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simon esain
chascomus - argentina
Escribo poesia y prosa breve.
Poemarios editados: Indignaciòn de Noviembre, Mayo de 1989 o El Humo, Musa Interventora, El Momento de Ahogarse.
Poemarios inéditos: U.S.Me (paraíso del acobardado) Totem (la mirada de Ulysses); BP Tangos; BP No Tangos.
Poemarios en preparación: En Nombre de mi Mamá, mi Papá, el Perro y el Gato, Muchas Gracias; BP Baladas; BP Stood Up; BP Poemas.
Prosa inédita: Las Malvinas y Otros Sueños, Enero y Otros Meses I, Enero y Otros Meses II, Enero y Otros Meses III; Setiembre y Otros Meses I, Setiembre y Otros Meses II, Setiembre Naif; BP Prosa Breve I; El Problema de Bembi; Toque a la Mano de Bronce; BP Prosa Breve II; Confesiones Falsas de un Campesino.
Durante 10 años edité desde Chascomús La Silla Tibia, medio artesanal de difusiòn literaria
Miembro fundador del Movimiento de Artistas y Artesanos de Chascomús (MAYA), a cargo de su taller literario
Miembro fundador de la Delegaciòn Chascomús de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos
Representante oficial de DEUCO, defensa de usuarios y consumidores en Chascomús
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U.S.Me (paraíso del acobardado)
Tótem (o La Mirada de Ulysses) poemario 1999-2006
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29/07/10 | 15:22: alicia dice:
hay muchas cosas que
06/12/07 | 18:08: yllen dice:
Has logrado un clima muy fuerte y con excelente descripción de lugar y de sentimientos. ¡Ecxelente!
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El basural



...sin prevenciones contra todo lo que no es común.
Pasternak ‘Dr. Zhivago’

Habíamos ido a vivir al basurero, a instalarnos en él, a permanecer día y noche en la loma sitiada del basurero, circundada por la irresolución del suburbio y el desprecio del campo tendido. Apenas consolados por unos sauces.
Tanto ir a revolver y rebuscar lo imprescindible, desde muy temprano hasta muy tarde, terminamos por decidirnos a encontrar también el principal acomodo ahí mismo, en la pila dejada de lado, ya descarnada y desangrada por nuestros ganchos, por las perradas y los ratones.
Como primer intento habíamos hurgueteado un reparo del frío o algún alero contra el calor. Luego se nos fue convirtiendo en un lugarcito íntimo donde hacer hervir la olla a salvo, donde almorzar o guardar las herramientas. Pero luego fueron mentores de la iniciativa los que la estaban pasando peor o los que debían salir temprano porque se venían caminando de muy lejos. Ellos se quedaron a pasar la primera noche entre el papelerío y las cáscaras y a la mañana siguiente hicieron comentarios aprobatorios.
Un extremo de la capa de basura, amontonada y envejecida, era alimentado día tras día por los camiones municipales. La bandada de gaviotas nos hacía evocar la estela de un pesquero llegando al puerto o la melga de un equipo arador. El terreno se había ido constituyendo con todo lo inservible: papelitos sucios, envases aplastados y reventados, hojarasca, ramerío, bolsitas y marquillas de material sintético y cáscaras, cáscaras de papa y de naranja. La capa era tan profunda que terminamos entendiendo que no necesitábamos levantar paredes para encontrar vivienda; bastaba con cavar el hueco de las habitaciones y hacer en el techo las aberturas necesarias.
Algunos vecinos más prolijos que otros, las forraron con cartón o con paños de polietileno, traídos enteros de los negocios del centro.
El olor a yerba usada y a cáscaras de papa sucia era bravo, pero después de aguantarlo durante el día poco empeoraba tenerlo de compañero hasta quedarnos dormidos. El peligro preocupante eran los incendios, los posibles contagios de fuegos nacidos bien intencionados y con subproductos fraganciosos,
Por las noches solía soñar que me quemaba vivo.
Cierto es que mi estado de ánimo no era el mejor para soñar bonito en razón de las vicisitudes que habían aplastado mi vida poco a poco, igual que la basura nueva hacía con la basura vieja. Un analista diría que por al menos armaba relaciones significantes entre símbolos y representaciones. Algo ardía y humeaba siempre en mi pobrecita alma, podía contarlo al otro día por medio de un final de pesadilla que me había hecho saltar de la almohada y que a mis compañeros hacía reír un rato.
