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Luis Ignacio Hernandez
martinez - argentina
Nació la literatura en el preciso instante en que alguien necesitó expresar en palabras aquello que no podía ocultar en el fondo de su alma.
Quizá por eso escribo.
O no.
Quizá lo hago...
Porque...
No sé...
Quizá...
Porque...
Necesito expresar en palabras aquello que no puedo ocultar en el fondo de mi alma.
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Últimos comentarios de este Blog

03/07/11 | 01:13: stellamaris (detrasdelespejo) dice:
Hola, me has dejado estupefacta,no porque no sepa que las cosa muchas veces suceden así, que un médico no es Dios, yo tambien me pregunte algunas veces porque esta distraido? en fin, es una historia dura, cruel, como la vida misma y muy bien relatada. Te mando un beso vecino
28/08/10 | 00:40: stella Maris (detrasdelespejo) dice:
interesante, muy interesante me atrapó de tal manera que, cinco minutos antes yo ya estaba cayendo al vacío, Ja! un saludito vecino
19/06/10 | 17:40: claudia romi dice:
ese texto no es un texto informal esta mal pesimo xq el texto infformal es x ejemplo habla pata asi ps
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el muchacho rubio




Parte 1
El Alfa y la Omega

Boris, a tu curiosidad
se deben estos cuentos

Es el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que viene, el Omnipotente.
No tiene forma humana, aunque se la han dado en distintos colores y tamaños, con diversas texturas y sabores.
Puede ser la sed en el desierto o el derroche, en agua, de las llanuras.
reinar, reina, aunque falten el trono y las tiaras.
Es Señor de las distintas religiones y, aunque muchos creen haberlo visto, ninguno hay que conozca su exacto rostro pues carece de uno en especial y ese es su misterio.
Es un instante infinitesimal para el que el segundo es una larga vida-
La materia que no puede ser hallada.
El fugaz coito eléctrico de dos neuronas.
El misterio que guarda el ADN.
La incógnita, disfrazada de Big Bang, que deja en nuestra puerta el origen del Universo.
La sonrisa y el llanto.
El tronar de los motores y el canto del ruiseñor.
El reino de los cielos y el infierno de las podridas ciudades.
Los odios hechos batallas al tronar de los cañones y la mansa y sabia paz de ese lago, oculto en el ignoto valle de la esperanza que, algunos dicen, guarda en su pulido lecho de redondas piedras ese cofre que contiene la verdad, la única verdad. La que el hombre encuentra en el instante supremo en que la vida huye hacia las desconocidas planicies de la muerte terrenal.
Invisible a los sentidos humanos, y alcanzable solo para esos pocos elegidos que han conseguido un estado de transfiguración espiritual, dejó decirle a aquel tierno poeta francés que murió guerreando que lo esencial es invisible a los ojos como sencilla muestra de su presencia infinita.
Está solo y aguardando.
Muy lejos de allí, en uno de sus más castigados planetas, un hombre inicia una búsqueda.
Quizá la última.


