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Luis Ignacio Hernandez
martinez - argentina
Nació la literatura en el preciso instante en que alguien necesitó expresar en palabras aquello que no podía ocultar en el fondo de su alma.
Quizá por eso escribo.
O no.
Quizá lo hago...
Porque...
No sé...
Quizá...
Porque...
Necesito expresar en palabras aquello que no puedo ocultar en el fondo de mi alma.
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Últimos comentarios de este Blog

03/07/11 | 01:13: stellamaris (detrasdelespejo) dice:
Hola, me has dejado estupefacta,no porque no sepa que las cosa muchas veces suceden así, que un médico no es Dios, yo tambien me pregunte algunas veces porque esta distraido? en fin, es una historia dura, cruel, como la vida misma y muy bien relatada. Te mando un beso vecino
28/08/10 | 00:40: stella Maris (detrasdelespejo) dice:
interesante, muy interesante me atrapó de tal manera que, cinco minutos antes yo ya estaba cayendo al vacío, Ja! un saludito vecino
19/06/10 | 17:40: claudia romi dice:
ese texto no es un texto informal esta mal pesimo xq el texto infformal es x ejemplo habla pata asi ps
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Este libro no pretende apagar tu sed. Unas veces será agua y otras, arena. No hay por qu&e... Ampliar

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mis alas, las suyas y un poeta llamado Miguel



Mis alas, las suyas y un poeta llamado Miguel


Gracias Ursula por hacer
que descubriera mis alas.


Quizá el misterio de la vida esté encerrado en ese acto, tan simple y tan complejo a la vez, de volar.
Quizá el tiempo que transcurre entre el nacimiento y la muerte no es otra cosa que correr detrás de un par de alas, que nos han sido asignadas y que, en algún inesperado lugar, nos aguardan.
Ese par de alas que nos permitan llegar, al fin, al mágico sitio en el que los sueños se hacen realidad.
La verdadera realidad, la que vale, la que sirve, la que nos es útil, la que nos hace darnos cuenta de que todo tiene un sentido y nos quita, de una vez y para siempre, la sensación de estar durando y no viviendo.
La diferencia entre servir para algo o ser una mierda.
Una mierda como un cadáver.
Como su cadáver.
Al que con toda la fuerza de mi alma negué.
Quizá por la absurda idea que me acompañó siempre, desde la muerte de mi madre, de que todo ser vivo entrega su alma y se transforma en un absurdo envase, eternamente vacío.
En pocas palabras, pasa a ser alimento para sepultureros y gusanos.
Preferí, en cambio, imaginarlo vivo, plenos de aire sus pulmones y un sueño, su sueño, convirtiendo en soles a sus ojos negros.
Bien sabido es que el soñar no cuesta nada y que a veces dos segundos inmersos en uno de ellos constituyen algo por el que muchos están dispuestos a perder la vida.
Y yo, por un escaso tiempo, fui propietario nomás de mi propio sueño.
¿Cómo andás? – me había preguntado Horacio seis horas antes de la catástrofe mientras era ruido de cucharas el almuerzo en el geriátrico.
Bien, muy bien. Todo Ok – había contestado seguro de mí mismo, por vez primera en mucho tiempo, ignorante de la tormenta bruta, indisciplinada, feroz, que el destino me andaba preparando por allí. En alguno de esos odiados sitios, donde cada tanto, Satán juega al poker con Dios y lo vence.
Si dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis y la farolera no miente y al pan pan y al vino vino, el que cada abuelo tuviera su medicación y alimento me brindaba la tranquilidad necesaria que me permitía pisar seguro, por primera vez, las baldosas de ese patio desprotegido que algunos llaman vida.
Recuerdo que antes de la charla con mi tío, unas cuantas semanas atrás, la cosa no me andaba muy bien.
Tampoco bien.
Hasta podría decirse que de regular para abajo.
Falta de suerte.
Exceso de gastos.
Algunos balances que no cerraron bien en un cargo anterior.
Unos arqueos de caja, un poco caprichosos, en el último lugar del que había sido licenciado a la fuerza.
