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Luis Ignacio Hernandez
martinez - argentina
Nació la literatura en el preciso instante en que alguien necesitó expresar en palabras aquello que no podía ocultar en el fondo de su alma.
Quizá por eso escribo.
O no.
Quizá lo hago...
Porque...
No sé...
Quizá...
Porque...
Necesito expresar en palabras aquello que no puedo ocultar en el fondo de mi alma.
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Últimos comentarios de este Blog

03/07/11 | 01:13: stellamaris (detrasdelespejo) dice:
Hola, me has dejado estupefacta,no porque no sepa que las cosa muchas veces suceden así, que un médico no es Dios, yo tambien me pregunte algunas veces porque esta distraido? en fin, es una historia dura, cruel, como la vida misma y muy bien relatada. Te mando un beso vecino
28/08/10 | 00:40: stella Maris (detrasdelespejo) dice:
interesante, muy interesante me atrapó de tal manera que, cinco minutos antes yo ya estaba cayendo al vacío, Ja! un saludito vecino
19/06/10 | 17:40: claudia romi dice:
ese texto no es un texto informal esta mal pesimo xq el texto infformal es x ejemplo habla pata asi ps
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Suele confundirse profundo con complicado cuando en realidad es exactamente lo contrario lo simpl... Ampliar

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una rosa color te





Y ahora sé que ya no pueden seguir tildándome de borracho depresivo.
En su momento no fue su culpa, quizá no fue su intención, el bautizarme de esa manera. Aunque no puedo negar que, cuando me conocieron, tenía una cierta inclinación a la botella y un muy bajo nivel de autoestima.
Debo aclarar que no estoy en busca de excusa alguna pero cualquiera puede darse cuenta de que es difícil hallar el rumbo cuando, en una burda imitación de Dante, a la mitad del viaje de su vida uno se encuentra en una selva oscura por haberse salido del recto camino.
Camino del que, en un acto muy poco original de mi parte, había sido empujado por una mujer.
Una mujer llamada Daniela que en una vieja, repetida y cansada historia me había prometido ese amor eterno que dura hasta que aparece otro tipo, a quien prometerle lo mismo, y terminé por darme cuenta de que por algo existe el tango.
Y un día, sin proponérmelo, y sin anestesia, me desperté en una cama de dos plazas que tenía una mitad tan fría como mi alma que, descaradamente y casi a los gritos, me hizo saber que la felicidad quizá no era otra cosa que un verso lejano, muy lejano y que lo único que tenía cerca era el dolor.
Y fui, atontado, hasta el baño y el espejo del botiquín me devolvió la imagen de un tipo gastado al que alguien, hace mucho tiempo, le metió en la cabeza que la vida era una señorita de San Nicolás, que sepa coser, que sepa bordar y que sepa abrir la puerta para ir a jugar.
A jugar con otro que no era yo.
Y luego de vestirme con lo primero que encontré, salí a la calle ignorante en mi dolor de que mi drama, que a mí se me hacía único, seguramente se repetía en muchos de los que me rodeaban.
Y llegué al laburo, donde nadie me dijo nada, en un burdo intento de disimular lo que ya sabían hasta los rollos de papel higiénico del baño, salvo mi jefe, que comenzó a seguirme de cerca por temor a que lo levantaran en peso por mi culpa.
Mi culpa. Esa que perseguí en las noches de insomnio tratando de encontrarle un porqué a lo que me pasaba. Una causa, una razón. Algo que me dijera que ella era una porquería y que yo no tenía nada que ver, que era una víctima.
Y busqué, busqué y busqué.
Pero no había nada.
O sí, lo había.
Por que alguien, al que ya no puedo recordar, me palmeó la espalda diciendo: “ negro, las minas son todas unas atorrantas ” y me acercó un vaso.
Ese vaso al que me tiré de cabeza en un vano intento de anestesiar ese dolor que era una inmensa llaga en mi pecho.
Una botella, otra y otra más y terminé ocasionando en el laburo no sé que despelote con uno de los mejores clientes y mi jefe, que me seguía de cerca, me rajó para salvar su propio pellejo.
Y sin laburo estable, los mangos comenzaron a ralear y fue difícil encontrar otro yendo a las entrevistas con cinco vasos encima hasta que, después de patinar en una docena de agencias laborales y cuando ya todo parecía perdido, me encontré con un amigo de la infancia, de esos que nunca fallan, que me consiguió uno.
En el cual traté de empezar de vuelta, entre la gloria de una nueva oportunidad y el abismo de la botella y las pastillas.
