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Luis Ignacio Hernandez
martinez - argentina
Nació la literatura en el preciso instante en que alguien necesitó expresar en palabras aquello que no podía ocultar en el fondo de su alma.
Quizá por eso escribo.
O no.
Quizá lo hago...
Porque...
No sé...
Quizá...
Porque...
Necesito expresar en palabras aquello que no puedo ocultar en el fondo de mi alma.
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Últimos comentarios de este Blog

03/07/11 | 01:13: stellamaris (detrasdelespejo) dice:
Hola, me has dejado estupefacta,no porque no sepa que las cosa muchas veces suceden así, que un médico no es Dios, yo tambien me pregunte algunas veces porque esta distraido? en fin, es una historia dura, cruel, como la vida misma y muy bien relatada. Te mando un beso vecino
28/08/10 | 00:40: stella Maris (detrasdelespejo) dice:
interesante, muy interesante me atrapó de tal manera que, cinco minutos antes yo ya estaba cayendo al vacío, Ja! un saludito vecino
19/06/10 | 17:40: claudia romi dice:
ese texto no es un texto informal esta mal pesimo xq el texto infformal es x ejemplo habla pata asi ps
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encuentro



Encuentro
Tell me baby,
what is my name
I tell you one time,
you are to blame.
(Jagger/Richard)


Pese a que la imagen de ese extraño anciano iba y venía por su mente, al salir del cuarto Banco se decidió a llamarla.
Quizá para mitigar la bronca de un nuevo no.
Tal vez por la mansa seducción de ese par de ojos verdes que le hacían recordar a los del viejo.
O en un claro intento de compartir algunas horas con aquella enigmática mujer que, en el avión rumbo a la Capital, se había mostrado tan interesada por él.
Se hizo un tiempo para razonar.
¿Era realmente algo que podía ser llamado seducción?
No. Se dijo sin lugar a dudas.
¿Ganas de jugar?
No.
Se contestó así mismo al instante.
¿Algo de amor sin compromiso?
Se permitió pensarlo unos segundos.
Si.
Ella, sin dudas buscaba eso y que mejor que un desconocido para tenerlo y que sitio ideal esa inmensa ciudad donde nadie te conoce y a nadie conocés.
Dos horas juntos y su nombre había permanecido como el mayor de los secretos.
Al insinuarle un futuro encuentro, arribados recién al Aeroparque, la risa fresca de ella había sido un despliegue de futuros placeres.
- Podés llamarme como más te guste, total, mi nombre puede ser la suma de todos los nombres conocidos o por conocer.
Le gustaban misteriosas y ella lo era.
Antes de despedirse con un hasta luego se había permitido bromear con él.
- No te olvidés de mi. Este es mi número de teléfono. Eso si, anda sabiendo que el pasa un rato conmigo no vuelve a ser el mismo.
Al besarla en la mejilla le había retrucado la chanza:
- Por una noche con vos soy capaz de entregarle el alma al primero que pase. Así como te lo digo, sin remordimientos y sin arrepentirme.
La respuesta, siempre entre risas y bajo la atenta mirada de esos ojos verdes, profundos como la selva más cruel, no se había hecho rogar:
- Te tomo ya mismo la palabra.
Al día siguiente, el celular, su dedo índice, las ocho cifras, la femenina voz del venite que estoy sola y una dirección que lo dejaba del lado opuesto de la ciudad no necesitaron más de tres minutos.
Al colgar, pensó en un taxi.
Aunque las magras finanzas...
­ ¡A la mierda con esas magras finanzas!
Un billete más, un billete menos era lo mismo.
Estiró su brazo derecho y, un rato después, la ciudad se transformó en una rápida sucesión de veredas, fachadas e insulsas personas.
Intentó distraerse pero el problema seguía allí.
Semejaba la letra indeleble de un epitafio, sobre el mármol frío de una tumba familiar que se agrietaba a pasos agigantados, dejando a la luz el oscuro hueco de la nada.
De esa nada que quizás solo podría terminar con un frío caño en la sien y un cálido dedo sobre un gatillo.
