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                                    PIQUETERA

 

 

Silvana flores era una mujer de treinta y ocho años, estaba juntada con José Luís Larrañaga, tenían cinco hijos: Cintia de veintiún años, Pilar de dieciocho, José Luís y Marcelo (mellizos de dieciséis ) y Anita de 7 años.

Se crió en el campo, en un tambo donde trabajaban los padres. La madre era la casera del mismo campo, eran ocho hermanos. Pobres. Lo que ganaban no alcanzaba para mantener una familia tan numerosa, vivían en una casita humilde de dos habitaciones con piso de tierra y paredes de barro cocido.

Silvana fue a la escuela en el campo, junto con sus hermanos iban a caballo, dos en uno y los otros tres en otro caballo, tardaban una hora para ir y otra para volver. En invierno se les hacía de noche.

Conoció a José luís Larrañaga en un baile que organizó la cooperadora de la escuela cuando tenía diecisiete años y hacía mucho que tiempo que ya no iba a la misma.

José trabajaba como alambrador y lo habían contratado para arreglar unos alambrados en la estancia “La Azucena”, vecina al campo  donde trabajaba la familia Flores. Como quien no quiere la cosa, se gustaron y los primeros arrumacos los sorprendieron debajo de las encinas que crecían junto a la laguna.

Hacía calor ese verano, húmedo y pesado, los mosquitos y las moscas no impidieron el avance del romance que tejió los primeros sueños de los adolescentes.

Cuando comenzó el otoño, José Luís despertó de pronto a una dura realidad, se le terminó el trabajo con los alambrados y Silvana que se sentía rara le asestó un mazazo en la cabeza. Estaba embarazada.

José Luís venía también de una familia numerosa y pobre. Trabajadores todos ellos en lo que podían.  Eso no los asustaba, sólo que era trabajo esporádico y de escasos ingresos. Vivían en el pueblo, en una casa vieja y casi derruida que pertenecía a sus abuelos. Allí todos bajo un mismo techo, sus padres y cinco hermanas mujeres, diez personas hacinadas en dos habitaciones donde nada sobraba y todo faltaba.

El joven se preguntaba donde ir con Silvana y un hijo en camino. No sabía que hacer.

Silvana no era nueva en las artes del amor, a los 13 años cuando sus pechos reventaban las blusas y su culo se redondeaba bajo las polleras, ella sintió los primeros signos del erotismo, sin saber que era esa excitación que brotaba de sí misma cuando los paisanos le clavaban los ojos en el escote, o los más lanzados le decían que era linda, o aquel que estiró la mano y la metió bajo la pollera colorada de los domingos.

Y su padre la vio cuando ella se sonrió. Corrió a escobazos al galán, Silvana se avergonzó, pero le gustó.  Se dio cuenta que tenía un poder especial sobre aquellos muchachos y hombres que la codiciaban. Ahí entendió sin que le explicaran lo que era ser mujer. Dejaba que la gozaran y no dejaba. Algo así como un juego de niña de quiero y no quiero, donde conseguía cosas simples, cómo una cinta nueva para el pelo o caramelos de los finos comprados en la panadería del pueblo, hasta una blusa nueva le regalaron un día.  Eso duró hasta los quince años, cuando el padre empezó a escuchar rumores que no le gustaron. Cachetada va, cachetada viene, se hartó Don Pedro de caldearle las mejillas a la pobre Silvana.

-Si no hago nada malo –dijo ella en su defensa

-Desgraciada, hable ¿Qué más hizo?

-Nada.

Y era cierto, nada que lamentar. La mujer que despertaba dentro de Silvana le decía que había otras cosas, pero a ella le divertían sus jueguitos de miradas y toqueteos más o menos furtivos, y que le dijeran que era linda. Se sentía bien.

Porque ella tenía otros anhelos además de los físicos, también quería ir a la escuela secundaria, ero era imposible, su madre ala precisaba en la casa grande para las tareas de limpieza. Y los sábados, junto a uno de los hermanos trabajaba en el tambo.

A Silvana no le gustaba nada el tambo.  Había que levantarse de noche, con el frío y la humedad del rocío instalado en el pasto, se le agrietaban los dedos de tironear de las ubres de las vacas.  Y el olor, el olor de la bosta, siempre blanda que dos por tres pisaba al confundirla con los yuyos. En invierno, los huesos se le endurecían por el frío que no se le quitaba en el resto del día.

