Home | Blogs | Foros | Registrate | Consultas | Martes 19 de septiembre de 2017
Usuario   Clave     Olvidé mi clave
     
Ir a la página de inicioIr a los Blogs
Mi Perfil
simon esain
chascomus - argentina
Escribo poesia y prosa breve.
Poemarios editados: Indignaciòn de Noviembre, Mayo de 1989 o El Humo, Musa Interventora, El Momento de Ahogarse.
Poemarios inéditos: U.S.Me (paraíso del acobardado) Totem (la mirada de Ulysses); BP Tangos; BP No Tangos.
Poemarios en preparación: En Nombre de mi Mamá, mi Papá, el Perro y el Gato, Muchas Gracias; BP Baladas; BP Stood Up; BP Poemas.
Prosa inédita: Las Malvinas y Otros Sueños, Enero y Otros Meses I, Enero y Otros Meses II, Enero y Otros Meses III; Setiembre y Otros Meses I, Setiembre y Otros Meses II, Setiembre Naif; BP Prosa Breve I; El Problema de Bembi; Toque a la Mano de Bronce; BP Prosa Breve II; Confesiones Falsas de un Campesino.
Durante 10 años edité desde Chascomús La Silla Tibia, medio artesanal de difusiòn literaria
Miembro fundador del Movimiento de Artistas y Artesanos de Chascomús (MAYA), a cargo de su taller literario
Miembro fundador de la Delegaciòn Chascomús de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos
Representante oficial de DEUCO, defensa de usuarios y consumidores en Chascomús
Archivo de entradas | Mostrar datosDesplegar
Ocultar datos Agosto 2007
U.S.Me (paraíso del acobardado)
Tótem (o La Mirada de Ulysses) poemario 1999-2006
Mostrar datos Julio 2007
Entrá a Radio La Quebrada

Últimos comentarios de este Blog

29/07/10 | 15:22: alicia dice:
hay muchas cosas que
06/12/07 | 18:08: yllen dice:
Has logrado un clima muy fuerte y con excelente descripción de lugar y de sentimientos. ¡Ecxelente!
26/08/07 | 20:25: Fernando G. Toledo dice:
Estimado Simón: me gustaría hacer contacto con usted. Si puede, escríbame a la dirección de correo que dejo anotada. Saludos.
Vínculos
O elevación de vos o pensamiento O elevación de vos o pensamiento


dije decir tu nombre de a dos veces
yo estoy aquí incluida en este cuerpo
&iqu... Ampliar

Comprar$ 20.00

Entrá a Radio La Quebrada

simonesain.blogspot.com





Escribí un comentarioEscribí tu comentario Enviá este artículoEnvialo a un amigo Votá este artículoVotá este texto CompartirCompartir Texto al 100% Aumentar texto

