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Luis Ignacio Hernandez
martinez - argentina
Nació la literatura en el preciso instante en que alguien necesitó expresar en palabras aquello que no podía ocultar en el fondo de su alma.
Quizá por eso escribo.
O no.
Quizá lo hago...
Porque...
No sé...
Quizá...
Porque...
Necesito expresar en palabras aquello que no puedo ocultar en el fondo de mi alma.
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Últimos comentarios de este Blog

03/07/11 | 01:13: stellamaris (detrasdelespejo) dice:
Hola, me has dejado estupefacta,no porque no sepa que las cosa muchas veces suceden así, que un médico no es Dios, yo tambien me pregunte algunas veces porque esta distraido? en fin, es una historia dura, cruel, como la vida misma y muy bien relatada. Te mando un beso vecino
28/08/10 | 00:40: stella Maris (detrasdelespejo) dice:
interesante, muy interesante me atrapó de tal manera que, cinco minutos antes yo ya estaba cayendo al vacío, Ja! un saludito vecino
19/06/10 | 17:40: claudia romi dice:
ese texto no es un texto informal esta mal pesimo xq el texto infformal es x ejemplo habla pata asi ps
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HAZLO LLORAR AL DIABLO BETO



HAZLO LLORAR AL DIABLO BETO


Me enternecieron su sonrisa y el leve saludo que hizo con la mano derecha al entrar al quirófano.
“ Te sacaste un peso de encima” hubiera dicho mi madre, de haberla tenido aún, dándome un beso en la mejilla.
Satisfecho y aliviado tiré mi cuerpo sobre ese monumental sillón de clínica privada que dominaba la sala de espera de ese quinto piso de clínica privada, rodeado de cuadros de clínica privada ( casi siempre, y vaya a saberse por que oscura razón, de pintores impresionistas ) desparramados sobre esas paredes de clínica privada, con ceniceros de clínica privada ( que de horribles casi nadie se afana ), pisando mis zapatos esa alfombra de clínica privada y ese horrible olor a desinfectante de hospital público que ninguna clínica privada puede disimular, por más que gasten el equivalente del PBI de Bahrein en esos desodorantes ambientales que suelen comprar las clínicas privadas.
Allá marchaba Danny a quitarse un incómodo apéndice, antes de que derivara en una más incómoda peritonitis, bajo la atenta mirada de Julia ( su madre y mi ex ) que, si el cirujano la dejase, correría sobre el filo de un bisturí al grito de “ ¡ Salvad a mi hijo, salvadlo ¡ ”.
La cosa había sido un poco complicada.
Dos horas antes miraba el video de mi última presentación en el Teatro Maravillas como contrafigura de una Silvia Zucchi ( Ernesto T. para los amigos del barrio que aún recordaban su paso por el Regimiento de Patricios en una brillante carrera de colimba terminada de Dragoneante ) que, transformada en primera vedette, soñaba con el Lido de París mientras noche por medio, aceptaba la invitación de uno esos caballeros ( que nadie nombra, pero que todos conocen) que suele ser considerado como uno de los reyes de la noche porteña.
Demás está decir que la meteórica carrera de Ernesto T. tenía mucho que ver con estas invitaciones.
A mi lado, comiendo papas fritas en descontrolado ritmo y plagando mi sobrio living de latas de cerveza vacías, el buenazo de Miguel ( mi representante ) insistía con mi regreso a la actuación y hasta era capaz de tirar cifras de seis dígitos como remuneración de futuros contratos.
Acababa de repetirle mi quincuagésimo “ ¡ No ! ”( así, a los gritos ) cuando el brillante zumbido del teléfono nos interrumpió.
¿ Beto ? – Julia parecía preocupada.
Si.
Menos mal que te encuentro. Estoy asustada – el tono de su voz no necesitaba de aclaraciones.
¿ Qué pasa ?
Danny.


