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VILLA CARLOS PAZ | Votar

VILLA CARLOS PAZ
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Por Alejandra Correas Vázquez

Basado en el relato recibido de mi padre,
Dr. Oscar Correas
por boca de Don Carlos Paz

1 … LA CASA DEL MARQUÉS

El alma sevillana del Marqués de Sobremonte con su toque francés del período borbónico, está viva en su casa. Nadie la ha quitado de allí y todos vamos con alegría a buscarla. Forma parte de nuestro entorno cordobés y de nuestras nostalgias. No se parece a la sobria, imponente y pétrea estructura Jesuítica enriquecida con aporte nativo, que invade nuestra Córdoba Colonial, pero termina de definirla y le da la coquetería necesaria para completar un cuadro de época. Es distinta. Opuesta. Como opuestos fueron Austrias y Borbones, con dos propósitos disímiles de políticas y administraciones. Con la diferencia abismal en sus logros y el concepto de vida, que hay entre un Felipe II y un Luis XV.

Y ambos conceptos así yuxtapuestos, se hallan igualmente vivos y convivientes en el pasado nostálgico de Córdoba, con una garra persistente que ha sobrepasado el tiempo. Con la sobrevivencia centenaria de los antiguos profesores Jesuitas, los que un día fuesen arrancados de sus aulas a punta de espada, entre la gritería impotente de sus alumnos, encadenados y arrojados a la obscuridad de misteriosos carruajes, con un destino incierto. Y está igualmente presente y viva el alma del Marqués de Sobremonte en ese ambiente peculiar que él recreó. Por ello todos vamos con alegría a buscarla allí en su casa. Con su vigor y su pujanza. Con esa disposición para el protocolo, las fiestas y los convites, tanto como para el trabajo y las tareas. Para ser “sobremontistas” o sea, gente de empresa y proyectos nuevos.

El encontró una provincia destruida y dejó una provincia floreciente. Encontró una ciudadanía en decadencia y dejó una ciudadanía en crecimiento. Encontró cordobeses desesperanzados y dejó atrás suyo, cordobeses llenos de fe. Rescató la confianza cordobesa haciéndola resurgir desde adentro de sí misma. Devolvió la esperanza perdida después del gran desastre generado por la “expulsión” y la ciudad de Córdoba, para la que trabajó a denuedo, supo reconocérselo.

Junto al pórtico de entrada de su casa, enmarcado en ribete obscuro, se halla un cuadro de honor desde el cual nos saludan en bienvenida, los retratos —en daguerrotipo— de antiguos cordobeses del Siglo XIX. Entre ellos se destaca un caballero, que ocupa con derecho su lugar en este significativo ambiente :

"DON RUDECINDO PAZ"

2 … DOS PERSONAJES

Don Rudesindo Paz. Personaje especial que señala a toda una época y a un tiempo. El siglo XIX. La Belle Epoque.

En la entrada de una casa alegre, mundana y conciliatoria (hoy museo), la Casa de Sobremonte adonde los cordobeses de finales del siglo XVIII acudían para reencontrarse de nuevo consigo mismos, y que recuerda a un Marqués de gran vida social, comunicación y salones. Con espíritu de empresa y labor. Con fe en el progreso y en sus conciudadanos. Un gobernador alegre y creador, pero a la vez testarudo y enérgico ... cae como anillo al dedo la presencia de otro hombre alegre, social, progresista, maestro de vida como aquél, buen amigo, pero también testarudo y por momentos... violento.

Don Rudesindo fue un hombre del destino y por ende, o por nacimiento, habría de tocarle representar un papel de responsabilidad entre sus conciudadanos, para el cual tenía condiciones naturales de genio conductor. Y aunque no tuvo, ni alentó, ni se propuso representar oficialmente a Córdoba con cargos políticos, a pesar de ello la ciudadanía lo eligió como su referente. Situación muy distinta a la que debió encarnar y llevar con éxito en Córdoba, el gobernador Sobremonte, nuestro Marqués, quien necesitaba revertir la situación inicial. Crear simpatías entre una población cordobesa arisca y resentida que lo rechazó al comienzo y lo amó finalmente con gran admiración, siguiendo sus huellas.

