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FRAGMENTOS Hoy es el día de mi ascenso, del reconocimiento y los aplausos y yo tratando de olvidar. Siempre trate, pero ¿Qué puedo decir? Es un recuerdo difícil. Un albino desplazándose por el espacio como si nada, alto, desgarbado y flaco como un junco, dando la impresión de que si tropezara con algo o sufriera algún golpe, se quebraría como porcelana. Podrás o no coincidir conmigo, pero en ciertos lugares, un albino es como un objeto fuera de foco, y sin embargo, El también estuvo ahí. De seguro, su corazón estaría tan oxidado como el mío. De lo contrario, no hubiera estado ahí ¿no?. Digo, compartiendo el mismo edificio, mismo piso y mismo trabajo. En una hora me ascienden. Eso si lo se bien. Olvide algunas cosas acerca de cómo llegue a que me nombren gerente. Es todo un tema en mi vida. Al principio solo eran pequeños momentos. Nada serio, pero luego comencé a extraviar horas, días, semanas y con el tiempo, llegue incluso hasta perder meses enteros de las que solo quedaron pedazos deformados e inconexos como piedras erosionadas por el mar. El Albino me resulta difícil, porque también es parte de mi presente. De hecho, lo puedo ver en este preciso instante a través del ventanal del bar parado en el edificio que esta cruzando la avenida, recostado sobre un lateral de la entrada, mirando de tanto en tanto su reloj y encendiendo cigarrillos con las colillas de los anteriores. Siempre fue así. Un Albino envuelto en humo. Sigue casi igual al primer día en que lo vi en la entrevista laboral ¿Cuál seria la motivación economica de un albino? Nunca me anime a preguntárselo y hoy, tengo la certeza de que si me hubiera acercado a el desde un comienzo, no tendría todas esas noches de insomnio reflejadas en mi cara. Quizás algún día me de la respuesta. Quizás después de mi ascenso se acerque a felicitarme. No es que no lo entienda. Después de un contratiempo como el del ascensor, ¿Puedo culparlo? Yo tengo (como dije antes) fragmentos de lo sucedido, pero he reunido los suficientes como para admitir que mi actitud no estuvo bien. Más de una vez trate de hablarle, de explicarle que no supe hacer las cosas de otra forma, de pedirle disculpas, pero su estoica indiferencia siempre me dejo paralizado. ¿Cómo se le habla a alguien así? ¿Cómo se le explica? ¿Cómo se le pide perdón? Quizás hoy se me revele la manera ¿Por qué habría de venir si no es para buscar una reconciliación? En breve, muchas manos voy a estrechar y confieso que las únicas que realmente voy a estar esperando son las de el, casi con tanta intensidad como espero el abrazo de mi hija, a la que finalmente puedo regalarle un sentimiento de orgullo. “Cajita con teléfono”. Ese fue el nombre con el que bautice al Box que me asignaron en el call center. Box numero 17. Ahí estuve yo, sentado como un puntito negro dentro de una gran hoja cuadriculada. No podía ver nada, salvo el teléfono y la infinita lista de números a los que tenía que llamar. ¿Dónde estaban los demás? ¿Y el albino?. Ese día me pare sobre mi silla y solo pude ver la coronilla de mis compañeros. No tarde nada en distinguir su pelo blanco, brillando por sobre el resto, como una boya incandescente en medio de un océano de mechones negros. Estaba en el Box 20, a tres del mío, haciendo lo que todos hacíamos: Vendiendo seguros de vida. “Pidiendo solo cinco minutos de su amable atención para contarle las mil y un maneras de accidentarse que existen, los diferentes peligros que los que se expone cada día, la muerte súbita y el posterior desamparo que vivirán sus seres queridos cuando nadie los proteja. ¿Por qué no vive tranquilo? Piense en ellos, examine su conciencia ¿Por qué no contrata un seguro de vida? Happy Life.” Solo los Desesperados somos buenos vendiendo desesperación y el albino siempre salía el mejor vendedor de la semana para luego recibir esas medallitas del mejor del mes y la placa al mejor del año. Mientras El cosechaba trofeos, elogios y promesas de ascenso, yo tenía un candado en la puerta de la pensión. (una de esas imágenes que el tiempo no borro). Detrás estaban las pocas cosas que tenia. Algo de ropa, una tele, cigarrillos. Supongo que el gallego se habría cansado de que no le pagara. Mes tras mes le vendía promesas de la misma forma que vendía los seguros y la presencia del candado fue su mejor respuesta a mis pedidos de prorroga. Un candado color bronce, enorme, imposible de romper. Nose porque digo “imposible de romper”. Me pregunto si lo habré intentado, si trate de forzarlo con alguna palanca o si me quede horas y horas girando esos engranajes con números, probando combinaciones al azar. No lo se. Solo recuerdo un puto candado bien cerrado y lo lejos que estaba de poder alquilar un lugar para mi hija. No pude evitar prometerle que pronto me mudaría a un lugar lindo, a un departamento lleno de sol donde ella podría vivir (o al menos pasar los fines de semana) conmigo, es decir, su padre. De cómo cambiaria todo. Y todo cambio el día del ascensor. Me resulta extraño que hayamos estado solos. Siempre subían al menos unas 6 personas, pero esa mañana las cosas fueron diferentes. ¿Lo habré planificado así? ¿Habré esperado agazapado como un gato hambriento, el minuto