Es cierto que nos dormíamos temprano, a poco de oscurecer, después de sacarnos el barro de bajo las uñas y engullida la cena, más que cansados de idas y venidas, con las espaldas a la miseria. Aunque a veces me resultaba difícil dormirme por ponerme a pensar en aquella chica que había enredado a mi vida y que me había largado cuando mi mujer se dio el gusto de dejarme en la calle. Pero por suerte vivía solo y no tenía que acordar con otro mis horarios.
El sol propio, el fuego propio, era algo que nos estaba vedado o limitado en nuestra pobreza. Yo era de los pocos que podíamos cocinar en un anafe usando gas envasado, y alguno hasta se lo aplicaba a una cocina achacosa que nos tiraron. Escapábamos del fogón a brasas o leña rejuntada. Pero ninguno podía permitirse la electricidad y esa era una privación importante. Todavía reiterábamos la organización individualista de los pudientes; la miseria, antes que nada, es miseria.
Alguna noche sucedió que a través de uno de los tantos pasadizos que nos intercomunicaban sin tener que gatear por afuera, una vecina me pegó el grito de aviso, diciendo que mi techo se incendiaba. Como por adentro no ocurría nada ni vi humo, salí afuera volando. Sucedía que una rueda de pendejos fumaba a unos metros de la entrada a mi cueva. Humeaban alrededor de una fogata en una olla, que les alegraba la conversación o el silencio. Tranquilizado, igual les grité que no fueran boludos, que no nos pusieran a todos en peligro. Me respondieron con el dedo mayor en alto, mostrándome la bolsita llena de puchos que tenían a su disposición.
A pesar de la precariedad mi vida no había perdido ciertas características que me eran habituales desde los buenos tiempos. Por lo general la gente se confunde cuando ve ocupados a los menesterosos en asuntos despreciables como revolver basura. No se deja por eso de soñar o aspirar. Mantenía mi rincón biblioteca, con un sitio para los útiles de escribir, a la vez convertido en mi querido puesto de observación solar, aún con cáscaras de papa, naranja o manzana colgadas del cielo raso. Siempre he disfrutado de la contemplación de las variaciones semanales de la luz diurna, y de los momentos de meditación que son su grata consecuencia, diga yo lo que diga después de meditar. La unía al acto de tomar mate tranquilo, oír la radio y hacer solitarios que me permitieran comparar el caos irremediable de la vida a un caos que podía resolver con la paciencia y la experiencia acumuladas.
En los días de verano escapaba del resplandor cenital y prefería la penumbra. Pero una cosa es buscar la sombra en verano y otra es que nos impidan poseer y compartir alguna porción del sol, del calor, de la lumbre. El hecho de que el uso del fuego se nos volviera un riesgo permanente era como una cadena en las muñecas, un signo manifiesto de estar condenados a la mengua vitalicia.
Manejar el fuego es un poder tan antiguo y principal. Hacer pasar por nuestras manos esa réplica paterna.
Al llegar el otoño recuperaba el lado sur del ambiente diario, por cuyos planos y ángulos escabrosos, gracias al ojo abierto del respiradero, circulaba despacio un tibio haz deslumbrante, que en este caso dejaba expuesta la corrupción tan lenta que me rodeaba y el apelmazamiento que consolidaba cada detalle del basural. En otros tiempos seguro que alguna situación menos evidente denunciaría, siquiera por su ocultamiento o disimulo, la gravedad y lo inevitable de la decadencia y la consecuente formación por encima de todos, de los que queríamos verlo y de los que no querían, del sofocón sobrehumano.
¿Qué quiere decir, si no. sobrehumano?
Pero el seguimiento angular de los rayos del día por mis paredes o en el piso, me mantenía en contacto con aquel poder extremo, altísimo, que no se permitía abandonarme, que me dejaba seguir anudando algún supuesto diálogo entre criatura y suprema dignidad.
Una noche sucedió lo inevitable. Creo que me quedé dormido no bien cenado, y una chispa díscola o entusiasta saltó de la sartén hollinada y quedó bien incrustada en el cielo raso junto a un papelito grasiento. Luego se convirtió en una rosa muy bella y singular para lo que era el paisaje de nuestro jardín. Esa rosa, que también es símil del ardor central, fue la que empezó a alegrarme los sueños con sus pétalos carnosos, crecientes.
Desperté sobresaltado por un incendio verdadero, algo tan opuesto en sus efectos al resplandor de lo invisible.
El humo empezaba a bajar del techo buscando mi nariz y ahogarme, pero nada me impidió saltar sobre la porosidad del muro interior y arrastrarme fuera a pura uña y manotazo limpio.
Eso sí, tuvimos una fogarata nunca vista. A los gritos los llamé a salvarse, y los ayudé a salvar sus cosas. Luego nos congregamos a testimoniar la hecatombe. Mi hecatombe.
