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Antonio Barnés Vázquez. Entrevistas RSS Entrevistas

Antonio Barnés Vázquez.

"Yo he leído en Virgilio". La tradición clásica en el Quijote.

Por Academia Editorial del Hispanismo

Antonio Barnés Vázquez. Ganador del III Premio Internacional de Investigación Científica y Crítica "Miguel de Cervantes".


¿Qué le ha llevado a escribir esta monografía, ganadora del III Premio Internacional de investigación científica y crítica "Miguel de Cervantes"?


Empecé investigando el aristotelismo cervantino, y después continué con un análisis sincrónico de la tradición clásica en el Quijote, indagando así en qué medida las más de mil referencias grecolatinas explícitas e implícitas de la novela han configurado la trama y los personajes. Creo que es muy fecunda esta perspectiva sincrónica, pues los estudios de fuentes son muy abundantes y a veces diseccionan los textos perdiéndose la visión de conjunto. En este tipo de análisis, además, puede verificarse si las citas clásicas evidencian erudición, pedantería o, por el contrario, se insertan armónicamente en la acción narrativa. Esto es lo que he podido constatar en el Quijote y lo que pretendo llevar a cabo con otras obras de Cervantes y de otros autores del Siglo de Oro.


¿Puede hablarse del Quijote y de la obra de Cervantes ignorando la cultura greco-latina?


Las 1.274 referencias al mundo clásico que he inventariado en el Quijote —y que abarcan las más diversas facetas del universo grecolatino: poesía, teatro, historia, pensamiento, retórica y poética, ciencias naturales, etcétera—, muestran que la novela no puede entenderse al margen de la cultura grecolatina. Además, la especial relevancia en la novela de conceptos de la preceptiva literaria antigua, particularmente de la Poética de Aristóteles, avala que la tradición clásica no sólo no constituye un mero ornato en el Quijote sino que afecta a su misma concepción, desarrollo y fin, pues la novela viene a ser la puesta en acción de las críticas que los humanistas hacían del género caballeresco: supone una sátira inteligente, una agudísima crítica de las novelas de caballerías que, al mismo tiempo, trata de rescatar lo más valioso del género, subrayando también sus elementos positivos. Pero todo esto es posible porque Cervantes ha aplicado a la creación literaria los principios de verosimilitud y ejemplaridad que no se cansaban de reivindicar los humanistas en el plano teórico, conceptos enraizados en la preceptiva griega y romana. Podemos afirmar que sin tradición clásica no habría este Quijote, que si es considerado por muchos la primera novela moderna por la verosimilitud de los personajes; por la entrada de la cotidianeidad en la literatura; y, entre otras razones, por la pluralidad de caracteres, sentidos y perspectivas, es, en buena medida, por su inspiración —sin servilismo— en principios estéticos clásicos. Por otra parte, Cervantes reniega explícitamente en el primer prólogo del Quijote del uso pedante de las citas clásicas, proclama que es coherente con su práctica en la novela, pues las más de 1.000 referencias que hay en ella se insertan con naturalidad en las palabras del narrador y de los personajes, evidenciando que el autor ha asimilado plenamente esa herencia: en la novela el humanismo está hecho cultura. En fin, hay que destacar también que sólo un análisis riguroso puede arrojar el dato de los 1.274 ecos al mundo clásico en el Quijote: la lectura de la obra no produce la impresión de un abigarramiento de citas.


Don Quijote, ¿loco o cuerdo, a la luz de los clásicos?


