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simon esain
chascomus - argentina
Escribo poesia y prosa breve.
Poemarios editados: Indignaciòn de Noviembre, Mayo de 1989 o El Humo, Musa Interventora, El Momento de Ahogarse.
Poemarios inéditos: U.S.Me (paraíso del acobardado) Totem (la mirada de Ulysses); BP Tangos; BP No Tangos.
Poemarios en preparación: En Nombre de mi Mamá, mi Papá, el Perro y el Gato, Muchas Gracias; BP Baladas; BP Stood Up; BP Poemas.
Prosa inédita: Las Malvinas y Otros Sueños, Enero y Otros Meses I, Enero y Otros Meses II, Enero y Otros Meses III; Setiembre y Otros Meses I, Setiembre y Otros Meses II, Setiembre Naif; BP Prosa Breve I; El Problema de Bembi; Toque a la Mano de Bronce; BP Prosa Breve II; Confesiones Falsas de un Campesino.
Durante 10 años edité desde Chascomús La Silla Tibia, medio artesanal de difusiòn literaria
Miembro fundador del Movimiento de Artistas y Artesanos de Chascomús (MAYA), a cargo de su taller literario
Miembro fundador de la Delegaciòn Chascomús de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos
Representante oficial de DEUCO, defensa de usuarios y consumidores en Chascomús
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U.S.Me (paraíso del acobardado)
Tótem (o La Mirada de Ulysses) poemario 1999-2006
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hay muchas cosas que
06/12/07 | 18:08: yllen dice:
Has logrado un clima muy fuerte y con excelente descripción de lugar y de sentimientos. ¡Ecxelente!
26/08/07 | 20:25: Fernando G. Toledo dice:
Estimado Simón: me gustaría hacer contacto con usted. Si puede, escríbame a la dirección de correo que dejo anotada. Saludos.
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Continuidad del paseo



A Gustavo Kamenetzky

Como nunca, como si hubiésemos dormido demasiado desde el atardecer del sábado hasta despertarnos hastiados del dormitorio, temprano en la mañana del domingo, domingo de Diciembre, caminábamos juntos por el declive de la loma, arrastrando nuestros pasos por el césped apenas rociado.
Mi esposa trataba de colgarse de mi brazo. El sol se sonreía. Ella tiene mi altura. La altura del terreno, en cuya curva superior asomaba la casa fondeada entres sus árboles, hacía que el sol pareciera flotar más bajo aun de lo que correspondía a la altura del año.
Florcitas rosadas, amarillentas y blancuzcas poblaban el verde a nuestros pies, para nuestra complacencia, temblaba en su pecho el azul de encima, ante la propia pureza y transparencia.
Recuperábamos y continuábamos distendidos retazos de conversación de la velada pasada. Frente a nosotros, lejano bajo el fulgor del sol, el límite del terreno se despeñaba y continuaba en el valle inferior, en cuyo regazo la luz hervía. A nuestra izquierda, detrás de la loma y la casa, transcurrían la ruta provincial y sus incesantes diálogos. Un tejido alto y un portón impertinente separaban nuestro coto de tantas oportunidades y evanescencias.
En algún momento tuve la impresión, de seguro inducida por un quiebre en los rumores mecánicos, de que algo se materializaba y sucedía frente a nuestra entrada. La sirena policial lo confirmó. Habíamos dejado de caminar. No corría la menor brisa. Miramos en la dirección del disturbio pero no era posible que viésemos algo. Sí que imagináramos una explicación. Más acá, la casa, blanca y roja, sus grandes ojos vacunos por delante, apoyada en la arboleda, el cielo imperturbable. Pensé que estábamos vestidos con piyamas y salidas de baño.
Reanudamos la marcha pero variando su dirección natural, que hubiera consistido en completar una ronda tranquila, habitual, levantando las suelas del césped.
Primero me figuré que era una oveja dormida, caso bastante extraño allí, pero no imposible. Pero no, imposible. Una certeza tajante lo reemplazó unos pocos pasos más allá. Aquella mancha, sólo la primera que advertíamos de una serie de manchas dispersas, era las ropas que cubrían el cuerpo de un adolescente. Mi esposa todavía no se daba cuenta y tampoco yo se lo decía.
