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Luis Ignacio Hernandez
martinez - argentina
Nació la literatura en el preciso instante en que alguien necesitó expresar en palabras aquello que no podía ocultar en el fondo de su alma.
Quizá por eso escribo.
O no.
Quizá lo hago...
Porque...
No sé...
Quizá...
Porque...
Necesito expresar en palabras aquello que no puedo ocultar en el fondo de mi alma.
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Últimos comentarios de este Blog

03/07/11 | 01:13: stellamaris (detrasdelespejo) dice:
Hola, me has dejado estupefacta,no porque no sepa que las cosa muchas veces suceden así, que un médico no es Dios, yo tambien me pregunte algunas veces porque esta distraido? en fin, es una historia dura, cruel, como la vida misma y muy bien relatada. Te mando un beso vecino
28/08/10 | 00:40: stella Maris (detrasdelespejo) dice:
interesante, muy interesante me atrapó de tal manera que, cinco minutos antes yo ya estaba cayendo al vacío, Ja! un saludito vecino
19/06/10 | 17:40: claudia romi dice:
ese texto no es un texto informal esta mal pesimo xq el texto infformal es x ejemplo habla pata asi ps
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salvador scaramuzza, el último juglar



Salvador Scaramuzza, el último juglar



Pide permiso señores la pena acongojada para ubicarse en el medio exacto de nuestros corazones cuando asoma, detrás del horizonte arrabalero, un nuevo aniversario de aquella aciaga jornada.
El pecho macho se arruga y nos reprime la hombría una lágrima traidora que busca teñir de amargura este recuerdo sentido, este homenaje sin tregua, esta llaga hecha letra sobre el gélido papel.
Nada más desolada, nada más fría que una heladera en casa pobre dijo alguna vez Pantaleón López, aquel sabio poeta de la calle Brandsen.
El solitario nunca tiene a nadie alrededor, agregaría yo, entre mis humildes musas, que ni al tobillo le llegan a las de ese ilustre escritor.
Y es, sin dudas, ese el sentir macho que hoy nos reúne. El que, a la deriva abandonado, navega en el mar de la soledad. Ese mismo mar que a él lo hizo desaparecer y a nosotros ingresar en la desdibujada bruma del que está solo y espera.
Que se puede decir, que se puede contar, que se puede derramar, sobre la gruesa pátina del sentir incorrupto de esas masas populares que supieron alimentar sus emociones con la llama, inextinguible, del arte inigualable de Salvador Scaramuzza, el último juglar.
Todo. Nada. La mitad. Un cuarto. Deme 200 gramos de paleta sanguchera, Don Antonio, y una cerveza bien fría.
Perdón...
Perdón, pero traviesa se va la mente hacia otras playas cuando el sentimiento la sacude hasta sus más íntimas fibras.
Volviendo a nuestro inolvidable artista, decir se debe que no vino a este mundo.
No señor.
El mundo, huérfano de hombres de valía, le pidió, le sugirió, que digo, se arrastró por el fango para que Salvador Scaramuzza, el último juglar, viniera hacia él.
Y desde el inicio nomás, demostró que la palabra debía ser ley y nació abriéndose paso entre los hígados y el riñón de su casta progenitora. Cumpliendo, una vez más, con el destino de los elegidos. Porque tuvo, como el altísimo, un padre carpintero llamado José y una madre, ama de casa, llamada María.
Eso si, faltó el pesebre porque, al fin y al cabo, La Boca no es Belén.
Pero, casi como al Nazareno, una mísera pieza de inquilinato de la Calle Olavaria fue la cita de honor para que tres vecinos, que todos los años nuevos se ganaban veinte guitas haciendo de Reyes Magos en la tienda La Preferidita de Av. Patricios esquina Almirante Brown, le trajeran una camisetita de Casa Gessel, comprada gracias a algunos de esos ahorros que los pobres tienen por la dudas.
Glicinas y malvones, la parra del vino casero, veinte piezas, la letrina, aquella que cose y cose hasta que da el mal paso y alguno la descose, una tísica a la que vence un amor no correspondido y el compadrito, que a hierro mata y a hierro muere, fueron los apóstoles mudos que le obsequió el arrabal.