( A ver, aquí debemos detenernos un poco.
De los que están leyendo esto, levanten la mano los que sean padres y madres de alguien que pueda tener dos horas de nacido o setenta años.
Ah, son unos cuantos.
Muy bien.
Voy a preguntarles algo:
¿ Es necesario que prosiga el diálogo, poniendo toda mi capacidad de seudo escritor sobre el aporreado teclado de mi PC, para volcar sobre el monitor la angustia de un padre o una madre cuando alguien los llama y, ante la pregunta de si sucede algo, le contesta sólo con el nombre de su hijo ?
Me lo imaginaba.
No es necesario.
Perfecto.
Ah, me olvidaba, los que no tienen hijos aún, debo decirles que, por más que quisiera hacer una dramatización digna de un guión premiado con el Oscar, no alcanzarían a comprender esos sentimientos.
No se apresuren.
Todo llega.
Ya serán padres algún día ).


Salí corriendo de casa, trepé a mi auto dejándolo a Miguel ( mi representante ) en el duro oficio de limpiar todo su descontrol gastronómico y una docena de semáforos en rojo más tarde llegué a esta clínica privada que, en el fondo, no dejar de ser un triste hospital camuflado de hotel cinco estrellas.
Al llegar a la habitación 502, Julia, transparente su rostro, sin dudas por el cagazo, le insitía a Danny con la operación.
Mi hijo no la estaba llevando del todo bien.
Jamás lo había visto tomarse el vientre con las manos de esa manera pero, entre lágrimas, practicaba una testaruda defensa.
No y no. A mí no me toca con un cuchillo nadie. Ni loco me dejo operar. Mirá si por este dolor boludo me van a abrir la panza al medio. No mamá. Estos médicos son todos ladrones. En cuanto llegás acá te quieren cortar porque se ganan unos buenos mangos. Insistiles mamá, vas a ver que me dan una pastilla y se me pasa todo.
Hijo, por favor – mi ex lloraba.
Noté que no se habían dado cuenta de mi llegada.
Tenía dos opciones, o lloraba también y me abalanzaba sobre mi hijo pidiendo a Dios que se dejara operar o trataba de calmar las cosas haciéndome el gracioso.
Lo pensé una milésima de segundo y opté por la risa ( para el llanto siempre hay tiempo ) ya que tengo la suerte de llevar buena onda a lugares en donde se la necesita.
Simulé la voz de Juan Verdaguer ( esa musa inspiradora que había guiado los pasos de mi carrera artística ).
Si ustedes son los de la operación ya les voy avisando que van a tener que esperar un poco. Dice el cirujano que, por más que lo intenta, no consigue sacarle el óxido al serrucho.
Se dieron vuelta en dirección a mí.
¡ Beto !
¡ Papá !
Necesité menos de quince minutos para lograr que mi hijo aceptara someterse a la operación.
Hasta, honestamente sin darme cuenta, conté un chiste sobre médicos, enfermos y enfermeros que lo relajaron definitivamente.
