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Gripe A, la pandemia | Malo Regular Bueno Bueno - 1 voto

Gripe A imagen ilustrativa del orígen y la transmisión


Además de la capa de ozono (veranos en la playa tan encremados, que apenas sentimos el calor del sol), un dengue dormido que se despertará en verano, el fantasma del sida que nos acompaña a la cama, y la sospecha de que cualquier alimento, o stress, nos pueden derivar directo en un cáncer, porque la medicina última generación nos enseñó, a fuerza de repetirlo, que los nervios son lo peor para la salud, y el marketing se encargó de decirnos que tomáramos Actimel para contrarrestar el mal vivir y aumentar nuestras defensas.

Además de ver cómo se borran uno a uno del mapa, los animales que creíamos inmortales; los que soñamos ver en viajes futuros, para tocarlos con las propias manos, pero que mientras tanto parecían vivos, porque aparecían en postales, en imágenes, retorciéndonos de ternura.

Además, de todo eso, y de otras cosas que se me escapan, ahora tengo que tener cuidado con el aire que respiro. (¿O era desde siempre, por la polución?) Tener cuidado con lo inevitable. No tengo que dejar convencerme por el sol, lo límpido del cielo, esa frescura. No. Mi aire puede estar contaminado por la Gripe A. Yo no diría, la pandemia de este siglo. Me atrevería a darle un tercero o cuarto lugar.

¿O acaso vamos a decir que vivir pensando en un preservativo que nos evite el SIDA, no es una pandemia que se nos instaló en la cama? En los más íntimo de nosotros. Y que todas las terapias alternativas o corrientes orientales –yoga, meditación, reiki, acupuntura y ¿qué más? –, no son más que un espejo para encandilar al stress. Para hacerle entender al cáncer, que no tiene lugar en nuestro cuerpo. Para que no somaticemos y explotemos en enfermedades que se nos van rápido o se quedan un tiempo para enseñarnos, pero que en definitiva, no eran más que la respuesta natural de nuestro cuerpo, a tanta presión diaria. Un dolor de estómago que nos partía, pero que se nos fue en unos días. Una migraña imparable, que no terminó siendo grave. Un análisis de sangre que salió alterado, pero se corrigió en el que viene.

Digamos la verdad. Se nos sumó un miedo más. A diferencia de los otros -que medianamente, podíamos controlar-, este es el miedo que más compartimos, porque nadie de nosotros puede elegir el aire que respira, concentrarse en no hablar demasiado cerca, o ponerse a adivinar quién está incubando, quién es portador, y mirar de reojo a cuanta persona se cruce.

La pregunta es: ¿Cómo llegó hasta lo más cerca de nosotros? Hasta la nariz, las manos, las cosas que tocamos. Hasta el otro: mi familia, mi pareja, mis hijos.

Seguramente, otras cosas no se evitaron. Otras medidas no se pusieron en práctica, responsablemente, como barreras protectoras, para que no llegue a la instancia más vulnerable, que somos nosotros. El cuerpo de nosotros, lo único que tenemos.

Los especialistas dicen (en realidad, el ex director del Instituto Malbran dice) que esto estaba anunciado por la OMS desde el 2004, y que no se trata únicamente de la gripe A, sino de una mezcla de varias cepas: la aviar, con la Influenza Humana, que absorbida por el cerdo, se convierte en la conocida (ver imagen). Todo un cóctel explosivo que ahora nos mantiene alerta detrás de las cifras de afectados, y de muertos.

Otros virólogos, también lo advirtieron, incluso desde tiempo antes.
Desde el 2004, pasaron cinco años para estar más cerca de la prevención que del punto cero. Más cerca de inventar una vacuna y no mandar a diseñar en tiempo récord a ese mini simulacro de defensa, que le haga creer a nuestro cuerpo, que está matando a un monstruo, pero en realidad, sólo le muerde el pie.