Y creció Salvador. Creció para arriba. Para abajo. Para los costados. Y hasta para adentro. Aunque el alma de los nobles, de pura tímida nomás, no deja que vean su inmaculado rostro hasta que su propietario tenga la edad suficiente para demostrar su bondad.
Y si pasó con otros, a lo largo del polvoriento camino de nuestro marchito planeta que alguien bautizó siglos, con nuestro juglar también pasó.
Hubo un tiempo para crecer, un tiempo para jugar, un tiempo para dormir, un tiempo para caminar, un tiempo para aprender y muchos tiempos más que no les quiero decir para no hacerles perder más tiempo.
Sin dudas ( si alguno las tiene por favor, levante la mano ) en la vida de Salvador Scaramuzza, el último juglar, existieron marcados a fuego por la yerra del Altísimo sobre la rugosa piel del destino, un antes y un después.
Un antes y un después, digo y repito, de aquella tarde de Marzo en la que le dijo a su santo padre José ( ojalá Dios lo tenga en la gloria y le haya puesto una carpintería en el cielo para hacerle amena la eternidad ) aquellas cinco palabras limpias de todo pecado:
Padre, quiero tocar el violín.
Detengamos la marcha y que nuestras cabalgaduras abreven del cristalino arroyo de la verdad.
Que dos minutos la historia nos preste para analizar esta frase que comienza con un “ padre ”.
¿ Sabía Salvador Scaramuzza, el último juglar, que José era su padre ?
Es de pensar que sí, porque ya sabía leer y en la libreta de casamiento que su madre guardaba, junto a los diez pesos que eran el tesoro familiar, en una lata de Bizcochos Canale, podía leerse clarito, después del nombre del padre, un nombre y apellido y ellos eran, como no podía ser de otra manera: José Octavio Scaramuzza.
Siempre el padre de un niño es la mitad del milagro de la vida que nos deja sobre este planeta tierra.
Por eso Salvador Scaramuzza, el último juglar, se dirigió a José, y no a otro, porque era su padre.
Ahora pensemos un poco en el “ quiero .”
Algunos, después del quiero, dirán treinta y tres y nos ganarán, hasta quizá de mano.
Otros, para los que el amor no es algo que pueda tirarse, venderse o regalarse, sabrán que el decir quiero es ese acto humano, si lo hay, en el que se pide, se suplica, se ruega y hasta se corta uno las venas, si es necesario, por cariño, comprensión, resguardo y tibieza.Esa misma tibieza que la rosa le pide al sol al llegar la primavera.
¿ Sabía Salvador Scaramuzza, el último juglar, lo que significaba quiero ?
Es de pensar que sí, ya que varias veces había dicho, ante una apremiante necesidad: quiero gofio, quiero chuenga, quiero caramelos media hora, quiero naranjín, quiero gritar que te quiero, que me desespero por ir a buscarte.

( Perdón, perdón por este lapsus, los años sesenta a veces me juegan una mala pasada.
Pero dejemos los sesenta y sigamos en los años veinte que por ahí vamos muy bien ).

No nos pueden quedar dudas de que él sabía muy bien el significado de un “ quiero ”.
¿ Y qué me dicen del tocar ?
¿ Sabía lo que significaba tocar ?
Es de pensar que sí ya que varias veces había tocado cosas. La teta de su madre cuando pequeño al amamantarse. El bigote de su padre. La suavidad de su único oso de peluche, llamado Miguelito, que era su fiel compañero en el lecho pobre pero limpio y digno del conventillo. Las papas hechas puré del discreto puchero. Su propio rostro y, si de algo sirve el clararlo, las redondeadas partes de una vecinita jugando al doctor ( o al enfermero por que difícil podría salir un médico de esa honrada, pero carente de medios, casa de inquilinato ).
Ya lo dijo Pantaleón López, aquella noche memorable del Café El Nacional en que suspendió su función el eterno Osmar Maderna por tener una uña encarnada, “ no toca el que sabe tocar, sino el que puede tocar ”.
¡ Qué verdad señores !
¡ Qué verdad!
Próximos estaban los tiempos en los que nuestro juglar demostraría lo que es tocar.
Pero me interrogo a mí mismo, ya que soy el único del que suelo obtener una respuesta , y la duda surge como ese tibio rayo de sol lo hace a través de las más negras nubes de tormenta:
¿ Sabía Salvador Scaramuzza, el último juglar, el significado de la palabra “ el ” ?