Y allí estaba yo, en esa sala de espera de clínica privada absorto en mi personal nube de pedos y satisfecho con mi sentido del humor que había evitado males peores, cuando se apareció surgido de la nada.
Al principio no lo reconocí.
Llevaba años sin verlo.
Fue su voz la que puso en marcha a mi memoria.
¿ Alberto Saldivar, verdad ? ¿ O debo llamarlo Beto Smile ?
Intencionalmente, demoré unos segundos en contestarle.
¿ Desea un autógrafo, caballero ?
Sonrió.
Beto, Beto. ¡ Grande Beto ! Te gritan siempre desde la platea.
Se lo veía contento.
Sus fríos y pequeños ojos azules le brillaban de una extraña manera.
Me gritaban. Hace rato que nadie viva por mí.
Tomó asiento en una silla que enfrentaba al sitio en el que estaba yo sentado.
¿ Puedo sentarme ? ¡ Ja !- No me dí cuenta y ya estoy sentado – tosió de manera fingida - ¿ La familia bien ?
Bien, muy bien, gracias – mi respuesta fue bastante fría.
En un gesto amistoso palmeó mi rodilla.
¡ Vamos Beto, grande Beto ! ¿ No me vas a decir que estás enojado conmigo después de la mano que te dí ? ¡ Vamos Beto, grande Beto !
Era justo reconocer que su trabajo lo realizaba extraordinariamente bien.
Tenía talento, simpatía y una voz entradora, canchera.
Podía habérselas rebuscado muy bien arriba de un escenario.
Y, sin duda alguna, era un tipo capaz de venderle un freezer a un esquimal.
Recordé, al instante, que entre mis bienes no figuraba ningún iglú aquella noche de verano en que lo había conocido a la salida del Teatro Playas Doradas.
Veintipico de años atrás, y en especial ese verano, Mar del Plata era una fiesta ( ¿ anda Hemingway rondado por aquí o me equivoco ? ).
El tipo fue, aquel día, muy oportuno.
Yo andaba preocupado.
Venía de un éxito en televisión.
El Club de Beto.
Cinco años en el aire.
Cuatro Martín Fierro.
Guita, guita y guita que una financiera trucha ( y un banco más trucho aún ) se me acababan de llevar.
Mi primer fracaso matrimonial con una separación de bienes incluída ( antes de conocer a Julia ) y una rotura de contrato ya que a la Marina, que manejaba el Canal en el que yo trabajaba, le había disgustado cierto comentario mío sobre un renombrado Almirante.
Además, notaba que el público no se reía de mis chistes y personajes y, tras un Enero flojo, Febrero me encontraba con el setenta por ciento de la platea vacía. Debo aclarar que muchos caminaban unas cuadras más y se meaban de risa con Olmedo, Porcel, Moria y Susana en un teatro de la peatonal San Martín.
No recuerdo si me lo presentaron o qué pero terminamos en Sinatra, un boliche que estaba sobre Av Colón, donde largué todo el rollo de mis penurias sin saber porque lo hacía ante ese desconocido.
Cuando terminé lo hice con los ojos llenos de lágrimas, tal era mi depre en ese momento, y él me consoló diciéndome que tenía una solución para mi problema.
¿ Sos libretista ? – le pregunté.
No. Algo mucho mejor. Soy el diablo. Puedo darte una mano.