Un pequeño problema con la esposa de un colega que, malinterpretando una noche de joda con un amor para toda la vida, no tuvo mejor idea que hacer abandono del hogar para aparecerse por mi casa, llorando, a las cuatro de la mañana.
Y dos “entrañables amigos” que una noche me habían sugerido que les pagara una “pequeña deuda de juego”.
En fin, esas pequeñas cosas que hacen la vida “más dulce.”
Mirá, te la voy a hacer lo más clara posible. Soy el hermano de tu finada madre. A vos te quiero mucho pero esta es la última posibilidad. No te puedo negar que como Intendente tengo el suficiente peso como para bancarme más de una, pero las boludeces que te mandaste en los dos puestos anteriores hacen que mi posición frente a la conducción general del Partido se me haya tornado un tanto incómoda. Si fuera por ellos y grabate esto bien en la cabeza– me clavó su dedo índice en la frente - ya estabas afuera. Pero negocié. No té imaginás como negocié. Al final, conseguí que aceptaran tu cargo como director del Hogar de Ancianos. Acordate, te estás jugando las últimas fichas a una ruleta que te anda un poco esquiva. Ojalá tengas suerte porque, en caso contrario, vas a tener que salir a laburar por primera vez en tu vida – no parecía mal tipo mi tío pero se cuidaba demasiado la raya trasera del pantalón y no solía jugarse (aunque él dijera lo contrario) por nadie.
Claro que, estando la memoria de su hermana de por medio, había logrado salvarme.
Con esa carga y no pudiendo negar que muy nervioso, se había iniciado mi nuevo trabajo.
Trabajo al que tomé de entrada como un bienvenido zafe.
Recuerdo que la primera visión del jardín, al pie del imponente edificio pintado de blanco, me permitió observar zorzales, calandrias, petirrojos y otras yerbas en las ramas de los fresnos, paraísos y castaños. Todo el conjunto rodeado de canteros que en ese verano rebelde, que de prolongado nomás se negaba a ser otoño, explotaba en la descarada belleza de los rosales de varios tonos.
No se podía negar que aquel que acertara a pasar por la amplia acera, que rodeaba la manzana, podría chequear que el lugar parecía marchar bien.
Aunque adentro, allí donde habitaban los verdaderos protagonistas, la situación cambiaba bastante.
Digamos que si la vejez suele asociarse, por algunos, con la decritud, no me quedaron dudas, al ingresar, que esos algunos eran los mecenas fundadores de ese geriátrico que me recibió con una ácida cachetada de orines rancios.
Pude sentirme en presencia de un grupo triste y nutrido de zombis con ropas raídas que daban la impresión de tener sus tumbas asignadas.
Tumbas a las que no podían llegar porque la búsqueda era en vano.
Viejos y viejas vagando por cuanto sitio uno dirigiese la vista.
En medio de los pasillos, en sus camas o llevados de la mano, por enfermeras que parecían las azafatas del último vuelo a la muerte.
Mire jefe, la cosa es así. Como la ve. No tenemos un mango. Las partidas de guita llegan tarde o no llegan y en cuanto podemos cacharlas pagamos los sueldos y si sobra algo lo ponemos para arreglar los jardines. Porque usted sabe, su tío…perdone…el Sr. Intendente, siempre nos dice que lo que pasa adentro no le interesa pero que la parte de afuera debe estar lo mejor posible, porque eso es lo la gente ve y, al fin y al cabo, esa gente es la que paga los impuestos y, encima, vota – el Administrador daba toda la sensación de no haber llegado más allá de la primaria pero su comentario dejaba sobre mi vetusto escritorio, del hueco húmedo que llamaban Despacho del Director ( por medio de una chapa bastante maltratada sobre una puerta ), la confirmación de que quizá ese lugar se me tornara un poco más difícil de manejar de lo que había pensado en un principio. Justo cuando pensaba pasarme allí un buen período de vagancia fuera de esos sitios que solía frecuentar y que se me habían puesto “un poco incómodos”.