Es de pensar que sí ya que cuando veía un perro, lo señalaba y decía “ el perro ”, cuando veía un gato, lo señalaba y decía “ el gato ”, cuando veía un árbol, lo señalaba y decía “ el árbol ” y cuando veía a su padre, lo señalaba y decía “ el cornudo ”.
Aunque tal apelativo soez era fruto de la envenenada lengua de la esposa del verdulero, quizá desairada en amores por esa fría indeferencia de José ( para la cual no existía otra mujer que no fuese su inmaculada María ).
Qué le vamos a hacer.
Pago chico infierno grande, según Payró y “ paga poco, la deuda sigue ” me dice siempre Abraham Sindivosky al que le debo aún parte de las adustas pilchas que me cubren.
Por último, nos queda el violín.
¿ Sabía Salvador Scaramuzza, el último juglar, el significado de la palabra violín ?
Es de pensar que sí ya que se lo había dicho a su padre.
Padre, quiero tocar el violín.
Y todos sabemos ( el que no lo sepa deberá venir mañana acompañado de su padre, madre o tutor ) que cuando alguien quiere tocar algo, sabe bien de que está hecho lo que quiere tocar y no me vengan ahora con que no sabían que esa materia blanca y blanda eran las santas nalgas de mi hermana, flor de hijos de una reverendísima madre.
Pero está bien, no huyan. Parece que a ella le gustó.
Prefiero, en cambio, que se queden porque detrás de la intención de tocar el violín Salvador Scaramuzza, el último juglar, ocultaba un deseo imposible de cumplir.
Ya lo decía Eduardo West García en su libro “ Scaramuzza, un sentimiento ”
“ Salvador nunca quiso tocar el violín por el mero hecho de hacerlo. Fuentes bien informadas nos han permitido saber que Scaramuzza en ese instrumento veía reflejada la imagen del Nazareno crucificado en el Monte del Calvario mientras la lanza del romano ( el arco ) se introducía en su costado ”.
¡ Qué me dicen señores !
Nuestro santo varón veía en el violín al Cristo Crucificado. Y eso que jamás había probado hasta entonces la ginebra porque sino hubiera visto a Evita bailando con el gringo ese de Travolta en Fiebre de Sábado por la noche mientras los pelilargos esos, que dicen hacer música, de los Bee Gees no desafinaban ni una sola vez, Tigre ganaba la intercontinental y yo dejaba de necesitar el viagra.
Imaginen la escena.
No, la de la película no.
Lo de Tigre tampoco.
¡ Maleducado, lo del pequeño apoyo farmacológico, que ciertas tristes noches suelo necesitar, menos !
Lo que quiero expresar es que imaginen la escena del padre y del hijo saliendo del conventillo, llegando, tranvía de por medio, a cierta reconocida casa de instrumentos musicales de la calle Sarmiento y siendo recibidos por Alberto Santagada Ordóñez, vendedor calificado adscrito a la gerencia.
La tímida pregunta, leve como la tos de la Margarita Gotié mientras afuera Paris se desgrana de invierno en esos blancos copos de nieve que a la vida no perdonan.
¿ Señor, tendrá un violín para mi hijo ?
Y la respuesta, seca, llana, sin matiz alguno de emoción, que transmite la profesionalidad del oficio de vendedor:
Violines no me quedan pero aún tengo este laúd y a muy buen precio.
Violín, laúd.
Laúd, violín.
Madera y cuerdas.
Cuerdas y madera.
Falta el arco.
Pero que importa si tampoco trajimos la pelota.
Ni la garnacha, ni el moscato, ni el carlón.
Ni un champagne tampoco.
Un champgne como el que probará el 16 de Julio de 1932, cuando termine de componer su primera sinfonía para laúd, violín, bandoneón y organito con loro verde y amarillo llamada “ Madrigal ” en el baño de la confitería La Perla de Once ( ¿ o fue en esa mesa de la confitería Odeón de Suipacha a pasos de Corrientes ? ).
Como se mezclan las cosas, mi amigo, con los años.
Sinfonía que es en esencia un tango que anticipa a Piazzolla y que juega, desinhibido, sobre las atrevidas olas de la vanguardia.
Porque Salvador Scaramuzza, el último juglar, de la mano de su amigo Rotundo Chávez, alias “ Jazmín ”, su eterno compañero de juergas y de pieza en la pensión Doble mano, ha ingresado, casi sin darse cuenta, en el tortuoso camino del 2x4.