( Ya sé, no me diga nada. Usted está pensando “ este reverendo hijo de una buena madre me hace leer hasta acá, con todo lo que tengo pendiente, casa, vencimientos, los chicos en el colegio, etc, etc, para salirme con la tontería esta del Diablo ”.
Voy a serle muy sincero: en su lugar yo estaría diciendo lo mismo pero le pido un favor, no falta tanto, leáme hasta el final. ¿ Sí ?. Dele, no se vaya. Siga, siga que no se va a arrepentir. )



Lo que siguió fue muy sencillo.
Como siempre, desde el Dr Fausto para acá, lo es en estos casos.
El me devolvería el éxito y yo sólo debería darle mi alma.
Así de simple y sencillo.
Tan simple y sencillo que recuerdo que me tomé todo con ese desparpajo típico que suele tener uno a los treinta años.
Esos treinta años en lo que todo te parece posible.
En donde no medís las consecuencias.
En donde pensás que sos una especie de Dios.
Y como Dios que sos, mirá si te vas a tomar en serio un pacto con el pobre gil del Diablo que, al fin y al cabo, no es otra cosa que un pobre perdedor.
Recuerdo la firma de un contrato, que sacó de un bolsillo interno de su discreto saco azul cruzado, y la despedida en plena calle yéndonos cada uno por su lado.
El trato, pensé mientras regresaba a la casa que estaba alquilando en Alvear y Castelli, me pareció muy justo.
A partir de ese momento tendría un crédito abierto de cincuenta mil chistes.
El día que contara el último él vendría, como es lógico en este tipo de arreglos comerciales, a buscarme.
Tal como él me lo había prometido volví al teatro y, a partir del día siguiente, inicié una seguidilla de éxitos que me llevaron a ser considerado el mejor cómico de la historia nacional y , como es lógico, no paré hasta darme cuenta de que chiste va, chiste viene, había comenzado a acercarme a la fatídica marca de los cincuenta mil.
Y allí estaba, enfrente de mí, en esa clínica privada en la que un cirujano de clínica privada operaba, como se opera en una clínica privada, a mi hijo de doce años nacido en una clínica privada, con carnet al día de clínica privada y el cagazo de morirse como cualquier enfermo de hospital publico.
Su presencia me hizo lamentar el peligroso hecho de no haber llevado la cuenta exacta de los chistes utilizados.
Ni me gasté en ensayar cálculos matemáticos.
Me resigné a quedarme viéndolo en silencio.
- ¿ Y Beto ? No te quedés callado. Hace un rato nomás, con esos dos últimos chistes llegaste al cumplimiento del contrato. ¿ Nos vamos ? ¡ Grande Beto ! ¡ Como te quiere la gente ! La cantidad de ejemplares que va a vender mi amigo … el dueño de la revista … con la noticia de tu desaparición – se rió – Ese es otro que firmó un contrato conmigo y ya me estoy preparando. Ocho primicias de tapa más que dé y me lo llevo. ¡ Grande Beto, que feliz me hacés !
Es lógico que, al terminar de escucharlo, no me quedó otra opción que la de hacer algo.
No podía dejarme arrastrar así porque sí.
Aunque la causa había sido justa y no sé si no volvería a hacer semejante trato de encontrarme en las mismas condiciones en las que me encontraba aquella noche en Mar del Plata, ese pequeño tema de irme con él, sin siquiera patalear, me parecía algo muy poco lógico.
Además, mis últimos chistes eran por una causa muy noble, el evitar que mi hijo entrara al quirófano con un susto de aquellos.
Llevaba meses retirado del trabajo.
Ni TV, ni teatro, ni nada que tenga que ver con el humor.
Había rechazado una película y varios contratos y la prensa solía, de vez en cuando, efectuar unas extrañas conjeturas sobre, como lo llamaban ellos, mi ostracismo.
Podía recordar amenazas de juicio por contratos rechazados, miles de cartas de mis fans y la constante hinchada de huevos de Miguel ( mi representante ) pidiéndome un regreso.
Abrí mi boca sabiendo que comenzaba a jugar con la muerte.
Para ello, tomé temblando el imaginario cubilete del destino, lo sacudí y dejé caer los dados.
Renovemos el contrato.
El Diablo pareció disgustarse.
¿ Cómo ? – hizo una pausa, seguramente a causa de lo asombroso de mi pedido - No Beto. De ninguna manera.
Vamos viejo. Al fin y al cabo los últimos chistes no fueron para ganar fama, ni guita, ni nada de eso. Fueron por mi hijo.
Estalló en una violenta carcajada y me pegó una palmada en la espalda.
Tu hijo ¡ Ja ! ¿ Y quién te crees vos que te regaló esa apendicitis ? ¿ El gilazo de Papá Noel ? No Beto ¡ Grande Beto ! ¡ Como te quiere la gente ! ¡ Fui yo !
Me sentí estafado. Me la había hecho muy bien el desgraciado.
Ya lo dice el refrán, ese verso de que más sabe por viejo que por Diablo.
