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El escritor y la palabra | Votar


Son tiempos en que la palabra se nos aparece, día a día, como una necesidad más imperiosa que nunca. La necesidad de comunicarnos. Esa comunicación se da en diferentes ámbitos y niveles, pero hay dos de ellos donde es, no solo imprescindible sino irremplazable: el contacto, comunicación directa, cotidiana por una parte y los medios de comunicación, escrita o hablada, por la otra.
Esa necesidad la hemos transformado en algo “chabacano”, o farandulesco, distorcionador del Signo lingüístico, que es el lenguaje que nos reúne y donde es imposible obviar significados y significantes.
Hemos transformado la palabra, en no importa cómo, en un no importa qué decimos, o hacia quién disparamos los dardos de la injuria y la burla. Tiempos en que la ética se nos ha escabullido de entre las manos, las piernas y el corazón, en los que pareciera que solo es útil reclamar, nunca acariciar o reconocer; tiempos de apuro e irreflexión, de correr tras la necesidad y la desazón tiempos de usar la lengua con un carácter extorsionador de lo publico. Así la palabra asoma como un cuchillo cotidiano.

Recuperar el espacio de expresión es recuperar el peso exacto (o lo más aproximado posible) de la palabra; palabra que se ha encadenado a nuestros pies en lugar de hacerlo a la razón o al sentimiento. Evitar el riesgo de ser prisioneros de la palabra arrebatada del sentido.

Celebro un espacio mas de lenguaje cierto y posible, de respeto a la cultura de la lengua y un profundo respeto al silencio, el que viene después de la lectura, el momento de pensar, reflexionar, elemento fundamental de cualquier transformación.

Especialmente en lo que nos atañe, que es la literatura, a nuestro quehacer como escritores, creo que debemos tomar cabal conciencia que cada PALABRA nos lleva a un repensar a un sentir.
Sería un enorme éxito, si de acá hoy nos llevamos una sola palabra o una sola idea que nos movilice...entonces habrá valido la pena este tiempo de palabras

El lenguaje es la única forma de recuperar la historia y hacerla presente en su diferencia.
Dice Saer:“EN LOS GRANDES ESCRITORES HAY UNA VISIÓN TOTAL DEL MUNDO, NO UNA EXPLICACIÓN, SINO UNA VISIÓN, CASI UN SENTIDO IRRACIONAL”

Ese peso fundante de la palabra escrita, nos abre la posibilidad y la necesidad de combinar la carga emotiva con la desnudez del lenguaje: combinar frío y calor, forma y fondo, esencia y expresión.
y justamente la literatura es manifestación de ello, es dialéctica entre esos contrarios.
En ella asoma y se subsume todo lo dicho y lo no-dicho.
La palabra que escribimos, como texto literario, conlleva el acto humano mismo, es fuente de creación, motor, expresión del texto y el texto mismo.

Pero el lenguaje es limitado y el escritor debe decir con y dentro de ese límite.
Allí es donde redunda la importancia de la búsqueda y de la utilización de la palabra justa.
Esa palabra que con un solo golpe, puede impregnar nuestra memoria o toda nuestra vida, donde reconocemos el cuerpo verbal de la palabra.
Y, hablando de cuerpo, también debemos recordar que es el cuerpo humano, que es el estómago, los huesos, la médula, quien toma noticia y vive lo que escribimos.
Esa esencia del signo, que es la palabra, nos permite transgredir, desafiar, subvertir las limitades del ser, crear un tiempo propio, moldear espacios deseados...permitirnos la eternidad en un instante.
Podemos con ella, hacer presente la ausencia, cuando nombramos lo que no está (madre, amigos, amante, patria, ayer, futuro...)
Al nombrar lo que fue, lo que no es, al nombrar la ausencia, eso ausente se vuelve presencia real. Valor superior de la palabra, del verbo ( “Y el Verbo se hizo carne...” dice la Biblia)

Cuando alguien, o algunos, asumen un rol dominante en la lectura de estas cuestiones corremos el riesgo que se “tiren” meras informaciones y/o se orienten pensamientos en determinado sentido ( tarea de parte de mucha de nuestra crítica), o que esa “lecturas” se queden en los ámbitos teóricos academicistas o como motivo de reflexión entre estudiosos de la cuestión, mas sin llegar a la sociedad toda que es (somos) la necesitada de una apuesta para cambiar el rumbo de la mera reproducción de saberes, para fomentar la apertura al saber del otro.
La palabra literaria se la tiene por aburrida, se la toma como algo de grupos reducidos, no convoca. Sin embargo es todo lo contrario, si entendemos que la palabra es lo que nos une, nos permite comunicarnos y sobre todo si no nos quitan a los escritores la posibilidad de ser también nosotros analíticos del sentido. Pero por sobre todas la cosas si nosotros asumimos con toda responsabilidad el valor fundante de la palabra, si reconocemos todo lo que con ella podemos construir.