¡ Qué me dicen !
¿ Cómo ?
¿ Que del fondo no se escucha ?
Perdón, no se preocupen, voy a elevar el volumen de mi argentina voz.
Como les decía...
¿ Qué ?
Bueno, disculpen que grité pero como me dijeron que no escuchaban...
Como decía.
Podemos mirar como nos llega, desde el fondo de la prehistoria tanguera, la obra, inolvidable por cierto, de Luis Fajardo titulada” Tango, historia, leyenda y que sé yo que más ” en cuya página 76 del tomo 1 nos cuenta:
“ Santagada Ordóñez les mostró el laúd.
Padre e hijo lo miraron.
Es de madera y tiene piolines – dijo el padre.
No tiene arco pero es mucho más grande. ¿ Lo podemos llevar ? – contestó el niño.
Y el humilde carpintero, ante el brillo emocionado de los metálicos ojos de Salvador Scaramuzza, el último juglar, cuenta las monedas con esos dedos hechos callos de tanto gambetear traicioneras astillas y el niño toma el instrumento por vez primera mientras el vendedor comenta:
Los felicito por su compra. No se van a arrepentir. Y – hace dos pasos hacia un mostrador pequeño que estaba a su derecha y toma un grueso disco de una pila bien ordenada – lleven esta grabación de “ La Banda de Alejandro ” grabada por Bing Crosby y Al Jonson que nuestra empresa regala a cada uno de sus clientes.”
Lo que sigue es lo de siempre en la vida de todo artista.
Largas y tediosas jornadas de aprendizaje en los que el talento quiere desbordar pero no hay por donde y una nota se encolumna detrás de la otra y 10x10 hacen 100 y 1000x1000 son un montón y el primer faso queda relegado por un arpegio y la primera mina por las redondeadas formas del instrumento y la colimba lo rechaza, confundiendo como siempre a la inclinación artística con no sé que falta de hombría, y Salvador Scaramuzza, el último juglar, sigue y sigue, impertérrito, inconsciente, insondable, inodoro, insípido e incoloro.
¡ Pero que joder carajo !
¡ El no es agua !
¡ No señor !¡ Y debemos gritarlo a los cuatro puntos cardinales !:
El es más grande que el agua, que la soda y hasta que un champagne Pommery, él es mucho más.
El es ese joven ejecutante de laúd que tiene la osadía de llevar su instrumento al campo de juego de una música poblada de bandoneones, guitarras y contrabajos.
Un audaz.
¡ Que digo !¡ Un valiente !
Un obcecado valiente que llena nuestros pechos con la gris melancolía orillera que Manzi bosquejó en sus versos y Troilo pintó en su bandoneón.
Y pongo aquí palabras del texto de Amalia Petrona Galvé Nocort titulado “ Salvador Scaramuzza, un hombre, una vida ”.
“ Madrigal es el primer tango sinfónico que nace a la luz en plena década del 30, esa en la que a Irigoyen lo embalurdaron y a Scaramuzza me lo ignoraron.
La pieza en cuestión fue estrenada en el Teatro Pablo Podestá de Rioja y Caseros el 12 de Agosto ante una nutrida concurrencia.
Es duro decirlo. Era una obra conceptual que no fue comprendida por los espectadores. Se recuerda aún por Parque Patricios que estos se sintieron estafados ya que pensaron, mientras iniciaban el destrozo de la sala de espectáculos, ( que de violenta motivó una represión popular que hizo recordar a algunos a la llevada a cabo en la huelga de los Talleres Vasena allá en los tiempos de la Semana Trágica ), que Madrigal era el nombre de un caballo de carreras ”.
Cuentan algunos amigos que Salvador Scaramuzza, el último juglar, pasó varios días, encerrado en la pensión, dudando entre seis genioles disueltos en un vaso de Limonada Rouge o un vaso de Emulsión Scott con algo de Fluido Manchester como pasaporte a esa triste muerte que era su único destino.
Se agrega que ya tenía las pócimas preparadas cuando quiso la eterna providencia que nos da y nos quita, que entrara su inseparable Rotundo Chávez, alias “ jazmín ”, con una grande de mozzarela de Banchero y todos hemos conocido de la debilidad de Salvador Scaramuzza, el último juglar, por ese manjar italiano que a todos sienta bien.