Buscar adhesiones y ganarse apoyos, colaboradores, fue una tarea delicada lograda por el genio político de Don Rafael María Núñez, Marqués de Sobremonte. Quien llegó como un extraño, venció las resistencias creadas (por la expulsión jesuítica, una década atrás) y se ganó el respeto de los cordobeses con innumeras obras claras. Con palabras directas y sin ningún doble discurso, tal como él era. Y sobre las ruinas de esta provincia colonial, condenada al abandono, edificó un futuro de progreso que ya no se detendría ...Por ello “sus” cordobeses, lo han retenido en su alma para siempre y siguen cuidando su casa.

Fueron dos hombres distintos. Pero ambos comparten algo en común, dentro del alma de Córdoba, y ello hace que sea válido preambular el análisis con ambas figuras. Pues en los dos se destaca al unísono : el rescate humano. Tanto el uno como el otro, se presentaron en esta ciudad y provincia, cuando la sociedad cordobesa atravesaba por sendos conos trágicos de sombra. Y lograron hacerla renacer.

3 … EL PANAL

Gran figurón de su tiempo, bastón en mano y sombrero alto. Erguido. Elegantísimo. Fue el niño mimado de su ciudad. Don Rudesindo tuvo una destacada, tanto como elogiada, presencia en la Córdoba de su época. Poco debió esforzarse en la vida para vivir o sobrevivir, con todas las situaciones vitales resueltas desde el nacimiento, este hijo nacido en el suelo natal del General José María Paz y futuro padre de Carlos Paz. No tuvo que sacrificarse para vivir. La vida se le ofrendó con magnificencia. Pero él la lució con talento, esplendor, amenidad, buen gusto, gran capacidad comercial y “savoir faire”. Rudesindo tuvo un rico anecdotario personal, alegrando a Córdoba (una Córdoba doliente, sumergida en tragedias históricas del siglo XIX) y proponiéndole una salida del dolor, a través de la vida social y societaria. Tal vez, porque él era también a pesar de sus riquezas, hijo del dolor.

Esta era una Córdoba que emergía lentamente y casi cabizbaja, de una cruel guerra fraticida. Eran familias cordobesas con troncos comunes, que habíanse asesinado, perseguido y depredado, desaprensivamente, exhibiendo gran felonía. Ensangrentada en 1829 por su padre, por los enemigos de su padre, por dos partidos políticos enfrentados e irreconciliables a ultranza, y que no habían tenido compasión uno por el otro. Todos proscriptos de Córdoba. Todos expulsados de Córdoba. Todos exilados de la ciudad de Córdoba ... Incluido el General Paz, el propio vencedor de esa batalla de La Tablada, a quien se le negó el retorno a su suelo natal cuando quiso volver como delegado. No fue perdonado por los cordobeses.

Proscripto también de la ciudad el mismo general triunfador, de esa despiadada batalla sucedida en 1829, al pie de las barrancas cordobesas, que diera como corolario un éxodo masivo de habitantes. Inmensas humaredas cubrían aquella Docta incendiada, luego que José María Paz pusiera sitio a su propia ciudad natal con tropas regulares y bien municionadas. Cuando Facundo Quiroga hiciera dentro de ella una defensa descabellada también sanguinaria, imposible de concretar, con tropas irregulares armadas sólo de facón. Córdoba fue, pues, arrasada por ambos contendientes.

Don Rudesindo no llegó a conocer a su padre del que heredaría una gran fortuna, porque vivió siempre en Córdoba, la ciudad prohibida para el General Paz. Ya que los cordobeses le negaron el derecho de retornar en vida a la ciudad sufrida. El vencedor de La Tablada retornaría a Córdoba, sólo recubierto por su féretro. Había heridas abiertas que tardaron dos generaciones en cerrar…. Córdoba era entonces, una ciudad dolorida y lacerada. Una comunidad desunida … Pero a la cual Rudesindo iba a llenar de alegría, ofreciéndole como esperanza, la reunificación por medio de la vida social y societaria. Reuniendo a toda esa ciudadanía donde poco antes, unos desconfiaban de los otros.