Parte 2
Trescientos ocho dólares con treinta y siete centavos


La sucia y larga cabellera rubia era la playa.
Las jeringas, brillantes sus cabezas por las gotas a punto de caer, aguardaban, en sus puestos, listas para defender, una vez más, a las cansadas neuronas.
Mientras, desde el mar, avanzaban las escopetas calibre veinte, saciadas de cartuchos.
El combate era inminente.
Ya pisaban las arenas faltas de shampoo.
Y corrían en dirección a las agujas que eran pequeños reflejos de luces y plata.
Viólame, viólame, viólame. Hazlo y hazlo de vuelta.
La música era su música, aquella música.
La distancia entre los bandos se redujo a cero y la prometida batalla...
Nunca tuvo lugar.
Pudo ver los abrazos, las sonrisas y la extraña alianza se produjo.
De la mano, jeringas y escopetas marcharon, en extraña comunión hacia su torturado cerebro.
Antes de despertarse, pudo entrever aquella solución que, en vano, buscaba desde hacía tanto tiempo.
Lo primero en sorprenderlo, al abrir su celestes ojos, fue el recuerdo perfecto del sueño y lo segundo, que el perfume de ella, de Ella ( así, con mayúsculas ) permaneciera aún en los almohadones.
Sintió nacer una leve excitación que fue mayor aún cuando aspiró también un leve olor a heroína recién calentada.
La suma de ambos componentes era lo que más lograba entusiasmarlo.
Pensó en llamarla pero...
Pero ya lo había intentado en varias ocasiones y, al no poder recordar aquella contraseña que sólo ellos conocían, el conserje del hotel, que los separaba, le había prohibido la comunicación.
Ella era una diosa, una verdadera diosa, que le había dado todo.
Todo.
Hasta aquella pequeña hija que le recordaba demasiado a como había sido él.
Pensar en la niña hizo que sus padres entraran a su mente sin pedir permiso alguno.
Con sus quilombos, con sus boludeces, con toda esa parafernalia de matrimonio de los sesenta que era el mejor exponente de aquella generación que, del amor libre, la era de Acuario y cambiar al mundo, había pasado a ser un estúpido y repetido conjunto de frustrados, tan frustrados como los de la anterior generación que habían buscado cambiar.
Su madre, la “fácil”, según sus antiguos compañeros de escuela.
Fácil para todo, hasta para largarse un día y destruir el pequeño reino en el que él, inocente en sus pocos años, creía haber encontrado un infinito refugio.
Su padre.
¿Padre?
Se permitió una pequeña sonrisa irónica, muy irónica.
¡Cómo se había esforzado en tener un padre¡
¡Cómo¡
Y en su lugar, sólo había tenido un Papá.
Un Papá incapaz de comunicarse en el plano de afecto que él siempre había esperado, un Papá que, sin duda alguna, se sentía avergonzado de ser un don nadie.
Su madre, su Papá.
Su Papá, su madre.
Ellos, él y el odio.
Su odio.
El de las pintadas en la pared de su dormitorio.
Aquellos te odio, los odio, pero por encima de todo me odio a mí mismo. Me odio y me quiero morir.
Morir, morir, morir, morir y morir.
Ayer, hoy y mañana.
No.
Mañana no.
Hoy.
Hoy, hoy, hoy, hoy y hoy.
Hooooooooooooy.
Así.
Gritado.
Con la misma crudeza de su música.
Su música.
Música, música, música, música y música.
Ayer, hoy y mañana.
No.
Mañana no.
Sí.
Sí, mañana sí.
Su música quedaría para siempre.
Algo tenía que quedar.
¿O no?
Como tantas cosas quedaban.
Palabras nunca dichas.
Palabras que jamás debieron haber sido dichas.
Lluvias, nieblas y vientos que pasaron y volvieron.
Y el frío.
Ese frío.
Que nunca pasaba ni volvía porque estaba siempre.
Siempre, siempre, siempre, siempre y siempre.
En los corazones, en las bocas, en las almas y que, ahora también, cuando creía alejado por fin de su vida a ese compañero indeseable, le susurraba al oído en esa misma cama que había compartido con ella.
Se dio cuenta que su abrigo marrón estaba cubriendo a su querida camiseta de un grupo punk de Baltimore y a su gastado jean.
Había dormido vestido.
Decidió levantarse.
Al pie de su cama lo esperaban las zapatillas. Esas, las de la estrella.
Se ató los cordones.
A un costado descubrió el televisor.
Encendido, sin volumen, en donde podían verse videos de rock.
Pensó en los dueños del canal que los ponía al aire.
La similitud con sus padres era extraordinaria.
Sin ellos no eras nadie.
Vagabas en la oscuridad sin ser apenas escuchado.
Con ellos respirabas, caminabas, vivías.
Y llegaban, después, los sermones y castigos.
Esto no.
Aquello tampoco.
Y eso menos y...
Y uno era un juguete.
Un muñequito parlanchín y gritón que saltaba al compás de su guitarrita.
Un muñequito tan parlanchín y gritón como al que había visto, en su niñez, dentro de una caja de vidrio.
Recordó que, introduciendo un cuarto de dólar por una ranura, se ponía en movimiento.
Como solía hacerlo él.
Pero como ya no lo seguiría haciendo.
Si las cosas salían bien.
Se acercó al equipo de audio y puso una música que no era suya, que era de otros que se movían como él a fuerza de dólares, a bajo volumen.
Volvió a sentarse en la cama.
Tomó una libreta tamaño oficio, un bolígrafo rojo y encendió un cigarrillo light.
Su amigo de la infancia, al que tenía un poco olvidado, se merecía esa carta.
Escribió desde su más profunda soledad, esa a la que alguna vez había dibujado representada por una estrecha calle con dos rascacielos a los lados.
Una palabra siguió a la otra y esa a la siguiente y, casi en el momento de comenzar a fumarse el filtro del cigarrillo, llegó al final.