Pasó la tormenta, asomó el sol del 25 sobre el herido corazón de nuestro juglar y las aves regresaron a sus nidos y llegó la primavera y la pena dejó paso a la alegría y en Navidad estaba tibia la sidra y frío el potaje de lentejas con los que festejó las fiestas en compañía de sus padres.
Dice Ernesto Urquijo en su obra “ Scaramuzza ¿ Fue o se hizo ? ”.
“ 1933 marcó un retorno de Salvador a la creación musical y de su vena artística surgió, inspirado sin dudas en los versos del eterno poeta inglés nacido a orillas del Río Avon, la sangre embriagadora de su Sinfonía Número 2 para Laúd, Piano, Bandoneón y Cornetín también conocida como el “ Mercader de Venecia ”.
Dicha pieza musical fue estrenada, por sugerencia de sus amigos ( que le dijeron que quizá Parque Patricios no estaba preparada para su talento ) en el Teatro York de Olivos el 22 de Mayo de ese año.
Es duro decir que el fracaso tocó nuevamente la puerta de nuestro creador. Apenas transcurridos 10 o 15 minutos los espectadores comenzaron una lucha sin tregua contra el sueño y, para el final de la ejecución, el único despierto era un compadrito llamado Osvaldo Roggeroni que le sugirió un carnoso sitio para guardar su instrumento y que usara el nombre de la obra para bautizar un stud ”.
Una vez más la depresión regresó a su prolijo nido en el criollo pecho de Salvador Scaramuzza, el último juglar, y ,a causa de un absurdo conato de suicido, en la forma de una extraña pócima de Pineral mezclado con Formitox, terminó en el Hospital Argerich donde una cánula rectal salvó su vida.
Amigos, cualquiera de los aquí presentes habría abandonado la lucha para dedicarse a tareas menos importantes y mucho más confortables como la de lavar cadáveres en alguna cochería o limpiar los baños de Estación Retiro, pero él se levantó de las cenizas como el Ave Fénix, se alisó los bigotes como el Gato Félix y encaró el combate contra las ignorantes hordas al grito de “ ¡ Volveré y seré corcheas !
Dejo paso a Arturo Roncalves que dedica un capítulo entero a Salvador Scaramuzza, el último juglar, en su libro simpático y ameno como un dibujo de García Ferré, llamado “ Tango, los vencidos que Corrientes destruyó ”.
“ Repuesto del fracaso del “ Mercader de Venecia ” intenta una tercera obra, también inspirada en los textos de ese inolvidable hijo de la rubia Albión, que va a ser la última y que lleva el sugestivo título de La Fierecilla Domada .
Esta composición se destaca por el virtuosismo de Scaramuzza que permite un solo de laúd de 58 minutos con 32 segundos, considerado en su momento, por el libro de los records de Jabón Federal, como una marca sin igual en el planeta.
Esta vez Scaramuzza rompe con la sociedad musical de nuestro país y parte en el vapor de la carrera rumbo a Montevideo.
Declarada la obra, sin dudas por error, de interés nacional por el gobierno uruguayo ( sin haber sido escuchada previamente ), es estrenada en ese magno refugio de la lírica que es el Teatro Solís.
Lamentablemente, Scaramuzza es nuevamente incomprendido y el escándalo que provoca en dicha sala teatral ocasiona, días después, el golpe militar del General Solórzano Iturbe que alejará la democracia, como forma de gobierno, durante casi tres décadas, en nuestro hermano país ”.
Señores, ya todos sabemos que cuando la suerte es grela los timbres se quedan sin pilas.
Es el fin.
Salvador Scaramuzza, el último juglar, se sumerge en un infierno de cocó, alcohol y cigarritos Avanti.
Durante un año se diluye su imagen en sórdidos cafetines de fáciles mujeres y difíciles vasos que se vacían en su estómago destruyendo su hígado.
Pero a toda noche le llega el día y a los mosquitos un buena rociada de Flint.
El milagro surge casi de la nada, pero su inseparable compañero, en las buenas y en las malas, Rotundo Chávez, alias “ Jazmín ”, resulta ser amigo del vecino de la tía del primo del cuñado del vigilante de la Federal que saluda todas las tardes a Tito Lusiardo cuando este compra, día por medio, 100 gramos de salame picado grueso, un cuarto de reggianito y una botella de Fernet en el almacén “ La Cándida Española ” de Gallo esquina Corrientes.
