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Una carpeta entre dos poetas



Por Edgardo Lois

Es cierto, un papel puede mezclarse entre otros tantos papeles y esconderse jugando a la escondida sin querer; algo así como perderse entre los pliegos del bonito abismo de la página en blanco o entre el abismo y bosque manifiesto de la palabra y la idea anotada. Un papel puede mezclarse, esconderse, perderse, agarrarse por misterioso imán de pega papeles, y puede asirse, además, a los pliegues del destino, la suerte, el destino de la historia, y la suerte de la vida. Un papel puede, y necesario será afirmar, una carpeta también puede.

Con carpetas en la mano caminaba Roberto Santoro, poeta, por las calles de Buenos Aires. Caminó encarpetado durante 1974, durante 1975 y 1976, mientras los habitantes de esta tierra se preparaban para ser tan derechos y humanos. Santoro era el editor de las carpetas; simples, muy simples, carpetas de librería papelería, abrochada la pestaña interna para que contuviera las hojas sueltas, los poemas sueltos de poetas sueltos en esta ciudad de ayer. Doce hojas, cuatro ilustradas, en la carpeta número 1 del chileno Mahfud Massis, y doce hojas para la número 38 de Hugo Ditaranto. La primera y la última de la colección La pluma y la palabra de la Editorial Papeles de Buenos Aires. Desde tiempo antes Santoro venía de carpeta en mano; en 1973, veían la calle las carpetas de Ediciones Gente de Buenos Aires. Entre ellas, Cuatro canciones y un vuelo de Santoro e ilustrada por el plástico Pedro Gaeta. De poetas encarpetados, a mano plena de ofreceres, andaba Santoro por Buenos Aires. Llevaba poetas de la mano, entre ellos: Raúl González Tuñón, Humberto Costantini, Antonio Requeni, Federico Moreyra, Antonio Aliberti, Néstor Groppa, Luis Franco, Alvaro Yunque, Elías Castelnuovo.

Roberto Santoro también caminó parte del año 1977, pero el paisaje urbano iba a la deriva en la noche verde. En la declaración jurada de su carpeta No negociable, el poeta había escrito, Si mi poesía no ayuda a cambiar la sociedad / no sirve para nada. El poeta incluyó El gran bonete dentro de esa misma carpeta, a mi país se le han perdido muchos habitantes / y dice que algún cuerpo de ejército los tiene / yo señor? / sí señor / no señor / pues entonces quién los tiene? / la policía / yo señor? / sí señor / no señor / pues entonces quién los tiene? / la cámara del terror / yo señor? / sí señor / no señor / pues entonces quién los tiene? / los organismos parapoliciales / yo señor? / sí señor / no señor / pues entonces quién los tiene? / pues entonces quién los tiene? / pues entonces quién los tiene?
Roberto Santoro, poeta y militante. Hombre a la vista, salvo en algún momento en que prefirió guardarse; hombre a la vista por Buenos Aires causando el asombro de sus amigos, ¡Qué hacés acá! Te buscan, pudo haber escuchado Santoro de boca de alguno, pero él ya lo sabía; sabía que lo buscaban, sabía que se perdían muchos habitantes de este país, y el 1 de junio de 1977, no se sabe si un cuerpo de ejército, la policía, la cámara del terror, los organismos parapoliciales, pero alguien, algunos, los cobardes que nunca faltan, se lo llevaron de la Escuela Nacional de Educación Técnica Nº 25 Fray Luis Beltrán, donde se desempeñaba como preceptor.

Dolores Santoro, su mujer, recuerda la noche en que su hermana, que también trabajaba en la misma escuela, llegó un poco más tarde de la hora en que llegaba Roberto. Se encerraron en el baño, y en el baño se escuchó, se lo llevaron. Afuera esperaba Paula, de diez años. Dolores recuerda que a Paula le dijo que el papá había viajado a Rosario; así durante dos semanas, hasta que un día, en un café cercano a Callao y Córdoba (Dolores dice que fue afuera, en la vereda, Paula que fue en el café), la mamá le dijo la verdad a la hija, y fue la hija la que intentó contener el llanto de la mamá. Dolores recuerda que nadie le fue a patear la puerta, que ella no tuvo problemas, y que ella más de una vez no supo qué hacer. Quemó papeles, no recuerda qué exactamente; sí está segura de los tres cuadernos Gloria donde Roberto había anotado comentarios sobre noticias que escuchaba o leía mientras estuvo a resguardo. La biblioteca de Roberto estaba en la casa de la madre, el lugar al que Dolores y Roberto fueron a vivir, En una piecita que tenían arriba... Vivimos ahí hasta que nos mudamos a la vuelta. Los papeles de Roberto quedaron en la casa de la madre, y los papeles de los Habeas Corpus en los cajones de la casa de Dolores, pero si un día se llega a volar porque fallamos / si se escapa esta rabia que llamamos esperanza / si un día se va / yo crucifico al amor / y después de enterrar a mis hermanos / me voy con el tranvía de la muerte / a clausurar mi corazón en una plaza.

