Home | Blogs | Foros | Registrate | Consultas | Martes 21 de noviembre de 2017
Usuario   Clave     Olvidé mi clave
     
Ir a la página de inicioIr a los Blogs
Mi Perfil
Luis Ignacio Hernandez
martinez - argentina
Nació la literatura en el preciso instante en que alguien necesitó expresar en palabras aquello que no podía ocultar en el fondo de su alma.
Quizá por eso escribo.
O no.
Quizá lo hago...
Porque...
No sé...
Quizá...
Porque...
Necesito expresar en palabras aquello que no puedo ocultar en el fondo de mi alma.
Archivo de entradas | Mostrar datosDesplegar
Ocultar datos Junio 2012
siempre se vuelve, siempre
Mostrar datos Mayo 2012
Mostrar datos Junio 2011
Mostrar datos Agosto 2010
Mostrar datos Junio 2010
Mostrar datos Mayo 2010
Mostrar datos Febrero 2010
Mostrar datos Agosto 2009
Mostrar datos Julio 2009
Mostrar datos Junio 2009
Mostrar datos Mayo 2009
Mostrar datos Abril 2009
Mostrar datos Marzo 2009
Mostrar datos Octubre 2008
Mostrar datos Septiembre 2008
Mostrar datos Agosto 2008
Mostrar datos Julio 2008
Mostrar datos Junio 2008
Mostrar datos Mayo 2008
Mostrar datos Abril 2008
Mostrar datos Marzo 2008
Entrá a Radio La Quebrada

Últimos comentarios de este Blog

03/07/11 | 01:13: stellamaris (detrasdelespejo) dice:
Hola, me has dejado estupefacta,no porque no sepa que las cosa muchas veces suceden así, que un médico no es Dios, yo tambien me pregunte algunas veces porque esta distraido? en fin, es una historia dura, cruel, como la vida misma y muy bien relatada. Te mando un beso vecino
28/08/10 | 00:40: stella Maris (detrasdelespejo) dice:
interesante, muy interesante me atrapó de tal manera que, cinco minutos antes yo ya estaba cayendo al vacío, Ja! un saludito vecino
19/06/10 | 17:40: claudia romi dice:
ese texto no es un texto informal esta mal pesimo xq el texto infformal es x ejemplo habla pata asi ps
Vínculos
Tres relatos bíblicos y otros cuentos Tres relatos bíblicos y otros cuentos


David Slodky
Nació en Salta, en 1946, donde reside actualmente. Es L... Ampliar

Comprar$ 40.00

Escuchá Radio De Tango

summertime





Escribí un comentarioEscribí tu comentario Enviá este artículoEnvialo a un amigo Votá este artículoVotá este texto CompartirCompartir Texto al 100% Aumentar texto

Una rosa al llegar la primavera




(nota: cualquier semejanza con personas vivas o muertas,o con alguna institución pública, es pura coincidencia)


Releí el texto mientras la esperaba:

Imagino en el lento despertar de tu sexualidad
que serás como una rosa al llegar la primavera.
Explotando, ante el fugaz observador, en la
húmeda frescura de los pétalos que se abren,
tímidos, a la penetrante brisa del amanecer.