Su acto primordial para ello, para acabar con todas estas guerras, sangrías, atropellos, odios, enemistades, tormentos ...Su acto principal medido con clara inteligencia, en el momento justo —como gran hacedor y diplomático que él siempre fuera— el más importante y que marcó una época de reencuentro para Córdoba, fue : la fundación del “Club El Panal”. El Panal donde se reúnen las abejas de una misma colmena. Creó una nueva conciencia para Córdoba... Córdoba reunificada.

El Club “El Panal”, el centro societario, origen del posterior Club Social de Córdoba, origen de toda la actividad social de la vieja Córdoba. Su vida comunitaria. Su lugar de convivencia. Lo que ya había iniciado el Marqués de Sobremonte en el siglo anterior, con su salón cultural. Había iniciado precisamente eso : la vida societaria.

4 … UN BASTONAZO CON PREMIO

Don Rudesindo Paz, hombre de gracia y talento. De comercio y sociedad. De modales elegantes y conversación atildada. Instruido e ilustrado, pero no erudito. Amante de los vestuarios, de los salones, de los lujos. Muy rico. Hombre esencialmente frívolo, que saboreaba con placer los grandes convites y ofrecía grandes banquetes. Nacido y criado en esa época dolorosa cuando Córdoba no alcanzaba a salir aún de sus duelos y venganzas. Hijo de un siglo doloroso que debía encaminarse al futuro, con paciencia, Rudesindo supo revertirlo todo y ofertó a sus conciudadanos … la posibilidad de la sonrisa.

Muchas veces se habla de lo que una ciudadanía le debe a sus fundadores y a sus hombres de gesta. A sus vencedores en las guerras. Pero pocas veces se habla de aquellos salvadores de la paz. Del gusto a vivir. De los que enseñan a retomar el camino de la alegría. De los que educan para convivir. Eso fue Don Rudesindo Paz. Su anecdotario es numeroso, pues siempre había algo que comentar de él. O de su entorno. Cualquier conversación en una familia tipo, lo tenía de personaje central. Alguien lo había visto, lo había oído o lo había saludado. Una de ellas tuvo gran resonancia :

En la penumbra nocturna de una noche de mala suerte, cuando Don Rudesindo emergió a la calle envuelta aún en los vapores del sereno nocturnal, apareciendo en las puertas de su club “El Panal”, luego de ser derrotado en la mesa de juego —malhumorado y quejoso— vio a un negrillo típico de nuestros amaneceres y calles cordobesas, quien le extendía un billete con la Lotería de Navidad. Pero esa noche Don Rudesindo Paz no estaba de humor, estaba sencillamente de muy mal humor. Con su célebre bastón de mango en nácar y plata, se sacó de encima al inoportuno negrito. La noche era densa como su ira y los bastonazos daban rienda suelta a sus disgustos sucesivos, en la salida del Club El Panal.

—¡Está bien que no quiera comprarlo, pero no tiene por qué pegarme!— le gritó el chicuelo

Sobrevino un silencio repentino y los bastonazos dejaron de caer sobre su indefensa víctima. Como despertando de una pesadilla y volviendo en sí, observándose a sí mismo de pronto —su elegancia, su poder, su lugar selecto en la sociedad cordobesa— y comprendiendo quién era él y quién era su ocasional víctima, sobre la cual había descargado su fracaso de jugador, le dijo :

—Tienes razón muchacho ... A ver... ¡Dame ese billete!— y se lo compró

Llegó la Navidad. Todas las casas cordobesas lucieron sus “pesebres” de porcelana. Las iglesias decoráronse como siempre, para la gran Misa del Gallo... Y la Lotería Nacional publicó el número premiado de aquel año. Don Rudesindo Paz ya se había olvidado del incidente, de su compra, del negrillo, de su violencia inusitada aquella medianoche y de su disculpa. Pero el número le resultó familiar. Buen comerciante, buen hacendado, buen financista, buen timbero, los números eran su predilección, especialmente cuando se trataba de patacones. El era muy ordenado y organizado. Fue hasta su escritorio, buscó entre sus papeles ...y lo halló. Era cierto. No se engañaba. Estaba confirmado...