Scaramuzza – Chávez – Tito Lusiardo – Gardel.
Ni más ni menos las estaciones de una imaginaria línea férrea que puede unir al juglar con el zorzal ( y perdonen la rima, pero no he sabido como evitarla ).
La cosa nace bien y, casi como de milagro, el que cada día canta mejor, invita al eximio ejecutante de laúd a que lo visite para escuchar sus composiciones.
La cita tiene lugar y fecha :
Bogotá, Colombia, el 23 de Junio de 1935.
No quiero emocionarlos con el relato dulce y cadencioso de la colecta organizada en La Boca para que su crédito pudiera llegar a la reunión.
Guita sobre guita, mango sobre mango, carrera de embolsados, tiro al negro, pase inglés, poker, sodomía, estupro, secuestro seguido de muerte.
Todo sirve para juntar los quinientos nacionales que cuesta el pasaje en el Princesa Bonita que saldrá, al fin, llevando a bordo a Salvador Scaramuzza, el último juglar, entre sentidas ovaciones rumbo a un destino de gloria.
Vienen a mi memoria los relatos de aquellos testigos que definieron el encuentro entre esos dos grandes como otra Guayaquil y otros Bolívar y San Martín y , de todos ellos, elijo a Arístides Poronoi, quien mejor relata lo sucedido en las páginas de “ Vida y Obra del Zorzal Criollo, es decir: Carlos Gardel ”.
“ Fresca estaba la noche en Bogotá y Gardel ( que venía de cantar “Tomo y Obligo ” en la emisora de radio “ La Voz de Víctor ”) escuchó a un desconocido Salvador Scaramuzza, el último juglar, durante ocho horas hasta que, milagrosamente, dos cuerdas del laúd que dicho músico empuñaba se rompieron.
Suspiró el morocho y guiñándole un ojo a Le Pera, que en silencio, en un rincón, imaginaba un asesinato, le dijo tiernamente:
Dejámelo ver, pibe, capaz que a los gringos de la Paramount le interesa lo tuyo. No te hagás ilusiones pero, a lo mejor, se puede hacer algo.
Y saludó al prolijo ejecutante despidiéndolo de forma amable.
Una vez que El Zorzal comprobó que este ejecutante de laúd se había retirado, se hincó de rodillas y rezó el Padre Nuestro en noruego de atrás para adelante y de adelante para atrás agradeciendo al Creador que el laúd no resistiera la prueba.
Según datos que no he podido confirmar, algunos, sabedores de este encuentro, han arriesgado la hipótesis de que el luctuoso accidente ocurrido en una escala técnica efectuada en Medellín el 24 de Junio, en ese poco amigable trimotor F 31, no fue otra cosa que un suicidio en masa. Concepto que no encuentra, como es lógico, ningún apoyo de mi parte ”.
Ven amigos que increíble el destino de nuestro Salvador Scaramuzza, el último juglar. Nadie de los aquí presentes desconoce que la tarde siguiente, la parca rea se lo llevó a Carlitos y el juglar se quedó desnudo de ropas y elevando la voz.
Dicen que en ese momento, su pobre y angustiado corazón no pudo más y que fue el cerebro quien jugó la última mano de ese truco nefasto contra la desgracia haciéndolo caer en los abismos de la locura.
Los años cuarenta y cincuenta pasaron frente a las ventanas del Hogar Margarita Remedios Pino Hueco del Solar donde manos amigas depositaron al músico en un vano intento de regresarlo a la vida normal.
Todo falló. Las duchas de agua fría. Los calmantes. Los ayunos. Los laxantes. Los electro shock. La corona de espinas. Los clavos en las muñecas y los tobillos. Leerle en voz alta la colección completa de Corin Tellado.
Nada funcionó.
Imaginen al pobre Salvador Scaramuzza, el último juglar, que el 12 de Noviembre de 1968 consiguió escapar, inconsciente de su locura, disfrazado de perchero ( se ignora como lo logró ) de dicha institución para enfermos mentales.
Su vagabundeo, una vez en libertad, lo llevó lejos de allí.