Miró la hoja desde una cierta distancia y agregó algo para ellas.
Al fin y al cabo se lo merecían.
Mucho más de lo que se merecían tenerlo a él.
Pensó en la niña, pensó en lo feliz que sería si él hacía un paso al costado.
No le convenía ese padre tan voluble y lunático.
No.
No ganaría nada estando en contacto con un Piscis tan triste, sensible e ingrato que no podía ni sabía disfrutar.
Nada de lo hecho parecía tener sentido alguno.
Pensó en el tiempo que llevaba sin emocionarse creando ni escuchando su música y, menos aún, escribiendo o leyendo.
Cerró por un instante sus ojos.
Las jeringas y las escopetas marchaban hacia su cerebro.
Corto era el tiempo.
Tan corto.
Como largo había sido el llegar hasta allí.
Pero...
No, no era momento de recordar.
Era momento de actuar.
Que otros recordaran por él.
Se levantó de la cama y fue hasta el armario.
Quitó el tablón flojo del cual sólo él tenía conocimiento.
La escopeta Rémington M 11, los cartuchos y la caja de puros Tom Moore, obedientes, esperaban a su dueño.
Detuvo la mirada en el arma.
Trescientos ocho dólares con treinta y siete centavos.
Tres Franklins y un poco más.
Se permitió una mueca irónica.
Era tan poco el precio y tanto lo que significaba.
Abrió la caja de cigarros.
La jeringa, la aguja y la heroína le saludaron como viejos amigos.
Amigos.
Amigos, amigos, amigos, amigos y amigos.
Ya no tenía amigos.
Sólo conocidos.
Se habían marchado, o los había hecho desaparecer.
Amaba y se compadecía mucho de ellos y se daba cuenta de lo difícil que le resultaba superar esa frustración, ese sentimiento de culpa y esa empatía que le provocaban.
La imagen de su hija reapareció.
La pudo ver rebosante de amor y alegría, besando a todo el mundo.
Para ella, todos eran buenos y ni se le podía llegar a ocurrir que existiese alguien dispuesto a hacerle daño.
Su historia se estaba repitiendo.
Cuantas veces había creído en la gente.
Cuantas.
Cuantas veces había amado a la gente.
Cuantas.
Hasta los siete años, recordó.
Luego, un odio creciente hacia ellos se había apoderado de él.
Mientras cerraba la caja de Tom Moore y se colocaba los cartuchos en el bolsillo, se dio cuenta que amaba y compadecía casi de la misma manera a los seres humanos en general.
Supuso que ese debía ser alguno de sus tantos errores.
Errores que no volvería a cometer.
Como tampoco trataría de engañar a nadie más, haciéndole creer que disfrutaba las cosas un ciento por ciento.
Sin querer estaba recordando y se reprendió así mismo.
Que otros recordaran por él.
A través del pasillo se dirigió a la cocina.
Antes de llegar, tomó dos toallas de un armario.
No era necesario agregarle más tarea a la mujer de la limpieza.
De la heladera sacó una lata de cerveza y salió al jardín en dirección al invernadero.
Antes de llegar se dio vuelta en dirección a la casa.
Se demoró unos instantes en verla de arriba abajo.
Era imponente pero fría, muy fría.
Al fin y al cabo, el asiento trasero de su antiguo Valiant del 63 , muchas veces, había resultado ser un sitio cálido, mucho más cálido que ese, quizá ridículo, castillo.
Entró al invernadero.
Después de tantas semanas de estar enterrado en un ataúd en forma de corazón por primera vez se sentía libre.
El piso era fácil de limpiar y quien entraba en ese lugar de una sola planta, demasiado protegido de las miradas ajenas, se convertía en un ser invisible.
Se sentó en el piso mirando hacia la puerta principal.
Sacó la funda de nailon de la escopeta, la dobló y colocó sobre el piso oscuro.
Con el abrigo y las dos toallas la cubrió.
Fue hasta una pequeña pileta de un rincón a preparase la jeringa.
Se detuvo un instante a observarla.
Llevaba tanto tiempo anestesiándose con ella, en un vano intento de recuperar aquel entusiasmo que lo dominaba cuando era un niño, que no sabía si era su amiga o su enemiga.
A decir verdad, ya no le interesaba mucho.
En un rato, ella sola se lo diría.
Volvió a sentarse.
Colocó tres cartuchos en la escopeta y quitó el seguro.
Trescientos ocho dólares con treinta y siete centavos.
Tres Franklins y un poco más.
Se permitió una mueca irónica.
Era tan poco el precio y tanto lo que significaba.
Comenzó a fumarse un último cigarrillo, mentalmente pensó que era el sexto desde que se había levantado.
Se terminó la cerveza.
De la caja de cigarros sacó una desaconsejada y peligrosa cantidad de heroína.
Su docena y pico de sobredosis, de las que había sobrevivido casi de milagro, llegaron para darle un beso en la frente.
Las expulsó.
Que otros recordaran por él.
Sintió que el odiado e interminable dolor de estómago que tantos años le había roto las pelotas amagaba volver.
Mostrándole la escopeta lo hizo huir.
Colocó la droga en la jeringa.
Antes de introducir la aguja en el codo, debajo de un viejo tatuaje con la letra K, se permitió un segundo para pensar en ella, y tuvo la seguridad de que, tal y como se lo había agregado al pie de la carta a su amigo de la infancia, cumpliría su pedido y seguiría adelante.
Por la niña, que no se convertiría en una rockera siniestra, miserable y autodestructiva como él.
Luego de inyectarse apartó la caja de Tom Moore a un costado y se apoyó el caño del arma en el paladar.
En el momento de apretar el gatillo, la imagen final de la escopeta se mezcló con la de su Diosa.
Nunca nadie lo había hecho volar como ellas, aunque fuera por distintos motivos, con los sesos esparcidos por la pared.



