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Mi Perfil
simon esain
chascomus - argentina
Escribo poesia y prosa breve.
Poemarios editados: Indignaciòn de Noviembre, Mayo de 1989 o El Humo, Musa Interventora, El Momento de Ahogarse.
Poemarios inéditos: U.S.Me (paraíso del acobardado) Totem (la mirada de Ulysses); BP Tangos; BP No Tangos.
Poemarios en preparación: En Nombre de mi Mamá, mi Papá, el Perro y el Gato, Muchas Gracias; BP Baladas; BP Stood Up; BP Poemas.
Prosa inédita: Las Malvinas y Otros Sueños, Enero y Otros Meses I, Enero y Otros Meses II, Enero y Otros Meses III; Setiembre y Otros Meses I, Setiembre y Otros Meses II, Setiembre Naif; BP Prosa Breve I; El Problema de Bembi; Toque a la Mano de Bronce; BP Prosa Breve II; Confesiones Falsas de un Campesino.
Durante 10 años edité desde Chascomús La Silla Tibia, medio artesanal de difusiòn literaria
Miembro fundador del Movimiento de Artistas y Artesanos de Chascomús (MAYA), a cargo de su taller literario
Miembro fundador de la Delegaciòn Chascomús de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos
Representante oficial de DEUCO, defensa de usuarios y consumidores en Chascomús
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U.S.Me (paraíso del acobardado)
Tótem (o La Mirada de Ulysses) poemario 1999-2006
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25 de marzo