Tras el equilibrado y humanista elogio de la poesía que hace don Quijote en el capítulo II, 17, el caballero, que continúa en compañía del caballero del Verde Gabán, protagoniza el famoso episodio de los leones, donde se apresta a combatir contra las fieras enjauladas. En esta sucesión de escenas se evidencia esta característica esencial del caballero de la alternancia entre cordura y locura, sin la que no podríamos comprender al personaje. ¿Qué ha cambiado de una escena a otra para que se produzca esta metamorfosis de humanista ponderado en caballero dislocado? El referente: en el primer caso, la evocación de la poesía arrastra a la mente y a los labios de don Quijote una serie de conceptos que ha leído en los autores grecolatinos y en los humanistas; en el segundo, los propios leones inspiran en el caballero episodios semejantes de los libros de caballerías, y pretende una acción mimética. La bipolaridad quijotesca exige estudiar específicamente el influjo de la formación clásica tanto en su cordura como en su locura. El elogio de Basilio y Quiteria en II, 42, que “le graduaron la discreción” a don Quijote, “teniéndole por un Cicerón en la elocuencia” es una prueba más de que el caballero suele expresarse con tal facundia, que provoca la admiración en sus oyentes, que a veces ignoran o dudan de su locura. La oratoria de don Quijote enlaza con la elocuencia grecolatina en un doble aspecto, el formal, —sus discursos están poblados de figuras retóricas clásicas—, y el conceptual, porque a menudo abundan en ideas y mitos grecolatinos. Igualmente posee don Quijote afán docente, cualidad que alcanza su clímax en torno al episodio del gobierno de Sancho en la ínsula Barataria, donde, autodefiniéndose como su Catón, instruye a su escudero con numerosos consejos, situándose así en un plano concomitante con la sabiduría grecolatina. Una tercera cualidad cuerda de don Quijote es su capacidad para el diálogo, auténtica columna vertebral de la novela, que enlaza con el grecolatino también en un doble aspecto, formal y conceptual. Pero la locura de don Quijote, caballero andante humanista, también se nutre de su formación en letras griegas y romanas y se expresa de varias maneras: la mímesis de héroes clásicos; la conversión del mito en espejo de su conducta; la asunción del mito de la Edad de Oro, y la idealización de Dulcinea. Y es que su imitación caballeresca no se detiene sólo ante personajes medievales: se extiende también a los héroes históricos y legendarios del mundo grecorromano, como Héctor el troyano, Alejandro Magno y Julio César, que integraban el grupo de los nueve de la Fama. El mito clásico es como un espejo que guía su conducta cuando no encuentra un paralelo a su actuación en el ámbito caballeresco. Así, en el episodio en que don Quijote ha de abandonar a Rocinante y viajar sobre el asno de su escudero, no recuerda a ningún caballero andante en semejante montura, sino a Sileno. Y Dulcinea es definida por el caballero como la “idea de todo lo provechoso, honesto y deleitable que hay en el mundo” (I, 43). ¿Cabe una definición más platónica? En fin, la amplia erudición del hidalgo/caballero Alonso Quijano/don Quijote de la Mancha le otorga una personalidad poliédrica. No sólo ha leído compulsivamente las novelas de caballerías: ha “leído en Virgilio” y en otras fuentes griegas y romanas, lo que influye de modo determinante en sus alternancias de cordura y locura; en definitiva, en la pluralidad de dimensiones que hace posible también la diversidad de interpretaciones de su figura en estos 400 años de existencia. Pero la brillante elocuencia de don Quijote, su afán pedagógico y su capacidad dialógica son características humanísticas que sustentan una cordura nunca perdida del todo. Pese a que su carácter permanece básicamente el mismo a lo largo de la novela, don Quijote se va metamorfoseando en diversos personajes, ya de la esfera grecorromana, ya de la caballeresca. Puede ser Catón para Sancho, Cicerón para Basilio y Quiteria, un humanista para el Caballero del Verde Gabán, un sabio para unos cabreros y un Sócrates para todo aquel que quiera dialogar con él (aquí se dibuja el don Quijote discreto). Pero también puede transformarse en un héroe homérico ante los molinos de viento o unos rebaños; un Alejandro o un César con delirios de grandeza; Sileno montado sobre un asno; un pastor de la Arcadia; o un soldado de la milicia de amor que vela sus armas... Y si la emulación heroica es el norte de su acción, su amor platónico por Dulcinea arrastra su corazón. Además, don Quijote entrelaza el ideal caballeresco con el mito de la Edad de Oro, lo que le permite fundamentar su peregrinaje con bases mucho más sólidas que la mera mímesis de Amadís de Gaula y otros personajes de la caballería andante. Sin su formación clásica el Quijote fácilmente podría haberse reducido a la historia de un loco y sus bufonadas. Su compleja personalidad, que se mueve entre los extremos de la cordura y la locura, se sustenta en sus lecturas clásicas. Su retórica, que fascina a sus interlocutores, le dota, de una parte, de la capacidad de expresar juicios sensatos y brillantes; y, de otra, le apuntala en su propósito caballeresco contra la evidencia de sus fracasos. Las mutaciones que se producen en su mente afectan también a la ambivalencia de sus conceptos. Tal es el caso de la noción de fortuna, que en ocasiones está imbuida del sentido de la providencia cristiana, en otras prevalecen en ella nociones grecolatinas o participa de unos y otros conceptos.