Casi treinta años entre aquella Buenos Aires y ésta, y casi treinta años entre el último café que tomaron en el Ramos, Roberto Santoro y Hugo Ditaranto, poetas ellos; uno de andar encarpetando poetas, y el otro de querer estar entre los encarpetados por el encarpetador. Decime turro, cuándo me vas a editar los poemas, arrancó Ditaranto para romper el hielo como generalmente se especializa Ditaranto en romper el susodicho hielo. Vos siempre con esos poemas de amor, podríamos intuir como posible respuesta de un urgente e irónico Santoro. Estos no son poemas de amor, dijo Ditaranto mientras revolvía el café. Bueno, dame, y Santoro agarró los poemas, los miró, y le dijo, Dejámelos.

Una razón suficiente de Hugo Ditaranto se compone de una declaración jurada, La poesía / duerme en el corazón de todos los hombres / no la despierten / un inesperado día amanecerá cantando..., y de diez poemas. Destino abre el juego, Con tu viejo esqueleto ya madera / llegó un titiritero hasta mi aldea. / Nos dijeron las mentiras que los sueños traen. / Nos inventó unos pájaros de fuego. / Contó una historia alegre que era triste. Habló de la manzana y del plumero. / El destino del hombre llegó como la lluvia. / Mondraguín, el muñeco más solo / se me pegó al recuerdo, y fue casi mi alma. / Un aire azul definió los misterios. Y poblé mi soledad de fantasía. / Y entonces Mondraguín me dijo sus secretos: / - Con su viejo esqueleto ya madera / llegó un titiritero hasta mi aldea, / y yo me fui con él.

Una razón suficiente es un acercamiento a los pibes en la escuela, al recuerdo de esos días, La señorita Irene siempre nos daba / bombones de fruta, si leíamos bien. / (Una vez comí uno), y a los primeros pasos de Ditaranto como maestro de primaria, Llegar a la ternura de los niños, / que hablan con su sombra en los recreos.

Hace años que conozco a Hugo Ditaranto, hace años que lo visito en sus domicilios sucesivos, y hace unos días, cuando fui de visita por su departamento de la calle Formosa, el destino me sorprendió y me hizo testigo. En un sillón estaba sentada Dolores Santoro; nos presentaron. A partir de ese momento, escuché, miré, uní alguna que otra idea, y enseguida tuve ganas de escribir, de contar esta pequeña historia. Dolores había llamado por teléfono a Hugo, le habló de poemas sueltos, le leyó algunas líneas, y el poeta admitió que esos poemas eran suyos. Ahora Dolores está sentada en el sillón, y desde una bolsita plástica trae a escena una carpeta de poeta encarpetado, la número 38, Una razón suficiente de Hugo Ditaranto.

Dolores sigue volviendo a Roberto Santoro, sigue atenta desde el colectivo, sigue recorriendo las veredas de la ciudad con la vista, Por si lo veo; sigue deteniéndose cuando ve a algún marginado de esta sociedad tratando de hacer la vida en la calle, sigue mirando cuando el porte sugiere que podría ser, por las dudas, porque quizá, porque tal vez. Así manipula momentos la condición de desaparecido, como escuché hace poco a una madre de Plaza de Mayo, Sé lo que es perder un hijo, pero no sé lo que es enterrarlo. Dolores sigue volviendo a Roberto, y a los lugares que fueron de ellos. Fue así como llegó al techo de un placard, fue así como entre humedad y cartones en la casa de la madre de Santoro, en la piecita de arriba, encontró una carpeta que todavía no había sido doblada ni abrochada, y unas hojas sueltas; de esta manera es que llegó a la carpeta número 38, la última editada por Editorial Papeles de Buenos Aires, la que no pudo terminar el poeta editor.

Ditaranto fue voz quebrada y llanto; fue tiempo y memoria, volviendo, reapareciendo en la escena, regresando de ese territorio en que se guardan los momentos que duelen, los que no se olvidan ni se esconden, los que respiran, renovados, en esos días necesarios para la sangre, Me había olvidado que se los había dado... Decime turro, cuándo..., y Hugo habló del último café en Montevideo y Corrientes; No lo vi más..., dijo.
El Tano Ditaranto nunca había llegado a ver la carpeta; casi treinta años después aparecía Dolores con el poeta encarpetado.

Imagino a Dolores viajando en colectivo, siempre atenta a las veredas, camino a la casa de Hugo; ahora ella llevaba al poeta de la mano. Casi nada, cartón, doce hojas, tinta y poeta; una mujer más en el colectivo, en los colectivos, y sin embargo, el gesto, todo un movimiento, una declaración de principios sobre la memoria. En tiempos en que tanto es lo que se pierde, en que tantas son las cuestiones que no importan, en que muchas posiciones no cotizan en el mercado cotidiano de las acciones humanas, Dolores iba de rescate, y se tomaba la molestia de golpear la puerta que la memoria señalaba.
Seguro que lo vas a escribir, me dijo Hugo Ditaranto con voz de poeta encarpetado.

Julio de 2005

Esta nota fue publicada originalmente en el periódico "Desde Boedo"


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