Tenemos agua, pero fría. Jabones llegan, pero pocos. Hay comida, pero en mal estado por culpa de esa heladera que no funciona. Paciencia tenemos, pero se acaba. No se imagina como se nos acaba – la jefa de enfermeras, desde su metro noventa que hubiera sido la envidia de la NBA, regalaba una autoridad que era de temer.
De haber sido el geriátrico un barco, se podía decir que estábamos más cerca del naufragio que del crucero al Caribe.
Recuerdo que luego de esos comentarios tan tranquilizadores salí de mi oficina a tomar un poco de aire.
A despejarme un rato, caminando por esos jardines que parecían ser lo único que funcionaba bien.
Fue el tono claro y firme de su voz el que me hizo fijarme en él.
¡Ay, como empequeñece andar metido en esta muchedumbre! – Curioso, pude observar que su ropa era la antigua y raída del instituto pero un clavel, asomando del bolsillo superior de su camisa, y un sombrero de fieltro gris, coronado con una delicada pluma blanca, le daban un extraño toque que conseguía diferenciarlo del resto de los internados.
Bonito el clavel – le dije con una amigable intención, ya que se debe tener un cierto tacto con los viejos que, en general, brindan como toda respuesta una mirada perdida de grandes e inexpresivos ojos.
No me contestó. Insistí.
Veo que lleva un libro – al hacérselo notar lo miró y, sacándolo de donde lo guardaba, buscó una página en especial (previamente marcada por una estampita que mostraba a San Jorge y el Dragón).
Una interior cadena de suspiros al cuello llevo crudamente echada, cuando en la soledad de estos retiros vengo a olvidar tu ausencia no olvidada – leyó.
¿Amado Nervo? – arriesgué.
Comenzó a reír. Tímidamente primero y con gruesas y sonoras carcajadas después.
Dos minutos más tarde seguía haciéndolo mientras una enfermera se lo llevaba al dormitorio luego de mirarme con una expresión de “¿que carajo le dijo para ponerlo tan loco?”
Hace tres años que está con nosotros. Se llama Miguel Gavaldá y nació en Barcelona allá por el año 1909 o 1910. Si quiere, puedo confirmárselo. Yo mismo verifiqué su ingreso y completé su historia clínica. Su llegada acá fue bastante curiosa. Nos lo trajeron del aeródromo. Nadie supo como llegó hasta allí. Lo único que tenía eran ese libro que lleva de un lado para otro y un documento raído del que pudimos sacar sus datos personales. Lo insólito de la cosa es que consiguieron atraparlo cuando el motor estaba en marcha. ¿Cómo que motor? El del avión. Un Cessna 180. Un poco viejo pero en buen estado. Recuerdo que, lamentablemente, debieron golpearlo para que saliera de la cabina. ¿Se imagina si hubiera intentado un despegue? – el Dr. Navarro, al que había llamado a mi despacho producto de la curiosidad que me había despertado ese anciano, terminó el relato con una sonrisa. Debía tener algo de divertido para él.
Decidí, luego de esta charla, pedir su historia clínica sin saber muy bien si era un interés sincero el que me llevaba a hacer eso o solamente buscaba calmar al chusma que todos llevamos dentro.
Gavaldá, Miguel se llamaba y había nacido en España un 9 de Febrero de 1909.
Figuraban, también entre sus datos personales, un domicilio y un número de documento que, lógicamente no me decían nada. Se agregaban un par de cosas más poco interesantes y estaba por cerrar el archivo cuando el diagnóstico de demencia senil y las circunstancias de su ingreso al instituto me hicieron detener.
Detener ese segundo que nunca podré olvidar porque, hoy a la distancia, puedo darme cuenta que significaron un antes y un después en mi vida.
Debo reconocer que, en ese momento, hasta yo mismo parecí no reconocerme.
Sé que antes de mi ingreso al geriátrico, me hubiera reído de una cosa así. Y hasta se lo hubiese comentado, entre risas, a los compañeros de esas largas noches de vasos y mujeres “ Je,je, no saben, un viejo boludo en un avión, je, je, se lo imaginan, queriendo volar el muy boludo, je, je.
Pero algo muy distinto surgió dentro de mí.
No sé como, ni porque, se originó ese extraño sentimiento que, por vez primera, afloró desde un oculto rincón que desconocía tener.
