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FAHRENHEIT 451 - por José Alvarez López | Votar

FAHRENHEIT  451

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Por  José  Alvarez López

 

RAY BRADBURY

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Cuando en la segunda mitad del siglo XX, se planteaba en la película “Fahrenheit 451” la convivencia en un mismo tiempo y espacio de los personajes de la televisión con los seres de carne y hueso, podía la novela de Ray Bradbury (que dio origen a la misma) ser considerada una más de su serie de ciencia ficción. Pero el advenimiento de las pantallas de cristales líquidos hacen hoy perfectamente posible lo que presentó el director francés Truffaut en su versión cinematográfica de la obra de Bradbury, de personajes de televisión que se ven proyectados de estatura humana (dentro de la casa, tema recurrente en Bradbury) que continuamente se confunden con los auténticos humanos.

 

Al final la mezcla resulta indistinguible —tal como lo describe este autor— y no sabemos quienes son los que tienen auténtica conciencia, si los seres de la pantalla o los que conviven con ellos de este otro lado de la pared luminosa. Cualquiera puede prever que esta dramática confusión de las personalidades traiga aparejada la nueva psicología de los jóvenes televisivos que imponen y condicionan las características de una cultura que poco a poco —como en la novela aludida— va dejando de serlo.

 

Muchos pretenden que esta bancarrota de la cultura que trae consigo el auge de la televisión pueda remediarse con medidas estatales. Pero Bradbury lo presenta como una visión de futuro, y Mc Luhan hace un planteo científico que demuestra que lo que determina la televisión es irrevocable. En efecto, la tesis que Mc Luhan condensa en la expresión “El Medio es el Mensaje” significa que es la propia estructura del medio televisivo la que determina lo que él mismo propaga. El modo cultural que impone la televisión es irreversible y no admite modificaciones. Solamente empeoramientos, como lo ha previsto Bradbury.

 

Ray Bradbury fue un autor de los años 40 —pero conocido y traducido mucho tiempo después— quien en su visión “futurológica” va más allá que Mc Luhan y prevé un funesto choque social producido por la colisión del libro con la televisión. Porque el libro exhibe un grado de libertad incontrolable por el Estado. La televisión, en cambio, queda bajo el completo control de cualquier régimen policial. Es inútil controlar la televisión mientras subsistan los libros.

 

Por ello hay que quemar los libros, extinguirlos. Así sostienen este autor en la novela, y el célebre Truffaut en la película vista alrededor del mundo. Se organiza un cuerpo de bomberos especializado, no en apagar incendios, sino en la quema de libros. Esta contradicción está muy bien hallada dentro del argumento. Las mangueras del bombero Montag riegan petróleo en lugar de agua, y el título de la obra lo da la temperatura de ignición del papel que efectivamente, arde a 451 grados Fahrenheit.

 

PIROMANÍA

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En la profecía de Bradbury la quema se origina en un móvil político. Pero cuando uno contempla el pasado histórico y se encuentra con una quema persistente de Bibliotecas que lleva a más de dos mil años, se pregunta, si los simples accidentes —siempre invocados— o los móviles políticos bastarán para explicar tan profusa y profunda intensión piromaníaca concentrada en los libros ¿No existirán además, tendencias reprimidas que van contra la cultura?

 

Si es que existe en el hombre un instinto antihumano —los romanos dábanlo por sabido al acuñar aquella expresión “homo hominis lupus”— y pareciera que también hay un instinto anticultural. En tal caso la expresión Mc Luhan no bastaría para explicar lo que Bradbury vaticina. El “medio” a su vez sería el medio de que se valdría un obscuro instinto para lograr sus fines.

 

FAHRENHEIT 451 EN CHINA

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Por ello se puede uno preguntar si no fue más que una casualidad que Mao Tse Tung desarrollara su famosa “revolución cultural” sobre un libreto muy anterior a él, una ordenanza dada hace más de 2.000 años por Che Hoang Ti, el unificador de China.

 

Para los occidentales fue todo un misterio aquella comentada y nunca entendida revolución cultural maoísta. Todo el problema residió en que Mao quiso extirpar de la memoria china el recuerdo de Confucio (Kong Fu Tse) y su detestada filosofía social. Su antecesor y creador de la China histórica —Che Hoang Ti— trató de hacer lo mismo con igual ineficacia, a pesar de que para ello tuvo que quemar doscientos mil volúmenes (200.000 libros) y asesinar a Mencio (Menchu), quien era su maestro y nieto del filósofo.

