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Memé Procatelli era una chica dulce, algo cándida y con mucha mala suerte. Ya de niña todo le salía mal y buscaba muletas para sostenerse.  Sus padres, hermanos y compañeros de escuela la ayudaban con sus tareas, y así fueron formando una joven dependiente y llena de artimañas para vivir su vida con el menor esfuerzo posible. Eso sí, era sensible y de noble corazón y eso la decidió a estudiar asistencia social, ya que ayudar al prójimo era de su conocimiento.

Un glorioso día de otoño conoció a Raúl Horacio García, estudiante de letras, un muchacho que parecía su alma gemela, tenían los mismos gustos, los mismos sueños y hasta compartían la misma mala suerte.

Se casaron y el señor Procatelli prestó una casa para que viviera la flamante pareja, el señor García aportó una suma mensual para que no tuvieran que trabajar mientras terminaban sus carreras universitarias.

La vida de los García -Procatelli transcurrió sin sobresaltos por un tiempo. Eran jóvenes, cultos y bienvenidos en los círculos sociales y eventos culturales, donde aprovechaban para comer bocaditos y tomar tragos en forma gratuita.

Aparecían en la casa de sus familiares en las horas de las comidas y cuando llegaban los cumpleaños, se hacían las víctimas y entonces alguien ofrecía hacerles una reunión con la comida y las bebidas incluidas.

Raúl H. militaba en el centro de estudiantes, lo que le restaba tiempo para el estudio, y el tiempo que le sobraba lo utilizaba para escribir poemas. Todos los días se sentaba en la misma mesa, cerca de la ventana de un barcito céntrico.  Cafecito, cigarrillo, lapicera y papel, entre voluta y voluta de humo dibujaba poemas, mientras detrás de la barra se dibujaban los precios de los cafés que nunca pagaba.

La vida de esta joven pareja se deslizaba a caballo del esfuerzo ajeno, llámense padres, hermanos, amigos y hasta vecinos. De todos sacaban un provecho.

Pasaron los años, tuvieron dos hijos y con casi cuarenta años, Raúl H. y Memé seguían sin recibirse, sin trabajar, sin orgullo y sin hacerse problemas. Ellos tenían mala suerte y siempre encontraban una gran piedra en sus caminos que les impedía asumir sus responsabilidades.

Eran unos maestros de la mentira y de la ventaja, y estaban al acecho para conseguir beneficios sin pagar por ello.

Un día, paseando sin rumbo, vieron una casa hermosa, casi una mansión por las líneas de su construcción. Estaba en lo alto de una loma de césped verde esmeralda.  Un sueño. En la verja del frente colgaba un cartel de venta.  Se miraron, y al instante, en forma curiosa, sin expresar palabras se entendieron.  Apuraron el paso y llegaron a su casa a perfeccionar el plan.

Raúl H. concertó una cita con la inmobiliaria y al día siguiente acudió a la cita en la puerta de la hermosa casa.

Una mujer cuarentona, vestida elegante con un trajecito oscuro lo estaba esperando. Tras los saludos de rigor, la agente inmobiliaria abrió la puerta principal y procedió a mostrar las dependencias del lugar.

Entraron a un recibidor lleno de luz, con pisos de mármol blanco, luego pasaron a un living y al comedor con grandes ventanales que mostraban un jardín impecable con canteros de rosas y jazmines.

La cocina, moderna con mesadas aceradas, un cuarto de planchar otro cuarto para despensa, otro de servicio y dos baños, todo con detalles caros y modernos. Raúl Horacio estaba embelesado y pensaba que Memé sería inmensamente feliz en está casa. ¡Ojalá lo lograran!

Como en un sueño fueron subiendo una escalera con la balaustrada de nogal lustrada, escalones de mármol rosado de un lujo impresionante.  Al llegar arriba un descanso alfombrado en azul era un calidoscopio colorido por el reflejo de un gran vitraux que era una obra de arte, a cada lado se perdían sendos pasillos que recorrieron abriendo puertas de dormitorios todas con baños en suite. La agente iba enumerando las bondades y los costosos detalles de la construcción y Raúl Horacio quedó impresionado por todo, también se impresionó cuando la señora dijo la cifra en dólares que costaba la propiedad.