Pero brotó, muy fuerte brotó, con una potencia desconocida y sentí que mis piernas temblaron.
De una forma muy extraña lo hicieron.
Y descubrí que estaba entrando en un mundo de raras sensaciones.
Saqué los ojos del documento y miré en dirección al jardín.
Unos viejos eran llevados de la mano, otros tomaban sol sobre los prolijos bancos de madera y uno se babeaba a la sombra de un aromo, sentado en su silla de ruedas.
Me paré, sin saber muy bien que hacía y fui hasta el baño.
Tuve nauseas pero no vomité.
Algo se había apoderado de mí.
Era como la sensación de haber sido invadido por un cuerpo extraño.
El avión, los golpes, los insultos, el tono sarcástico del Dr. Navarro al contármelo, el recuerdo de los días vividos por mí hasta ese momento.
Todo, insisto que de una manera inexplicable y muy nueva, pasó ante mi propia conciencia, esa que pensaba no tener o tenerla anestesiada.
Mi soledad, mi soltería, el no haberme querido comprometer ni jugar por nada ni nadie. Esos vueltos que habían quedado en mis bolsillos para malgastarlos en boludeces.
Todo se materializaba en un poderoso animal que intentaba estrangularme.
Y lloré.
Lloré como un niño.
Como ese niño que en alguna parte del tortuoso camino de la vida me había abandonado y al que jamás había vuelto a extrañar.
La cosa sucedió rápida e inexplicable.
En un instante era el tipo canchero y vivo de siempre y, en el siguiente, era una pobre piltrafa asustada, temerosa.
Vuelvo a repetir, por que fue entonces mi obsesión y lo sigue siendo, que no puedo, ni pude en su momento, darle una explicación a todo lo sucedido. Pero sé que sucedió. Y que influyó en mí para siempre.
Recuerdo que traté de pensar una respuesta y solo obtuve preguntas.
Preguntas que me llevaron, quizá afectado mi raciocinio por lo que me rodeaba, a imaginar mi propia vejez.
¿Qué tipo de locura afectaría, cuando ese momento llegara, a mi cuerpo, mente y alma?
¿Robar un avión como ese pobre viejo?
¿Emular a Vito Dumas sobre una tabla de planchar y lanzarme contra los 40 bramadores?
¿Ir a la luna montado en un termotanque?
“Qué será de mí cuando me entrés a fallar” solía preguntarse mi abuelo parafraseando un tango.
“El cuerpo aguanta, el problema es la azotea” solía cantar en broma mi abuela navegando entre las notas de una antigua melodía.
Volví a mirar por la ventana.
Una enfermera retaba a un viejo que por toda respuesta se miraba una aureola húmeda que acaba de desarrollarse en su bragueta.
Asustado toqué mi propia bragueta.
Estaba seca.
Por ahora, por ahora nomás.
Fue al suspirar, momentáneamente aliviado, que la idea surgió como surgen siempre las buenas ideas.
Espontáneas y casi sin pensarlas.
Tomé el teléfono y disqué el número de la municipalidad.
Que hacés tío ¿Todo bien? Me alegro. ¿Qué cómo ando? Para la mierda tío, para la mierda. No. Quedate tranquilo que no me mandé ninguna cagada todavía. Lo que pasa es que acá no hay un mango partido al medio. Si, ya sé, que no hay plata, que los evasores, que la provincia no te manda la guita. Sí. Todo muy lindo pero los viejos están más para la basura que para un desfile de modas. No, no es por eso. Yo no estoy pensando en los parientes y en lo que puedan decir. No, pienso en los abuelos ¿Qué si me volví blando? Puede ser tío, puede ser. Pero esto acá te rompe los esquemas. Necesito billetes, muchos billetes. No. Para arreglar el jardín no. Eso anda bárbaro. Y si tengo que ser sincero te debo aclarar que si algunas de las enfermeras tuvieran la mitad de los conocimientos y la buena voluntad de los jardineros esto sería un Edén. Si, quedate tranquilo. De afuera se ve todo como si fuera Disney. Lo que me preocupa es lo de adentro. Necesito unos mangos para pilchas, comida buena, y una lista más larga que la esperanza de un pobre. ¿Qué decís, qué me deje de joder, qué me deje de boludeces, qué no me haga el idealista que mirá cómo les fue a los Montos y al Che? Bueno, bueno, tranquilizate. Tranquilizate tío. No, no me enojo. Mirá si me voy a enojar. Está bien. Pero te aclaro que una reforma a fondo de este geriátrico, ahora que lo pienso, te podría ser muy útil para la idea esa que te anda dando vueltas de presentarte como candidato a gobernador. Ah, que no lo habías pensado. Mirá vos que raro que no se te haya ocurrido. Bueno, para algo tenés a tu sobrino. No te olvidés que cosas así suman votos, muchos votos. Que te gusta la cosa, que te vas a poner a hacer números, que después me llamás. Bien tío. Espero tu llamado. Si, quedate tranquilo, no tenés que agradecerme nada, para eso estoy. Un abrazo.