Se permitió un estremecimiento.
¿No estaría exagerando con la idea esa del suicidio?
¿No sería una estúpida bravuconada, a quien quisiera escucharlo, la de andar diciendo por ahí que sin guita nada tenía sentido?
Al fin y al cabo, la muerte era otra cosa.
Distinta.
Terrible.
Estigma invencible que solo marca un antes y un después.
Un blanco y un negro.
Lo falso y lo verdadero.
Eso era la muerte: un simple caso de presencia.
Estar o no estar.
En cambio, su problema, o mejor dicho: el problema familiar, no debía ser examinado bajo tan horrendo análisis de situación.
Al fin y al cabo, y en muy pocas y duras palabras, lo que sucedía no dejaba de ser otra cosa que una quiebra.
Una más de las que, año tras año, marcaban el ritmo de la economía de cualquier país situado al sur del Río Grande.
¡Tantos caían!
¡Docenas!
Y ellos pasarían a formar parte de ese grupo.
Así de simple.
Pegó un golpe en el respaldo del asiento delantero.
El taxista lo miró de reojo, casi con miedo.
­ ¡No tenía nada de simple!
­ ¡Ni la más mínima sombra de simpleza!
Sintió húmeda su frente.
Uno de esos leves mareos que solían atacarlo (los nervios mi amigo, le había asegurado el médico, pero no es nada) hizo su repentina aparición.
Las manos comenzaron a temblarle.
Tenía miedo.
Mucho.
El fin de la empresa familiar era su fin.
No debía engañarse.
Sin la entrada fija del negocio que fundara su abuelo se terminaban sus amantes, los autos caros, la avioneta (que tanto quería) y muchas cosas más que incluían el mantenimiento de sus hijos y la tapada con dinero de la boca de su mujer que conocía en profundidad los pormenores de su doble vida.
Esa doble vida que sólo podían darse los miembros de aquellos grupos feudales que, desde los viejos tiempos de esos caudillos que habían tomado el poder sin que nadie se los hubiese pedido, llevaban una existencia despreocupada y feliz como dueños absolutos de vidas y haciendas.
Intentó consolarse.
Aún le quedaba su título de abogado.
Recibido en la misma Universidad en la que lo había hecho ese abuelo suyo, patriarca indiscutido, amigo de curas y militares que, rodeado de su prole legal y no tanto, competía con el propio Jesucristo en la misa del Domingo.
Cierto.
Sus estudios, su profesión.
Por un instante se imaginó en algún tribunal.
Un Juez, un acusado y él.
Tuvo la sensación de que allí¡ estaría su futuro, pero, un nutrido grupo de fojas, folios, testigos, alegatos, recusaciones, pruebas, ataques, defensas, sellados, un culpable, un fiscal y su propia incapacidad levantaron vuelo para transformarse en un enorme puño que impactó en su mentón.
Las piernas le flaquearon y el knock out trajo a su conciencia la certera seguridad de ser un fracasado.
No podría jamás compararse con ese autoritario anciano que, luego de morir plácidamente en su cama (de esa forma en la que suelen hacerlo los poderosos), había donado su nombre a un hospital provincial, cuatro plazas y dos colegios cumpliendo con aquello, que alguna vez había escuchado, de que a los hombres se los juzga por los resultados.
El era distinto, muy distinto, más débil, quizá de carácter.
Con menos huevos tal vez.
Y, eso no podía ser negado, arrastrando los problemas ocasionados por su padre que, en un cálculo no del todo adecuado, había dado nombres y señalado domicilios. Colaborando con una dictadura de la que pensó sacar ganancia y sólo obtuvo pérdidas, antes de morir, en muy extrañas circunstancias, a horas nomás de comparecer como testigo en un juicio a ciertos represores.
Los tiempos habían cambiado.
Mucho.
A su abuelo le hubieran costado cuatro gritos y una amenaza para conseguir billetes.
A su padre, unos pocos llamados telefónicos y cinco o seis nombres bien puestos.
En cambio a él…
Sin billetes no existía.
Para colmo, ya no quedaban más Bancos.