La base



Al volver retrasados, cuando la lancha del tour ya había partido de regreso sin nosotros dos, cuando nos vimos mezclados a un montón de tipos vulgares que no pensaban en retornar a ningún lado, al vernos obligados a recurrir a una embarcación inapropiada que nos facilitaron los del club de pesca, trastocamos nuestra realidad.
Cuando los acontecimientos se estropean también uno pierde la compostura y hasta el equilibrio corporal; uno siente que se hincha por fuera o por dentro, que le cuesta fijar la mirada y salvarse de alguna alucinación.
Me ha quedado muy presente, sin contar con otra referencia, que nos curvamos sobre la anchura desmesurada del río. Tal vez fuera nuestra ansiedad embroncada quien despedía miradas expectantes, priorizadas por el agotamiento físico, la causa que me hace vernos asomados y estirados desde la lanchita hacia ninguna parte en especial de la curva del río aplastado. Mientras el patrón fumaba y no nos hacía caso. Esa angustia que es producto de torpezas y errores infantiles, me hacía palpar la curva irrelevante de aquel horizonte hediondo. Pero la otra gran curva que era el regreso total, me pesaba en los hombros y me inclinaba hacia el vientre del agua, turbia y apenas ondulada, y hacia el rastro de la embarcación. Partes de mí que todavía no se habían curvado, lo hacían con vivacidad.
El conocido viento del atardecer lo mismo soplaba aquí y nos empujó fácilmente río afuera hacia lo que parecía el mar. Llegamos junto con la noche y sus nubes revueltas a la base de la Marina que nos indicaron como la única posibilidad de embarcarnos enseguida. Para el patrón de la lancha apenas fue un desvío, al que quizá lo tenían acostumbrado todo tipo de encargos.
Hablo de la anchura del río pero siento que debiera referirme a esa inmensa cantidad de agua poco profunda y barrosa que obliga a preguntarse qué clase de peces y pescadores son los que la consideran su hogar.
Hablo del mismo viento de atardecer pero siento que debiera denunciar su molesto olor a rancio y el reflejo de la grisura de un cielo rasgado por la monotonía del sol, abandonado a su suerte desde horas antes que el día acabara. Y hablo de una base de la Marina cuya existencia no recordaba ni me constaba.
Abandonados por irresponsables en unos miserables muelles junto al territorio de una algarabía urbana que nos excedía, decidimos correr el riesgo y tratar de amanecer el lunes en nuestros respectivos domicilios, como los otros, los que partieron de Rosario a tiempo, sonrientes, agitando las manos, tomandosé fotografías.
Fue mi padre, por supuesto, quien más decisión puso en la aventura, dadas su edad y estado de salud. En cuanto vimos brillar los ventanales al ras del oleaje, con la misma inconsciencia con que subimos a una lancha cualquiera, yo adelante y mi padre por detrás, nos largamos desde la popa de la lancha insuficiente a cubrir el tramo de abordaje en una simple canoa de fondo plano, con la que pudimos, montados a uno de los infinitos rolidos de agua barrosa, mantenernos quietos en un punto y caer al metal de la planchada semihundida que servía de acceso al frente de los edificios flotantes, pequeños y empapados testigos llegados en cuatro patas sobre un colorinche de reflejos movedizos.
Y ellos, los que nos miraban llegar así, eran una inmensa mole que aparecía desbaratando la oscuridad y sumaba su imponencia al cuerpo del río, al desconocimiento, a la sensación de extrañeza y absurdo.
Era más liviana abajo, donde la mole empezaba a asomar del agua o del fango, sin hundirse, pero enseguida se volvía negra y lustrosa, como revestida de mármol negro, mármol derrochado y encimado, porque las cuatro torres inclinadas, tachonadas de ventanas, reflejaban como espejos la noche y los nubarrones sucios, pero también una soberbia ostentosa y sin límites.
Aquello redundaba; olía a tufo de casino rodeado de lupanares; a sucio trozo de ciudad robado y protegido de los ladrones, que no sorprendía del todo, que apenas se bamboleaba en el compás del agua o se dejaba llevar por los desplazamientos del aire a un largo remolino anclado que lo suavizaba todo.
Los resultados del descontrol y el despilfarro típico de los ministerios, nos reservan permanentes asombros.
Nosotros dos también cometíamos un acto sorprendente. Agachados, casi nadando en cuatro patas sobre el metal resbaladizo, se nos escapaban justificatorios de indignación que a mi padre podían costarle los últimos alientos. Habíamos caminado tanto por los lugares más insulsos de Rosario en medio de un carnaval de viejas y viejos engalanados, que ahora nada nos importaba tanto como volver, y el remojón no nos apagaba.