 

El Fahrenheit 451 del emperador Che Hoang Ti fue una memorable hazaña que antecedió en varios siglos a las quemas de la Biblioteca —así con mayúscula— de Alejandría. Hay que agregar que los volúmenes quemados en China fueron libros de papel impresos, con imprenta y tinta, más de dos mil años antes de Gutenberg.

 

FAHRENHEIT 451 EN ALEJANDRÍA

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Todavía no han sido bien aclarados por los historiadores las numerosas quemas de la Biblioteca de Alejandría.
 
Esta biblioteca era la mayor del mundo antiguo reunida allí por el Faraón macedonio Ptolomeo y su bibliotecario Calímaco. Su lengua era el griego Koiné alejandrino, el mismo en el cual se escribieron los Evangelios. Aunque hay discusiones sobre esta rama del griego, lo más probable es que fuera el griego macedónico, al cual pertenecían los Ptolomeos y el propio Alejandro Magno.
 
El primer incendio se produjo durante un desembarco de las tropas de Julio César en persecución de Pompeyo, durante las guerras civiles de Roma. Nadie ha pensado nunca que ese culto general romano tuviera el menor interés en el incendio que protagonizaron sus tropas. Marco Antonio al sucederle en el gobierno, reparó parcialmente los daños de la Biblioteca, trasladando a ella miles de rollos de “pergamino” desde la biblioteca de Pérgamo. De ahí el nombre de “pergaminos” que todavía hoy llevan los rollos de cuero para escribir.
 
Derrotado Marco Antonio en la batalla de Actium, el general triunfante, Augusto, trasladó parte de la Biblioteca a Roma, en donde una serie de incendios liquidó muchos de los volúmenes, escritos en griego, como en todas las bibliotecas romanas.
 
Posteriormente la Biblioteca de Alejandría sufrió otros deterioros en tiempos de Calígula. Pero el emperador Claudio que le sucedió (quien era nieto de Marco Antonio y reivindicó su memoria) esmeróse en reconstruirla, reuniendo en ella nuevos volúmenes y como se agrandó demasiado debió agregarle una nueva ala que llevó el nombre de “Biblioteca Claudia”.  Aquí es justicia que aclaremos que contrariamente a las interesadas versiones lanzadas contra Claudio, principalmente por Séneca —su feroz enemigo político— este vilipendiado emperador fue un erudito eminente, gran músico, y uno de los más destacados hombres de pensamiento de la historia humana. Se especializó en Historia Etrusca componiendo 20 libros de la misma, los cuales estaban depositados en esta última Biblioteca.
 
El insigne erudito Claudio escribió una “Historia de Roma” que hizo decir a Tácito que Claudio “sabía más historia de Roma que Tito Livio”, ya que era un investigador que no mezclaba la leyenda con los hechos reales. Sin duda sus libros tuvieron copias que circularon en forma particular entre los romanos, como para que fuesen leídos en tiempos de Tácito. Compuso además una “Historia de Cartago”, de donde provienen nuestros conocimientos púnicos. Pero su obra fundamental fue la “Tirrénica”, que era la historia de Etruria.
 
Claudio tomó todas las medidas humanas para la sobrevivencia de su obra. Pero la capacidad destructiva de Séneca (pedagogo de Nerón) sobrepasó todas las barreras, incendió sus libros, y mutiló nuestro conocimiento de la verdadera historia antigua. Sólo la arqueología moderna podría rescatar a la civilización etrusca y cartaginesa.
 
La Biblioteca de Alejandría se engrandeció de nuevo bajo los Padres de la Iglesia, como Clemente de Alejandría. También Eusebio, Orígenes, Nestorio. Pero el decreto del emperador Teodosio, de Bizancio (350 d.C.), prohibiendo los cultos antiguos, o paganos, tanto como a los disidentes del dogma, no sólo trajo aparejado el asesinato de Hipatías, sino también la quema de todo documento que estuviera fuera del Canon oficial bizantino. Epicuro, Safo y otros autores desaparecieron hasta hoy. Los testigos dijeron que durante meses veíase la humareda a la entrada de la gran Biblioteca de Alejandría.