- ¿Qué es, amor? ¿Qué es eso? – preguntaba, apretandomé el brazo.
Recordé cuánto le había costado adaptarse a que nuestra hija viviera sola, lejos. Cuánto se inquietaba ante la menor duda. A unos metros de distancia los pies desnudos del cuerpo le hicieron comprender. No dejé que se detuviera a ver. Un trecho más adelante eran dos los cuerpos boca abajo. Agradecí que no nos tocara ver sus rostros.
- ¿Está muerto? – preguntaba, como si la respuesta flotara en la ambigüedad de la luz. Pero apuré mi caminar y comencé a dejarla atrás. Ella no estaba en condiciones de retenerme. Observé de cerca los otros cuerpos. Una y un adolescente, delgados ambos, apenas vestidos como para una sesión de gimnasia, al parecer profundamente intoxicados, moribundos o muertos. Mientras mi esposa se tomaba la cabeza y ya no la soltaba y se enredaba en sus propios pies, palpé las espaldas blandas, frías. Nos apuramos en la dirección en que los cuerpos derrumbados aumentaban. Eran casi una docena y su disposición hacía pensar que en algún punto hallaríamos una pirámide de muerte.
Aparecían botellas vacías, paquetes estrujados, cigarrillos partidos, marcas, rastrilladas en el pasto, manchones de sangre coagulada. Al borde del despeñadero había desde siempre un breve tronco seco, un viejo tocón de eucalipto, casi petrificado. Tenía cierta belleza agreste, cierta nostalgia que no cabía depositar en otros elementos del contorno. Nos agradaba verlo, al menos, caminar hasta él, usarlo de referencia en el fin de la propiedad. Su clásica condición había variado durante la noche, como cambia la de un barco que reaparece de un naufragio. El cadáver desnudo y ensangrentado de un muchacho lo usaba de incómodo catafalco.
Sobre el cuerpo del muchacho estaqueado boca arriba, atado con alambre a las raíces, habían arrastrado muchos cuerpos desangrandosé. Una pintura absurda, asquerosa, lo untaba de arriba abajo y sobre todo abría un aquelarre indescifrable en su pecho. Aquí no cabía dudar de la muerte del cuerpo. Había sido sometido a la peor morbosidad. Por suerte mi esposa no soportó acercarse. Sin embargo caminó hasta el borde del barranco y desde allí le tocó llamarme para que viese abajo, en el comienzo del valle.
- ¡Algunos están vivos! – gritó - ¡Mirá! ¡Aquellos dos se mueven! -
Me acerqué, comprendiendo la insanía que habían desarrollado estas mismas víctimas mientras dormíamos contentos. Más de veinte cuerpos, algunos en poses yertas, otros victimizados por la caída, otros como aturdidos, pataleando suavemente, todavía naufragaban en la luz matinal. Por cierto, ver aquellas señales de vida volvía más patético todo.
- Vámonos – le dije. Fui y la tomé por la cintura – Vamos. Tenemos que avisar de esto… Es insoportable -
La decisión de huir nos dio fuerzas. Ahora advertíamos el conjunto de evidencias y rastros de lo sucedido, que armaban una versión. Vimos la gran fogata calcinada, los papeles manchados abandonados, los cuchillos sucios, las ropas esparcidas. Nos sentimos mareados.
Caminar contra la herbosa pendiente nos hizo bien. También necesitábamos inspirar por los ojos el cielo, el cielo abierto, limpio.
Otro estremecimiento detrás de la loma dio paso a la figura de un oficial de policía que tranqueaba hacia nosotros. Nos había visto antes. No pensé en su intrusión. Nosotros éramos los propietarios del lugar del hecho. Fuimos a su encuentro.
Si para nosotros era novedoso lo que viniera a informar, no menos le resultaría lo que íbamos a sumarle.
Le faltaba la gorra reglamentaria y parecía que acababa de bañarse. Que, absurdamente, acabara de salir de la ducha, recién secado y peinado el cabello ralo frente al tranquilo espejo del baño. Nos miró y miró los cuerpos. Nuestro aspecto ya le estaba informando de la situación. Nos saludó respetuosamente y se disculpó por la irrupción.