La respuesta fue increíblemente buena, muy buena.
La remodelación comenzó la semana siguiente con una visita del hermano de mi madre que me puso al tanto de sus planes.
Mañana van a empezar a llegarte las cosas. De más está decir que les tenés que dar un muy buen uso. Convencí a la junta del partido de que si esto me sale bien voy a ser el candidato ideal y, salvo tres o cuatro forros que siempre me han odiado, todos estuvieron de acuerdo. Nos estamos jugando mucho en esta patriada que se te ocurrió. Ya hablé con un amigo de los medios y, cuando llegue el momento, vamos a tener acá a los canales de TV de Buenos Aires y, quizá, hasta venga el Presidente – me palmeó el hombro – dale viejo, ponete las pilas. Pavada de inauguración vamos a tener – volvió a palmearme el hombro - ¡ Hasta La Plata no paramos !
Volví a cruzarme con el anciano al día siguiente cuando volvía de verificar la llegada de algunas de las cosas prometidas en la charla con mi tío.
No recuerdo si me acerqué yo o lo hizo él.
¡Ay, no encuentro la plenitud del mundo en este centro!
Probé de ensayar una respuesta que diera paso a una conversación.
Buenos Días, Don Miguel. ¿Por qué me dice eso? ¿No lo tratamos bien acá? ¿ Tiene algo de que quejarse ?
Acomodó el clavel, innecesariamente, en el bolsillo y, sin inmutarse, abrió el libro que llevaba, como era su costumbre, bajo su axila.
Umbrío por la pena, casi bruno, porque la pena tizna cuando estalla, donde yo no me hallo no se halla, hombre más apenado que ninguno.
Hice otro intento, movido por la simpatía y el cariño que despertaba en mí.
¿Qué es lo que le hace sentir pena Don Miguel? Cuénteme ¿Puedo ayudarlo? Dígame ¿Puedo hacer algo para que su vida aquí sea más placentera?
Sus mansos ojos sufrieron un pequeño, casi imperceptible shock, como si mi ofrecimiento le hubiera llegado a algún oculto rincón de su conciencia.
Yo nací en la media luna, tengo la pena de una sola pena, que vale más que toda la alegría.
Pensaba seguir hablando cuando el Administrador requirió, a los gritos, mi presencia. Mi tío estaba al teléfono.
Hasta luego Don Miguel. Nos vemos. Tengo trabajo pendiente.
Al darme vuelta para ir a mi despacho no pude menos que sonreír a causa de su despedida. Es más, debo confesar que, con el tiempo, me la he apropiado y, aún hoy, la utilizo.
¡A la gloria, a la gloria, toreadores!
Por teléfono, mi tío parecía muy nervioso. Debí consolarlo diciéndole unas cuarenta veces que todo andaba bien. Que la inauguración iba a ser su más grande éxito político.
Cerré la charla asegurándole que, después de esa obra, los votos le iban a llover.
Al colgar, la imagen de ese anciano con aires de poeta pasó por mi mente.
Me sentí intrigado por él.
Tanto, que decidí ir a hablar con el psicólogo del geriátrico. Ese viejo amigo de la infancia que, por una de esas extrañas casualidades, trabajaba con nosotros.