¿Clasicismo y paganismo van unidos en Cervantes? En sus investigaciones, ¿qué lugar ocupa la religión a la hora de interpretar la obra literaria del autor del Quijote?


Pienso que el conocimiento y aprecio de Cervantes hacia la cultura grecolatina están armonizados con su fe cristiana. Al menos es lo que se trasluce en el Quijote. He estudiado particularmente el aristotelismo cervantino, filosofía que hacía tiempo que se había acordado con el cristianismo. Bien es verdad que Cervantes no es escolástico ni antiescolástico, no es hombre de escuela filosófica. Es un autor libre, un creador literario, un narrador de historias. Todo su acervo cultural está al servicio de su escritura. Pero la antropología que subyace en el Quijote es fundamentalmente aristotélica y cristiana. Las principales referencias evangélicas, en fondo y forma, pertenecen al diálogo ininterrumpido que mantienen el caballero y el escudero, pero otros personajes secundarios, aquí y allí, muestran una visión del mundo básicamente cristiana. Baste recordar los argumentos que Lotario esgrime a su amigo Anselmo para disuadirlo de su propósito. En sus palabras se engarzan, sin estridencias, motivos mitológicos, conceptos cristianos y pensamientos griegos o romanos. Ciertamente hallamos en varios pasajes de la obra pensamientos de Séneca; más allá argumentos platónicos... El Quijote es una fiesta de la intertextualidad, también en el plano conceptual, no sólo en el de los motivos literarios o las imágenes poéticas. Pero desde los Padres de la Iglesia, atravesando la escolástica y desembocando en el humanismo, hay una labor de armonización entre la cultura griega y romana y el cristianismo desde diversas perspectivas, una vez superados los primeros tiempos de confrontación con la religión pagana. La confraternización de las sibilas y los profetas en el techo de la Sixtina bien puede servir de icono de lo que trato de decir. Bien sé que se ha emparentado a Cervantes con Montaigne y con Descartes, que se ha trabajado su erasmismo… pero ello no obsta a que el texto del Quijote nos muestre una pléyade de personajes instalados en un universo existencial cristiano. Curiosamente, aparecen con más frecuencia profesiones de fe en personajes laicos como don Quijote, Sancho o el Caballero del Verde Gabán, que en los eclesiásticos: el cura, el canónigo de Toledo o Sansón Carrasco: estos adoptan un rol próximo a los humanistas: predican y actúan contra las novelas de caballerías. El canónigo, en el plano teórico, y el cura y el bachiller Sansón Carrasco más en el ámbito de la acción: estratagema de encantamiento, combates de Sansón… Esa no exclusividad, esa no principalidad de los eclesiásticos ante la fe cristiana, es también un rasgo de modernidad: devotio moderna, erasmismo, humanismo…


¿Es realmente aristotélico Cervantes, un autor cuya obra cumbre es una novela, género completamente ignorado por las poéticas del clasicismo? ¿Qué decir de una tragedia como Numancia, completamente ajena a la metafísica y la preceptiva de la tragedia griega clásica?