Por lo menos a treinta pisos llegaban las cuatro torres negras que mostraban donde se alojaba la tripulación. Por desgracia, enseguida sobrevino el inconveniente que se constituyó en el protagonista de nuestra estadía allí, un sitio donde reinaba la despreocupación y que podía habernos entretenido mejor.
Nos encaminamos, encorvados como si chorreásemos agua, abriendo un poco los brazos y piernas para conservar cierto equilibrio, hacia una sucesión de puertas vidriadas, coloreadas por la escenografía eléctrica, a través de las que nos contemplaban llegar un conjunto de hombres jóvenes. Un poco mareados pero rectamente orientados en la confusión, abordamos la entrada y su necesaria pendiente, anestesiado mi padre, ahora me doy cuenta, por el desgaste brusco de sus fuerzas. Varios uniformados en la típica ropa sport naval, empujaron los batientes por donde metimos adentro nuestro asombro y nuestra novedad.
Nos encontramos en lo que parecía el hall de un aeropuerto provinciano, donde a los escritorios burocráticos, paneles desplegables con aviso y órdenes, se superponían sin inconvenientes, mostradores de cafetería, amontonamientos de bebidas y sándwiches y envases descartables para el autoservicio.
Largas ondas flotantes provocadas por el humear de los cigarrillos me dijeron que debía informar sobre nuestra inopinada aparición. A ninguno de los que debía haberlo hecho, preocupábamos. Pensé en recuperar el uso del organigrama jerárquico de mis tiempos marineros. Pensé que obtendría alguna ventaja, alguna consideración especial. Recordaba cómo efectuar la serie gradual de audiencias pero en los primeros momentos a bordo, que se volvieron pesados de llevar por lo absurdo de nuestra presencia, no supe bien si detenerme a tratar de entender lo que me explicaban las azafatas o aceptar de buena gana el café y los cigarrillos que me ofrecían bandadas de suboficiales ahítos de cordialidad.
Primero que nada encomendé a mi padre que se sentara en algún sitio libre en las largas banquetas amuradas que daban la vuelta al salón. Le repetí que me esperara sin dejarse devorar por el entusiasmo de la reunión o por los ímpetus de su permanente ansia de contar a todo el mundo, no ya la clase de hombre que era, cosa evidente, sino, como acababa de hacer en varios rincones rosarinos con este resultado, de contarles la clase de hombre que había sido.
Poco a poco, en mi peregrinaje, fue quedando enganchado entre informaciones e informantes, y viceversa, algo a lo que estaba habituado, después de todo, pero no a este nivel alienante. La clásica Argentina desaforada se sentía a sus anchas aquí. En cuanto empecé a comprender que a bordo de esta nave privilegiada el Oficial de Guardia era un personaje de leyenda, sin nombre ni apariencia conocida, los olores a gasolina y cerveza, el humo tabacoso, la calidez confortable de aquel encierro, me pusieron a transpirar como un condenado a trabajos forzados. Me enfermaron.
En ocasión de mi primer regreso al punto de partida, mi padre ya no estaba donde creí haberlo dejado. Era el colmo de mis males. Ya nada se libraba de ser motivo de indignación.
Allí estaban las filas de cabos y marineros que escuchaban la orquesta desde lejos y piropeaban a sus camareras favoritas. Me sonrieron y sobre todo por señas, me indicaron adónde dirigirme.
Como en otros casos, empecé a pensar en cómo se vería mi cara.
Tanto o mejor que en la pista, se reía, se flirteaba y se bailaba en los lugares congestionados entre escritorios, camillas abandonadas, carritos con mercadería y mostradores forrados en aluminio. Nadie se interesaba en nada que no fuera distraerse y reír. Se fumaba con avidez suicida de las más conocidas etiquetas americanas, como si todos estuvieran perforados por la inconsciencia de un apuro liviano. Me sentía tan desubicado mientras reconstruía el hilo orgánico que me permitiera encontrar un responsable capaz de darme una respuesta, una solución. Intenté que una empleada me explicara cómo conseguir boletos para el ferry nocturno. Pero no había boletos sino listas de embarque. Habituada a que el ruido exigiera ciertos métodos para volverse audible, agitó sus brazos cruzandolós frente al pecho y me gritó, señalandosé el antebrazo izquierdo, que sólo el OG podía autorizarnos a viajar, porque el pasaje siempre iba más que completo y el personal destinado, como no podía ser de otro modo, conservaba la prioridad en los lugares vacantes.