A decir verdad, me parecía horrible, pero hubiera deseado tener aquí a mi esposa.
Ella sabe de estas cosas.
Dale que te dale leyendo todas las tardes con una dedicación propia de un monje budista. De esos que viven en aquellos monasterios que construyen en la cima de unas montañas imposibles de trepar.
­¡Qué tipos che!
De que sacrificios son capaces para que no los jodan.
Ahora que lo pienso, es increíble lo que la gente hace para que no le rompan las que les cuelgan.
Ojo, no los censuro.
Nosotros también, cuando podemos o nos dejan, los imitamos.
Pero no nos sale.
Nunca lo logramos.
Aquella mañana habíamos llegado hasta el límite de romper la centralita telefónica de la seccional porque la noche, plagada de persecuciones, disparos e inicios de sumarios en esa nueva computadora en la que no parabamos de hacer macanas (producto de lo inútiles que eramos) se había escapado con nuestro descanso.
Teníamos las que te jedi llenas y los nervios de punta.
Tal era el clima que el gordo Paracampo, con aquella colección de chistes obscenos, que todos conocíamos y él repetía igual, era una mosca de letrina zumbándonos en los oídos.
Como sería la cosa que el Chueco Salas no había logrado chusmear aún la página de atrás del diario (esa que trae siempre a una bestia en bikini, mientras unos centímetros más arriba te cuentan que mañana va a llover y que el Servicio Meteorológico posee un satélite PIRULO TSX para justificar las metidas de gamba).
- Cortala gordo, que para Jorge Corona te sobran kilos - terminaba de decirle mientras hojeaba un informe de Recchini (escrito a dos dedos y en su idioma particular de afirmativos con H y B y negativos con Z final) cuando el ruido de dos patrulleros llegando al mejor estilo Hollywood me hizo mirar hacia la calle.
-­ ¡Qué lo parió! Rompimos el teléfono por nada. Acá llega el Séptimo de Caballería a jodernos igual. - Paracampo se había adelantado a mi razonamiento.
Un rato después, junto al gordo y al ruso Kozak, me enteraba de la muerte de Enrique Sandoval Buontempo por medio de una prolija nota (también a dos dedos, pero acá los afirmativos tenían doble R y los negativos estaban escritos con J)
- Buontempo. ¡Parece que a este le llovió, ja!
- Callate gordo bobo.
- Que me decís gordo bobo, moishe pobre.
- Cortala Paracampo si no querés que te parta el labio.
- ¿Quién, vos? No me hagás reír moishe pobre. Mirá como te lo digo: moishe pobre y dolobu, porque hay que ser dolobu para nacer moishe y terminar de cana. Le fallaste a tu raza, rusito, le fallaste.
La verdad, estaba cansado.
No sé si por la noche en vela o por las interminables peleas entre el gordo y el ruso.
Como siempre, intercedí para evitar una agarrada que no los llevaría a otro lugar que no fuera una sanción disciplinaria.
Quince minutos más tarde, café de por medio, habíamos decidido que me ocupara del asunto.
El forense hablaba de un paro cardíaco, pero un tal inspector Gomez sospechaba de un crimen.
No conocía al inspector Gomez, pero flor de detallista debía ser para caratular a un infarto de muerte dudosa sabiendo en el quilombo en que metía a alguien.
A ese alguien que venía a ser yo.
En el viaje hasta acá había hecho un poco de memoria.
Enrique Sandoval Buontempo me resultaba familiar, ya que en la última Navidad le había regalado un libro de él a mi esposa (libro que me había recomendado un vendedor, en el shopping, anestesiando un poco a esa soberana ignorancia que solía acompañarme).
Recordé al instante que varias veces, al regresar de la Seccional, sus ojos llenos de lágrimas y sus “que hombre tan sensible, tan lleno de amor” me habían llamado la atención.
Pobre Buontempo.
Le debía tres o cuatro noches bastante interesantes con un ligero toque a luna de miel (¡Aleluya! ¡Aleluya!) de mi mujer shockeada por su talento.
Hasta yo había leído frases sueltas del libro cuyo título:” La sombra del Jazmín te cobija aún” me sonaba un poco amanerado. Recordaba unas cuantas oraciones que se alejaban de las páginas de cierto diario amarillo que son mi única lectura (en especial el turf y la quiniela).

Eras mi Venus virginal
cuando el invierno clavó
su fría y neblinosa daga
en mi gastado corazón.
Y lloro hoy, al ver que
la sombra del jazmín
te cobija aún.