Aceptando, de una buena y definitiva vez que la vida, a lo mejor, no es otra cosa que cruzar eternamente la calle del destino desde la vereda de la angustia a la de la esperanza.
Esperanza que me brindó la oportunidad de formar parte de una cuadrilla de obreros que refaccionaba una casona en San Isidro.
Esta casa, Villa Ocampo, en la que ahora permanecemos de pie, en medio del jardín, mi capataz y dos albañiles, frente a un recién excavado pozo.
Este jardín que me había impresionado, al llegar, por un cierto velo de tristeza que parecía cubrirlo.
Desprotegido, quizá, entre sus árboles, arbustos y plantas rastreras, tratando de mantener algo de su pasado esplendor en la imágenes que devolvían su triste fuente circular de hierro forjado y una glorieta octogonal, de cemento armado con sus columnas y barandas simulando troncos y ramas, junto a la barranca que se desmayaba en dirección a una ruidosa calle que le servía de límite inferior.
Desprotección que no parecía tener esa imponente mansión estilo pintoresquismo inglés que desde sus más de cien años y tres plantas parecía advertirme que, ante la menor ofensa, era capaz de aplastarme.
Recuerdo que la primera tarea que se me asignó fue la de verificar las instalaciones eléctricas y en eso me encontraba, en una habitación a través de cuya triple ventana podía verse un casi seco y vetusto eucalipto de tronco gris, cuando ese hombre apareció sin previo aviso.
Joven, por favor ¿ Tiene hora ?
Se la dije.
Gracias, ella estará, entonces, esperándome en la glorieta.
Y antes de que pudiera decirle algo más se retiró casi de la misma manera en que había llegado.
Días después volví a cruzarme con él en la inmensa galería que era un desparramo de tablones, tachos y herramientas.
Buenas tardes joven.
Le contesté.
¿ Por casualidad no la ha visto pasar ?
Le pregunté a quién.
A ella, a Felicitas.
Le dije que no.
Caramba. Difícil se hace el amor joven. Uno sabe que siempre existe algo de ansiedad en el que ama y que uno es desdichado cuando no ve a su amada pero, en fin, que otra cosa puedo hacer que no sea esperarla. Quizá el amor no se otra cosa que esperar. Nada creo que exista en el mundo que nos haga más desprotegidos que el amor. ¿ No lo cree así ?
Sin esperar mi respuesta siguió su camino sin mirar atrás.
Al mediodía siguiente fui a sentarme un rato en la glorieta.
¿ Hermoso verdad ?
Debo reconocer que no lo había escuchado llegar.
La vista desde aquí ya no es lo que era. Hoy al río solo se lo puede adivinar detrás de esta frondosa y verde pared – señaló a mi derecha - A Victoria le gustaban estos árboles de la barranca. Adoraba alejarse sola en dirección al camino del Bajo en donde solía cruzarse con Michel, un linyera que había elegido la costa para vivir. Este jardín era su paraíso privado. Recuerdo que ella disfrutaba de los senderos perfumados por madreselvas, ombúes, robles, araucarias y, en especial , de un paraíso cuyas flores color lila usaba para hacerse un pequeño ramo que se colocaba en la solapa de su traje. Dios mío joven, cuantas cosas han sucedido aquí, cuantas cosas que lo llevan a uno a creer que siempre la felicidad está en el futuro o en el pasado y que el presente no es otra cosa que eso- señaló al cielo, hacia una nube blanca pequeña que iba en dirección al Norte - que el viento pasea sobre este jardín alumbrado por el sol. Delante y detrás todo es luminoso, solo ella proyecta una sombra.
Una sombra. Mi sombra era Daniela. Esa sombra que no me dejaba en paz.
Víctima de mi inseguridad, al no poder llegar a la conclusión de si me sentía de esa manera por la falta de su amor o por la cruda verdad de haber sido engañado y abandonado. Buscando, quizás en vano, una señal que me dijera que otra vida era posible. Algo que trajera en mí la esperanza de que el mundo existe, de que un hombre y una mujer pueden amarse, de que la vida es un sueño en colores y no una pesadilla de grises y ocres.
Sin saber que hacer volví la vista hacia ese hombre que seguía junto a mí en silencio.
Nos miramos y pude ver en sus ojos un cierto brillo que los hacía resaltar de su tez blanca, muy blanca, coronada por un pelo corto entre rubio y pálido. Se lo veía muy formal y elegante con su pantalón gris, su camisa blanca y su saco oscuro. Tenía un cierto dejo de británica nobleza en su forma de hablar y en sus gestos. Era, además, flaco, alto y sus demasiado chupadas mejillas, que hacían sospechar de una salud no del todo buena, parecían haber encontrado un seguro refugio bajo sus pómulos.