Le reiteré, recurriendo a su método, la necesidad que teníamos de que nos aceptaran. Le grité que hacía treinta años que yo era integrante de la reserva naval. Pero me hizo pasar a otra oficina.
Era otro de los tantos rincones visibles en todas direcciones y sobre todo hacia el sector de ascensores, un rincón apenas apartado del pasillo, algunos afiches de tours a Salta, Mendoza o Viña del Mar pegados a mamparas movibles. Me trasladé con nuevas dificultades y por señas me pidieron que esperase unos minutos. Las mujeres se deslizaban entre los uniformes claros y frescos, y tanto como las que permanecían apostadas tras
los mostradores soportando encantadas los embates de media docena de tipos, eran tan atractivas y gentiles que costaba exigirles cumplieran con eficiencia un trabajo que a ojos vista no era para el que estaban mejor capacitadas.
Desde aquí era donde había dejado de ubicar la cabeza de mi padre al iniciar lo que ya llamaba mi primera ronda. Mientras aguardaba y ojeaba el sitio donde suponía que debía volver a verlo, adonde confiaba que reapareciera en poco tiempo, como, por ejemplo, después del necesario para ir y volver del servicio en aquellas circunstancias, estando allí desesperando como un imbécil, aproveché para detener a varios suboficiales y enterarlos de nuestra necesidad. Desde el principio de la intentona trataba de recordar los nombres correspondientes a las insignias del rango superior, pero el agotamiento y el nerviosismo me producían bloqueos en la memoria. Las respuestas o trozos de respuestas que recibía me desilusionaban y lo aceptaba así. Todo el mundo parecía ajeno a las tareas propias del lugar y más bien estaban allí gozando de licencias breves, que debían ser disfrutadas a todo vapor, sin desaprovechar un minuto.
Empezaba a sospechar que sólo un aplacamiento de la situación en las horas de la madrugada me permitiría obtener noticias claras, creíbles, cuando, en consecuencia, fuera tarde ya.
Imaginarme viendo alejarse el ferry sin nosotros a bordo ya me producía urticaria. ¿Y que iba a alegar en semejante sitio a nuestro favor más de lo que ya hacía?
- Está cenando con el Capitán – me gritó la secretaria del suboficial despachante, que regresaba luego de un largo rato. Seguía sonriendo, como aconsejandomé distenderme.
- ¿Adónde? – pregunté con voz normal, en una reacción inmediata, casi insolente, que ella no oyó. Grité la pregunta mientras me decía que era estúpida. Ella me señaló el cielo raso, para hacerme entender que podía estar en cualquiera de los cientos de departamentos en las torres. Le grité que mi necesidad más imperiosa era ver al Oficial de Guardia. Se metió la birome entre los labios porque no había ítem sobre el cual apoyarla y miró al lugar donde deseaba estar, el alboroto de aquel río parecido a un pasillo. Para nada parecía ofendida.
- Debe estar cenando también… - dijo, o creí que lo dijo, o tal vez pensé que lo decía antes de que lo hiciera. O no.
Regresé. Es una manera de nombrar la lucha necesaria para avanzar ambos pies y mis brazos en el revuelo de la velada, nadando a través del propio sudor. Regresé por fin adonde, en un remanso del humo y los empujones, mi padre debiera haberse quedado sentado, nada más que sentado, sin necesidad de tomarse ninguna molestia. Para mi decepción, no para mi sorpresa, comprobé una vez más que su encallecido impulso de encontrar nuevos amigos y simpatías, o lo que él creía eran nuevos y simpáticos amigos, había sido más fuerte que todo.
Decidí dejarme llevar por el instinto, a partir de la sensación de estar inmerso en un remolino caluroso y azucarado. Encaré hacia las mesas redondas más cercanas a la orquesta. La orquesta era uno de esos rejuntados de músicos de banda militar que acostumbran formar cuando llegan los finales de cursos y que sólo los ambientes ciento por ciento festivos vuelven soportables. Destrozaban lo más conocido y querido de Glenn Miller o los Dutch’ Students. Un gordo que debía ser almirante fue el primero en insultarme, usando su barriga como proscenio a sus invitados. A partir de su actitud deduje que los siguientes llamarían a los guardias y luego me insultarían.
Tuve que conformarme con discutirles a los mozos, tratando de que entendieran cuánto nos apremiaba conseguir algún medio o manera de llegar a Buenos Aires, de no seguir allí hasta las posibilidades propias del lunes. Hacerles entender que estábamos metidos en una dificultad se volvía descorazonador. Pero era lo que quedaba a mi altura.
