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simon esain
chascomus - argentina
Escribo poesia y prosa breve.
Poemarios editados: Indignaciòn de Noviembre, Mayo de 1989 o El Humo, Musa Interventora, El Momento de Ahogarse.
Poemarios inéditos: U.S.Me (paraíso del acobardado) Totem (la mirada de Ulysses); BP Tangos; BP No Tangos.
Poemarios en preparación: En Nombre de mi Mamá, mi Papá, el Perro y el Gato, Muchas Gracias; BP Baladas; BP Stood Up; BP Poemas.
Prosa inédita: Las Malvinas y Otros Sueños, Enero y Otros Meses I, Enero y Otros Meses II, Enero y Otros Meses III; Setiembre y Otros Meses I, Setiembre y Otros Meses II, Setiembre Naif; BP Prosa Breve I; El Problema de Bembi; Toque a la Mano de Bronce; BP Prosa Breve II; Confesiones Falsas de un Campesino.
Durante 10 años edité desde Chascomús La Silla Tibia, medio artesanal de difusiòn literaria
Miembro fundador del Movimiento de Artistas y Artesanos de Chascomús (MAYA), a cargo de su taller literario
Miembro fundador de la Delegaciòn Chascomús de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos
Representante oficial de DEUCO, defensa de usuarios y consumidores en Chascomús
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U.S.Me (paraíso del acobardado)
Tótem (o La Mirada de Ulysses) poemario 1999-2006
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hay muchas cosas que
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El peaje del diablo



¡Ah, el contrabando triste de mí mismo! Mallea


Luego de visitar a la tía viuda, a la que debía el saludo de rigor, desando algunas calles de tierra de acuerdo a sus indicaciones, y encuentro a Josesito y `Machito’ pisando cardos y arrancando matorrales de yuyos varios, entusiasmados en ponerse a armar una casilla para el mayor, que se ha decidido a vivir solo. Los acompaño en sus cuentas y vueltas por el terreno, baldío, perfumado a hinojos, mientras la tarde madura y se abre por abajo, como el ruedo de una pollera anticuada, frente al barrio que se desparrama por sus costados.
Me da gusto poder ayudarlos. En algún momento de la charla recuerdo las herramientas que he dejado en el campo y que ellos necesitarán para meterle mano a una cantidad de madera que han conseguido aquí y allá. No me parece absurdo creer que sigan donde las dejé, hace años, en una esquina del galpón, ensebadas y envueltas en arpillera, como enseñaban los viejos.
Lo que hago es lo que me hubiera gustado que hicieran conmigo cuando me independicé. No tengo más que ir hasta allá en algún vehículo de cuatro ruedas. Armo viaje para la mañana siguiente en el jeep de “Machito”, un cachivache rojo que ha ido pasando de mano en mano por todos los hombres solteros de la familia.
Viajo por la mañana, luchando con la dirección y la caja de cambios, lucha que me divierte en vez de incomodarme. Deseo reconocer mi escuela rural y los progresos o fiascos del pago.
Freno en medio de la calle, a las ventanas de la escuelita.
Donde antes sólo se podía ver la tranquera que daba entrada a la senda vecinal hacia los potreros, encuentro una fea construcción, que viene a ser como la versión indeseable de la que planean los primos. Es una caja desprolija, con techo y laterales de chapas acanaladas, claveteadas a una armazón de postes y tirantes, en cuyo interior se mezclan un portal, un pasamanado, una pasarela y los ambientes laterales que resultan de su instalación.
De cara a donde siempre estuvo la tranquera y ahora se levanta este modesto fortín caminero, hacen cola para pasar por él varias mujeres en batones oscuros.
En este punto, el salón y la huerta de la escuela primaria y más tarde la delegación municipal y su casita aledaña, han respaldado la iniciación en sus cercanías de un asentamiento todavía campesino en todo. Al primer vistazo discrimino arboledas y montes donde antes no los había. Emboco el jeep por el lugar que siempre hemos usado para entrar rumbo a las estancias.
Bastante extrañado, observo que las mujeres van y vienen lentamente, como sometidas a ello, usando exclusivamente los molinetes del pasadizo. Se ve claro que un pasamanado ocupa el centro de la construcción a un lado, a mi izquierda, una especie de oficina técnica. Del otro, el paso peatonal, donde corresponde zigzaguear entre un doble juego de barreras o pasamanos de caño galvanizado, empotrados en el piso.