La relación del Quijote, obra que mejor he estudiado —quisiera llevar a cabo un análisis sincrónico de La Numancia—, con la tradición clásica va más allá del cúmulo de referencias de origen griego y romano de la novela, de su tono o del estilo, porque, como ya he dicho, la crítica que en ella se vierte hacia las novelas de caballerías deriva de la preceptiva clásica en general y aristotélica en particular. El aristotelismo influye particularmente en la génesis de la propia obra a través del concepto de mímesis y verosimilitud, como reconoce Menéndez Pidal, al afirmar que el novelista se desenvuelve en una época en que el arte por el arte ha dejado paso al influjo aristotélico. Para un sector de la crítica el aristotelismo cervantino es algo evidente y lógico; otros, sin embargo, subrayarán los rasgos que emparentan a Cervantes con un Montaigne o un Descartes y lo convierten en un adelantado a su tiempo. Según Close, estas dos grandes líneas tienen un primer momento clave a partir de la interpretación romántica del Quijote. Los ejemplos aportados por Américo Castro evidencian que el influjo de Aristóteles en Cervantes, que se revela ya en su primera novela, no procede sólo de la Poética, sino también de otras obras del Estagirita. Pero lo que quiero destacar aquí es la influencia de Aristóteles en el curso de las artes y la literatura, porque su postulado de la verosimilitud rompía, en cierta medida, con el idealismo platónico. Cervantes y Velázquez son pintores de la vida humana. El pintor sevillano en sus cuadros y el escritor alcalaíno, particularmente en el Quijote, no rehúyen hacer arte de lo cotidiano, sin perder de vista el mito, ya sea también para ridiculizarlo. En este sentido, una de las ideas de la Poética aristotélica que más han fecundado la obra de Cervantes es la distinción entre dos tipos de verdades: la de la poesía y la de la historia, expuestas por Aristóteles en la Poética. Este tema, ya planteado en la Galatea, aparece plenamente desarrollado en el Quijote, de un modo explícito en los capítulos 3 y 4 de la segunda parte, en el curso de un ejercicio de crítica literaria en que los propios protagonistas de la novela, don Quijote y Sancho, en conversación con el bachiller Sansón Carrasco, analizan la primera parte. Para Cervantes la mímesis, la verosimilitud aristotélica no es sólo una cuestión sobre la que disertar —don Quijote y Sansón Carrasco extraen del arsenal aristotélico argumentos para su diatriba—, sino que es un objetivo buscado y logrado en su ficción literaria. Otro momento intenso de crítica literaria lo hallamos en la conversación entre el canónigo, el cura y don Quijote, donde aparecen profusamente ideas aristotélicas sobre la obra literaria y su verosimilitud (I, 47-49), al criticar que las novelas de caballerías están mal escritas. Porque la ironía cervantina no pretende aplastar el género caballeresco, su equilibrio clásico le permite, más bien, depurarlo. Cervantes escribe en el Quijote una novela en la que trata de fundir la verdad poética y la histórica en aras de la verosimilitud siempre buscada, de manera que dota de apariencia histórica al relato, al presentarlo como traducción de un manuscrito de un historiador arábigo. Esta estrategia, no inventada por él, gana en efectos de credibilidad cuando en la segunda parte los propios protagonistas conocen y critican la primera edición del Quijote y aún la apócrifa de Avellaneda. Mediante estas técnicas Cervantes acentúa el realismo de la novela, convirtiéndola en un retrato de la vida. La referencia al adagio Amicus Plato, sed magis amica veritas (II, 51), frase atribuida a Aristóteles, sintetiza la búsqueda de verosimilitud de Cervantes, que llega a su culmen en las obras en prosa en que se movió con más libertad: el Quijote y las Novelas ejemplares, por no estar enmarcadas en un género formalizado. Cervantes pertenece a esa estirpe de genios estimulada por los clásicos para quienes la inspiración no es un corsé sino un impulso a la creación, pues se avezan a superar al modelo, o al menos lo intentan. Esto queda muy claro en la relación entre las Etiópicas y el Persiles. Cervantes no necesita en sus obras citar de manera inmoderada a sus fuentes, entre otras cosas porque rebajaría la verosimilitud de los diálogos de sus personajes. La norma no agota la vida. Es lo que ocurría igualmente en las artes plásticas: tanto para un renacentista como para un manierista o un barroco los clásicos grecolatinos constituyen una de sus principales fuentes de inspiración, a pesar de los resultados diversos que ofrecen sus obras. Cervantes tuvo la idea de forjar una novela, el Quijote, para la que no iba a contar con un género clásico o modelo consagrado, como la pastoril para la Galatea o las Etiópicas para el Persiles. Además, no iba a escribir una novela de caballerías sino una sátira contra ellas, lo que le permitió desenvolverse con más libertad, sin dogmatismos, en un nuevo campo de experimentación.