Me llegan recuerdos de mi madre. De mi mamá.
Desde algún sitio en la penumbra se deslizan hacia mí retratos de una mujer jovencita. Da la impresión de estar vestida de adulta. Es menuda y concentrada. Algo de resorte en su mirada. Es posible que silenciosa, y pálida.
Creo que ante cada una de estas evocaciones me he preguntado cómo se sentiría en su papel de adulta en el instante en que la fotografiaron para siempre. Me he preguntado cómo serían de frescas e improvisadas sus relaciones con los mayores que la rodeaban y la limitaban.
Ni en su inquietud más extravagante habrá imaginado que en su vientre estaba acunando al implacable que la juzgaría desde un día del futuro. Su niño primero. Es de suponer que por nada del mundo hubiera alcanzado a imaginarse semejante cuestión. Ser o estar siendo juzgada a través del rebote en el porvenir lejano, con arreglo al conocimiento de hechos y consecuencias todavía inexistentes, y no sólo desde un testimonio que se volvía ajeno sino además, desde una conciencia epocal diversa, tal vez mayor, seguramente más completa, a la que ella nunca accedió ni se permitió asomar, ni siquiera a través del murmullo diario o el de los estruendos que sobresaltaron, renovados, su aterido ideario de lo que debía ser normal y cotidiano.
Años después mi sobrino me salvó esto que llamamos vida. El hijo de mi hermana más parecida a ella, a nuestra madre. Ocasión que no tuve el engreimiento de imaginar. Y pudiera ser por eso mismo que la analogía no alcanzó a cotejar y contraponerse en las entrañas de mi dictamen final, para mitigarlo y favorecerla en algo.
Luego de las primeras escaramuzas, me habían capturado los de una patrulla mixta y me habían conducido, encapuchado, a una casa bastante céntrica, sin que les opusiera resistencia. Me habían marcado. Aunque podía anticipar lo que vendría a continuación, aún no era gran cosa lo que me pasaba. Aprietes y secuestros de advertencia había a diario y nosotros también efectuábamos algunos.
Pero mi falta de reacción se debió en parte a que cuando me agarraron llevaba mi arma particular en la cintura. No me habían palpado; tal era el desprecio que los enceguecía ahora, en la circunstancia de alimentar la virulencia. Creo que me quedé alentando la oportunidad de usarla por sorpresa.
Me tiraron al piso en el centro de un redondel de tacos y suelas confianzudas y creí entender que una asamblea me juzgaba.
En mi pobre cabeza se sucedían momentos bulliciosos y ensordecedores, con súbitos lapsos de silencio durante los que oía el menor detalle. Las acusaciones no me informaban mucho de sus considerandos.
- Es un hijo de puta. Siempre ha sido un hijo de puta – me definió una voz ronca.
- ¡No! No seas bestia. ¡Vamos! Todos lo conocemos desde hace mucho. Es un boludo, un infeliz -
- Este no se hace; es un boludo total -
- Entonces es un boludo peligroso. Por ahí se las quiere dar de vivo. No podemos confiar… ¿Por qué tenemos que confiar en él? ¿Con qué necesidad? -
- Es un infeliz que vive porque lo han dejado vivir -
Y así me consideraban, menudeando los insultos y las propuestas drásticas para no correr ese mínimo riesgo que yo podía representar. Cuando resolvieron liquidarme, una voz joven se opuso a la sentencia.
Reconocí al instante al dueño de la voz. Se la hubiera reconocido entre millones, aún en peores condiciones. Supuse que su dueño acababa de entrar a la habitación porque le habían avisado. También hubo una discusión previa y acallada luego, con el grupo de muchachotes que lo acompañaba. Entonces se armó una discusión general sobre táctica política hasta que alguien la cortó, haciendolés ver que yo oía todo y había que liquidarme. Las voces mayores, unos grados más de autoritarias o rencorosas, resolvieron que, en consecuencia, quien me había defendido fuera mi verdugo.
Sentí que todos empujaban al compañero señalado hacia el centro de la rueda. Había acuerdo, finalmente.
Yo seguía acuclillado, medio tumbado sobre el piso, aferrando el cabo yerto de mi revólver.
Ubicaron al nieto de mi madre frente a mí y le indicaron que me pegara dos tiros en la cabeza; el segundo por las dudas, no por necesario. A mí me gritaron que me pusiera de pie, como si estuviesen al borde de una cancha de básquet. Que no estaba atado y que me pusiera de pie, si podía hacerlo. Si era que no me había cagado ya en los pantalones o si era que no estaba muerto ya.
Risotadas.
No daba para risas. Para risotadas sí. Mientras me ponía de pie, disimulé el movimiento necesario para sacar el arma de bajo el cinto, amartillarla y apuntar directamente frente a mí. Era un inconsciente honor el que me hacían con que mi ejecutor se situara frente a mí. A deducir de sus dichos yo no merecía ni eso.
Percibí que mi gesto no causaba conmoción alguna. ¿Hacia dónde estaba apuntando? Si oía algún movimiento en respuesta, giraría y dispararía hacia allí, como si el peligro todavía estuviese a mi espalda.
Aprovechando el silencio y el orden, la voz de mi sobrino reiteró que se oponía a que me ejecutaran. Creo que sus gestos, más que el tono de su expresión, estaban argumentando en mi favor, descalificandomé en razón de mi evidente cobardía. Supongo que en la circunstancia mi aspecto lo secundaba por entero.
- Van a ver – les dijo, volviendosé a un lado cualquiera – No será capaz de tirar. Enseguida lo van a ver. ¡Viejo! – me llamó viejo, como a un desconocido - ¡Bajá el arma! -
Sentí que el hálito de su corpachón rozaba a propósito la boca del caño de mi revolvito, y en la completa oscuridad de la capucha, contemplé su imagen familiar, dibujada a partir del todo de su voz y de la levedad de la remera que solapaba su pecho.
Le di la razón. Bajé el arma y entonces unas manos calientes me la quitaron. Oí que la desmontaban y la dejaban caer sobre una mesa arrinconada, cubierta de papeles.
Alguien, o el mismo tipo que me desarmó, tomandomé por la nuca y un antebrazo, me empujó hacia abajo. Le dije que me matara él, que no diera tantas vueltas, que no me interesaba seguir vivo en un país del que ellos serían los dueños absolutos.
Hacía mucho tiempo que yo estaba convencido de lo que escondía el futuro. Más de una vez se lo enrostré a mi madre en momentos culminantes para sacudirle las ilusiones. En algunas ocasiones en que discutíamos amargados sobre el curso que debería tomar mi vida, o cuando ella me pedía desde su inocencia que le aclarase algún intríngulis político o social que parecía estar tan claro para mi modo de razonarlo como para animar al suyo a encontrar conclusiones.
Me di cuenta de que el grupo que seguía a mi sobrino se retiraba en bloque, como habían entrado. Parecían ser parte insustituible. Fue como una señal. Empezaron a pegarme. Mejor dicho, alguien me pegó una trompada alevosa, caí y se pusieron a patearme a como yo diera lugar. Supongo que mi sobrino se alejó sin más. De algún modo se había salido con la suya y con eso debía darse por satisfecho.
Me pasearon en la caja de una pick-up y después me tiraron en el bulevar; me aflojaron los nudos de la capucha para que yo pudiera terminar de sacarmelá.
De todos modos estaba imposibilitado de ver.
El aire era el de una madrugada fría, deliciosa, y por ahí algún pájaro piaba al amanecer. Seguía recordando a mi madre y reviviendo tras mis pobres párpados algunas conversaciones a solas con ella o los reproches sintetizados que más me repetía.
Entonces la juzgué, con mis lágrimas abriendosé paso desde muy adentro y cayendo al rocío.
La perdoné porque ya estaba muerta. Creo que fue por eso, no porque me diese lástima su vida.

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25/08/07 | 00:05: alicia dice:
"Primero mataremos a todos los subversivos, luego... a sus colabores, después... a sus simpatizantes,enseguida...a aquellos que permanecen indiferentes y, finalmente, mataremos a los tímidos". General Ibérico Saint Jean.(Gob de la Prov. de Bs. As.) Mayo de 1977.
asusango@hotmail.com
 
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