A poco de curiosear y conversar con los chicos que acompañan a las mujeres, me entero de que los vecinos deben pagar peaje para dejar o entrar a la calle real. Pero saberlo no aclara la situación; la oscurece. Yo mismo, burócrata que vengo de una ciudad más importante, advierto en aquello una arbitrariedad sin justificación alguna. Aunque tal vez me la expliquen. Me dirijo al encargado, sin pensar lo que voy a decirle.
Ya he notado que es un hombre adulto, insignificante y desagradable. Viste casi como un policía provincial pero a la vez actúa como un gerente o un técnico, en una mezcla de lo más antipática por lo pretenciosa. No bien abre la boca le sale el oficial de policía acostumbrado a convencer a todo el mundo con sus especificaciones. Mientras corresponde con abundancia a mi titubeo inicial, cobra un peso con cincuenta a cada mujer que necesita entrar o salir de la calle real, como yo necesito hacerlo. Ellas actúan sumisamente y la escena se me vuelve repulsiva.
En cuanto puede, el tipo, cuya calvicie grasosa me atrae y repugna, me lleva hacia su escritorio y me muestra un conjunto de manómetros y amperímetros adosados a una cubierta de telgopor que lo recubre todo. Me fijo mejor en el interior de la cabaña: ha sido recubierto con planchas de telgopor de las gruesas, como cuan do se desea que cumplan una función aislante, o que al menos se crea tal cosa. El tipo se afana en ilustrarme de qué se trata esa función. Pienso que mis primos nada me avisaron sobre esta sorpresa. Una cabeza más bajo que yo, el policía se seca la calva con su pañuelo celeste doblado en cuatro.
Me endilga una explicación increíble sobre el descubrimiento de la existencia de un campo magnético peligroso, que obliga al gobierno a imponer una serie de precauciones permanentes para movilizarse por el lugar.
Sabe que entiendo sus argumentos y me señala que uno de los modos preventivos aplicados es transitar justo por ese sitio y que, en consecuencia, el peaje es el único medio al que la Provincia puede apelar para financiar la vigilancia y la prevención constante de las fluctuaciones electromagnéticas y sus picos de intensidad dañina, que parecen sucede relacionados con algunas horas del día y las estaciones del año, la danza del agujero en la capa de ozono y otros disparates concatenados.
Le muestro mis credenciales y enseguida le tiro algunos nombres de la nómina del ministerio. Me parece que le importan poco, pero tal vez es el efecto contrario al que yo espero causarle. El tipo es oriundo de Gral. Guido y lo han retirado de la policía. Es bajo de estatura pero de contextura bien proporcionada. Tiene ojos huidizos y mejillas de alcohólico.
- Usted no va a cobrarme ningún peaje para pasar por aquí – le digo.
El se afana en cobrarles la insólita tarifa a un grupo de viejas mujeres con ramos de flores en las manos, que esperan tomar algún transporte cotidiano hasta el cementerio. Lo sigo en sus idas y vueltas deferentes.
- ¡Un momento! – Me dirijo a la mujer que acaba de contar sus monedas para depositarlas en manos del estafador, algo que me provoca una bronca profunda - ¡Señora… señora! Usted tiene que reclamarle un recibo o un ticket por el cobro que acaba de hacerle. ¡Venga! – No es fácil hacer que la mujer deje sus asuntos y se pare a escucharme, pero a eso ya lo sé de sobra - ¡Venga! Pidalé un comprobante de pago a este empleado, como corresponde… - me hago el ofendido - ¡No puede ser que les cobre sin que existan registros de lo que recauda! -
Pienso que he encontrado la forma de acorralarlo. La mujer levanta su bolsa de verduras y se encamina hacia afuera, con obstinación de hormiga.