Comenzamos a explicarle con qué nos habíamos encontrado en un simple paseo mañanero por nuestra propiedad. El oficial nos atendía con toda deferencia; simplemente nos oía, tomadas sus manos a la espalda. Oímos los gritos de nuestra hija y la vimos aparecer en lo alto de la loma y venir corriendo por detrás del comisario.
- ¡Papá! ¡Papá! – gritaba y lloraba - ¡Me quieren detener! ¡Me quieren interrogar! ¡Papá, mamá! ¡Me quisieron detener! -
- Es nuestra hija – dije al policía – Vive en Buenos Aires. No sabíamos que estaba acá – El comisario explicaba algo operativo, pero yo, y creo que igual mi esposa, sólo oía lo que nuestra hija gritaba, tratando de entenderle algo.
Llegó directamente a mí, convertida en un maremoto de gritos, llanto y acusaciones asombradas.
- ¡Papá! ¡Me quieren detener! ¿Entendés? Quieren que vaya a declarar ¡papá! Yo no tengo nada que ver. ¡Decíle a estos tarados retarados hijos de puta que yo no tengo nada que ver! ¡No querían dejarme pasar! ¿Entendés o no entendés? ¡No querían dejarme entrar a mi propia casa, estos hijos de puta! ¡Estos hijos de puta, tarados, retarados, que de qué se las dan! -
- Pará, hija, pará – Su madre trató de abrazarla pero la apartaron los manotazos que no se detenían.
- Lo que pasa es que ella conoce a varios de estos chicos. Casi se muere cuando reconoció a dos que están colgados del portón – la imagen casi me derribó - Además nos dijo que estaban ensayando juntos una obra de teatro o algo parecido donde sucedía una ceremonia negra – pudo tratar de explicarnos el policía, mientras nuestra hija lo parodiaba, lo burlaba o corregía desgañitandosé por imponerle su voz – Ella puede decirnos quiénes son muchos de los muertos y cómo es posible que haya sucedido algo así -
- ¡Estás loco si creés que yo puedo explicar esto! – encaró al oficial - ¡¿Querés que te diga que se llaman Chungo, Papo, Cachi, Negro, Nacha?! ¡Idiota, idiota! –
- Sí, muy bien – dije al oficial, apreciando lo adecuado de su comportamiento, sin evitar que nuestra hija me parodiase, gruñendo como enloquecida – Usted todavía no ha visto todo lo que hay aquí. Espantoso, increíble. Pero quedesé tranquilo que ella va a ir a declarar, por supuesto. Quedesé tranquilo, que cuando se serene va a colaborar con ustedes en todo lo que pueda –
Nuestra hija se abalanzó sobre el uniformado y comenzó a golpearle con sus puños en la pechera. El hombre reaccionó muy bien. Sólo dio un paso atrás, hizo con sus puños que el pistoneo de la muchacha se concentrara en sus pectorales, algo inofensivo para su físico y el de ella. Nuestra hija aullaba, escupía al insultarlo y echaba lágrimas y fuego por las rendijas de sus ojos. Al menos se desahogaba.
- ¡Milico hijo de puta! ¡Milico hijo de puta! ¡Asesino maldito! ¡Los odio, los odio, los odio! -
Una vez pasada la primera exasperación, la abracé y la apreté contra mi pecho. Debía tranquilizarla por un lado y conservar en su tranquilidad al comisario por el otro, quien estaba, justo era reconocerlo, ante un tremebundo acontecimiento en su jurisdicción y procedía dignamente.
- Ella va a ir a declarar y va a cumplir todos los trámites – le aseguré sin saber bien a qué me refería, mientras la espalda de mi hija se conmocionaba y los suspiros se le escapaban como descargas de una combustión – Ella va a reconocer a todos los que le sean conocidos y va a explicarles cuanto sepa. Tenga la seguridad, comisario –
- Sí, sí, no lo dudo – dijo el policía, arreglándose su corbata reglamentaria. Mi esposa se hizo cargo de los sollozos y los estremecimientos.