Silvana leía bastante bien, y aprovechaba para sacar libros de la biblioteca de la casa grande. Algunos no los entendía, hablaban de cosas difíciles que no tenían nada que ver con lo que ella conocía. Esos los dejaba de lado, otros los devoraba en las pesadas siestas del verano, eran policiales y novelas de amor, sus favoritos.

Así es como Silvana guardó algunos sueños en el fondo de su alma y puso todas sus energías en ese presente lleno de problemas que no sabía de esperas.

Sus temores fueron creciendo como su vientre, sin dinero, sin trabajo, soportando los reproches de sus padres, sin tener un lugar donde vivir. Tuvieron que conformarse con un ranchito abandonado que les cedió el dueño del campo a cambio de que Silvana limpiara su casa.

Allí se mudaron José Luís y Silvana con sus pocos trapos y un colchón viejo de lana, unos cajones de manzanas apilados fue su guardarropa y un calentador de kerosene para cocinar.  Una pava y una cacerola abolladas, más unas tazas, dos o tres platos y algunos tenedores fue lo que aportó la madre.

Así iniciaron su convivencia, difícil, triste, llena de miedos.  Luchando contra las chinches, la mugre, el frío y el hambre, rascando el piso de tierra con una vieja escoba para aplacar la polvareda, mojándose cuando los agujeros del techo goteaban sin cesar. Una niña hecha mujer a los golpes.

La primera niña llegó a este mundo en el mismo rancho, ya que no alcanzó a llegar al hospital del pueblo. Parió sola, como un animal.

Tres años después llegó otra niña, cuatro años más tarde nacieron los mellizos, y luego de muchos años vino Anita.

Hoy, a los treinta y ocho años, Silvana Flores tiene cinco hijos, ninguno deseado y un compañero que trabaja muy pocas veces y se desentiende de toda la familia. Ella no sabe de descansos ni tranquilidad, sólo sabe de renuncias, de amarguras, de arrugas y grietas en las manos de tanto lavar ropa para otros, solo sabe de hambre y de una vida azarosa siempre al borde del abismo. Una espectadora de vidas ajenas.

José Luís, con los años dejó de buscar trabajo, su único bienestar era tomar alcohol, dejó en manos de Silvana la preocupación de mantener y educar a los hijos.

Para mejorar su situación económica, fueron a Buenos aires.  La villa “Palitos” los recibió en el barrio de Retiro. Un infierno en la tierra.  Fue peor que en el campo, todo chapas y maderas viejas.  La pieza que obtuvieron era horrible, la familia entera apiñada en una sola pieza, con una letrina hedionda afuera. Más miseria y más vicios conocieron allí, rodeados de gente tan pobre y arruinada como ellos.

Aprendieron muy pronto la lección de la gran ciudad.  A robar cuando el hambre roía sus estómagos y los chicos lloraban de debilidad, a pedir limosna a los automovilistas, a mentir, a arrastrarse por un pedazo de pan.  José Luís, dominado por la bebida supo sacar ventaja de sus limitaciones y se transformó en un pedigüeño profesional.

Empezó a recorrer dependencias gubernamentales, municipalidades, etc. Le dieron el plan V.A.C. (vecinos agrupados carenciados) donde le daban un bolsón con alimentos todos los meses, iba al mercado central y llevaba verduras casi podridas que los camiones desechaban, y con eso iban tirando.

Silvana seguía limpiando en casas ajenas, pero cuando decía donde vivía no la querían tomar. Así es que ella se fue quedando sin trabajo y empezó a pedir cosas. En Cáritas y la capilla del barrio le daban ropa usada para los chicos y los mandaba al comedor escolar, con el bolsón de comida se las arreglaba un poco.

Dejó totalmente el trabajo, porque perdía un tiempo infinito en ir a la municipalidad a buscar medicamentos o chapas para la casilla o colchones cuando se le inundaba la pieza, esos trámites le consumían el tiempo libre, y poco a poco se convencía de que era más productivo obtener todas esas cosas sin esforzarse.  También su mente empezó a cambiar.  Ya no pensaba en la honradez y el esfuerzo, ni en educar a los chicos, no tenía sentido si todo se lo podía facilitar el gobierno.

