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Una moneda en el riel… | Malo Regular Bueno Muy bueno Excelente Excelente - 1 voto

Cuando niños, todos los días íbamos con Roberto a El Cruce peatonal en las vías del tren. Nuestros padres sonreían cuando  les pedíamos un centavo, ellos sabían que no era para comprar golosinas y nos pedían que tuviéramos cuidado… Es que simplemente cada uno elegía un riel y depositaba su moneda en el, cuando pasaba el tren las dejaba bien finitas y luego de admirar el resultado salíamos corriendo a mostrarlos diciendo que ahora, al ser mas grandes, valían mas… Luego nos dirigíamos al potrero, devenido en cancha de fútbol, y nos poníamos a patear trapos, entre nosotros o con los que estuvieran jugando allí.

Esos eran los días de nuestra infancia fuera del horario escolar. Por lo demás, la vida de los adultos de este pueblo perdido en el interior de este gran país era monótona. Los que ya tenían edad para agarrar una herramienta con destreza dejaban la escuela para ayudar en los quehaceres del campo, propio o ajeno… Sobrevivencia en su máxima potencia.

La vida no era fácil en esos días en este lugar, no señor… Hoy, sería un pueblo fantasma si no fuera por mi intervención. En otros pueblos, los jóvenes cuando terminan la escuela primaria emigran a la ciudad más cercana o a una orbe más grande y ya no vuelven… Sólo están quedando los viejos y los testarudos que quieren recuperar los días dorados de sus abuelos. Ya son menos los jóvenes que quieran hacer eso, no tienen ayuda del gobierno y los campos son muy costosos de mantener. La tierra está cada vez mas rebelde y no se deja acariciar con los cuidados sencillos que le pueden brindar, lo cual lleva a la ruina de esa familia y tener que venderlos por pocas monedas para irse a nuevos rumbos a tratar de sobrevivir trabajando para otros. Cosa que sucede cada vez con mas frecuencia en muchos lados…

Pero, volviendo a mi antigua historia, recuerdo el triste día que Roberto se fue de este mundo. Hace como 70 años de ello. Hoy, a mis 85 lo recuerdo como si fuera ayer… Teníamos los 15 años, recién cumplidos yo y el los había cumplido un mes atrás, éramos casi como hermanos, los dos hijos únicos, así que nos complementábamos de maravillas en todo lo que hacíamos. A pesar de haber conseguido novia, el no se olvidaba de mi y salíamos de tropelías de vez en cuando. No me molestaba que estuviera con una chica, no señor, yo tenía una que pretendía, pero mi timidez no me dejaba dar el primer paso. El me instaba a que le hablara, que la cortejara, pero tenía esa barrera psicológica de los retraídos para hablar de frente a una chica. Como sea, un día viene Roberto a casa y me dice si podíamos ir esa noche al Club, que habría una fiesta con motivo de la nueva cosecha que no tardaría en ser levantada. Justo mis padres me habían pedido si podía quedarme con ellos porque venían parientes y, como estarían muy cansados como para ir de fiesta, nos quedaríamos a cenar en casa. Roberto comprendió y dijo que no había problemas, el iría con Carmela, su novia, y que no me hiciera problemas, todo bien, pero me pinchó aclarándome que Paula estaría allí y me perdería una buena oportunidad de avanzarla amorosamente. No tenía yo costumbre maldecir, pero se me escapó una buena retahíla cuando me lo dijo. Casi que lo odié por ello, pero al llegar los parientes se me olvidó, vinieron mis primos y nos pusimos a chusmear nuestras cuitas como viejas chismosas, mientras nuestros padres estaban chochos hablando y poniéndose al día de sus cosas.