¡Había ganado el Primer Premio de Navidad!

Su fortuna que ya era importante se acrecentó muchísimo. Sus propiedades darían algún día origen a una importantísima ciudad turística y comercial de la sierra cordobesa, que llevaría el nombre de su hijo : “Villa Carlos Paz.”

5 … HIJO DEL AMOR

Hombre de suerte, su vida fue romántica desde el nacimiento. El Siglo XIX rindió culto al romanticismo y en medio de su adustez moral, peculiar y decantada, se permitió “travesuras” amorosas que hicieron célebres a Chopin, Mallarmé, Liszt, Gauguin, Wagner, Baudelaire ...Rudesindo era producto de una de ellas... Pasajera y fugaz, incluso como todas ellas, y sin duda apasionada en medio del fragor de la batalla. Cuando los cañones del General Paz arreciaban frente a una ciudad universitaria poblada de civiles y los gauchos riojanos de Facundo defendíanse a lanzazos y boleadoras, a las puertas de una ciudad erudita sitiada por tropas de artillería. Cuando en los barrancones agrestes de La Tablada la greda roja enrojecíase de dolor, el niño que traería bajo sus brazos un pan de paz, abría sus ojos en una Córdoba ensangrentada.

Hijo único nacido en Córdoba de Don José María Paz —que tuvo un matrimonio con otros hijos que nunca conocieron esta ciudad— fue criado por las hermanas del general en su suelo natal. Todos los bienes cordobeses de su padre (que fueron cuantiosos después de ganar la batalla de La Tablada) pasaron a sus manos. Rico desde el primer vagido al salir del vientre de su madre. Sobreprotegido. Amado. Cuidado por una familia de lustre. Hijo del amor.

La ciudadanía cordobesa no sabía decir con certeza, quién era su madre. La vox populi reveladora de secretos, sostenía que era una niña muy joven, de menor alcurnia que el padre y que había sido enviada a un convento. No fue presentada en sociedad que se supiera, pero a Rudesindo todo ello lo tenía sin cuidado, como a los demás bastardos importantes de la historia : Don Juan de Austria, el más célebre.

La orgullosa Córdoba, la Docta, la erudita ciudad del Calicanto, le pertenecía. Giraba en torno suyo como las abejas giran alrededor de la reina en una colmena, cargando los panales de miel. Llevaba el apellido de una familia ilustre. Era el hijo único conocido en esta ciudad del General Paz, el hombre fuerte de Córdoba después de esa dolorosa batalla de La Tablada —enlutante— y que él, Rudesindo, era el primero en tratar de olvidar. Pero que le otorgaba poder ciudadano. Rudesindo tuvo gracia y talento para ejercer esta herencia. Tenía su palabra gran peso político. Era una carta de recomendación, un aval, una garantía, una suerte de presentación, un cheque en blanco para cualquiera. Su apoyo social, comercial o político en esta ciudadanía que habíalo elegido como su referente hallándose presta a confirmarlo en tal lugar, poseía siempre un significado de ley.

Un día le solicitaron que se hiciera cargo de la gobernación de Córdoba, la cual era ya evidente, presentaba variados problemas desde hacía tiempo. El grupo nutrido de representantes de las fuerzas vivas había llegado hasta su casa con especial ceremonia y los caballeros que lo componían, iban perfectamente atildados, con sombreros elegantes para ganar su simpatía. Don Rudesindo los miró con su sonrisa silenciosa, algo habitual en él y luego de algunos espacios vacíos de tiempo, contestóles :

—Señores ... Yo manejo a los cordobeses ... Que otro maneje a Córdoba.