De nuevo me encontré en el hall. Reconocí a los cabos que campaneaban el alboroto cerca de la entrada. Me acerqué a comentarles los inconvenientes con que tropezaba todavía y que para ellos no eran novedad. Me preguntaron si había visitado los jardines y otros lugares a los que podía llegarse por ellos. Ya nada me resultaba inimaginable, ni siquiera jardines en medio de esta urbanización a mitad del río.
Un pasillo que parecía ir a ninguna parte me permitió zafar un momento de la desesperación. Sentí que mejoraba la temperatura ambiente. Llamaban jardines a una hilera gris de canteros asfixiados por veredas, fuentes y bancos de mármol, tan viejos, manchados y solemnes como los de un cementerio católico. Por sobre las fachadas bajas se abría la bruma carbonosa. Las torres quedaban atrás. Recobré la posibilidad de caminar sin dar y recibir empujones. La alborada ocupaba un cielo intruso, aparecido en lugar de los paneles de telgopor.
Luego de habituarme a aquel ambiente y algo de mi criterio normal, descubrí que no eran esculturas sino parejas ensimismadas en el tema del amor flamante las que ocupaban bancos y umbrales. Pero su desinterés hacia cuanto no fueran ellos mismos me permitió recorrer el pasaje sin disimulos. Eso sí, los ojos se me iban hacia ambos lados, por detrás de la atención.
Alguien me chistaba desde la entrada a una cocina olorosa. Un camarero con facha de cordobés me hacía señas con su servilleta recién planchada.
- Usté busca a su papá – me dijo. Asentí – Va a encontrarlo al fondo, donde vea un camarote iluminado. Aiá lo tienen desde anoche – sonrió – Le alcancé algo de comer -
No; no podía ser que este tipo de unos treinta años de edad hubiera estado en el cuartel adonde hice la colimba.
Por fin podía caminar sabiendo adonde iba. Entonces apareció ella. La vi parada ahí, apoyada contra un pie de mármol en el cantero central, como una estatua pintada con los colores de la madrugada. Me cruzaba con ella sin haberme dado cuenta. Estaba sola, como si la hubieran dejado plantada. Cruzaba una pierna en dirección opuesta a mi avance y exhibía el nacimiento de un muslo tentador.
El cabello oscuro le llegaba a los hombros y su vestido azul la diferenciaba de toda palidez, de toda palidez de la hora y el cansancio. Parecía hermosa y cálida, una mezcla inusual. Tal vez demasiado interesada en parecer cálida. Por eso no me detuve, aunque seguí avanzando sin sacarle los ojos de encima.
Me llamaba. ¿Dijo mi nombre? No; no lo dijo. Su voz sonaba como si lo dijera.
- Voy apurado – le dije, hablandolé con espontánea intimidad.
Dijo lo que todo hombre soñaría oír:
- Voy a estar esperandoté aquí. Tiempo tengo – sonrió. Era hermosa. Era muy hermosa. Buscaba un cigarrillo en su cartera. El tono de su voz despertaba confianza demasiado pronto.
De pronto, por último, mientras me alejaba, traté de memorizar detalles en la escasa vegetación ornamental o en las paredes, que me permitieran reubicar el sitio, que muy poco podía ser diferenciado de otros. A cada paso los mismos zócalos, las mismas esquinas rayadas, los mismos muros y entrepaños breves y los canteros que se repetían exactamente. Por unos segundos recordé a las locas que rondaban el cuartel; feas, apestadas, que telefoneaban para sostener diálogos absurdos con el aburrido Suboficial de Guardia Externa.
Al fin las cosas se componían. El cielo parecía no poder contener la obertura de un día sereno y cálido.
Mirando a un lado y otro llegué adonde acababa el paseo, donde un cantero con palmas y palmeras enanas atravesado a las veredas, sombreaba las modestas entradas a otro sector de habitaciones.
Golpeé y empujé. La puerta se conmovió y se abrió. Vi su parte superior abrirse camino entre el humo y el tufo del encierro. Adentro, las diferencias entre día y noche poco contaban. Los conocidos gorros blancos y flequillos revueltos o hirsutos giraron hacia mí un ¡vista dré! en sentido contrario al hueco que me permitía reconocerlos. Parecía la escena de una película yanqui del año ’42, con Mickey Roonie y Sinatra codo a codo entre los ‘cabecitas’ enganchados.
Me sonreían. Estaban avisados de que vendría. Luego de varias horas pugnando hacia arriba, los contactos dispersos habían funcionado por abajo. Después de todo nosotros dos éramos cuerpos extraños para ellos. Los pares de ojos me rodearon pero no los miré. Allí, cabizbajo, apenas distinguible entre los torsos y los brazos de los que se mataban al póquer, profundamente dormido, encorvado como una larva, apoyado como un niño en los bíceps de un submarinista gritón, lo vi.