Eran ya pasadas la una de la madrugada cuando sentimos las campanadas de la Iglesia, señal inequívoca que algo estaba mal, puesto que sería como hoy la sirena de los bomberos… Nos levantamos rápidamente y salimos al patio trasero, ya que el mayor batifondo provenía de ese lugar. Veíamos gente correr hacia las vías y nos dirigimos junto con ellos a ver que pasaba. Estaba el comisario y sus ayudantes cerrando el paso, no dejaban pasar a nadie. Se veían siluetas en lo alto del terraplén de las vías y el tren parado como a unos cien metros de allí. La noche era muy obscura, ya que la luna no había asomado todavía… Era fresca pero agradable la noche, pero se nos puso la piel de gallina al ver lo que estaba pasando. Nos quedamos un rato más, pero al ver que nadie sabía nada y los que sabían no largaban prenda, nos retiramos para la casa diciéndonos que ya nos enteraríamos, a su tiempo. Costumbres de pueblo, nunca un apuro por nada, todo llega, decíamos…

Seguíamos con nuestra reunión, pero ya sin la alegría del comienzo. Todos preocupados por qué habría pasado, mas nosotros,  sabiendo casi ineludiblemente que alguno ha quedado bajo las ruedas de aquél monstruo de hierro. Pasadas las 3 de la madrugada golpean a la puerta, era Paula que preguntaba por mí. Me lo dijo mi madre y me aclaró que se veía perturbada su cara, con lágrimas. Voy corriendo a la puerta y me paro en seco al verla, mi madre se había quedado corta con la descripción, parecía un papel de tan pálida que estaba, tenía pequeñas convulsiones de los sollozos reprimidos y se balanceaba de un lado al otro sin cesar. Tuve miedo que se desmayara y le ofrecí que entrara a la casa. Se negó rotundamente y me pidió si por favor salía a hablar con ella y cerrara la puerta. Lo hice, no sin antes dar una corta explicación a mi familia. Una vez fuera, me toma dela mano (casi me desmayo de la emoción!), y me lleva lejos de las casas, mas precisamente al potrero donde jugamos pelota.

Una vez solos, en medio del campito, me abraza y llorando empieza a hablarme, pero no le entiendo nada. Así que la insto a que se calme y hable tranquila. Se separa un poco de mí, sin dejar de abrazarme por el cuello (en este punto estaba casi en el paroxismo de amor, casi olvidándome que podía ser tan malo que me quisiera decir…), toma oxígeno sonoramente y lo larga con un soplido fuerte, me mira a los ojos directamente y dijo las palabras mas dolorosas que pude haber escuchado en mi vida… “Roberto fue atropellado por el tren..!” Me quedé helado, no podía comprender muy bien que me pasaba por la cabeza… Estaba soñando? Debería ser eso, sin dudas… Paula me abraza, Roberto muerto… PERO QUE PESADILLA MÁS BRUTAL! Quería despertarme ya! A partir de ese momento la mente se me puso en blanco, mas tarde me contarían lo que pasó realmente.

Dicen que me puse blanco y despedía chispas, que solté amorosamente a Paula y me alejé como alelado de ella. Luego pegando gritos aterradores de dolor profundo comencé a correr en dirección a las vías. El pueblo entero salió a ver que ocurría, mi madre reconoció en ese desgarrado alarido a su retoño y temió me hubiera pasado algo horrible, salió desesperada a buscarme… Cuando me vio, estaba corriendo como un ánima fulgurante, casi sin tocar mis pies el suelo, como deslizándome en el aire.  Dicen que encontré en mi camino a el comisario y sus ayudantes, que quisieron cortarme el paso, que gritaban y maldecían al ver que no podían pararme y los dejé revolcados por el piso siguiendo mi carrera hacia las vías… Dicen que dónde yacía mi amigo muerto estaban el médico, el juez de paz y los que hacían las veces de bomberos, buscando partes del cuerpo desparramadas por los rieles… Todos salieron asustados al ver llegar una tromba enfurecida por el dolor… Dicen que abracé los restos de mi amigo y que gritaba como un poseso, que pedía que reviviera, que fuéramos al Club a disfrutar de esa noche hermosa, a que me enseñe a hablarle a las chicas, a bailar, al potrero a jugar un picadito… Dicen que cuando se me quería acercar alguien para separarme de mi amigo le lanzaba piedras, maldiciéndolo, jurando que lo mataría si se acercaba demasiado… Dicen que me tuvieron que agarrar siete personas, todos fornidos y curtidos trabajadores del campo, para alejarme del cuerpo maltrecho de Roberto, que les costó llevarme dónde el médico para que me pusiera un sedante y lograr calmarme…