- Venga – dije al policía, en parte deseoso de alejarlo de la muchacha – Quiero que vea lo que fuimos encontrando -
- No se imagina lo que encontramos nosotros a la entrada de su quinta – me dijo él – Aquí ha habido un ritual satánico anoche. Ustedes ¿no oyeron nada? ¿Nada les llamó la atención? -
- Entiendo que le parezca improbable, pero es así Perdonemé que le pida tanto a su comprensión. Hemos pasado un fin de semana casero, de lo más tranquilo, y anoche nos dormimos temprano, aunque no lo crea. Por eso andábamos paseando tan temprano. ¡Y venir a encontrarnos con semejante espectáculo! Esto parece algo propio de la medianoche y la madrugada. Sí, parece una misa negra, o algo así, algo mucho peor. Venga que le muestro algo espantoso -
Lo llevé hasta el horcón que nos había horrorizado.
- ¿Usted sabe que su hija reconoció haber diseñado la escenografía para esta matanza? -
- No – le contesté, tratando de ubicarme rápidamente frente a su planteo antes de que me ganara el mareo -Cómo voy a saberlo. Creo que usted no lo entiende correctamente. Nuestra hija sí realiza escenografías y participa en performances especiales. ¿Sabe de qué se trata? Estudia teatro y está en contacto con grupos juveniles que hacen teatro experimental y otras yerbas – no debí haber usado esa palabra – Sí, sin duda. Estoy seguro de que muchos de estos chicos pueden ser sus amigos, compañeros o conocidos. Por algo están acá, en el terreno de nuestra casa. No puedo soslayar que ella se los haya ofrecido para un encuentro o un paseo –
Lo detuve, porque necesitaba tomar aire, y le toqué el pecho. Estaba pensando en los otros padres:
– De ahí a que ella tenga algo que ver con el satanismo y haya participado o sabido de esta barbarie, hay años luz de distancia, tengaló por seguro. ¿Por qué cree que sufre este rapto de indignación, de rabia? Porque a nada de lo que ella haga o planee le cabe culpa, desconfianza o descalificación alguna. ¿Usted cree que finge su indignación? Usted debe entender que es una chica normal, nacida y criada en un hogar común y corriente. Los chicos necesitan cometer transgresiones para crecer y afirmar su personalidad. A veces juegan con límites oscuros, o que a ellos les parecen oscuros o claros, pero de ahí a esta locura… ¡Un océano que ella no puede atravesar! -
- Sí, lo entiendo – dijo el comisario – Pero usted debe reconocerme a su vez que chicos de hogares normales, comunes y corrientes suelen ser los mismos que cometen barbaridades increíbles… -
- Sí, sin duda. Pero yo por mi hija pongo las manos en el fuego. Va a ver que cuando se calme, usted va a contar con toda su colaboración. Yo me responsabilizo por ello -
- ¡Vamos hasta la casa! – nos gritó mi esposa, que sostenía o se sostenía de nuestra hija.
- Sí, está bien – le dije – Ahora vamos nosotros. Voy a mostrarle al comisario lo que es esto -
Nos acercamos al tronco. Mejor dicho, me detuve a unos pasos y miré cuando el policía observó el cuerpo un minuto; luego se hizo una composición basada en las condiciones del lugar, los rastros y restos esparcidos y luego, cuando se asomó al valle. Regresó a mi lado.
- Lo lamento pero vamos a tener que traer los equipos técnicos, forenses, expertos, juristas, fotógrafos, ambulancias. No sé cómo vamos a atajar al periodismo. Vamos a tener que bajar al valle por aquí. Hay algunos vivos y si se recuperan pueden aclararlo todo. Vamos. Acompáñeme a la entrada. Allá tenemos el principio de esto -
Caminamos hacia la cumbre, mientras varios policías se acercaban. El comisario llevaba el teléfono portátil a su mandíbula. Murmuraba el orden de las medidas inmediatas, el asesoramiento y la ayuda que se le volvía ineludible solicitar.
Me apoyé en su hombro. Reconocí que no estaba en condiciones físicas de secundar su apuro. Le pedí que se adelantara, que yo quedaba a su disposición y no me movería de la casa.
Lo que más deseaba era despertar de semejante pesadilla. Me concentré en expulsar el tumulto absurdo que palpitaba en mi cabeza.
Estábamos atrapados al comienzo del segundo acto. No podíamos escapar.

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