- Nadie le presta a los pobres, viejo, vas a ir al pedo - su amigo fiel, crudo y filoso como todo verdadero amigo, no se había equivocado.
Tampoco su mujer:
- Con la plata pasa lo mismo que con la bebida. Cuando estás borracho todos te ofrecen vino, pero cuando estás sobrio...
Nada podía ser tan cierto.
Cuatro No lo certificaban.
Ya no existían más puertas.
Sin un crédito debían cerrar la fábrica a fin de mes.
Un intento vano era su viaje hasta Buenos Aires.
Aunque...
No.
Era una estupidez.
Si.
Pero...
¿Por qué no?
Quizá aquel enigmático anciano tuviera razón.
La imagen del viejo volvió a dibujarse frente a sus ojos.
Su edad, imposible de calcular con exactitud.
Su estatura, mediana.
Su figura, magra.
Sus manos, angulosas.
Su sonrisa, fría, calculada, distaba de ser la de un agradable abuelo.
Sus ojos…
Esos ojos…
Profundos…
Difíciles de observar en forma directa…
Verdes…
Verdes, extraña y exactamente verdes como los de la mujer del avión.
Por un momento tuvo la idea de que ella y el viejo podían ser alguna especie de parientes.
Al instante descartó esa posibilidad por absurda y hasta se asombró de ese extraño razonamiento.
Razonamiento tan extraño como lo había sido la aparición de ese hombre en su oficina.
Surgido de la nada y volcando, sin que se lo pidiera, una serie de datos sobre su historia familiar de bronces y espadas, su presente un tanto complicado y su futuro de vientos favorables en los mares de la política.
Para desaparecer casi de la misma forma en la que había llegado sin decirle siquiera su nombre.
Suspiró.
¿Y si fuese verdad?
Las posibilidades de que lo fuera igualaban a las que no.
Recordó que su padre solía decirle que, bajo las mareas del tiempo y el sueño, extraños peces solían moverse.
Quizá el viejo sólo había sido un triste loco deambulando de un sitio al otro jugando, dentro de una posible locura senil, a la astrología.
O no.
Podía ser cierto, muy cierto.
Los curas, en el antiguo colegio de su infancia, le habían enseñado que San Tomás de Aquino solía decir que la visión de los acontecimientos futuros era un influjo de Dios.
¿Aunque tenía algo que ver Dios en lo que le estaba sucediendo?
¿Quién puede saber en que rincón se esconde eso que llaman verdad?
De algo estaba muy seguro: fuera todo verdadero o falso, cerradas las puertas de los prestamistas, no dejaba de ser la opción del anciano otra cosa que la última posibilidad de salvarse de la catástrofe.
Sonrió.
Los japoneses hablaban de una puerta por la que podían entrar la buena o mala suerte y que era uno mismo el que tenía la llave.
Quizá, de regreso a su provincia, sin dinero, debería probar esa opción.
Se permitió una ironía: la magia tal vez fuera en su ayuda, como en alguno de esos cuentos de las mil y una noches.
Magia, o lo que fuera, no le iba a negar la entrada si llegaba a presentarse.
Miró su reloj.
No debía faltar mucho para el domicilio que le había dado esa mujer.
Llevaba largo rato sentado en el asiento trasero de ese auto, pero no se quejaba.
Ella bien valía el trayecto.
Sus ojos verdes (quiso regresar la imagen del anciano pero la desechó al instante). El torrente de pelo negro sobre los hombros. El escote que invitaba al suicidio entre los pechos que se desfloraban en lujuria. La estrecha cintura y la exacta cadera. Las piernas dignas del cincel de un Miguel Angel. Su sonrisa y esa voz seca, penetrante (como a él le gustaba) habían llegado hasta sus sentidos como una turba enloquecida de alcohol, invitándolo a entablar un acercamiento, una charla quizá , que pudiera transformarse en el preludio de un interesante viaje sobre la superficie de ese cuerpo que parecía único e irrepetible.
El taxi detuvo su marcha frente a un discreto edificio de dos plantas que lucía una fachada estilo francés de los años veinte.