- No señor – gesticula el tipo, parado sobre sus pantalones azules impecables – Esto se trata de un convenio firmado con la Municipalidad de Gral. Guido… El costo del mantenimiento de este puesto ya está prorrateado en el valor del peaje y la cantidad de tránsitos anuales que la gente hace. Nadie necesita controles, señor… No se meta en una cuestión que no entiende ¡Hagamé el favor! -
- Quedesé tranquilo – le replico – que yo voy a demostrar que usted es un estafador, y ni sueñe con que a mí va a cobrarme peaje por pasar por un camino real. ¡A esta tranquera la abrió mi abuelo antes de que usted y yo naciésemos! ¡Faltaba más! –
- Señor… - el tipo calvo y sudoroso, de gestos estirados, no sé si calmos, los estira un poco más para que las mujeres lo vean argumentar. Las viejas me miran un poco mejor, a ver si reconocen en mi cara algún rasgo familiar, sin entusiasmarse.
Varía el primer esquema del conflicto. Él es quien viste de azul pero yo actúo como instigador. Estamos enfrentando explicaciones técnicas y aparecen las explicaciones sentimentales.
- Sus vehículos oficiales están muy venidos a menos – observa el sátrapa sobre mi hombro.
- No me joda. No es un vehículo oficial. Necesito llevar una carga –
- Ah… - me agarra por la cola – Quiere pasar por aquí con una carga… Eso no es fácil, como puede ver -
- No es una carga importante. No sobresale por ninguna parte –
- Veremos – comenta, declarandomé la guerra.
Reconozco que por allí no hay rastros de que circulen vehículos de carga ni el pasa ganado tiene porte como para dar paso a otra cosa que automóviles o carros.
Lo invito a que me siga al otro lado de su ratonera. A pesar del rechazo que me provoca, le apoyo una mano en un hombro para que deje de enfrentarme y mire en la misma dirección que yo miro. De memoria le señalo uno de los montes que se pueden ver, no muy lejos, hacia el norte. Hago que mire hacia donde sigue la senda por el potrero, cruza un arroyo cercano, esquiva un bañado con duraznillo, y a su vez es cruzada por un grupo de ovejas que pacen todavía. Le muestro adonde quiero ir, al fondo del paisaje.
Pero veo otro monte por delante del que esperaba señalar, uno nuevo, de un follaje espeso y reluciente, que se interpone. Por unos segundos me cautiva el brillo de los árboles flamantes bajo el sol, empujadas sus copas por el viento de la llanura. Ahora sí veo la punta de un monte que asoma detrás, y esa es toda la señal que ha quedado de nuestras vidas en este paraje.
- No haga que me sancionen por no cumplir con mi deber – indica el policía, fríamente, y regresa a la sombra. Se sienta en su silla y se seca la frente con su prolijo pañuelo. Hace gestos correspondientes a una leve tribulación.
Vuelvo a la calle y a la sosa compañía de las mujeres. Contemplo la vieja escuela, que en todos estos años no ha tenido adónde irse. Escucho, recupero el silbido de las casuarinas siempre oscuras. Lo que sucede me parece un sueño. Años que no volvía por aquí. No es bueno dejar pasar tanta ausencia entre uno y el terruño. Después ocurren los desequilibrios de golpe.
Llevo el jeep a la fría sombra de las casuarinas y hago una llamada por el teléfono semipúblico que encuentro en la proveeduría municipal. Jamás he pagado un peaje por pasar en automóvil en cualquier ruta, menos voy a pagarlo por pasar a pie. Cruzo la calle y voleo la pierna por sobre el alambrado. El policía me observa violar sus disposiciones y prevenciones, pero no se levanta de su silla. Sabe que me atrae como el pegamento a la mosca. Me echo a caminar hacia la estancia de mis parientes. Sé que en media hora estaré allá, henchido de aire puro y buen apetito.


Por desgracia no encuentro a ninguno de mis tíos en la casa más cercana. Recuerdo que uno de ellos ha muerto hace unas semanas. Me reciben los perros juguetones y los caballos me miran seguir de largo. Me saluda el molino, con los quejidos invariables de su estúpido corazón galvanizado.
Rumbeo hacia nuestra tapera. Almuerzo las románticas sobras del puestero, mientras me comenta vaguedades desde lo que ignora es su irresolución. A tientas trata de discriminar lo que le conviene. Toda aquella riqueza incomparable sigue hundida en los problemitas de siempre y, como en todos lados, los problemitas se agudizan y los propietarios renuncian a seguir aguantando incertezas sin que se les reconozca de nuevo su importancia tradicional.