Kurt Cobain, como otras leyendas del rock,
falleció a la maldita edad e 27 años,
el Martes 5 de Abril de 1994
en Lake Washington, USA


Parte 3
Cobain y Nirvana


Me sorprende la voluntad del espiritu
( letra del tema Polly )


La historia oficial podrá decirnos que Nirvana fue un grupo procedente de Aberdeen, en el noroeste de U.S.A, formado por Kurt Cobain ( guitarras y voz) Krist Novoselic ( bajo ) y Dave Grohl ( batería ) que desde 1985 hasta 1994 grabó tres CDs ( 1989, Bleach; 1991, Nevremind; 1993 In Utero ) a las que se agregaron algunas recopilaciones ( 1992, Incesticide; 1994, Unplugged in New York;1996, From the Muddy Banks of The Wishkah; 2002, Nirvana; 2005, Sliver The Best of The Box ) y que desde que se encontraron Novoselic y Cobain como fanáticos del grupo The Melvins hasta la estampida final de una escopeta Remington M11, calibre 20, la mañana del 5 de Abril de 1994, hicieron mucho por el grounge.
También, que sus inicios fueron complicados incluyendo cuatro cambios de nombre ( Fecal Matter, Skid Row, Pen cap Chew y Ted Ed Fred ) hasta alcanzar el de Nirvana en 1988. Que cambiaron varias veces de baterista ( Dale Crover, Dave Foster, Aaron Burkhard, Chad Channing, Dan Peters )hasta dar con el definitivo y que dejaron esa repetida sensación que suelen dejar las estrellas fugaces, alguna que otra vez, en la oscuridad de la noche.
Si se dice Nirvana, se debe decir Kurt Cobain.
Sin duda alguna y dejándola bien clara.
Muchos podrán estar en desacuerdo, pero ese rubio triste, cuya historia estaba en sus ojos (como dijo Mark Selinger, fotógrafo de Rolling Stone que le sacó la ya clásica foto, que fue tapa luego de su muerte), fue, es y será Nirvana.
Con todos sus aciertos y sus errores, con sus “depres” y sus euforias, con la novia que lo bancó en los años de miseria (Tracy, a la que dedicó About a girl) y con su pareja del final (Courtney Love) madre de su hija Frances Bean.
Alguien, amante de los detalles podrá decirte, además, que Kurt Cobain y Krist Novoselic se conocieron en 1985, que ambos eran seguidores de The Melvins y que solía vérselos en el lugar donde ensayaba esa banda y hasta contarte que, después de formar grupos como The Sellouts ( versionaban canciones de Credence Clearwater Revival) o Fecal Matter, conocieron al baterista Aaron Burckhard, uniendo los primeros cromosomas que formarían ese ADN llamado Nirvana.
Ese Nirvana que en 1988 firmaría un contrato con la disquera independiente Sub Pop, lanzando su primer álbum (ese de Love Buzz, School y About a Girl) que llamaron Bleach y que se convirtió en el más escuchado en las radios universitarias de Estados Unidos.
Y no se olvidará de contarte que "Smells Like Teen Spirit" fue su primer gran éxito desde el “nunca pensado” Nevermind ingresando en los listados de música en todo el mundo abriendo, a patadas, la gran pùerta del mundo al, hasta ese entonces punk underground y rock alternativo, al que los medios de la epoca definirían como "grunge".
Para terminar agregándote el verso aquel de las peleas con MTV y los llamados medios corporativos y el éxito y el quilombo hasta aquella mañana en la que en un galpón, triste y aburrido como todo buen galpón que se precie, el tiro del final mató al hombre y dio a luz a la leyenda.
Leyenda que quizás el suicida no buscó y cuya muerte le evitó, como alguien dijo alguna vez por ahí, caer a la tumba como un fruto maduro.
Maduro como nunca fue su padre, ese que se sentía, según Kurt, avergonzado de ser un don nadie.
Alguien, nadie, nada, todo.
Un juego macabro de esa calesita del american dream que solo suele cumplirse en las películas.
Nacer y ser feliz puede llegar a ser una utopía.
Un niño es un niño.
Los padres son los padres.
Y un divorcio quizá asesine al que busca la felicidad esa de la casita con el jardincito de coquetas rositas adelante, las cortinitas en las ventanas y la chimenea con su correspondiente humo elevándose hacia un cielo azul tachonada de nubes de algodón.
Y lo haga escribir en un graffiti ese “te odio, los odio, pero por encima de todo me odio a mi mismo”.
Y el odio no es bueno, suele llevarnos por extraños caminos que pueden conducirnos a una tormenta de neuronas en un confundido cerebro.
Y tal vez un poco más tarde, al verse convertido, luego del éxito de Nevermind, como símbolo de esa extraña Generación X cantada por los textos de Douglas Coupland, su vida terminara de hacerse tan confusa como su madre, esa a la que sus compañeros de colegio habían bautizado “la fácil” y a la que quizá deseó regresar navegando sobre aquella frase de “arroja tu cordón umbilical para que pueda volver a ascender”.
Nada es fácil y no existe tipo en el mundo que la lleve sin dramas.
Cuesta.
Vivir cuesta.
Seas un Don Nadie o el líder de un grupo de Rock.
Y la factura se la pasan.
Como se la pasan.
Y, a veces, pone huevos y la pilotea, caiga quien caiga, pero en otras, se le mueren las ganas, alguien le asesina la voluntad y comienza a caer.
Y ya no lo frena nadie viejo.
Nadie.
Alcohol, pastillas, busca lo que sea y la broma macabra es que nada le sirve y entonces cae en el sueño que le regala la droga y, en ese momento exacto, la termina de arruinar del todo.
Y lo del viaje de ida es cierto y solo le queda la dura aniquilación, que es toda suya y de nadie más.
Esa aniquilación que, curiosamente (o no tanto) es el significado de una palabra sanscrita: Nirvana.
Nirvana.
Dicen por ahí que cada cosa lleva el nombre que merece.
Y este caso no es la excepción.
Aniquilación, apagamiento, extinción.
Todo eso es el concepto budista del Nirvana y, lamentablemente, Kurt Cobain también lo fue.
Ese rubio tristón que me produce una profunda pena.
Ese rubio tristón que dejó una hija.
El que durmió en garages, debajo de un puente y en casas prestadas.
Que hasta llegó a meterse en algunas clínicas, haciéndose pasar por paciente, para comer algo.
El que fue amado por miles de fans y no supo amar.
El que apretó un gatillo y se borró.
Se borró dejándome la sensación de que esa bala calibre 20 mató a un inocente.
Y levantando de mis labios una puteada, una soberana puteada, porque viejo, los inocentes no deberían morir.

