me daba cuenta por la firmeza de sus gestos. Como siempre, la verdadera ternura tendía a huir de ellos.
Para rejuvenecer del todo necesitaban reducirme a una simple expectativa familiar, dulzona, que todavía eran capaces de recrear y saborear. Tres o cuatro lágrimas hambrientas corrían por las eternas mejillas de la tía triste, la que murió primero, como correspondía. Se tomaba las manos sobre el regazo en una inmanejable regresión doméstica, todavía como siempre para reír o llorar, y nadie podía decir si el llanto o la risa sobrevendrían en su boca.
Su hermana era un espejo imperturbable para mí.
El tío esperaba balbuceante su turno para entremezclar al de papá su relato filial, sin apreciar mayores sutilezas, como siempre. Mi padre todavía era un muchacho bromista. Le sobraban vida, fuerzas e inmadurez para derrochar viejos errores hasta la madrugada.

Algo sucedía allá abajo, en la ciudad, donde también estaba el puerto.
Algo típico, relacionado con otra forma de vida. Una forma donde toda mi carga apenas significaba impotencia.


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