Por último bajaron al sótano, una habitación rectangular de ladrillos sin revocar. En un costado habían quedado olvidados unos cajones de vinos, que según pudieron constatar eran de buena cepa. En un rincón, casi tapada por unas cajas de cartón, una puerta baja de hierro. Raúl H. sintió que era su oportunidad. La abrió como curioseando y un grito de espanto surgió de su garganta al ver un hombre pequeño, casi un enano sentado en una silla de paja, tenía las piernas juntas a la altura de las rodillas y en la cabeza tenía un sombrero bombín de terciopelo negro con una cinta de raso verde. Los ojos miraban fijo y eran rojos con pestañas largas y negras, los labios eran morado oscuro y se movían cómo si succionaran algo.

-¿Vio eso? - dijo Raúl H. cerrando de un portazo

-¿Qué cosa?, sí, un cuartito lleno de basura -dijo la agente

-¡No! Había un hombrecito de ojos rojos y sombrero

-Yo no ví nada ¿Es una broma?

-¡Allí, allí está! ¿No lo ve Ud.?

-¡Por favor! Calmese!, allí no hay nada

Raúl H. insistente, describió al hombrecito y abrió una y otra vez la puertita diciendo que allí estaba el hombrecito. La señora logró sacarlo de la casa, y se fue pensando que ese hombre estaba loco.

Pasaron los días y Memé sin decir que era la esposa de Raúl H. pidió ver la casa. El mismo resultado. Ella también vio al hombrecito. La agente se fue un poco preocupada.

En los siguientes días, y en los siguientes meses, un rumor empezó a tomar cuerpo y a correr con insistencia en toda la localidad, la casa de la loma estaba embrujada y había fantasmas.

La inmobiliaria revisaba una y otra vez todas las dependencias de la casa y no encontraban nada, hicieron limpiar el cuartito y nada. Pero el rumor como una ola imparable ya estaba instalado en el ánimo de todos.

La casa tenía fantasmas.

Los dueños se enojaron con la inmobiliaria y decidieron entregar las llaves a otra empresa.

Otra vez el matrimonio García hizo el mismo numerito y el rumor se convirtió en certeza. La casa tenía fantasmas.

La cuestión es que nadie quería comprarla, dos vecinos creyeron ver al enano de bombín hamacándose en el jardín. Uno de esos vecinos se mudó con toda su familia.

Pasaron los meses y la casa no se vendía, el precio de venta comenzó a bajar, la mala fama había trascendido los límites de la ciudad y nadie la quería ni regalada. Cuatro inmobiliarias habían fracasado en su cometido y al año justo, la hermosa casa valía una suma irrisoria. El matrimonio García-Procatelli consideró que era el momento de atacar.

Hablaron con el señor Procatelli y el señor García y les pidieron dinero prestado para comprar la casa. Los padres, después de muchos cabildeos, aceptaron prestar el dinero, o regalarlo siempre y cuando jamás de los jamases volvieran a pedir nada de nada. (Ya estaban hartos)  Se firmó el acuerdo y Memé y Raúl H. compraron la casa embrujada por chauchas y palitos.

Una radiante mañana de verano la familia se mudó feliz por el resultado de sus artimañas. Ellos mismos estaban sorprendidos de que hubiera funcionado.

Era la medianoche cuando el matrimonio se había reunido en el comedor a brindar con el champagne encontrado en la casa cuando el grito aterrador de Felicitas su hija menor se oyó en el sótano.

Corrieron todos a ver que pasaba y vieron a Felicitas muy quieta mirando una laucha que corría asustada por el tirante del techo.  Memé y Raúl H. suspiraron de alivio, entonces todos pudieron ver que la puertita de hierro se abría lentamente y un hombrecito de ojos rojos y sombrero bombín de terciopelo negro los miraba desde su silla de paja mientras que su boca morada hacía un ruido de succión horrible...  

 

 

                                                   CAVALLERO Susana



Subido por Susana Cavallero
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