Al mediodía después de mi colapso, despierto en la cama de la salita de emergencias, la mas moderna de  zonas aledañas, pero muy modesta… Estaba a mi lado Mamá y el médico, éste último aconsejó que al despertar no hubiera muchos en la habitación, por lo cual estaba más de medio pueblo afuera esperando noticias, el resto se dedicaba a sus tareas habituales pero también incómodos por esta situación extraordinaria y el dolor por la pérdida de un joven en la comunidad. A pesar que las ventanas de la habitación estaban abiertas, no se oía mas que la respiración ansiosa de mi madre. Cuando por fin se fueron los efluvios soporíferos que me nublaban la vista y la mente del calmante pude entender lo que decía Mamá. Me estaba tratando de calmar, que mi amigo se fué rápido, que no sufrió, etc… Ya cerré mi mente de nuevo, aunque, creo, que solita se desconectó, porque me contaron que quedé con la mirada perdida y, ante el susto de mi madre, el médico me revisó y le aconsejó que me dejara solo con el. Ante sus cuidados y más medicación, pude salir de ese estado tremendo de catatonia en el que había quedado luego de ese episodio. Tres días después logré salir de mi internación. Afuera estaban mis padres y… Paula!

A partir de entonces mi vida cambió radicalmente. Ya no era el de antes… Para resumir les cuento que si, me casé finalmente con Paula. Ella me contó que no fue por lástima, que ya antes gustaba de mí, que Roberto a su pedido, estaba tratando que yo fuera el primero en avanzarla, no era decoroso en esa época que la dama fuera la primera en demostrar esa emoción. Mis padres estaban radiantes el día dela boda, el pueblo entero colaboró para ella, se hizo en el Club una gran fiesta, y todo sin gastar un solo peso, todos pusieron su cuota de ayuda y salió una fiesta de bodas mejor que la mas elaborada de las fiestas de la cosecha! El regalo de bodas inesperado vino de parte de los padres de mi amigo fallecido, Roberto padre, nos regaló las tierras que serían por derecho herencia de su hijo, puesto que no tenían herederos ni familiares a quién dejárselas. Y como yo siempre fui considerado su hijo por la gran amistad que tenía con Roberto, era el sucesor por derecho, ya que con ellos sus almas doloridas quedarían en paz. No pude negarme por el amor que sentía por ellos. Así que no se habló más y, en las semanas siguientes y con ayuda de muchos, construimos una cabaña en un lugar alejado de la casa de los padres de Roberto. A partir de ese entonces vivimos tranquilamente trabajando las tierras heredadas.

El tiempo trajo nuevas penas… La primera en irse de este mundo fué mi madre, un ataque a su tierno y bondadoso corazón se la llevó sin dolencias… La siguió mi padre, la tristeza pudo más que su amor a la vida. Heredé  sus tierras, las cuales sumé a las que ya tenía. Un par  de años mas tarde fallecieron los papás de Roberto, un accidente en la cabaña con un hornillo de carbón los hizo pasar del sueño a una nueva vida en el cielo. El pueblo se convulsionó con ello y empezaron a tener mas cuidado con estos aparatejos…  La vida cambió de nuevo, mas tierras, más responsabilidades y con ello, empecé a tener una pequeña fortuna, la cual distribuía en el pueblo dando trabajo a los que precisaran, si hasta a los niños que querían venir atrabajar eran bienvenidos (sólo los hacíamos acomodar las verduras en unos pocos cajones y les pagábamos igual que a sus padres), más jugaban que otra cosa. Fueron épocas de gran tranquilidad, todos tenían su rancho y una vida tranquila con la mesa siempre bien servida. Poseíamos los terrenos mas extensos de la zona, los más fértiles, por ende, había mucho trabajo para los del pueblo y zonas aledañas. Así que mano de obra no faltaba, les pagaba un poco más de lo justo y todos vivíamos cómodamente.