 

                Pero el tiempo también ejercita su venganza y en un cántaro del Alto Egipto, hacia la década de 1950, reaparecieron las obras de la “Gnosis” alejandrina que habían sido minuciosamente quemadas cuando se profanó la gran Biblioteca.  Poco o nada quedaba de ella cuando hacia el año 600 el califa Omar quemó los textos cristianos que allí aún restaban, pues las obras de Orígenes y Nestorio también habían sido excluidas en la furia pirómana de Teodosio. Aduciendo ahora, a su vez, Omar, que con el Corán era suficiente.

 

FAHRENHEIT 451 EN ESPAÑA

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Una dinastía árabe prófuga de esta ortodoxia islámica, constituida por gente culta, de librepensadores, que asumen una ideología Sunita —los Omeyas— fundan en el siglo VIII en tierra europea un Emirato, una Universidad y uno de los momentos estelares de la humanidad: el Emirato de Córdoba. Allí se estudian las obras clásicas del pasado. Conviven todas las religiones y las distintas etnias. En el año 1000 al producirse la muerte de Almanzor, este emirato es dividido por los Ulemas en cinco reinos, para hacer frente al acoso de los reinos cristianos en cinco frentes, lo que les dará cinco siglos más de sobrevivencia cultural. En el centro de Granada hallamos hoy día una gran estatua de bronce del rabino El-Tibón, quien porta con el brazo en alto un rollo escrito, en la base de dicha bella escultura dice “primer traductor de textos clásicos”. 

 

Este período tan brillante, sin limitaciones ni prejuicios, en atención a la filosofía, la matemática, la medicina, la poesía, la arquitectura, finalizará en las piras de la Inquisición, que no sólo quemaban cuerpos humanos, sino también bibliotecas enteras.

 

FAHRENHEIT 451 HEBREO

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El cónclave hebreo, ortodoxo, tendrá su propio Fahrenheit 451 en tierra europea: La Masora. La Torá o Biblia hebrea (como también la protestante) tal como la conocemos hoy, procede de un Fahrenheit 451.

 

Este sínodo hebreo reunido en Europa en el año 1000 d.C. decretó la quema de numerosos libros dentro del texto sagrado. Se han hallado en aisladas sinagogas rusas, africanas, asiáticas, como en fragmentos traducidos al árabe en España, los libros faltantes en la Torá luego de la Masora. Dichos libros se hallan asimismo en la traducción católica de Clemente de Alejandría, basada en la Setenta de Ptolomeo, en la Vulgata Vaticana, que aunque tiene su componente cristiano inevitable, rescata parte de la historia judía perdida. Es decir, el destino de las diez tribus perdidas en el país de los Medos. 

 

Pero también podemos llamarlos “muertos resucitados”, pues son textos bíblicos quemados hacia el años 1000 por los judíos de la “Masora”, y reencontrados en mitad del siglo XX entre los “Rollos del Mar Muerto”. Por ahora tales documentos arqueológicos están en manos de la UNESCO y el estado de Israel, pero la demora en la prometida publicación crea incertidumbre en los eruditos. 

 

FAHRENHEIT 451 MUNDIAL

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Veamos pues que ninguna confesión puede arrogarse el derecho de “quemar el primer libro”, recordando la bella escena evangélica. Para refrendar esta conclusión bastará recordar el caso de los libros de Averroes quemados, sucesivamente, por musulmanes, judíos y cristianos. No podemos negar que Averroes satirizaba a las tres religiones, pero era un erudito y un filósofo, un hombre que bien podría pertenecer a la modernidad de hoy, al que se debía respetar y leer. Nadie como el polémico filósofo español (arábigo-andaluz) supo concentrar la totalidad del odio sectario. Llegó el colmo: El Papa lo “excomulgó” ¿se puede excomulgar a un pensador de otra religión? Tal absurdo sucedió cuando el Averroísmo (con su polémica Doble-Verdad) se transformó en tema de cabecera de la Universidad de París, dos siglos después de su muerte.