Es tiempo de hacernos oír, de gritar que la palabra, en todos los sentidos, pero mucho más en el ámbito literario ya que trabajamos con ella y sobre ella. Es nuestro objeto y nuestra herramienta. Ambas cosas y en forma simultanea.
La palabra literaria tiene una vigencia atemporal, universal, toma al hombre como un todo y convierte las palabras singulares en la pluralidad de lo humano.
Llega hasta regiones desconocidas, muestra lo oculto, lo que pasa desapercibido, lo que va más allá de las apariencias, de lo real. Debajo de ello, “adentro” de cada palabra, aparece el subdrama, la tragedia o la comedia personal, pero en ella subyace la tragedia o la comedia universal.
El “yo” dice del que escribe, dice de lo universal que habita en cada hombre, aunque la voz se exprese en primera persona.
Allí cabe señalar la diferencia entre profundidad y complejidad. Lo importante, creo yo que no es la expresión compleja, la palabra difícil, sino la idea profunda del texto
Los grandes de la literatura universal, como dice Ivonne Bordelois, rescatan, “como un duelo, una enfermedad, un reencuentro, una revelación, un amor perdido o recuperado, se liberan se enriquecen a la luz de las palabras”, palabras que ellos recuerdan, palabras que son el “alto pórtico” del lenguaje y de las posibilidades expresiva de la pasión del pensamiento. Una puerta que se encuentra abierta y, ciertamente, no estamos los escritores. dispuestos a cerrar. Lenguaje resistente, reservorio del valor y del poder de la palabra.

La palabra dice del ayer, del hoy y del siempre, expresa en formas verbales una experiencia espiritual, humana.
Desde ese lugar, la creación surge como un nuevo ser del lenguaje. Emerge como algo totalmente diferente al objeto o a la palabra que lo nombra.
La búsqueda pasa por el destino de la palabra. La palabra se transforma en algo vital. No se limita a expresar ideas o contar cosas, sino que al crear sensaciones, crea mundos, crea un futuro, una novedad.

La palabra escrita o escuchada no se lee o se escucha solo con la razón sino con el cuerpo, se siente en el cuerpo, en las vísceras, produce sensaciones, vibraciones, aun sin entender una razón. luego se podrá discernir, pero ya estamos en una etapa de análisis crítico o lingüístico.
La palabra nos hace vibrar de gusto o de disgusto, de alegría o de pena, de placer o de repugnancia.
Es recurso para completar la nada, volviéndola existencia. Crea una dialéctica entre vida y muerte, entre perdida y búsqueda y encuentro. Voz, verbo que enciende el grito que dice de la pasión, la alegría, el destino, el silencio; es lucha cotidiana, anverso y reverso de la historia, angustia y felicidad escondida detrás del rostro (poema, cuento , novela), es permanencia escindida frente a la apariencia de lo “real”. La palabra nos permite recuperar los mitos y nombrar la ausencia, rescata del exilio el ser y el lenguaje, es, además, lo que no está escrito. Es lo que preside al acto humano.
Representación de lo vital a través de las palabras, una exégesis del paisaje lingüístico.

Luis María Sobrón, en un hermoso artículo sobre la poética, publicado en diario La Capital del domingo pasado, citó Saint John Perse en estos versos “”!Sintaxis del relámpago! Oh, puro lenguaje del exilio! Lejana está la otra ribera / en la que el mensaje se ilumina”.
Esa otra ribera, es la del lenguaje, la de la palabra, con la que podemos alcanzar la magia de la creación.

El escritor debe enamorarse de la palabra tanto como un Borges, quien signo su vida en amor a la palabra que nombra, quien no solo fue un hombre sino que se ha convertido en adjetivo y un sustantivo, quien creo su mundo de palabras y con ellas otros mundos y dijo de tantos y de otros no expresados. La definición más perfecta que he escuchado – leído - sentido, sobre el valor de la palabra, está en estos versos de un poema de J.L.B. y que dice: “Si como el griego afirma en el Cratilo/ El nombre es arquetipo de la cosa/ En las letras de rosa está la rosa/ Y todo el Nilo en la palabra Nilo”.

Es tarea de escritor amar al signo lingüístico, la palabra, buscar en el entramado de significados y significantes el modo exacto para expresar su mundo, buscar el modo exacto de construirlo.
Nadie puede escribir desde un lugar ajeno a si mismo, constituidos como sujetos que somos, desde allí actuamos en todos los órdenes, emanamos con la urgencia de un parto, con la hondura de un orgasmo. Nos mostramos en la palabra que escribimos y desde allí, cada palabra, se convierte en algo vital.

Pero el lenguaje es limitado y por ello nunca podremos expresar la total ensoñación, somos lo que ni siquiera sabemos. Ocupamos el lugar que deja el silencio o silenciamos el verbo cuando la voz pesa menos que ese silencio.
Por eso, creo yo que debemos respetar tanto la palabra como el silencio cuando la misma no alcanza.
Dice A.Pizarnik, “Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se forma el silencio”.

Me despido diciendo, algo que alguna vez escribí:
"Dos veces muda/ canto a dos voces/ el silencio."
mónica aramendi


Subido por monica aramendi
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