No había bebido, no se había emborrachado. Había llegado sin voz para hacerse oír en el maremagnum. Lo había acomodado allí porque allí cualquiera hallaba acomodo. Ni él mismo recordaba la andanza previa. Era uno de esos camarotes especiales donde jamás entraban mujeres.
Me había esperado. Tal vez le habían ofrecido un sitio más cómodo y secarle las medias o un café reconfortante hasta que volviera a ubicarme, mientras tanto yo me enredaba y desenredaba tratando de recordar el viejo ovillo de mis experiencias bajo bandera.
Dormía a pesar de todo, por suerte. Sí, pálido y verdoso pero tranquilo, con las pantuflas de sus manos enfermas, juntas, resignadas.
- ¡Papá! – lo llamé, sobre todo para que me comprendieran los otros, el tropel caliente. Lo llamaron, inclinandosé sobre el tapete ritual, tocandolé las manos con suavidad.
¡Papá, papá! Repitieron los marineros, sin burlarse, como cuando saludábamos a un ‘sumbo’ querido, uno de esos eternos habitantes oscuros y grasientos de talleres y calderas. ¡Papá, papá! rieron enseguida, sacudiendoló con menos suavidad.
Estiré mis manos sobre los hombros y la mesa, y otras manos lo tomaron, lo alzaron y lo depositaron en éstas. Sé que no me despedí como correspondía de la muchachada; que no les agradecí como era debido. Mi padre se despertaba y cabeceaba sin entender los saludos y las risas que lo mantenían en el aire. No sé cómo pudo caminar tras de mí a aquella hora, después del entumecimiento que yo mismo apenas soportaba. Debería tener tantas ganas de regresar como yo, cada uno a su hogar, a su baño, su cama. Tal vez todavía se sintiera culpable de la demora que nos embarcó precariamente.
Tironeando de su brazo paralítico, tanteando la enfermedad de sus tendones, por entre el laberinto de aquella fiesta interminable, lo traje de vuelta al hall de arribos, que ahora, por fin, se convertiría en nuestro punto de partida.
Cuando, ya autorizados, estuvimos en la plataforma de embarque, amaneciendo el río con el aliscafo amarrado, dorandosé ante el pasaje como un bagre panza arriba, cuadro que no soñábamos contemplar, una vez más le pedí que me esperase. Yo quería regresar por mi cita. Ir de nuevo a encararme con las vicisitudes de la vida. Le pedí que me esperase mientras regresaba adonde la chica aquella me había citado.
La cita de una prostituta. Repitiendomé escepticismos e ilusiones atravesé los jardines que como antes, comenzaban tomando a la derecha, hacia donde parecía que todo terminaba en un rincón ciego. Ahí estaban otra vez las veredas cuadriculadas, sus desniveles pretenciosos de un mal arquitecto, los bancos y los equipos de amantes vestidos de ropa clara, enredados en su profunda oscuridad, y yo, creyendo que ella me esperaba todavía.
Alguna vez tiene que resultar cierto que a uno lo esperan todavía. Una muchacha hermosa que se ofrece al primero que pasa solitario, o quizá se encapricha con un rostro que le dice algo, también puede ofrecerse a otros con parecida liberalidad. ¿Por qué creer que me esperase aun? Creerlo al menos servía para acelerar el paso y respirar a pleno pulmón el aire fresco y maloliente.
Así que llegué o creí llegar al punto de la cita, que era el sitio cualquiera ante el que nos habíamos cruzado. Y no la vi. Tal vez estaba en el mismo sitio y no tuve ocasión o fuerzas para reencontrarla en el interior de uno de esos abrazos interminables que ocupaban el entorno.
Regresé. Regresé maldiciendomé, adonde mi padre debería estar esperando.
Me merecía que hubiera vuelto a escaparse tras alguno de sus delirios, o que el ferry se hubiera marchado sin mí. Tenía la autorización en mi bolsillo y podía ser que ni siquiera lo hubieran dejado trasbordar y sentarse en su butaca a continuar dormitando.
Ocupar una butaca, acomodarse, entibiarse. Cerrar los ojos por un buen rato; adormecerse oyendo el chapoteo del avance de las quilas sobre el pantano, sabiendo que otros se ocupaban de que todo culminase con normalidad.
Que una azafata recién maquillada nos ofreciese un café, se volvía la tentación más simple y absoluta…

Calificación:  Votar Aún no han votado este texto  - Ingresá tu voto

Comentarios de nuestros lectores - Escribí tu comentario
Últimas entradas del mes


Radio La Quebrada Radio de Tango Indexarte Escribirte OccidentesEscuchanos
Noticias | Efemérides | Novedades | Ventas | Biografias | Textos | Audio | Recomendados | Entrevistas | Informes | Agenda | Concursos | Editoriales | Lugares | Actividades | Blogs | Foros | TiendaFundación | Letras de Tango I | Letras de Tango II | Contacto | Boletín
© 2006-2017- www.escribirte.com | Todos los derechos reservados   | Diseño Web | Canales RSSRSS