Al cumplir los 65 años, mi amada Paula me dejó, una enfermedad en la sangre se la llevó con prisas, a Dios gracias que sin sufrir. No tuvimos hijos propios, nunca nos preocupamos por ello. El destino es indescifrable y no hay que ahondar en sus misterios… Su última morada está al lado de mis otros seres queridos, en el cementerio familiar en una esquina de los campos. Nunca me olvido de ellos, y en mis paseos diarios a caballo me dirijo allí a depositarles una flores, rezar por sus almas y charlar extensamente sobre las novedades en el pueblo. 15 años antes de fallecer Paula, habíamos adoptado un pequeñuelo de narices sucias que fue abandonado en la estación de tren por alguna madre que no podía mantenerlo, fue un revuelo en el pueblo tal acontecimiento. Después de una búsqueda infructuosa de sus padres por todos los pueblos cercanos, se pidió si alguien podría adoptarlo, todos nos miraron a nosotros, los ricos del pueblo. No pude dejar de escuchar a Paula rogando por él. Así que nos hicimos padres adoptivos y llegó a ser un muchacho muy capaz y servicial, aprendiendo todo sobre el campo que algún día quedaría a su cargo. Es una persona muy agradecida, siempre supo que era adoptivo y nos tenía en gran estima, un amor verdadero de hijo a padres no podría ser mas natural. A todo esto, el día que falleció Paula, Roberto, tal el nombre que le pusimos en honor a mi amigo, quedó muy triste y como sin timón, por lo cual lo llevaba en mis paseos y le hacía ver cuan necesario sería el allí en esos campos cuando yo no estuviera, de que modo sería una buena persona haciendo el trabajo y la ayuda que les dábamos a los desposeídos de oportunidades, al futuro del pueblo en si. Ya pasado un tiempo, mas las cabalgatas, visitas al cementerio (en las cuales le enseñé a charlar con sus seres queridos como si estuvieran con nosotros, así se extrañan menos) y de largas horas de trabajo en los campos como capataz competente, su vida se volvió al remanso que era. Muy contento de los progresos del muchacho, me dedicaba a viajar a la ciudad para concretar las ventas de el fruto del campo. Después, cuando llegaba de nuevo al rancho, me dedicaba a hacer los balances y los sueldos de los trabajadores, se acercaba la época de los aguinaldos, y quería que todos recibieran un plus porque las cosechas fueron muy buenas, siempre lo eran, los trabajadores hacían sus labores con amor y cuidado, todo porque recibían lo que les correspondía y eran tratados con cortesía. Todo esto era gracias ala ayuda de Roberto, que sin ella no podría hacerlo porque, aunque uno es bueno con la gente, igual hay que revisar que hagan todo correctamente así después la cosecha es óptima. La vida sigue…

Ya Roberto, con sus 30 años, hace todo el trabajo, no quiere que yo haga nada, me insta a que vaya de paseo a la ciudad, que de los negocios en la urbe también se ocuparía el. Solo que  disfrute la vida. El y yo sabíamos que era imposible, no niego que alguna que otra vez saliera a pasear con tranquilidad, pero cuando volvía a mi querido terruño me ponía a trabajar como siempre lo he hecho. Dejó de insistir en que me retire porque se daba cuenta que mi vida estaba allí, si me sacaba eso no estaría cómodo. De las fiestas del pueblo siempre me hacía cargo yo, tanto monetaria como logísticamente. Eran abundantes las fiestas desde que me hice cargo, el pueblo revivía en cada una de ellas porque siempre había visitas de otros lares y comenzó un negocio nuevo al cual muchos se echaron a realizarlo, miniturismo! Era bastante la cantidad de visitantes debido a las grandes fiestas que se generaba una algarabía que revivía a todos y favorecía bolsillos. Pronto se me recomendó para darme las llaves del pueblo, gran honor! Pero, el tiempo sigue pasando, hace dos días cumplí mis 85 años y  me siento mas viejo que nunca, un peso en el pecho que me agobia apareció hace tres meses y, desde entonces, a pesar que recibo medicinas y buena atención médica no deja de aquejarme. Los galenos me recomiendan que vaya a la ciudad y me interne para una revisión general, ni que fuera auto! No, nadie me saca de mis tierras… Roberto se preocupa mucho por mi salud, me trata de convencer a toda costa… Me niego siempre. Pero hoy, en una nueva charla que tuve con el y los médicos me convencieron para que en el próximo tren me fuera a internar en la ciudad para hacerme estudios exaustivos, cedí de mala gana, pero en realidad estaba asustado por el último dolor que sufrí. Así que ya estaba decidido, esta noche iría a tomar el tren, hacia la ciudad, ya habían hablado al Hospital General y me reservaron una cama. No quise ir a una clínica, iba contra mis principios demostrar ser mas que otros. Preparé mis pertenencias para llevar en una valija chica y mi hijo me acompañaría. Tenía un capataz de plena confianza y sabía que podría dejarlo al cuidado de la gente con tranquilidad mientras me realizaban los estudios.