Don Miguel. Es un maestro Don Miguel. Lo conozco muy bien. Debutaba como psicólogo acá en el geriátrico cuando llegó. Tuvimos, y aún tenemos, largas conversaciones. No sé de donde proviene. Él dice que no se acuerda. A veces, me parece que se hace el loco. No podría asegurártelo. Creo que tiene miedo a mostrarse tal como es. Por eso crea una imagen de sí mismo escudado en el clavel, el sombrero y esa manoseada antología de Miguel Hernández. ¿Cómo? ¿Ah, no sabías quién había escrito esos versos? No, nunca podría Don Miguel escribir algo así. Es más, muy pocos podrían hacerlo. No. Anda de un lado al otro con el libro y recita estrofas. Pero no lo hace al azar. No señor. Cada cosa que te lee tiene directa relación con lo que le sucede. ¿Me preguntabas por el avión? No podés imaginarte lo que costó sacarle algo en concreto sobre el tema. Parte de la coraza. Ahora bien, debo confesarte que, cuando lo conseguí, me habló de que la falta de alas no debe ser un impedimento para el hombre que, como él, quiere elevar el vuelo y llegar hasta las más altas nubes para así hablar con Dios. Qué me decís. Carajo. Hablar con Dios. Pavada de sueño el de Don Miguel. No té quedés así. Acá te tiro la última novedad, la que me enteré por Lucía, una de las enfermeras. Desde que te hiciste cargo del Instituto anda diciendo que sos el Mesías y junta las plumas de los pollos, que pelan en la cocina, porque quiere fabricarse unas alas para volar al Paraíso. ¡Qué loco lindo este Don Miguel! ¡Qué loco lindo! – Horacio también había sonreído, pero a él se lo podía llegar a permitir por nuestra antigua amistad.
De regreso a mi despacho me permití una sonrisa.
El Mesías.
Justo yo, que daba más para el papel del Anticristo.
Mirá, me vinieron a preguntar si no implicaba ningún peligro darle prioridad a Don Miguel para el uso de las plumas que juntan en la cocina cada vez que hay pollo. Además me preguntaron si era una broma eso de entregarle miel y, los de mantenimiento, consideran que es de locos darle esos dos pinceles que ya no se usan – Horacio, cien por ciento en su papel de profesional de la salud, tenía un cierto toque de preocupación en su rostro una semana después.
No hay problema. Decile que le den lo que necesita. Al fin y al cabo, no jode a nadie y se entretiene.
¿Seguro? Mirá que sigue más que nunca adelante con ese proyecto de llegar al cielo para conversar con Dios. Hasta consiguió, no sé de donde, tres viejos cinturones que, asegura, le servirán de arneses.
Puedo verme aún, poniéndome de pie y palmeándole amistosamente la espalda a mi buen amigo.
Quedate tranquilo. No pasa nada. ¿Qué mal puede hacer fabricándose unas alas como Icaro?
Recuerdo que las semanas que siguieron a esta charla fueron de laburo, quilombo, más laburo y más quilombo.
La pintura nos llevó a unas paredes limpias, los caños a unas nuevas instalaciones sanitarias, las cerámicas a unas cocinas y comedor en las que se podía comer en el suelo, las sábanas y las frazadas (junto a las nuevas camas) a unos dormitorios dignos y, casi sin darnos cuenta, un día la obra pudo darse por terminada.
La misma mañana de la inauguración me encontré, nuevamente, con el viejo. Noté que marchaba apurado, cruzando el nuevo patio donde ya se ubicaba el palco. Dos muchachos, que se ocupaban del sonido, estaban dándole los últimos ajustes a un amplificador. Alrededor de ellos, sobre las paredes, engalanaban el lugar escudos y banderas. A un costado armaban las cámaras de televisión. Antes de saludarlo miré mi reloj. Eran las 10 de la mañana. El acto estaba previsto para las 6 de la tarde.
Don Miguel. ¿Qué tal? ¿Cómo anda?
Antes de contestarme se quedó mirándome a los ojos.
