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Mi Perfil
Nelly Fida
San Miguel del Monte - Argentina
Nací y vivo en Monte, pcia. de Buenos Aires. Desde pequeña me gustó leer y escribir. Esto último recién se pudo concretar en mi madurez, cuando com participar en distintos talleres literarios.
Mis cuentos y poesías fueron editadas y se publican actualmete en: antologías, revistas, medios de prensa y páginas virtuales.
He obtenido premios en ambos géneros en el ámbito local, provincial, nacional e internacional.
Mis escritos quizá no sean del gusto de todos los lectores, pero espero recibi el mismo respeto que yo tengo hacia los demás.
SOY una mujer que camina con optimismo hacia el futuro, porque estoy satizfecha con mi presente y no me pesa ni sufro por mi pasado. Por eso, para mí, escribir es un acto feliz, donde puedo transportarme al espacio de la creación
sin límites.
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Últimos comentarios de este Blog

26/03/09 | 12:31: suletrasmonte dice:
!!Volviste Nelly!!!: Te esperábamos. queremos leer esas poesías que salen de tu pluma.
28/12/07 | 15:40: Andrea (de ABRAPALABRA) dice:
Me gustó mucho este poema, especialmente, los últimos dos versos. Me parecen contundentes y, paradójicamente, creo que crean puentes.
15/12/07 | 09:06: Stella Maris Rojas(detrasdelespejo) dice:
¡Hola, Nelly!me gusto mucho tu relato.Ese ir y venir de no saber quien es quien me impacto.aprovecho para agradecer tu visita a mi blog tmo tus opiniones para crecer y lo de la letra de imprenta es por que mis escritos salen como el pan casero uno grande, uno chico en cuanto al premio ya lo gané perteneciendo a esta gran familia y recibiendo criticas y elgios mas alla de lo que pude suponer alguna vez. Felicitaciones.Gracias y muchas felicidades
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POR UNA MIRADA




La Guardia de San Miguel del Monte en 1745 era un arbolado abrevadero usado por los aborígenes, y que luego devino en un puesto de avanzada para luchar contra los infieles que asolaban las nuevas poblaciones y estancias que se atrevían a mirar hacia el sur.
Ese sur que era necesario conquistar. Arisco, como las tribus que lo poblaban, y que había que dominar, consolidando las fronteras más allá de las sierras, hasta la Bahía Blanca.
Una soleada mañana de domingo, a fines de 1823, el incipiente pueblo de San Miguel del Monte despierta con el ruido de los cascos de los corceles de guerra que se preparan, junto con sus jinetes, para la larga travesía hacia lejanas e inexploradas tierras.
Las paredes encaladas de las casas del vecindario se asomaban, tímidas, entre el verde follaje de los paraísos, duraznos e higueras de los patios. Mientras los hombres se ocupan de dar de comer a los animales, las mujeres preparan unos amargos y luego todos visten sus mejores galas para concurrir a misa.
Desde la torre de la iglesia, las campanas dejan oír su melodiosa voz llamando a los fieles que, poco a poco, van llegando desde las quintas y los suburbios.
El alcalde don Luis Gómez, junto a los generales Rondeau, de la Cruz y Rodríguez, y los más destacados hacendados y vecinos, se encuentran en el atrio.
Los pobladores que desde lejos y en nutridas caravanas van llegando en sus carruajes y caballos entre nubes de polvo, ceden el paso a un importante grupo de jinetes que, al trote, arriban a la plaza. Se trata de los comandantes de los diversos batallones que integran la campaña al desierto.
Los curiosos vecinos quieren ver de cerca a los militares y se vuelcan en gran número a la plaza para verlos pasar. Las lustrosas cabalgaduras escarcean, como sintiéndose orgullosas de sus jinetes.
Ya comenzada la misa, en el interior de la humilde iglesia brilla el oro de los uniformes de los generales y jefes. A un costado, se encuentra un grupo de mujeres rezando el rosario. Le piden al Santísimo que devuelva salvos y sanos a padres, hermanos, esposos e hijos.
Petrona Chavarría esconde sus ojos negros detrás de la mantilla blanca. Josefa, su madre, siempre le dice que no debe mirar a los hombres, pero ella es joven y no sabe, o mejor dicho, no quiere saber de esas leyes arbitrarias que imponen los mayores; por eso, sin hacerse notar, mira furtivamente al Capitán de las Milicias de caballería, don Ignacio Ynarra.
Ella nunca había visto mozo más apuesto y gallardo, salvo don Juan Manuel, pero esa es otra historia.
El carbón encendido de sus ojos inflamó el corazón del veterano soldado como la yesca en la paja seca. Quien nunca había sido vencido en la batalla, esta vez cayó rendido por la mirada tímida y ardiente de la moza.
Una vez finalizado el servicio religioso, los fieles se reunieron en el atrio de la iglesia y en la plaza. Ni lerdo ni perezoso, don Ignacio, que a la sazón andaba por los cuarenta años, le pide al cura párroco, Fray Mariano Espinosa, que le presente a los vecinos del lugar, justo cuando se encontraba cerca de la Petrona.
Aprovechando el inusual tumulto de gente, don Ignacio logra conversar unos cuantos minutos con la muchacha, lo suficiente para hacer una cita para el día siguiente, a la salida de la misa.
Faltaban muy pocos días para el comienzo de la campaña al desierto, por eso la llegada del año 1824 fue festejado con entusiasmo y muchas expectativas. Hubo fiesta desde la mañana del día 31 y hasta bien entrado el primer día del año nuevo, y no les fue muy difícil a los enamorados escabullirse hacia la costa de la laguna para estar solos, ya que eran 3000 los soldados que formaban los 9 cuerpos que partirían hacia el sur.
Y, como dicen los fatalistas, lo que tenía que pasar, pasó. La moza se entregó a las caricias del capitán, y él la amó con la certeza de que por mucho tiempo, o tal vez nunca más, tendría a una mujer como esta entre sus brazos.
En la estancia de don Antonio Dorna, a orillas de la laguna Las Perdices, se encuentra acampado el ejército que finalmente el 5 de enero inicia la marcha como una gran masa palpitante y estrepitosa, brindando un espectáculo imponente y terrible, haciendo temblar la tierra bajo los cascos de miles de animales y decenas de carretas y carruajes, como si una montaña se desplomase a su paso.
Con el capitán Ynarra se fue el corazón de la Petrona, y nunca más lo volvió a ver. Sería por eso que cuando su tatita la ofreció "para todo servicio" al señor de Los Cerrillos, ella bajó la vista y no dijo nada.
Pasados unos cuatro meses, a la moza se le comenzó a notar una panza más grande que la usual. Entonces fue cuando empezaron los comentarios en el pueblo.
El patrón de Los Cerrillos tendría un nuevo hijo. Si era mujer, tal vez podría llegar a ser tan importante y distinguida como la niña Manuelita, y si era varón, quizás heredaría la estampa, la astucia y la inteligencia de su padre.
Rosas se mantenía en silencio y otorgaba crédito a los chismes. La Petrona seguía su ejemplo y no decía nada. Nada...



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