exacto? No lo se. Todo sucedió demasiado rápido. Puedo ver en un fragmento la piña de lleno y las puertas forzadas en un entre piso. El chillido de la alarma indicando un ascensor mal cerrado y la blancura de su piel, tiñéndose de sangre. Saque una Trincheta. Como es que llego una trincheta a mis manos es algo que no puedo saber, pero si recuerdo que el albino estaba en el piso, shokeado por el golpe y desde su nariz brotaba una hemorragia como un desagüe. Otro fragmento y estoy sentado encima de el, con la trincheta sobre su cuello preguntándole cual era el puto secreto para vender tanto, preguntándole si realmente era albino, preguntándole, preguntándole y preguntándole. Otro fragmento de recuerdos y le estoy cortando el pelo con la trincheta. Todo su pelo blanco cortado de a cachos y cada mechón desprendido me lo guardaba en el bolsillo de mi saco. También tengo fragmentos de voces. Mi voz. “¿Es tu pelo? maricon de mierda. ¿Es eso? Tu pelo de ricitos de oro. Es eso, ¿No? No quiero volver a verte acá. Te veo y te mato. ¿Escuchaste?” Otro fragmento en el que me veo destrabando las puertas y saliendo del ascensor. Una ultima mirada al albino, rapado, lastimado. Otra vez mi voz. “Cuando mi hija tenía 7 años, la abandone en la villa Sabaleta. ¿Sabes albino?.... No me acuerdo por que lo hice. Solamente me acuerdo de su vestidito turquesa”. Las puertas del ascensor amagaron con cerrarse pero yo todavía tenía palabras atoradas en la garganta. Puse un pie y las detuve. El albino me miraba desconcertado y aturdido. “Nose albino. Quizás me perseguía alguien y me metí por uno de esos pasillos y se me perdió. ¡Perder a tu hija! ¿Te lo podes imaginar?, Perder a tu hija en una villa... Albino... ¿Me oís? Albino...perdoname”. Saque el pie y el ascensor se cerro al igual que se cerraron mis recuerdos. No supe de El por un tiempo. ¿Habría renunciado o simplemente siguió trabajando en su Box numero 20 y fui yo quien dejo de asomarse? Cada día de trabajo lleve conmigo un sobre tamaño carta, prolijamente doblado en el bolsillo de mi saco con su pelo adentro y, al poco tiempo, empezaron a darme medallitas, premios y una placa al mejor vendedor del año. Fue para cuando me nombraron Jefe de área que volví a verlo. Regresaba a mi casa en el subte y lo encontré sentado en el mismo vagón, a unos cuantos metros de distancia. Seguía rapado. Supuse que no se había dado cuenta de mi presencia. Parecía demasiado abstraído mirando por la ventana. ¿Qué podría ver más que la oscuridad y chispazos de luz? Me quede quieto, inmóvil como un maniquí, escondiéndome como un niño detrás de otras personas. “Próxima estación Av. Independencia” y cuando el subte se detuvo descendí entre la marea de gente. Todos bien pegaditos formando una sola cosa que se movía hacia la escalera de salida. La boca del subte escupió chorros de gente que a los pocos minutos se fueron desconcentrando por las 4 esquinas. Tome aire fresco y me quede mirando el paisaje decidiendo hacia donde ir. Bajo los faroles amarillentos de la avenida, todo tenía un color añejo, como si las calles y los edificios estuvieran hechos de pergamino. El sonido inconfundible de la ruedita del encendedor contra la piedra. Sus manos envolviendo la débil llama y la primer pitada. Esta vez miraba hacia el cielo, exhalando humo hacia las estrellas. No podía ya esquivarlo. Di unos pasos hacia el y a su vez, el se alejo la misma distancia. No me miraba. “¿Qué queres?” le pregunte, pero no contesto. “Hola. ¿Qué queres?” insistí. Nada. Solo mi voz rebotando contra los edificios. “Vos también, ¿no?” susurre mientras el se rascaba la cabeza. “Si, vos también.”, afirme y mientras comencé a caminar solté un “Perdoname”. Ya sabía que no habría ninguna respuesta. Esa noche entendí que el albino me acompañaría a donde vaya, manteniendo la distancia, no contestando, no perdonando. Me acostumbre a el, a despertarme y verlo en un rincón del cuarto, o paseándose por las mismas veredas que camino. A veces esta solo y otras, junto a mi hija. Entre ellos no se hablan. Sospecho que ni siquiera se conocen. Son fragmentos distintos. Fragmentos de vida, con su propio ritmo, su propio tiempo, su propio espacio. Ya es la hora y puedo ver desde este bar que mi hija también llego. Ya me vio y me saluda con sus manitos esperándome en la entrada de Happy Life. Sonríe y esta vestida de color turquesa. El Albino enciende otro cigarrillo. Mi hija improvisa una rayuela y juega dando saltitos sobre una pierna. Ya es la hora, pero no puedo moverme de esta silla. No puedo dejar de mirarlos. Son tan reales, tan vívidos. No quiero interrumpir nada. Extiendo mi brazo y apoyo la mano sobre el ventanal. Cierro los ojos y aprieto los parpados con fuerza, deseando poder sentirlos. El mozo me pregunta si estoy bien. Le digo que si mientras abro los ojos y miro su reloj. Ya es la hora, la hora de algo que se me desdibuja, de algo que trato de retener pero que persiste en escaparse hacia las sombras. No entiendo porque tengo un sobre con pelos blancos en mi mano, ni se porque estoy vestido de traje. Solo se que ya es la hora pero, no se cuando ni como, es que olvide de que. FIN Autor: Hernan Bongiorno

Subido por Hernan Bongiorno
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