Supo de rutas solitarias. Trenes en calidad de polizonte. Y la llegada, que a la postre le resultaría fatal, a la ciudad de Mar del Plata, La Perla del Atlántico, La Feliz, La “esto siempre el mismo quilombo ” .
Dejo el final de este homenaje a la exquisita pluma de mi amigo y consejero Félix Nardini que nos pinta el momento más amargo en la vida de nuestro artista:
“ Era la tarde del 5 de Enero de 1969. Los pibes preparan el pasto y el agua para los camellos y los zapatitos para los regalos que, seguramente, esa noche les traerían los Reyes. A la sombra de uno de los lobos marinos de La Rambla Salvador Scaramuzza se protegía del implacable sol del estío. Al vagar sus ojos entre las bikinis diminutas de las niñas y los shorts ajustados de los niños pensó en su amigo Rotundo Chávez “ alias Jazmín ” y una música, que se inició de forma espontánea, lo volvió a esa su realidad de enfermo mental. Debía reconocer que no eran ni el ritmo ni los tiempos los mismos. Esta melodía era mucho más veloz. Pero no pudo dejar de reconocer que esa sucesión de notas era la reproducción exacta de su incomprendida obra “ El Mercader de Venecia ”. Se puso de pie y descubrió que el sonido provenía de uno de esos raros aparatos para pasar discos que los pibes llamaban Wincofon. Pudo ver a su izquierda que unos jóvenes escuchaban esa melodía, por él tan querida y sufrida, en un barcito mientras comían una picada de mariscos. Se acercó al grupo con temor. Sufrió una profunda emoción.
Era su música. Su Música ( así en mayúsculas ). Toda su vida apareció ante sus ojos. Su padre, el laúd, el baño de La Perla del Once ( ¿ o la mesa de la Confitería Odeón ? ), el Teatro Pablo Podestá, el Teatro York, el Teatro Solís y Carlitos, el eterno Carlitos que cada día canta mejor. Era el reconocimiento de su arte. Más veloz, quizá como los tiempos que le tocaban vivir, alcanzó a pensar entre los barrotes de su insanía. Pero era una de sus obras más queridas y alguien lo había honrado tocándola en forma de homenaje a su talento. Homenaje tardío pero homenaje al fin. Se acercó. Iba a presentarse e informarlos de que él, y sólo él, era el autor de esa obra de arte cuando una lírica, de la cual no era su autor, apareció navegando sobre fusas, negras y corcheas:


Vagando por la calles, mirando la gente
pasar, el extraño del pelo largo,
sin preocupaciones vá.

El grito desgarrador de Scaramuzza fue escuchado desde Mar Chiquita hasta Miramar y desde un barco en alta mar hasta Balcarce, despertando, sin duda de la siesta, a aquel grande que fue nuestro inmortal Chueco Fangio.
Nada ni nadie pudo detenerlo.
Cubrió en menos de cinco segundos la distancia que lo separaba del mar y se sumergió en las aguas entre un gordo de malla amarilla y una chica de bikini bordó. Ni la zambullida desesperada de los bañeros, ni el rastrillaje de la prefectura, ni el helicóptero rojo con la publicidad de Jockey Club, ni los buzos tácticos, ni la Armada ( casi en su totalidad traída de apuro de Puerto Belgrano ) pudo encontrar el cuerpo de Salvador Scaramuzza.
Fue, sin duda alguna, el final trágico de un alma noble. ”
Y así, agradeciendo la prosa de Nardini, queridos compañeros de la Peña “ Scaramuzza vive en cada laúd ” no me tengo más nada que decir.
Mi voz se ha secado.
Mi cuerpo yace destruido sobre la desnuda ladera de la más grande tristeza en forma de montaña que hombre alguno pueda escalar.
Y me despido, entre lágrimas con el firme convencimiento de que en cada cortada de arrabal, en la que un laúd derrame sus notas, estará flotando siempre el alma bondadosa, juguetona, divertida y amigable de nuestro Salvador Scaramuzza, el último juglar.
Muchas gracias.




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Comentarios de nuestros lectores - Escribí tu comentario
19/11/08 | 05:36: gaviota dice:
Bellísimo Luis; no sólo por la narración fluía, tierna, por momentos triste y en otros tan graciosa y además por esa picardía nostálgica con los años 60 que también son los míos (soy del 61 también) ...definitivamente muy bueno lo suyo don piq piq
lameladriana@gmail.com
 
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