El tipo parecía un poco entusiasmado al escribir eso, aunque semejante idioma: Venus virginal, fría y neblinosa daga y todo el verso ese de la sombra del jazmín no le hubiera servido ni para levantarse a una jovata a la que la última vez que alguien le había hecho un mimo había sido para festejar el Racing Campeón Mundial del sesenta y seis.
Pobre hombre.
Y no era viejo.
Con ver su cadáver, antes de que se lo llevaran a la morgue, había comprobado que no llegaba a los cincuenta años.
- Cuarenta y tres. Infarto masivo de miocardio - según el informe médico.
- Parece que no falta nada. Aparte de este salón donde estamos, la casa cuenta con tres dormitorios, un living, una cocina y una pieza de servicio donde duerme la mucama - el subinspector Aguirre me había puesto al tanto de los menores detalles, dejándome, una vez más, con la duda de que hacía un tipo tan culto en nuestra querida y vapuleada policía.
Hablando de cultos, el finado no podía negar que lo era también. Un vistazo a los libros de la biblioteca alcanzaba para darse cuenta.
La Ilíada y la Odisea me parecieron el nombre de una compañía de seguros, El Lazarillo de Tormes una empresas turística y El Mio Cid una marca de calzoncillos.
En fin, cada uno gana o pierde el tiempo en lo que quiere.
De algo podía estar seguro, la literatura apenas debe dar para comer, porque los muebles y el estado general de la casa (por la que había dado una recorrida previa) no dejaban a la vista una situación económica desahogada.
Es más, las cosas tenían un delicado toque a herencia de alguna tía solterona, ilustre habitante ya, de una bóveda en la Recoleta.
Sobre el escritorio, superior en tamaño a un Fiat seiscientos, dormía el sueño de los justos un anotador abierto en la página donde la muerte se había topado con nuestro literato.
Una Parker sesenta y uno con capuchón dorado (¿sería de oro?) estaba caída sobre la alfombra discreta y gris.
- No la toque Aguirre. Puede ser una prueba - me había sentido un Bogart del subdesarrollo al dar la orden.
No pudiendo con mi curiosidad, había leído las últimas frases sueltas de Sandoval Buontempo que me saludaban desde esas páginas que seguían sobre el escritorio.

Seré tu amor o no seré nada.
Soplará mi tenue brisa,
sobre la llanura inexplorada
de tu cuerpo, o moriré, al fin,
en una extraña mezcla de dolor
y pasión descontro...

Ahí se cortaba, en descontro.
Debía ser descontrolada, pero no le había alcanzado el físico para descontrolarse tanto.
El extraño estilo de vida del pobre Sandoval Buontempo me hizo perder por el campo del divague.
Que lo llevaría a un tipo sano, joven y lleno de expectativas (como hubiese dicho mi abuela) a recluirse en una antigua casa como esa con el objeto de escribir historias de amor para amas de casa sensibles.
Por más que trataba de imaginármelo, sólo se me ocurría la soledad como único justificativo para esa monástica vida.
- Perdón señor, me informan que en cinco minutos podrá interrogar a la sirvienta. La encontraron escondida en una obra en construcción acá a la vuelta- otra vez el cumplidor de Aguirre.
Decidido a ocuparme en algo mientras llegaba y olvidándome de pruebas y demás, me había puesto a revisar unos versos anteriores del muerto, leyendo unas frases sueltas.

Si tú eres el mar quiero ser tu espuma.

Ser espuma me sonaba a un poco asqueroso.

Dame tu mano que deseo devorarla.

Antropófago el hombre.

Lleváme en tu vientre hecho el
hijo que vendrá .

Que asco. En especial si la mujer había comido alguna de esa comidas étnicas cuyas recetas trataba de copiar mi mujer, sin éxito lógicamente, de uno de esos canales femeninos que ya me tenían un poco hartos.

Cierra tus manos sobre mi corazón
y bebe la dulce sangre de mi amor
que se derrama.