¿Hay fundamentos para seguir hablando de Cervantes como “ingenio lego”?


Cervantes, más que “ingenio lego”, fue un “ingenio cultivado”. Su primera y última obra en prosa, la Galatea y el Persiles, pertenecen a géneros de origen grecolatino, lo que demuestra tanto su connivencia con tipologías de la antigüedad como que el frecuente sesgo irónico del Quijote hacia ese universo no responde a una actitud permanente del autor sino a la idiosincrasia de esta novela. El análisis sincrónico concluye asimismo que la preceptiva clásica ha influido de modo decisivo en la propia concepción de la obra, y que en el Quijote podemos encontrar hasta cinco versiones del humanismo. En II, 16 contemplamos tres de ellas: la de don Quijote, que en su extenso elogio de la poesía muestra una visión equilibrada del humanismo, al armonizar el amor a los clásicos con el aprecio a la literatura en romance; la del caballero del Verde Gabán, que encarna una visión burguesa, poco comprometida con la vida; y la de su hijo don Lorenzo, que representa una versión juvenil o exaltada. Si avanzamos hasta el capítulo 22, hallamos al primo de Basilio, que acompaña a don Quijote y a Sancho a la cueva de Montesinos. El primo representa al humanista pseudoerudito y pedante, actitud que desagrada a Cervantes y a los dos protagonistas de la novela. Finalmente, en los personajes eclesiásticos se verifica una quinta faceta del humanismo: la orientada hacia la propia literatura. Las más de mil referencias grecolatinas en el Quijote, el inteligente uso de ellas, su conocimiento de la preceptiva clásica, etcétera, etcétera, demuestran que Cervantes leyó mucho y que poseía una prodigiosa capacidad de asimilación y de reelaboración.


¿Quiénes han sido sus principales maestros?


Soy bastante autodidacta. De todas maneras, debo reconocer que Francisco Rico, un hombre plenamente convencido del aristotelismo cervantino, me animó personalmente a desarrollar mis investigaciones. Otros autores cuyas obras han sido muy fecundas en mi formación han sido Arturo Marasso, Edward Riley, Jean Canavaggio y Anthony Close.


Publicaciones



  • “Yo he leído en Virgilio” La tradición clásica en el Quijote, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo, 2009. 

  • “Ciudades italianas al fondo de don Quijote”. Congreso Internacional de Patrimonio y Expresión Gráfica. Universidad de Granada, 20-21 de noviembre de 2008 (en prensa).

  • “Un tiempo aristotélico”. Congreso Internacional Cervantes y su tiempo. Universidad de León. 2-5 de noviembre del 2005, en Cervantes y su tiempo, Lectura y Signo, Anejo I, vol. I, Universidad de León, 2008, ISBN: 978-84-9773-401-1, pp. 143-155.

  • “Alejandro y don Quijote”, comunicación presentada en el XII Congreso Español de Estudios Clásicos. Valencia, 22 al 26 de octubre de 2007 (en prensa).

  • “¿Gigantes o molinos? El Quijote como parábola de la falsedad en la sociedad de la información”. I Seminario sobre Excelencia en la Comunicación. Falsedad y Comunicación. Información falsa. Imagen manipulada. Publicidad engañosa. Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Málaga del 14-17 de noviembre del 2005. Falsedad y Comunicación: Publicidad engañosa, Información falsa, Imagen manipulada, eds.: Alfonso Méndiz y Carmen Cristófol, SPICUM (Serv. Publicaciones Universidad de Málaga, Colección Debates, 23), 2007, ISBN: 84-9747-162-8, pp. 211-219.

  • “Un nuevo humanismo para la bioética” en el V Congreso Nacional de Bioética de AEBI. “La Bioética en la práctica profesional” (Málaga, 1-3 diciembre del 2005) en Cuadernos de bioética, 61, vol XVII, 2006, ISSN: 1132-1989, pp. 461-462.

  • “San Josemaría y Cervantes”. II Simposio San Josemaría y la comunicación, Jaén, 27.11.2004, en San Josemaría y la comunicación. Información al servicio de la persona, Juan Manuel Matés Barco y Alfonso Méndiz Noguero (coords.), Jaén, 2006, ISBN: 84-95233-16-9, pp. 135-156.



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