6 … VALS SIN FIN

Las fiestas galantes lo tenían de figura central siendo necesaria su presencia en la apertura de un baile. El ornato y los acordes del vals que invadieron pasado el medio siglo las salas cordobesas, necesitaban contar con su asistencia. Strauss posesionado del mundo social en el Siglo XIX convirtió la rivalidad natural de los caballeros, en disputas de ballet, donde algunos descollaron con éxito, especialmente aquéllos que necesitaban concentrar la atención pública.
—Nadie bailaba el vals, mejor que el “Rude” Paz. El era el mejor bailarín y todas las niñas querían acompañarlo en la danza durante los grandes bailes.

Ese era el comentario que se escuchaba a las ancianas de comienzos siglo XX, quienes antaño fueran las niñas de sociedad, cuando el ya maduro galán aún deslumbraba a doncellas núbiles, cautivándolas con su porte de hombre de mundo. Con cada giro del vals el “Rude” Paz hacía olvidar las guerras de su padre, las de los enemigos de su padre. La Docta Córdoba antaño ensangrentada, destruida, desunida ... Y que ahora con él, valseaba.

Producía el enamoramiento romántico y cándido de las niñas preadolescentes, que hallábanse a un paso de abrirse como flores, las cuales tras los cortinados que rodeaban la sala de baile de sus casas paternas, vigiladas por sus negras niñeras, lo atisbaban emocionadas y curiosas. Y era casi un ritual que al llegar a la edad de ser presentadas en sociedad, en un baile de gala, él las invitase a danzar el primer vals. La suya fue una vida alegre y romántica como su nacimiento. El fue el solaz de un guerrero y más tarde el solaz de sus conciudadanos. Su vida estuvo marcada por una alegría permanente, haciendo suya la frase oriental que nos dice:
“ Ríe hoy que mañana serás ceniza “

7 ... VILLA CARLOS PAZ

La ciudad de Villa Carlos Paz (que lleva el nombre de su hijo), la cual fuera en su origen su residencia de campo, pareciera retratarlo de cuerpo entero, como si Don Rudesindo en persona la hubiese ideado para sí. Pues esta posesión campestre fue el centro verdadero de sus grandes “saraos”. Sus convidados eran enviados a buscar por él (de improviso, pues la soledad del campo lo aterraba) en varios coches con cocheros a sus domicilios de la ciudad, mientras otros invitados llegaban desde distintas provincias. Y así, lentamente, este lejano y pintoresco rincón serrano junto al Río San Antonio, a medida que los años pasaron, fue convirtiéndose en un polo de atracción y alegría, provocando el interés de muchas familias por edificar en él.

Gran anfitrión, Don Rudesindo Paz originó allí un pedazo de la historia cordobesa abriendo su devenir, sin el significado heroico de las gestas de su padre, pero sin embargo, con marcada importancia para el desarrollo de esta provincia. Con un eficiente programa de restauración, en el escenario demolido dejado por una guerra civil fraticida. Creando esperanza. Apostando al futuro.

Quizás Rudesindo perviva entre las bellas marquesinas que refulgen en esos teatros decorados y modernos de Carlos Paz, durante los veraneos serranos. Con las calles iluminadas a multicolor, entre la multitud alegre y turística que recorre los predios donde él organizaba grandes convites. Ya no tiene que enviar sus coches y sus cocheros para llenar sus lares de invitados, pues llegan solos desde todos los rincones. El tiempo ha cumplido sus deseos y todo Carlos Paz es una fiesta veraniega al sol, a la noche, en los teatros. En el Casino con sus mesas de juego. En los restaurantes con sus mesas de manjares. Del mismo modo que él supo en su tiempo, organizar sus saraos elegantes, alegres, diversos y múltiples.

Quizás Don Rudesindo Paz esté hoy gozando con todos estos visitantes y aún camina entre ellos, sin que lo reconozcan. Satisfecho. Eufórico. Entre las marquesinas que refulgen. Feliz de ese climax especial, brillante, gozoso, tal como él deseó que fuese y que siga siendo la vida de su ciudad, de su casa, de sus conciudadanos.


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Subido por Alejandra Correas Vázquez
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