Aproveché para presentarme y así pude saber que se llamaba Leónidas. Recuerdo haberle preguntado si vivía en la casa, cosa que me parecía un poco improbable y que él me confirmó.
¿ Si vivo aquí ?. No joven, aunque debo confesarle que hace mucho tiempo fue mi domicilio temporal, pero ya no lo es. Quizá no exista lugar alguno para mí en estos momentos. Sólo estoy aquí porque espero a Felicitas. La mujer que hace posible que yo guarde, aún en mi pecho, unas pocas gotas de ese mágico elixir llamado esperanza.
Le respondí que, en los días que llevaba trabajando ahí, no había visto mujer alguna y obtuve una triste sonrisa de su rostro.
Felicitas. Es difícil verla, muy difícil, a causa de esa timidez que fue lo primero que me enamoró de ella. Además, tampoco vive en esta casa. Supo venir durante una cálida primavera en busca de un merecido descanso a sus maltrechos pulmones en estos jardines.¡ Joven, si la hubiese conocido entonces con su graciosa figura frágil de pequeño colibrí ! Verla no era ver a una mujer cualquiera, no señor, ella era distinta, muy distinta, casi podría decirse que, ante mis ojos, se me figuraba como una aparición. A veces creía estar ante una presencia divina. Solíamos charlar aquí, en esta glorieta. Una tarde, la otra y la siguiente, aunque Victoria, Waldo Frank, Alfonso Reyes y hasta el mismísimo Borges, justo él, se reían de mí diciendo que me dejara de pavadas. Que no estaba ya en edad de andar imaginando un romance. Hasta llegaban a pedirme que dejara de inventar fábulas. Pero yo nunca les hice caso ya que era evidente un cierto dejo de envidia en sus palabras. Envidia que debe haber crecido si me espiaron, como solían hacerlo, aquella tarde en la que, junto a la fuente que usted puede ver desde aquí, nos despedimos con un primerizo roce de nuestros labios. Recuerdo que le rogué que se quedara pero ella debía marcharse. A los Alpes suizos, a seguir no sé que tratamiento. No fueron suficientes mis súplicas. Al día siguiente se marchó, no sin antes cortar una de las pequeñas rosas color té del discreto rosal que solía estar junto a la estatua, a un costado de la casa. ¡ Qué virginal belleza ! Le pedí la flor y, sonriendo como solo ella podía hacerlo, me contestó que no, que la guardaría para aquel que se convirtiera en el dueño de su corazón.- hizo una breve pausa que respeté – Joven, no se puede negar que cuando un hombre ama verdaderamente a una mujer no existe obstáculo alguno que le impida guardar, en lo más profundo de su pecho, esa pequeña llama de esperanza que lo hace ilusionar con ver, al fin, cumplido el objeto de su amor. Sé que ella volverá. Por eso la aguardo y la aguardaré el tiempo que sea necesario.
Sergio, ¿ ya terminaste de comer ? – la voz del capataz nos interrumpió.
Le contesté mirando en dirección a la casa y después, al darme vuelta para saludar a Leonidas, este, otra vez, se había marchado sin hacer ruido alguno.
Los días siguientes me tuvieron ocupado en las obras de refacción y, aunque no volví a verlo, sus palabras no me abandonaron, ya que su relato no había hecho otra cosa que agrandar mi dolor.
Felicitas y Daniela.
A simple vista parecían muy distintas pero las dos se habían marchado.
Una, dejando una puerta abierta.
La otra, cerrándola con un golpe casi mortal.
Leonidas y yo estábamos solos, muy solos.
Tan solos como aquel que espera a una mujer. Confirmando, una vez más, que ellas, al fin y al cabo, terminan siendo más razonables que nosotros al saber que lo importante es lo que uno es y no lo que uno hace. Diciéndonos, a los gritos, que las mujeres son importantes por lo que son. A diferencia de los hombres que nos creemos importantes por lo que hacemos y por lo que los demás piensan de nosotros.
Leonidas, envuelto por la esperanza de un amor no correspondido y por las risas de sus amigos.
Y en mi caso, ese ardor indescifrable de sentirme, por un lado, solo y, por el otro, derrotado, sabiendo que para los demás no era otra cosa que un borracho engañado.
Un borracho engañado que, junto a otros albañiles, fue logrando que la casa, con el pasar de los días, recobrara el aspecto de los tiempos idos.