Pagó al chofer, que no paraba de observarlo, con el cambio justo y un rato después, previa pasada por un inmenso hall y dos tramos cortos de escalera, se encontró cara a cara con ella.
Las fórmulas de rigor propias de estos casos (como estás, el viaje bien, café o whisky, ponete cómodo. Si, en ese sillón vas a estar bárbaro y unos cuantos etcéteras más) pasaron delante de sus ojos de una manera ágil.
La música, que apareció tomándolo por sorpresa de desde un equipo de Hi-Fi oculto vaya uno a saber donde (creyó reconocer a la guitarra de Santana en Black Magic Woman) y el hecho de que ella se sentara junto a él de una manera tan decidida, en el inmenso y cómodo sillón que dominaba el centro de la estancia, le asombraron un poco.
Hubo un lento intercambio de caricias como preludio de una lógica sucesión de besos.
Besos que los llevaron a perderse entre los ritmos que, de cálidos y casi tropicales, se fueron transformando en las docenas de Mi, Re, Si y La (todos ellos en bemol) de aquel Get Down Make Love que un inolvidable Freddie Mercury parecía haber compuesto para momentos como ese, en que el hombre suele demostrar que, en lo profundo de su ser, es un animal salvaje. Aunque ese extraño sitio llamado civilización cargue sobre él como una dominación constante y lo mantenga enjaulado.
- Get Down Make Love.
- You take my body.
- I give you heat.
- You say you`re hungry.
- I suck your mind you blow my head.
- Make love inside your bed everybody.
- Get down make love, get down make love.
Pudo escuchar la penetrante y seca voz en su oído, como un susurro de lija, hablándole de un mentiroso amor y unos segundos después, sin poder evitarlo y sin tiempo alguno para entender lo que sucedía, fue testigo de una increíble transformación en la que desaparecieron sus ojos verdes. Verdes como los de aquel anciano que apareció fugazmente en su mente, antes volver a desaparecer aplastado por el torrente de pelo negro sobre los hombros. El escote que invitaba al suicidio entre los pechos que se desfloraban en lujuria. La estrecha cintura, la exacta cadera y esas piernas dignas del cincel de un Miguel Angel, para metamorfosearse en un dragón color de fuego, con siete cabezas y diez cuernos, que dejaban ver sobre ellas siete diademas, mientras su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo.
Quiso gritar, en un vano intento de pedir auxilio, pero el horrible animal, aprovechando la boca abierta, se introdujo en su cuerpo.
Creyó morir, pero apenas fue un desmayo.
Al reaccionar le pareció como un hecho de lo más normal el encontrarse solo.
Ella había partido, sin dudas, para continuar por allí con su trabajo.
Sintiéndose muy seguro de si mismo se puso de pie.
Acomodó sus arrugadas ropas y se permitió proferir una extraña risa envuelta en el hálito frío de un grito que parecía llegar desde profundas e ignotas cavernas. Comprendió al instante (sin detenerse a pensar la causa de dicho razonamiento) que el mundo no era otra cosa que un infierno y que los hombres solían dividirse en almas atormentadas y diablos atormentadores.
Repentinamente, la imagen del anciano dejó de parecerle extraña y hasta se permitió sentirlo cerca, muy cerca, como dentro suyo.
Se dirigió en dirección a la puerta.
Antes de salir al pasillo supo que ya no serían necesarios ni bancos ni prestamistas y, al llegar a la calle, la cascada voz de Mick Jagger le gritó en sus oidos:
- Pleased to meet you. Hope you guessed my name, oh yeah.

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Comentarios de nuestros lectores - Escribí tu comentario
29/04/08 | 21:35: Graciela (JAQUE MATE EN LA COMARCA) dice:
Bueno y muy buen tu texto Ignacio. Un placer que hayas agregado algo, nuevo, al menos para los que visitmaos tu tiempo de verano, que adivino será rico en imágenes, a través de tus relatos, en las cuatro estaciones... es de esperar, ya que viene escribiendo muy bien Mr. Hernández! Date una vuelta por mi comarca cuando gustes. Au revoir! Graciela
graciela_errekart@yahoo.com.ar
 
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