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Comentarios de nuestros lectores - Escribí tu comentario
25/04/08 | 13:48: Graciela (JAQUE MATE EN LA COMARCA) dice:
Hola Ignacio! Gracias por tus nuevos comentarios!Siempre gratifica qu nuestros pares digan si lo nuestro los conmueve de algún modo, además de saber que seguimos en contacto, que nuestra escritura está llegando a los otros, para ser compartida,observada desde el lugar que se quiera, abrazada o por qué no rechazada. Nadie es perfecto!! Afortundamente! Un saludo cálido y también leo lo tuyo que es por momentos lo "exacto", para mí; que conlleva el "decir" que tanto me gusta.
graciela_errekart@yahoo.com.ar
 
22/04/08 | 19:08: Graciela dice:
Gracias Ignacio por tu comentario! Seguiremos, como vos decís y comparto, visitándonos y conciendo los universos de los que, como nosotros, tenemos el "privilegio" de sostener las palabras en vuelo, de la mejor manera que sabemos hacerlo. Un saludo cálido, Hasta muy pronto! Graciela
graciela_errekart@yahoo.com.ar
 
18/03/08 | 14:31: claudia varosio dice:
Luis: El muchacho rubio, es una perfecta mezcla entre un cuento y una nota periodística. Es tan real el relato suicida de Cobain, que uno, mientras va leyendo, puede ver y sentir el sufrimiento del personaje. Y está tan bien escrito que uno persive, (aún sin conocer la historia) que la única salida es la aniquilación. besos Claudia
diariogarage@hotmail.com
 
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