Cuando se implementaron los planes “trabajar”, obtuvo uno y allí fue “Gardel”.  Los políticos aparecían en la villa antes de las elecciones, ofrecían el oro y el moro, entonces Silvana prometía votar por ellos, luego en las urnas votaba a cualquiera, total, jamás se iban a enterar. Mientras tanto ella adquiría algunas ventajas. Lápices, cuadernos, guardapolvos, zapatillas, ropa, comedores escolares. Todo se lo daban en la escuela. Por la noche los mandaba al comedor de la parroquia de “Santa Clara”, así tenía cubierto el tema alimentación y vestimenta para la familia.

Empezó a ir a los piquetes. El calor le derretía la cabeza y el chaleco de plástico naranja la hacía sudar a mares, las manos se le pegoteaban de mugre y el palo para defenderse de la policía le pesaba cómo una lápida. A veces tenían que ir con la cara tapada y los ojos le lloraban detrás del trapo y la respiración se hacía dificultosa. Hizo de esa actividad un medio de vida.

A ella y otros integrantes de la villa los venían a buscar en colectivos y los llevaban a distintas protestas. Daba igual que fueran a protestar porque los maestros cobraban poco o por los desalojados de los conventillos o para que les aumenten los planes trabajar.  Lo único que le interesaba eran los cincuenta pesos y el sanguche de chorizo o milanesa que le daban, por la promesa de una casa o de un aumento del plan.

Gritaba hasta quedar ronca, los píes le parecían una empanada de carne picada, con las zapatillas a punto de explotar por las caminatas, pero hiciera frío o calor, ella gritaba:

-¡Abajo los cerdos proletarios!

-¡Abajo el gobierno!

-¡Igualdá, igualdá!

-Querémo trabajo y dignidá!

-Quéremo trabajo, querémo trabajo!

Bueno, querer trabajo, no querían, era un decir, había que hacer escándalo, querían casas, querían vales de comida, aumento en los planes “trabajar”…

Algunos días, Silvana estaba cansadísima, pero pensaba en que con dos o tres piques más, se podría comprar el equipo de música.  El Cholo se lo conseguía barato ¡Un chanta el Cholo! ¿De donde los afanaría? Eran nuevitos…

A la noche, mientras aliviaba sus píes doloridos sumergiéndolos en una palangana con agua tibia, Silvana trataba de anotar todo lo que había hecho, acordarse de las calles por donde iba la marcha, lo que dijo el líder piquetero, eso era lo más difícil porque tenía poca memoria.  Tenía la ilusión de escribir una novela con su vida. Dramática, porque su vida era un buen drama.  Empezaría a contar todo lo que pasó de chica, el hambre que tuvo, y el sufrimiento con los chicos, y José Luís, también lo pondría a él, así contaba  las que le hizo pasar. Sería para llora a mares.

Aunque Silvana ya no lloraba mucho. Se secó. A veces le parecía que era de plástico o de madera, ya no sentía nada, ni pena ni alegría, no le importaba nada.

Al principio le daba vergüenza mendigar un pedazo de pan, luego no, después se animó a romper vidrieras de negocios finos y conseguir lo que quería, si los demás tenían mucho y ella nada.  Le gustaba tener ese pequeño poder. El poder de cortar el tránsito donde se le ocurriera, el poder de amedrentar a la gente, el poder de gritarles lo que se le ocurriera sin que pasara nada, el poder de dominar al gobierno.

Hasta que su triste poder se terminó abruptamente.  Una mañana en que la niebla esfumaba toda la ciudad, los piqueteros cortaron el puente “Sobremonte” y una bala perdida le explotó en la espalda cuando intentaba escapar de los gases lacrimógenos que tiraba la policía.

Allí se terminó el hambre, las dádivas, los hijos, la indiferencia de su marido, terminó la vida de la pobre Silvana Flores. Quedo aplastada a los adoquines mugrientos, terminó una vida trunca y desgraciada desde antes de nacer y empezó el mito de la piquetera…

 

                         

 

                                                                                 CAVALLERO Susana

 



Subido por Susana Cavallero
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