Yo perdía todo. Los perros aullaban. Otra vez perdía mi hogar. Eso era lo que me preocupaba en el momento. Cómo no terminar de enloquecerme. Perdí mis ropas, mis cosas. Bueno, otros también perdieron cosas y su hogar una vez más. Esta noche lo hacíamos a cambio de ser deslumbrados por la gran llama perecedera.
Los teros gritaron anunciandoló.
Duró mucho tiempo la hermosa luz del ojo abierto que parpadeaba de calor y nos acariciaba un poco.
Nuevamente quedaba solo, sin pertenencias, arrasado por otro fogonazo de la conciencia.
Se nos achicharró la querida madriguera.
Cuando asomó el sol al otro día, temprano, lo que quedaba del basural nos pareció una ballena frita en medio de una sartén humeante. Los límites chamuscados estaban sobre la basura reciente, la que había llegado mojada por las canillas de las casas verdaderas, chorreada, que acá se escurría y alimentaba los almácigos de lombrices que vendíamos a los pescadores por medio de los más chicos.
Cuando llegó a descargarse el primer camión municipal, dijeron que no valía la pena llamar a los bomberos.
Correr por un teléfono para llamar a los bomberos y el suponer que los bomberos hubieran venido a ocuparse de nuestro inconveniente, no pasaba de un chiste vernáculo en tres actos. Para nosotros la verdad se parece a algo quieto, inamovible, a una gran piedra o una puerta bajo llave.
Si quisiera ponerme a dinamizar el chiste, debería empezar por averiguar si alguno de nosotros sabía el número telefónico de los bomberos, en el caso de tener cerca un teléfono y recién entonces la posibilidad de usarlo. Con esos elementos armaría el primer acto.
Para el segundo sería necesario reconstruir la conversación con el cuartelero. Hacerle entender al tipo que lo que se nos estaba quemando era el basurero municipal, pero también lo que venían a ser nuestras viviendas y lo que contenían. Y luego de convencerlo desde tan lejos del centro, ver el destello de la bomba en el cielo y oír la cascada de explosiones y el penacho de la sirena desbaratando por nosotros la tranquilidad nocturna de toda la ciudad. Por último, la espera, de pie, envueltos en nuestras últimas mudas, las caras iluminadas por la única llama concreta que había venido a visitarnos.
Y estar esperando que vinieran los bomberos a apagarla.
En realidad, la vida es movimiento. La vida es viaje, mudanza. Pero el viaje también puede ser una marcha a ningún lado. Aun cuando también sea cierto que la vida viaja al otro lado de sí misma. Uno, por más que se ofusque en algunas oportunidades, no deja de llevar esas verdades encima, que son la otra, la del otro extremo, es decir, la misma que uno busca.
Una vez más perdíamos aquello que teníamos encerrado en el corazón, en este caso nuestro, en el corazón de la basura. Cierta seguridad digna, cierta comodidad recuperada que ya habíamos perdido antes. Porque nuestro destino era el de ser incapaces de conservarlas, y fuera en cada ocasión por culpa de quien fuera, la pérdida era la que regresaba fatalmente.
Era inevitable que esto nos ocurriese, tarde o temprano. Así terminaban nuestros emprendimientos. Hasta pasaba en las villas, donde las cosas estaban mucho mejor desorganizadas.
Esta vez tuve yo la culpa. Los compañeros me dieron las gracias.
Los chicos no; los chicos me putearon de arriba abajo y me cascotearon. Por puro gusto de agredirme, por ese odio que los caracteriza.
Los compañeros me dieron las gracias por el hermoso espectáculo y por asumir toda la responsabilidad a pesar del lugar que yo me daba.
Otras veces había sucedido por culpa de la policía, por culpa de la hiperinflación, de la locura de una mujer, de alguna borrachera padre. Cada quien tenía su anécdota parecida, su justificación manida para reconocerse socio benemérito de la mala estrella.
El proceder cada vez más raquítico con que nos la arreglábamos mientras tanto, posibilitaba que los infortunios menudearan o sus menores consecuencias se nos volvieran catastróficas, como acababa de suceder.
Sin darme cuenta era un tobogán adonde había venido a sobrevivir durante tantos años y tantos sucesos pretendidamente eventuales, con los que nunca hubiera soñado antes.
De haber llegado a creer, por escepticismo, que los lindos sueños nunca se realizaban, pero alguno que valiera la pena tal vez sí, había pasado a acostumbrarme a que los peores sueños siempre terminaban por verificarse, aunque en el fondo, el peor de todos no fuera uno y ni siquiera el último.

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