No podía negar que el tipo sabía hacer muy bien su trabajo.
Pero no me importó, yo estaba hasta las manos, bien hasta las manos.
No me quedaba otra que dar vuelta el cubilete una vez más sobre el paño rojo de la mesa del Diablo buscando una generala.
Que bien me la hiciste viejo. Te felicito.
Por la reacción de su rostro supe que su ego acababa de crecer un poco.
Sonreí por dentro al ver que había conseguido un pequeño objetivo.
Y me dí cuenta de que habían salido tres aces y que tenía dos tiros más.
Decidí arriesgarme sabiendo que un poker o un foul no me servirían de nada.
- De nada Beto ¿ Nos vamos ?
Esperá. Esperá un poco. ¿ Por qué no me dás una oportunidad ? Dejame hacer una apuesta con vos.
La expresión del tipo ya no era la misma de la de un segundo atrás.
¿ Qué apuesta ? ¿ Qué querés apostar ?
Había salido otro as y me quedaba un tiro.
La posibilidad de que no me llevés.
¿ Qué no te lleve ? ¡ Mirá vos ! ¿ Y porque no te voy a llevar si tu alma ya me pertenece, o te olvidaste la noche esa en Mar del Plata ?
No, no me olvidé. Y sobre el pequeño tema de quien es el propietario de mi alma te voy avisando que todavía no la tenés.
El cubilete se iba dando lentamente vuelta y el dado comenzaría a caer de un momento a otro.
¿ Cómo que todavía no ? No jodás Beto ¡ Grande Beto ! Hiciste tu chiste número cincuenta mil y acá estoy. Esto ya es asunto terminado.
Pude ver al dado cayendo.
Si, pero convengamos que hiciste trampa.
Meditó un segundo antes de seguir hablando.
Yo no soy tramposo. Seré Diablo pero no soy ningún tramposo. Lo que le dijiste a tu hijo fueron unos chistes.
Chistes o no, me hiciste pisar el palito.
Clavó sus ojos en los míos. Podía verse toda la profundidad del universo en aquellas pupilas. Por un momento me sentí tragado por la nada, por la más fría y espantosa nada. Dudaba. La opción era de él. Tan de él lo era que hasta podía darse el lujo de no dejar caer el último dado del último tiro. Con sólo quererlo me llevaría y no tendría yo defensa alguna.
¡ Grande Beto ! Tenés toda la razón. Y bueno, que le vamos a hacer. ¿ Cuál es tu apuesta ?
Pude ver al dado cayendo sobre el tapete, girar despacio y quedar con el hermoso y negro punto del as boca arriba. Una estampida dio comienzo en mi pecho al galope alocado de mi gastado corazón. Era el todo o nada.
Si te hago llorar te olvidás de nuestro contrato. Si lo consigo, te vas tranquilo a buscar al editor de esa revista que tanto estás esperando y yo vuelvo a la actuación sin tu ayuda. Quiero ver si soy capaz de valerme por mi mismo.
Pareció alegre y muy seguro de sí al contestarme.
¿ Hacerme llorar a mí Beto ? ¡ Grande Beto ! Mirá que sos terrible vos, no podés con tu genio, viejo. Ni con las bolas al cuello bajás los brazos. Justo a mí. Hacerme llorar a mí que desde el inicio de los tiempos hago sufrir a la gente sin que se me mueva un solo músculo. Y bueno, dale. Haceme llorar Beto ¡ Grande Beto !
Me acerqué hasta poner mis labios junto a su oreja. Me dí cuenta que el Channel Nº 5 no le disimulaba el fuerte olor a azufre.
Mirá Diablo ¿ Sabés cuál es el colmo de un Papa ?
No ¿ Cuál es ?
Ir al baño y…
Se lo conté con una gracia que yo desconocía tener.
Comenzó a reírse a carcajadas, se atragantó, escupió y le faltó el aire. Creo que estuvo muy cerca de mearse encima y cuando Julia ( mi ex ) vino a decirme que Danny estaba bien, que la operación había sido un éxito, mi buen amigo el Diablo seguía sin conseguir un pañuelo para secarse las lágrimas que me chiste le habían ocasionado.
Un “ ¡ Grande Beto , lo lograste! ” fue lo último que escuché de sus labios.
Se fué sin que pudiera presentarle a mi ex y el abrazo, que me dió al marcharse, aún me quema en la espalda cuando lo recuerdo en mis noches de insomnio.






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Comentarios de nuestros lectores - Escribí tu comentario
10/06/08 | 15:04: carlos dice:
Quisas ,talves,algun dia te enfrents verdaderamente con migo y espero que si me hagas llorar de risa,pero es algo imposible muy bueno lo tuyo te felicito deberias escribir mas en blog.atte, carlos
porch911@mixmail.com
 
05/03/08 | 05:13: Viviana-Lebami (Blog Abanico de luces/Foro Poesía) dice:
Hola Luis. De vez en cuando mis pasadas por los blogs me revelan algún destello, y esta vez eran estas dos joyitas. Te felicito, tus relatos tienen el ritmo de la calle y la soltura de un tramposo, como ese diablo. Buenísimo! Un beso.
enfermeria@amplast.com.ar
 
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