Sentí que me bajaba la presión. No me gusta ver sangre. Es un secreto profesional que me acompaña en los procedimientos.
No había querido leer más. Tenía náuseas y del baño ignoraba su ubicación.
La verdad, era una lástima que no estuviera mi esposa. Ella sabría decirme si Sandoval Buontempo era un buen escritor o no (a mí me dejaba un sabor espantoso).
- Señor - volvió a interrumpirme Aguirre - ¿Hago pasar a la señorita?
- Si, gracias.
- De nada señor.
Cuando la ví entrar, la primera idea que cruzó por mi cabeza fue que era una suerte que mi esposa siguiera en casa.
Para que la quería ahí, hablándome de Buontempo, si la morocha que acababa de ingresar a la oficina del escritor muerto llenaba todas mis expectativas en cuanto a mujeres.
A mi siempre me han gustado las rubias de ojos claros (mi esposa no es la excepción), pero esa adolescente podía hacerme dudar un poco de mis preferencias para internarme en un nuevo sabor.
No tenía corpiño (como dice mi cuñado: si no se caen para que querés algo que las sujete) y un par de cositas se le marcaban muy bien. Debía ser por el frío, ya que empezaba a oscurecer y esa chica estaba prácticamente desnuda.
Su vestimenta podía definirse de tres maneras:
1) Era un vestido mini.
2) Era una blusa sin pantalones.
3) Era una reverenda hija de su madre al vestirse así.
- Permiso señor - esa voz de costurerita que dió el mal paso puso en funcionamiento a cierto personaje que suele habitar en mi cabeza.
Le dije que pasara y quedándome parado (con el objeto de impresionar a la sospechosa) la hice sentar en el sillón de pana gris (haciendo juego con la alfombra pero en otro tono) que estaba junto a un amplio ventanal.
Al hacerlo me hizo recordar a Sharon Stone en esa película en la que le faltaba cierta prenda interior.­
- ¿Cómo te llamás?
Al mirarme, sus ojos eran una invitación a la locura.
- Mercedes.
- ¿Mercedes qué?
- Mercedes Antonia López.
- ¿Argentina?
- No, paraguaya.
Arpas por aquí, por favor.
­¡Vivan el Pájaro Campana y los Recuerdos de Ipacaraí!
- ¿Trabajás acá?
- Si señor.
- ¿Hace mucho tiempo?
- Un año señor.
- No es necesario que me digas señor a cada rato - evité‚ una sonrisa al pensar que podía decirme papito, nomás.
- ¿Qué edad tenés?
- Dieciséis años.
Yo no sé que esperan los diputados, senadores, presidentes y dueños del mundo en sacar una ley que prohíba a las menores andar haciendo semejante portación de físicos por ahí.
- Te encontraron escondida en una obra en construcción de la otra cuadra (¡Viva la U.O.C.R.A!) ¿Verdad?
- Si
- ¿Qué pasó? ¿Vos lo mataste?
Noté que su rostro se blanqueaba.
- No señor. Por nuestra Virgen de la Caacupé que no, señor. Yo no hice nada. Nada de nada hice yo. Yo no fuí.
Estaba muy asustada.
Uno, de tantos años de trabajar en la policía, sabe que cuando un acusado se julepea a fondo tiene grandes posibilidades de ser inocente.
Mercedes me dió la impresión de entrar en ese último grupo.
- Así que vos no fuiste. Muy bien. Tranquilizate un poco y contame lo que pasó.
Habló rápido. Estaba nerviosa. No había dudas.
- Mire señor, le voy a decir todo. Del principio al fin.
- Me parece bárbaro Mercedes, empezá.
- Acá me trajo a trabajar mi tía Eduviges que lo conoce al Señor Sandoval Buontempo desde hace diez años. Cuando llegamos, me dijo que la iba a pasar bien, que el Señor era muy bueno, muy tranquilo. Y así fue. Yo hacía mi trabajo y él se la pasaba llenando anotadores como ese que está ahí – señaló en dirección al escritorio - y después los copiaba en la máquina que está allá - por primera vez desde mi arribo pude darme cuenta de que una computadora dormía una siestita a un costado de la biblioteca.
Prosiguió.
- Todo era normal, pero con el verano, el Señor empezó a tratarme distinto. No supe al principio el porqué, pero a cada rato lo descubría mirándome como lo está haciendo usted desde que llegó - me sentí tocado, traté de ensayar una disculpa pero no me dejó al seguir hablando – Todo me miraba. Todo. Desde las puntas de los pelos hasta las uñas de los pies. Primero pensé que un señor tan correcto no iba a andar haciendo eso pero, por la dudas, fuí y le pregunté‚ a la Graciela.
La interrumpí.
- ¿Graciela? ¿Quien es esa Graciela?
- La amiga mía que trabaja en lo de los Torres Saucedo, en la casa de la esquina. Vinimos juntas del pueblo para acá. Es rebuena.