Alto soy de mirar a las palmeras, rudo de convivir con las montañas...Yo me vi bajo y blando en las aceras, de una ciudad espléndida de arañas.
La jefa de enfermeras apareció llevándoselo del brazo antes de que pudiera decirle algo más.
Vamos, vamos, ¿que hace acá todavía?. Hay que bañarse y comer que después vienen la siesta, la ropa limpia y la inauguración. ¡Qué Domingo Señor! ¡Qué Domingo! – se interrumpió al verme – Ah, perdón, buenos días señor Director.
Casi volaban, como a él le hubiera gustado, mientras se dirigían al Pabellón Principal.
Me viene a la memoria un almuerzo que disfruté como pocas veces lo había hecho.
Los preparativos finales de la inauguración incluyeron la llegada del Gobernador, acompañado de mi tío y las idas y venidas de todo el personal de la Institución ultimando esos detalles que suelen quedar para el final.
Abrió el acto, como corresponde en estos casos, el Himno Nacional.
Luego, siguieron los discursos de la Presidenta de la Sociedad de Beneficencia (disimulada mente pidió más dinero), mi tío en calidad de intendente (se adjudicó, como era de prever, la total autoría del nuevo geriátrico) y el Gobernador (habló, sin ningún tipo de modestia, de lo útil que le sería a la Patria como Presidente).
Mientras los escuchaba pedir billetes, aplausos y votos, de una forma inexplicable y espontánea, un sueño apareció en mi mente.
Nunca he podido encontrar la causa que lo originó.
Quizá haya sido la extraña imagen de verlo a Don Miguel obsesionado con las poesías de Hernández y su sueño de volar.
Quizá...
Quizá nada.
Quizá tenía que ocurrir y nada más.
Por algún oscuro misterio.
O por una extraña mezcla del stress generado por la inauguración sumado al cansancio producido por el exceso de laburo y al recuerdo de esas palabras de Don Miguel, que desde que las había escuchado por primera vez seguían dando vueltas por mi cabeza considerándome un Mesías.
Mesías yo, que lo único que había hecho era dejarlo jugar a fabricarse unas alas para ir a hablar con Dios.
Mesías yo, al que, quizá la imagen de su propia vejez lo había llevado a hacer algo útil por primera vez en su vida consiguiendo la refacción de ese triste geriátrico.
Mesías yo, por Dios…
De lo que estoy seguro es que en dicho sueño primero eran dos, luego cuatro, más tarde diez y así seguían hasta ser millones de ancianos que dejaban de esperar la muerte. Blandiendo muletas. Circulando alocadamente con sus sillas de ruedas. Derribando centenares de muros como los que rodeaban al geriátrico. Y dejando detrás madrigueras, como en la que tanto tiempo nos habíamos encontrado antes de la refacción, de putrefactos olores a leche rancia y orines descompuestos. Ganando las calles. Partiendo en mi búsqueda, para que los protegiera y evitara su lenta agonía que a nadie, salvo a mí, les importaba. Gritaban mi nombre y dejaban que los guiara rumbo a una ansiada libertad. No puedo negar que estas imágenes originaron en mí la extraña sensación de que me elevaba en dirección al sol, inalcanzable quizá en forma física pero no espiritual. Ascendía, ascendía dejando detrás esta triste tierra envenenada por los mortales.
Tenía razón Don Miguel.
Pude oírme cantar flotando a miles de metros de altura sobre la melodía de una fuga de Bach.
Soy el elegido. Soy el elegido.
Y la paz me rodeaba, haciéndome, por vez primera en la vida, feliz, feliz como nunca lo había sido.
El grito sonó casi de forma simultánea con el golpe seco sobre las baldosas. Podría asegurar que formaron un compacto conjunto.
¡Libre soy, siénteme libre!
Era la inconfundible voz de Don Miguel.
Abrí mis ojos y pude ver que la gente corría hacia la base del edificio que ocupaba el dormitorio de los hombres.
Noté al Gobernador absorto y a mi tío intentando bajar del palco para evitar que las cámaras de televisión mostraran lo ocurrido.
No tuvo suerte.