Al final cargo en mis brazos el serrucho grande y el serrucho chico, el pico y las palas, y regreso, malhumorado, arrastrando mi nube por el verde, bajo el cielo, dejandomelá acariciar por la brisa suave, cuyas voces a ras del suelo no olvido.
Conozco bien estas incongruencias de cada día en el campo.


Tiro mi brazada de herramientas al otro lado del alambrado y paso hacia la calle. Las chapas del peaje están crujiendo bajo el sol. Voy hasta el jeep y lo traigo hasta la entrada del paso. El custodio se despega de su silla y se apoya junto a su tablero de amperímetros recalentados. No entiendo cómo es que no se muere de calor. Dejo el vehículo y voy y vengo unos metros a traer mis herramientas. Quiero demostrarle que no ando de caza o de pesca, sino que se trata exactamente de hacer lo que le he dicho. Le pido que me deje pasar. No; debo decir que le digo que necesito pasar con mi vehículo.
Cuando es explícita la maldad, cuando no se la descubre velada por artilugios y verdades a medias, es cuando más difícil de jaquear resulta.
La impertinencia del guardia no pide sino violencia. Tener el pico y las palas en brazos es lo que me tienta.
Apoyo las palas en el suelo y tomo el pico con ambas manos por la punta del mango, y en tanto hago pienso varias conclusiones sucesivas. El tipo se apoya en la esquina de su mesa escritorio, como si estuviera a punto de tomar una birome o un talonario. No importa; da la espalda a su tablero de chirimbolos ridículos. Le tiro la parábola del primer golpe tratando de clavarle en un pómulo la parte aguda del pico. No sé si yerro el golpe o él se mueve tan rápido que lo esquiva sin que yo pueda notarlo. Siento en los dientes que la punta del pico atraviesa el telgopor y perfora la chapa en sordina.
El tipo se ha quedado donde estaba, sin tiempo para asustarse o absolutamente sorprendido. Arranco el pico con el rebote del esfuerzo aplicado y repito el golpe con una parábola menor, tomando buena nota de mi alevosía en medio del calor y el silencio.
Esta vez le acierto bajo el ojo derecho, junto a la nariz rojiza y enseguida le doy varias veces en la cara con la parte del filo, parte que mis manos han buscado solas. Una vez que está en el suelo, tomo la pala de punta y se la hundo en el rostro. Quiero decir que descargo mi odio concluyente con enajenación.
Por suerte el rostro del tipo apenas sangra. Son más bien rastros de su masa cerebral lo que le brota por las heridas y se adhiere un poco a las herramientas. Lo levanto por sus sobacos empapados y lo dejo sentado en su silla, apoyada su espalda en la cubierta de telgopor y un poste.
Voy y abro los portones, en especial para poder respirar a fondo el aire fresco. Estoy transpirando como un loco. Pero me siento más tranquilo. En algo he comenzado a resolver el problema. Llamo la atención con un grito amable. Levanto los brazos e invito a las mujeres cercanas a que aprovechen a pasar sin ser esquilmadas.
Desaparecida la presencia de su encargado, aquella armazón pierde sentido y consistencia. Ahora el aire de la llanura silba en los ángulos mal terminados y el sol se filtra y revela rendijas y perforaciones casuales.
Ahora que nadie controla el agitarse de los amperímetros, el temblequeo de sus agujas se estupidiza.
Voy caminando del modo más calmo que me es posible, a depositar mis herramientas en la caja del jeep de “Machito”. Lo monto como cuando era muchacho. Atravieso en triunfo el pasaganado. Iré a buscar el resto de los implementos y a despedirme de mis parientes como si tal cosa.


Sudo como un chivo revolviendo cosas amontonadas en la tapera. De la frente me chorrean recuerdos desagradables y puntadas de añoranzas infantiles. Sudo abriendo y cerrando tranqueras, acomodando la cantidad de chirimbolos que he juntado, para que no se me pierdan en alguno de los barquinazos.
Quiero dejarles un buen recuerdo a mis primos. Pienso, cómo dejar de hacerlo, que estas visitas me afectan más de lo que comprendo y así debe ser.