Esa tarde salí a dar mi paseo cotidiano en mi caballo, me dirigí al cementerio a visitar a mis seres queridos y luego de una larga charla con ellos fui al rancho a descansar. Pero al dejar el caballo en el establo, abrevando tranquilamente, se me ocurrió que antes de partir tenía que pasar por el Cruce Peatonal de las vías, adónde iba en la infancia con mi amigo a dejar los centavos en los rieles para que el tren los dejara chatitos. Preparé un centavo y lo dejé en el bolsillo del pantalón. Luego me fui a dormir una corta siesta. A eso de las cinco de la tarde salí a recorrer los campos, saludando a los trabajadores y hablando con algunos de ellos, los más conocidos… A las ventiuna horas cenamos con mi hijo y el capataz que quedaría a cargo mientras no estuviéramos, ultimando detalles para los días siguientes en cuanto a las tareas a realizarse. Luego que el capataz se retirara a su querencia nos quedamos charlando con Roberto haciendo tiempo hasta la hora de la llegada del tren. Faltando media hora para el arribo de la formación ferroviaria, le dije a mi hijo que tenía ganas de ir al cruce a depositar el centavo, el ya conocía la historia de mi infancia, sonriendo me dijo que disponga tranquilamente de mi tiempo, que el llevaría las maletas a la estación y me esperaría alli. El cruce estaba a unas tres cuadras de la estación, no me llevaría mucho llegar antes que el tren.