Las barreras protectoras más grandes, se cayeron como vallas: una vacuna, las políticas en salud, gobernantes a los cuales les importe más allá de sus intereses personales, la salud de su pueblo. Estados que puedan unirse para prevenir, inventar, y trasladar conocimientos, no ahora, entre felicitaciones, rosas y aplausos, sino antes del problema. Estados que puedan estrecharse la mano, para el bien común.

La visión es tan corta, que los mandatarios no se dan cuenta (o ya se dieron) que el aire que el pueblo respira, es el mismo que respiran ellos. Lamento el infortunio para los ministros argentinos afectados por esta nueva gripe (nueva, entre paréntesis), pero queda en evidencia el planteo.

Ahora, la barrera protectora que tenemos, y en la que podemos confiar, es nuestro cuerpo. En él depositamos la confianza de que haya hecho bien las cosas. Que haya generado defensas como corresponde, capaces de un mínimo esfuerzo; que tenga la edad para esquivar el mal, que pueda responder con lo sabio de la naturaleza. Eso, que tanto dicen.

Si nosotros nos convertimos en la barrera protectora, en la última, la rueda vuelve a girar, porque debemos consumir la solución a tanta indefensión. Si es para la gripe A: alcohol en gel, barbijos, Tamiflú. Y si es por la capa de ozono: protectores solares. Y si es por el dengue: repelente. Y si es para prevenir el Sida: preservativo. Y si es…

Si ya nos convertimos en el último escalón, y nos alcanzó la inseguridad, la vulnerabilidad, y el miedo, porque se nos acabaron todas las capas protectoras, perdimos tiempo (años). No aprendimos nada, y aunque hayamos ganado más (más poder político, más poder de capital, más liderazgo), perdimos la capacidad de organizarnos. De usar la oportunidad.

Perdimos la capacidad de cuidarnos antes. Eso nos predispone -inevitable, como el aire- a perder la comodidad de vivir naturalmente, a sentirnos menos tranquilos y sanos, más paranoicos y perseguidos. También eso: hay que estar serenos, no sea cosa de que nos bajen las defensas, y la porcina nos ataque desprevenidos.

Hay algo bueno, sin embargo, que todavía podemos aprender (aunque tengo mis serias dudas). Podemos aprender a ser solidarios con el otro. A saber cuidarnos mejor. A exigir que se cumplan nuestros derechos. A no olvidar, para no repetir. A pensar profundamente.

¿Seremos capaces de tanta madurez? ¿O seguiremos creciendo a la sombra de nuestros gobiernos, y de un sistema, que teniendo todo el “capital” del mundo, no se esmera en prevenirnos.

Y si fuera la otra versión que circula, sobre la productora de carne porcina norteamericana, que tiene hacinados a sus cerdos en condiciones tremendas de sanidad, culpables de este nuevo virus, eso vuelve a hablar de nosotros como sociedad. Al parecer, era tanta la demanda, que hubo que producir más cantidad de animales (producto), y como los humanos somos tan inteligentes, creamos jaulas a la medida justa de su cuerpo y pegamos un cerdo al lado del otro, tirando a los muertos en las cercanías (porque algunos se enfadan entre sí, al vivir en esas condiciones y terminan matando a su compañero de celda). En resumen, afectamos la total higiene del lugar, y generamos una intimidad tal con el animal (no afectuosa, por supuesto) que hicimos lío con los virus. Nos contagió el cerdo o nosotros a él. Algo pasó, y de seguro, no es bueno.

Esta pandemia, es también, síntoma de nosotros. Nosotros los argentinos, los mexicanos, los norteamericanos, los japoneses, los tailandeses, los uruguayos, los brasileros, y los rusos.

Nosotros.

Esta pandemia, antes de ser un problema (que lo es), es una pena.

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(Si quieren leer la historia de la productora de cerdos, Smithfield Foods, aquí está. Fue publicada en el diario Le Monde Diplomatique, http://www.eldiplo.org/ pero hay que registrarse. Les paso un link, donde la replicaron, y es la misma.

Click debajo:

http://lastresyuncuarto.wordpress.com/2009/06/04/ignacio-ramonetlos-culpables-de-la-gripe-porcina/



Subido por Ricky
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