Cuando me detengo ante la estación de peaje es porque encuentro otra vez cerrados los portones.
Algunas mujeres remolonean en las cercanías; esperan el momento en que se abran y se apacigüe el peligro. Me hubiera dado gusto atropellarselós con un vehículo de mayor porte. Hacerlos saltar de sus goznes; provocar, dejar tras de mí un desparramo definitivo.
Desciendo y apoyo un hombro donde se unen ambos portones. No cederán fácilmente. Noto que están trabados por dentro. Voy y me fijo en los portones del otro lado. También están cerrados. Adentro el calor debe ser repugnante.
Apoyo el paragolpes en uno de los portones y empujo despacio. El viejo jeep bufa, pero está en su elemento. El portón pega un salto y se abre torpemente, dando quejidos y algún grito. Al otro lo abro de una patada. Meto la marcha atrás y corrijo la línea de avance. Veo que al otro lado de la estructura, frente a la calle, los portones tienen echado un pasador, como si el lugar hubiera salido de servicio. Pero abrirlo todo es sencillo. Descorro los toscos pasadores de madera y otra vez dejo expedito el paso.
Me detengo al borde de la calle, bajo el solazo. Les grito a las mujeres que parecen haber regresado de su visita al cementerio. Yo debería visitar el cementerio de mi pueblo antes de abandonarlo.
Les hago señas a las mujeres para que vean lo que acabo de recomponer, a ver si dejan la sombra de las casuarinas y se animan a circular sin impedimentos. El muerto me mira sin decir nada.
Sigue donde lo dejé, sentado en su silla, dandolé la espalda a su pizarrón ridículo que hasta hoy ha usado para sus explicaciones ridículas, ahora innecesarias. Me mira y me deja hacer mientras voy y vengo. Me digo que sólo un muerto podría aguantar este sol bajo cuatro chapas. Sigue sudando en su horno como un diablo en medio de sus hornallas.
Es cierto que me mira hacer y deshacer. Antes de cruzar el peaje y marcharme, les hago una última llamada a las mujeres. Me observan desde lejos. No reaccionan; es como si esperaran que yo desaparezca para cometer el abuso de cruzar gratis.
Echo una última mirada al contraluz del galpón. Me doy cuenta de que el policía tiene el rostro intacto y ha recuperado su expresión desagradable, impropia de un muerto. Está vivo. Igual a como están vivos los sapos.
Dudo en acercarme, pero no es necesario. Veo que no está apoyado en la pared sino sentado, tranquilo, en su silla, los brazos cruzados sobre el pecho, sin rastro de heridas. Sus ojillos verdes de gringo brillan en la modorra de la siesta. Creo oír que me ha hecho un comentario irónico. Una leve sonrisa bajo su bigote me hace pensar en alguien conocido.
Debiera decirle algo. Puedo despedirme o dejarle una jactancia antes de seguir viaje. Creo que se sonríe para molestarme, sin pretender más.
Estoy empezando a reflexionar en la cuestión de las emanaciones terrestres, en el sometimiento del vecindario y en la existencia del demonio. Es por el calor. Estoy sudando y deshidratandomé como si trabajara al sol.
- Lo dejo pasar porque lo veo entusiasmado en hacer el bien a otros… - me dice. Levanta un dedo de bajo su antebrazo derecho, con toda corrección.
No le creo. La verdad es que siento bastante miedo, pero no quiero alejarme en esa condición. Ahora entiendo que erré el primer golpe y que lo erré por impericia o apuro. A él no le importó esquivarlo.
- Vaya nomás – dice, sonriendo levemente bajo su bigote de nazi asqueroso – Siga ocupandosé de los derechos humanos -
No quiere darme tiempo a recomponerme; mañas de funcionario político.
La marcha, el estado propio de un viaje, puede ir dandolé sentido a los acontecimientos, ya sean sus logros o fracasos. La marcha también es un modo de resignificar un territorio, físico o temporal. Cruzarlo puede traer dignificación al horizonte y al cielo. Los días pueden convertirse en referencias que sirvan para volver extensa y visible la necesidad del viaje.
Los recuerdos, las presencias, las esperas son modos de ocupar y abrir espacios. La tentación de los viajes siempre está llegando.

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