Como se quedó callada la hice seguir.
Bueno, la Graciela me avivó de lo que pasaba. Al señor yo le gustaba mucho. Esto no lo digo yo, me lo dijo ella. La verdad, no supe que hacer. ¡Es tan bueno el Señor Buontempo! Bueno, mejor dicho, ahora hay que decir que era bueno. Pobrecito. Morirse así - noté que se emocionaba.
Junto con su emoción se me emocionó el salvaje que pugnó por salir de mi interior ante la presencia de unas gotas que surcaron sus mejillas.
Estuve tentado a consolarla, pero si la abrazaba era seguro que me acusaban de violación (y con motivo) dentro de un rato.
Después de llorar dos o tres minutos siguió - la verdad, era lindo que yo le gustara tanto y, como me trataba tan bien, decidí darle un regalo. Así fué como dejé de ponerme el corpiño un día, la bombacha al otro y al siguiente empecé con estos vestidos que se transparentan y a los que le corté unos diez centímetros del largo. Usted no sabe señor. Parecía cada vez más contento el señor Buontempo y hasta empezó a leerme lo que escribía diciendo que era para mí ¡Me puse tan feliz! Usted no sabe los brutos que pueden ser los hombres cuando una les cae bien. Brutos y maleducados ¡Muy maleducados! En cambio, el señor era eso: un señor con todas las letras.
Me sentí tocado. Creo que hasta me ruboricé. Al salvaje atrapado en mi interior pareció no preocuparle.
Ella siguió hablando ajena, quizá, al temporal que desataba en mi pobre persona.
- Y de tan feliz que me puso el darme cuenta que el señor era tan atento decidí darle un regalo grande, muy grande - hizo una pausa sonriendo como la nena que, sin duda alguna, era - ¿Y sabe que hice?
Como se quedó esperando una respuesta le contesté:
- ¿Qué hiciste?
Su rostro destilaba una alegre bondad y al continuar, su tono de voz me pareció confidencial.
- Esperé a que estuviera trabajando acá, me saqué este vestido en el hall y toqué la puerta con dos golpes chiquitos. Cuando me dijo que pasara, entré en esta habitación toda desnuda.
Por el bien de mi vapuleada hipertensión me esforcé en no me imaginarme la escena. Creo que a la salvaje de mi interior le disgustó esa autocensura y no pude evitar un ligero tartamudeo al preguntarle:
- ¿Y qué pasó entonces, Mercedes?
- El señor Buontempo, que estaba escribiendo en ese anotador me miró. Tan serio al principio que creí que había metido la pata. Después se rió de una manera muy rara. Se santiguó y agarrándose el pecho, sin dejar de sonreír, cayó al piso. Nadie me tuvo que decir que estaba muerto. Me dí cuenta enseguida y del julepe, me puse el vestido y salí corriendo de acá. Pero yo no le hice nada. Yo no lo maté‚ señor.
Volvieron a caer algunas lágrimas por sus mejillas y no dijo nada más.
Permanecí en silencio.
¿Qué más quedaba por hacer?
Nada.
Tal vez apelar a la Suprema Corte de Justicia para que evite condenar a muerte, por emoción violenta, a los tipos que, como Buontempo y como todos los que todavía tenemos sangre en las venas, se nos queman los fusibles ante el cortocircuito que provocan mujeres como esa.
Llamé a Aguirre y le ordené que se hiciera cargo de Mercedes aclarándole de que fuera atento porque la chica no tenía nada que ver.
No pude decir que era inocente.
Nadie con ese físico puede ser inocente.
Salí del lugar pensando en las últimas palabras de Sandoval Buontempo.

Seré tu amor o no seré nada.
Soplará mi tenue brisa,
sobre la llanura inexplorada
de tu cuerpo, o moriré, al fin,
en una extraña mezcla de dolor
y pasión descontro...

Ya no me quedaban dudas.
Había que tenerlas bien puestas para aguantar la pasión descontrolada que, de forma totalmente inconciente, repartía Mercedes.

Calificación:  Malo Malo - 1 voto  - Ingresá tu voto

Comentarios de nuestros lectores - Escribí tu comentario
Últimas entradas del mes


Radio La Quebrada Radio de Tango Indexarte Escribirte OccidentesEscuchanos
Noticias | Efemérides | Novedades | Ventas | Biografias | Textos | Audio | Recomendados | Entrevistas | Informes | Agenda | Concursos | Editoriales | Lugares | Actividades | Blogs | Foros | TiendaFundación | Letras de Tango I | Letras de Tango II | Contacto | Boletín
© 2006-2017- www.escribirte.com | Todos los derechos reservados   | Diseño Web | Canales RSSRSS