Allí estaba el Cruce Peatonal de las vías, iluminado desde hace mucho tiempo gracias a mi, bien señalizado y con su Capillita antigua en recuerdo de mi amigo… A medida que me voy acercando los recuerdos me asaltan. Las risas agitadas al llegar después de la carrera, la elección apurada de el riel para dejar la moneda, nos turnábamos siempre, pero el juego era la pelea por el mejor..? jajaja Eran los dos iguales, cosas de niños… Luego de dejar los centavos nos retirábamos a prudente distancia y mirábamos pasar el monstruo rugiente, imaginando el sonido de la moneda al ser aplastada… Eso me recuerda cuando Paula al fin pudo contarme como fue el accidente. Resulta que ella quería que yo estuviera en la fiesta, lo cual le dijo a Roberto, quería que de una vez por todas me animara  a hablarle de mis intenciones de salir con ella. Roberto dijo que tenía razón, no se hablaba mas de ello y salió corriendo en mi busca, que hiba a convencer a mis padres para que me dejaran ir… Lo extraño es cómo fué que no se dio cuenta que el tren venía, o tal vez, en un último y temerario juego, quiso ganarle cruzando antes que él… Nunca lo sabremos. Jamás se me ocurrió siquiera echarle la más mínima culpa a Paula, el hecho que ella lo instara a ir a buscarme no quería decir que lo hubiera puesto a merced del ferrocarril, el destino metió su mano, reclamó lo suyo. Ya estab cerca, comencé a subir la escalinata para llegar a lo alto (antes solo era un corredero de tierra y había que ser ágil para cruzarlo, los mayores cruzaban por la estación), una vez arriba y, luego que recobré la respiración (por ello me voy esta noche al hospital, este corazón parece tener problemas…), veo un brillo en un riel, pensé que era un efecto de la luz artificial… No, era un centavo depositado en él! Instintivamente miro  por los alrededores buscando un niño haciendo mi viejo juego, pero no hay nadie allí, grité llamando a ese niño, pero no, nadie había… No creo que haya salido corriendo asustado, todos los niños me querían mucho en el pueblo… Extraño… entonces me acordé a que había ido yo, a depositar mi centavo. Así es que, como no me daban otra opción, lo apoye en el riel contrario de dónde estaba el centavo anónimo. En ese momento escuche la risa, tan familiar y reconfortante. No me asusté, esa risa era cristalina, vital, tan juvenil y dichosa! Busco al responsable a mi alrededor, sabiendo que todo el tiempo me estuvo tomando el pelo escondiéndose… De pronto, de atrás de un arbusto salta un niño y empieza a correr hacia dónde estoy yo, no podía dar crédito amis ojos, era Roberto, mi amigo de la infancia! Venia corriendo, dando cabrioles esquivando arbustos y gritando mi nombre. Me decía que me había ganado al llegar el primero al Cruce y poner la moneda donde mejor le pareció. Yo, sin poder caer en lo que pasaba todavía, me puse asaltar y gritar como hace añares no lo hacía, que me había hecho trampa, que cuando pasara el tren sería el primero en agarrar los restos aplastados de mi centavo y se los daría  antes a mis padres… Que cuando ya no las tuviéramos en la mano agarraría los trapos  enrollados y sería el que pateara el primer penal… Cuando llegó a mi lado se abrazó a mí y me decía entre sollozos lo mucho que me había extrañado, de lo feliz que estaba de volver a verme, que le contara todo… todo… Ahí sufrí un shock, no sé cuanto tiempo estuve así, el me hablaba y decía cosas incomprensibles ante mi estupor, mi tontera… No le entendía nada! Me abraza nuevamente, me da un beso cariñoso en la mejilla, me dijo estas simples palabras: “vamos hermano, dejemos que el tren haga su trabajo con los centavos, serán los últimos, ya estamos grandes para estos juegos”… De la mano me alejó delas vías, mis piernas flacuchas pero fuertes, con pantalones cortos de tirador, todas roñosas de tanto juego, me llevaban a gran velocidad, corriendo, saltando, bailando… Comencé a reir a carcajadas, íbamos derecho hacia esa luz, se veía muy brillante, cálida, tranquilizadora. Roberto me decía maravillas de esa luz, el había pedido venir a buscarme y le fue concedido, yo no sabía que me decía, pero disfrutaba inmensamente estar con mi hermano del alma… Nos acercamos a la luz y mi paz se agigantaba, mi dicha explotaba! Quise darme vuelta, pero Roberto me lo impidió dando saltos delante mío y gritándome que era una gallina clueca si no le ganaba a llegar a la luz… Entré primero que él.

Hoy, a las 01:00 Hs, minutos antes que el tren llegara a la estación, un niño encuentra el cuerpo sin vida de Don Manuel, a sus recien cumplidos 85 años deja de existir por un posible ataque al corazón nuestro mas ilustre poblador. En circunstancias que todavía no se dieron a conocer, Don Manuel se encontraba en el Cruce Peatonal, minutos antes de la llegada del tren, con el cual tenía pensado irse para hacerse estudios en el hospital público de la ciudad. El niño que lo encontró, sin embargo, nos dió detalles de cómo lo encontró: “el estaba sentado a un lado de las vías, con los ojos abiertos y una gran sonrisa en su rostro… Yo lo llamé, para saludarlo, pero el no contestaba. Me acerqué a ver si precisaba algo, el siempre hacía lo mismo cuando me veía sentado solo… Siguió sin contestarme, y me fijo adónde estaba mirando, había un centavo en uno de los rieles y el estaba fijándose en esa moneda… No, no había nada mas que esa sola moneda… Si, después que seguía sin contestarme fui a avisar a mamá que llamó a papá y lo encontraron igual a como yo lo había visto… No se, no me dijeron nada a mi… De nada.” Tales las palabras del niño ante nuestras preguntas. La moneda fue recuperada por su hijo luego del paso del tren, obviamente en las pésimas condiciones que podría esperarse luego de pasarle la formación completa por encima. Nuestras mas sinceras condolencias a su hijo Roberto, y nuestro saludo póstumo a nuestro Gran Benefactor, el querido y siempre bien recordado Don Manuel.

Mo3biuS 2011



Subido por Jose Luis Leyenberger
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