Los techos dejaron atrás las secuelas de un antiguo incendio, se recuperaron las molduras, pisos, balaustradas. Reapareció sobre sus paredes el color original, renacieron la sala de estar, el comedor, el escritorio y la sala de música. El jardín regresó a su antiguo esplendor de los años cincuenta y se restauraron la fuente de hierro, un antiguo aljibe, la estatua de mármol, la glorieta y la amplia galería.
Leonidas reapareció de la misma forma repentina de las veces anteriores.
Joven – noté que observaba a su alrededor con mucho interés – tengo la impresión de que están aquí los viejos tiempos. Detrás de cada revoque y de cada mano de pintura esta casa parece, de nuevo, aquella que albergó esas reuniones en las que ser invitado por Victoria era recibir una especie de condecoración. Estrellas de cine, diplomáticos, políticos, algún que otro ex presidente y, en especial, ellos, mis amigos y compañeros. Si habremos pensado y corregido a nuestra hija, a aquella pequeña Revista Sur. Si habré trabajado junto a Victoria, Frank, Supervielle, Reyes, Borges, Romero, De la Torre, el malogrado Drieu la Rochelle y tantos otros, armando y corrigiendo esa queridas páginas. Sin poder olvidar las corridas de último momento para que llegara puntual a la imprenta Colombo de Caballito. Vaya época esa, joven, en la que parece que el tiempo no pasará nunca y se vive ignorante de que uno sólo cuenta con la vida de su propio cuerpo que no deja de ser una sentencia de muerte en suspenso. Al fin y al cabo, la felicidad no es más que una historia muy bien contada. A veces no queda otra cosa que…- hizo silencio de forma repentina y dirigió su vista hacia la glorieta.
Pude notar que algo lo obligaba a mirar en esa dirección y, casi en un susurro, dijo un nombre que me hizo dar vuelta lleno de curiosidad.
Felicitas. Haz vuelto - sonrió dando a su rostro una oleada de ternura – Y traes la rosa color té.
Grande fue mi sorpresa al ver que allí no había nadie y, más grande aún, cuando al regresar la vista hacia Leonidas, él ya no estaba.
Grité su nombre varias veces y lo único que conseguí fue que el capataz y un grupo de personas que parecían estar recorriendo las obras llegaran hasta mí.
Sergio, ¿ qué te pasa ?
González, ¿ lo vió ?
¿ A quién, de que estás hablando viejo ? – se acercó a mí y pude darme cuenta de que me olía el aliento.
Lo interrumpí.
No, no estuve tomando. ¿ De verdad no lo vió ? Estaba junto a mí y desapareció.
Una mujer del grupo, que más tarde se identificaría como secretaria, o algo así, de la junta de preservación de la Villa Ocampo, se interpuso entre nosotros.
Y, tras confirmar que yo hablaba de Leonidas, contó en pocas palabras su historia.
Poeta. Colaborador de la Revista Sur. Un amor imposible con una joven amiga de Victoria, muerta en los años treinta en Suiza víctima de la tuberculosis. Un suicidio en este mismo jardín, gracias a un tosco veneno, en un loco intento de unirse con ella en el más allá y una tumba, en Recoleta, de la que solía decirse que no contenía cadáver alguno. Esas, resumiendo, fueron las cosas que pude escuchar de su boca y que aumentaron, más aún, mi confusión.
Sergio – el capataz me palmeó la espalda - seguí laburando y acordate de lo que te dije sobre los vasos y las botellas.
Borracho. Otra vez esa palabra trepándose a mi espalda y yo sin poder aclararle que llevaba semanas bebiendo gaseosas y que Leonidas era real, tan real como él y como yo.
Y más vigilado que nunca seguí trabajando durante varios días hasta que, hace un rato nomás, haciendo un pozo en el jardín para no sé que cosa de la cloaca, cerca de la fuente de hierro forjado, mi pala tropezó con algo duro.
Y me agaché pensando en una piedra y lo que encontré hizo que mis piernas flaquearan y saqué el resto de la tierra y lo que quedó al descubierto me hizo correr a llamarlos y vinieron y ahora están aquí viendo como yo,lo mismo que yo(y ellos no tienen fama de borrachos ).
No señor y por lo tanto, nadie podría acusarlos de eso ante el cuerpo incorrupto de Leonidas que sostiene una fresca rosa color té en su mano derecha y sonríe feliz en esa eternidad, que debe compartir con Felicitas, diciéndome que no baje los brazos, que existe el amor, que existe la vida, que en algún momento, en algún lugar, y sea como sea, el hombre puede ser feliz.




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