 

Se puede escribir un libro completo con el tema de las bibliotecas quemadas por todo el mundo y todos los tiempos. Haremos ahora una rápida referencia. Los Incas celebrados y cultos, suprimieron de raíz la escritura. Los investigadores como el francés Mahieu estudian la presencia de un alfabeto escondido en los dibujos de Guaman Poma y muchos otros frisos. Sostienen que los Incas prohibieron el pergamino y ajusticiaron a los lectores. A la llegada del español y la escritura —en una similitud total con el final del libro de Ray Bradbury y la película de Truffaut— la cultura verbal del incaísmo reapareció en obras de teatro como “Ollantay”, en una abundante poesía particularmente bella, e historia incaica escrita por el Inca Garcilazo de la Vega y numerosos cronistas como Fernando de Montesinos (Aarón Leví, judío bautizado) quien entrevistó a los últimos Amautas, sabios del incaísmo.

 

El emperador chino Che Hoang Ti ajustició a los impresores, los artistas chinos crearon entonces un arte de imágenes mudas que relataban su historia, sus amores, que y dio lugar a una particular escuela pictórica. Sólo con posterioridad pudieron agregarles letras. Los Rongo-Rongo de la isla de Pascua eran tablillas escritas que contenían toda su cultura, y fueron totalmente quemadas por sacerdotes católicos. Quedaron algunos pocos ejemplares, que no pueden ser leídos porque el último lector, el rey de la isla, fue vendido como esclavo para que no quedaran lectores. Los jeroglíficos mejicanos ya comienzan a ser leídos. Pero no debe olvidarse todas las pérdidas sufridas en esta cultura. En Mérida, en una sola noche, se quemaron miles de “amates” (papiros). Otro tanto sucedió en Utlatán, la ciudad de los libros.

 

Los Arios al llegar a la India en el siglo XV a.C. (procedían de Mitania, en Irán) destruyeron la civilización paquistaní del Valle del Indo, arrasando las ciudades de Mohengo-Daro y Harappa. El alfabeto de esta cultura impreso en tablillas y paredes, aún no puede ser leído por los arqueólogos especialistas en el tema, como Piggot.

 

La lista sigue indefinidamente y podemos recordar la quema de la Biblioteca de Cartago por Escipión, cuyos volúmenes remanentes fueron regalados al rey de Mauritania. A Alejandro se le adjudica la quema de la Biblioteca de Tiro —aunque él coleccionaba documentos para enviarle a Aristóteles— pero al incendiarse la ciudad los papiros no tuvieron salvación. No sabemos hoy día cómo era el plano de un barco fenicio, ni qué tecnología usaba, con tanta capacidad de navegación por mares y océanos que ellos tuvieron. Estos documentos tecnológicos debieron estar en Cartago y Tiro, ciudades ambas quemadas por completo. La navegación mundial se atrasó por ello mil años.

 

No podemos leer la escritura etrusca ni conocemos su lengua, que se supone era oriental de Lidia (de donde ellos sostenían su procedencia) pues nos faltan los libros del emperador Claudio, quemados por Séneca y Nerón. A los cruzados se inculpa la quema de la biblioteca de Trípoli. Las obras de Roger Bacon fueron a la hoguera. La sabiduría Druida escrita en cortezas de árboles con un alfabeto constituido por puntos y rayas, fue quemada por monjas irlandesas. Morse era un señor irlandés que usó este modelo para enviar mensajes.

 

La biblioteca árabe de la Córdoba española, sede antaño de una universidad célebre en el plano internacional donde se instruían los príncipes europeos, fue quemada por los cristianos en la “Reconquista” del siglo XV. Filosofía oriental y occidental, poesía griega, teatro griego, textos antiguos faltantes, se perdieron allí para siempre. Otra de estas hazañas pirómanas fue la persecución a Cátaros y Templarios, quemados junto con sus escritos y las bibliotecas de sus castillos entre los siglos XII y XIV.

 

Cerraremos la nómina con una conversación entre Ricardo Palma y Rubén Darío, dos eruditos sudamericanos. Donde el historiador Palma le comunica al poeta Darío, que durante la Guerra del Pacífico en el sitio de Lima por Chile, los soldados chilenos asaltaron la Biblioteca y el Archivo Histórico (que contenía la historia colonial de Argentina, Perú, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Colombia, Chile) quemando en las calles la mayoría de estos documentos. Algunos pocos ejemplares que se salvaron debido al rocío nocturno, semi-carbonizados, fueron adquiridos por Palma a precio de oro.

 

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Subido por Alejandra Correas Vázquez
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