La imagen de Don Miguel sobre su propia sangre, que brotaba de aquella boca que solo conocía de poemas, circuló durante una semana completa en cuanto noticiero televisivo o foto de diario pudiera llegar a verse.
Existieron micrófonos y preguntas.
Cámaras y fotos reflejando atónitos rostros.
Un comunicado oficial habló de un triste caso de demencia senil.
Otro, fabricó la mentira de que Don Miguel había derribado de un golpe a una enfermera para llegar a la terraza para arrojarse al vacío intentando un vuelo imposible con sus ridículas alas.
Recuerdo que hubo una explicación hasta para eso. A escondidas, el anciano había burlado a la estricta vigilancia del geriátrico robando plumas, miel y cinturones con los cuales fabricar un rudimentario artefacto que, dentro de su confundida mente, podría permitirle volar.
En lo que a mí concierne, ese fue el abrupto final de la única ilusión que tuve en la vida.
Han pasado los años, muchos.
Más de los que hubiese querido.
Estoy aquí, donde pueden verme, de vuelta en este geriátrico que ha vuelto a ser el sitio inmundo que conocí hace varias décadas.
Cargado de años y vencido, llevo siempre un sombrero gris que luce, coqueta, una pluma blanca y muestro a todos un clavel que algunos creen de plástico.
Soy muy correcto y contesto las preguntas que me hacen leyendo mi ajado libro mientras, en secreto, doy vida a un plan que me lleve al aeropuerto. A tomar ese vuelo que, según me han dicho, todos los viernes nos lleva a Dios.
A veces suelo deprimirme y pienso que nunca lo conseguiré.
Pero otras mañanas me levanto feliz, saco este pequeño libro y recito a viva voz hasta que alguna enfermera, o mi gastada garganta, me lo impiden.
Don Miguel y sus ajadas alas de Icaro me visitan los domingos por la tarde que suelen ser el momento más triste de la semana.
Algunas veces trato de imaginar la voz de nuestro Señor pero no puedo.
La imagino dulce, muy dulce.
Otras, me descubro llorando.
Por Don Miguel, por Dios, por los que me rodean y por mí.
Y las enfermeras me piden que no lo haga, que piense en otra cosa.
Pero no puedo lograrlo.
Y nadie sabe la causa.
Quizá yo tampoco la sepa.
Pero me cuesta mucho evitar las lágrimas cuando ese poeta, que alguna vez murió de pena encarcelado como yo, me dice desde mi querido libro:
¡Cuánto penar para morirse uno!





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Comentarios de nuestros lectores - Escribí tu comentario
27/11/08 | 06:32: gaviota dice:
no tengo que decirte cuánto me identifico con este texto tuyo; se que lo podes adivinar o sentir...las alas; la espiritualidad perdida; el maremagnum humano que nos castiga como un tsunami (así se escribe?...ops)...mi madre que está en los prolegómenos de un alsheimer que la arrastra poco a poco...ufff pero el texto es muy bueno Nacho; con los condimentos esenciales para no agotar la lectura hasta el final, aún a pesar de su extensión. La gente no suele inclinarse por los textos largos en internet pero a veces, realmente vale la pena. Esta es una de esas veces y ya vez, volando bajito, voy conociendo tus "tesoros literarios" piq piq
lameladriana@gmail.com
 
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20/09 | 20:30 hermano del tiempo - entrega 13
19/09 | 20:47 hermano del tiempo - entrega 12
18/09 | 20:22 hermano del tiempo - entrega 11
17/09 | 19:24 hermano del tiempo - entrega 10
16/09 | 19:56 hermano del tiempo - entrega 9
15/09 | 20:19 hermano del tiempo - entrega 8
12/09 | 20:31 hermano del tiempo - entrega 7
11/09 | 22:54 hermano del tiempo - entrega 6
09/09 | 19:51 hermano del tiempo entrega 5
08/09 | 20:05 hermano del tiempo - entrega 4
06/09 | 16:11 hermano del tiempo - entrega 3
04/09 | 21:04 hermano del tiempo - entrega 2
02/09 | 20:41 hermano del tiempo - entrega 1


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