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José Saramago, la sociedad a la vista o crónica de una mañana y un intento de mirada por los alrededores Informes RSS Informes

José Saramago, la sociedad a la vista o crónica de una mañana y un intento de mirada por los alrededores



Por Edgardo Lois

José Saramago toma con su mano el ejemplar de La caverna. Un apurado, alguien fuera de tiempo y de lugar, había alcanzado el libro pidiendo la firma. Saramago, con elegancia y muy buen humor, dijo que todavía estaba en ayunas y se quedó con el libro entre las manos.
Fue ahí, en el recoleto café de La Recoleta, donde fui testigo de una clase de caricia virtuosa.

Saramago aclaró que no estaba en una reunión con libreros nada más que para apoyar las ventas de La caverna. Dijo estar ahí para que entre todos peleáramos para que esto, y tomó el libro, no desaparezca. Estaba por comenzar la clase de caricia virtuosa cuando dijo que aquí dentro, refiriéndose al libro que seguía en su mano, hay una persona. Dentro del libro está el autor. No debemos permitir que los libros se pierdan.

El ejemplar de La caverna se convirtió así en el centro de la tormenta, en el corazón agitado de una recién inaugurada escuela de la caricia. El libro podría haber gemido, podría haber gritado porque al fin había dado con un hombre que sabía de acariciar. Un hombre que sabía de la importancia de avanzar apenas dos centímetros cuando sólo son necesarios esos dos centímetros o un hombre capaz de liberar la caricia para que recorra el lomo que ya no sabe de título ni de autor y mucho menos de logo editorial.

José Saramago acariciaba el libro. Un hombre de manos humanas, amigas, eróticas manos las de José Saramago que transformaban en hombres privilegiados a todos aquellos que pudieran ver lo que este mundo, este momento de mundo, estaba regalando. Nada más hacía falta.
Ver, poder ver desde alguna de las posibilidades.
Aquella mañana en el recoleto café de La Recoleta pude ver.

Después llegaron Ensayo sobre la ceguera, Todos los nombres y La caverna, los intentos de Saramago para patear la barrera, para tratar de aclarar la mirada en este presente.
Parece que nada sabemos, parece que hemos perdido la facultad de ver; de ahí que sepamos tanto como nada sobre la bestia que nos rodea.

Saramago siempre hace referencia a una cuestión básica: "despertar conciencias". Tomar conciencia, vivir a conciencia despierta, por parte de la mayoría de las personas; abrir los ojos y hacerse las tres preguntas clave que propone el escritor: "por qué razón las cosas son como son, para qué y para quién, quién se aprovecha, quién lucra".

Las tres novelas citadas, la trilogía de la mirada, apuntan a la toma de conciencia. Las tres son invitaciones a bajar a la tierra, a tomarse un momento para pensar. Saramago es un escritor que invita al ejercicio del pensamiento y hoy, estas invitaciones no abundan.
De repente, un hombre que va al volante de su automóvil, se queda ciego. Nada de oscuridades. Todo su mundo ha quedado en blanco, pegajosamente blanco. Así, en un instante nada más, el hombre está ciego. Así nada más, como cuando ha llegado el destino y el hombre muere en un instante parecido. Está ciego, entonces alguien lo ayuda. Loable gesto hasta que el buen hombre se transforma en ladrón. Así el inicio de Ensayo sobre la ceguera. La enfermedad avanza. No se sabe cómo llamarla, pero llega a cada momento y los ciegos aumentan.
Es entonces cuando comienzan las distintas sensaciones.
Los ciegos son encerrados bajo la estricta vigilancia del estado en pleno, plenísimo, como siempre, uso de la fuerza. La sensación primera está dada en el "usted está enfermo", "usted es distinto", "usted se mueve de forma extraña"; la segunda, que viene casi pegada a la primera, está dada en el hecho de que alguien con poder decide sobre los que no lo tienen. El poder manda y no pregunta. Nada más avasalla la incomodidad.
Estas son las primeras impresiones, aparecen mientras uno apenas se va metiendo en la lectura. En realidad, es sólo el punto de partida. Una sociedad de ciegos es el paisaje final.

Una sociedad de ciegos que se agrede a sí misma "Nunca se puede saber de antemano de qué son capaces las personas, hay que esperar, dar tiempo al tiempo, el tiempo es el que manda, el tiempo es quien está jugando al otro lado de la mesa y tiene en su mano todas las cartas de la baraja, a nosotros nos corresponde inventar los encartes con la vida, la nuestra"; la comida que se pudre en depósitos cuando hay quien muere de hambre "cuando salí de aquí corriendo con las bolsas sospecharon que se trataba de comida y fueron a buscarla, En cierto modo, todo cuanto comemos es robado de la boca de los otros, y, si les robamos demasiado acabamos causando su muerte, en el fondo, todos somos más o menos asesinos"; una sociedad en la que no importa a quién tengo al lado porque no lo veo, no lo registro; una sociedad poseedora de una moral hipócrita que sólo existe porque está el otro que mira y juzga.
Suena conocido. Suena como un día más. Cotidiana miseria la que vive una sociedad de ciegos que ven. "Van como fantasmas, ser fantasma debe ser algo así, tener la certeza de que la vida existe, porque cuatro sentidos nos lo dicen, y no poder verla".
¿Alguien los encerró?, en ellos mismos está el mal, su miseria.

En esta sociedad hay alguien que ve. Alguien todavía ve mientras para la mayoría sólo hay tiempo y lugar para la degradación, para la vida entre los peores animales. Es el que ve quien lleva la carga mayor, él será responsable porque ve, él tendrá que nombrar aquello que ve, "Hoy es hoy, mañana será mañana, y es hoy cuando tengo la responsabilidad, no mañana, si estoy ya ciega, Responsabilidad de qué, La responsabilidad de tener ojos cuando los otros los han perdido, No puedes guiar ni dar de comer a todos los ciegos del mundo, Debería"; "y perdonadme el sermón, es que no sabéis, no podéis saber, lo que es tener ojos en un mundo de ciegos, no soy reina, no, soy simplemente la que ha nacido para ver el horror, vosotros lo sentís, yo lo siento y, además, lo veo".

Ensayo sobre la ceguera es extraña dentro de la escritura de Saramago. Difiere, y mucho, de Todos los nombres y La caverna. Llama la atención la cantidad de personajes y llama la atención la dimensión del paisaje donde estos se mueven. Hizo falta un estado, hizo falta hasta la ráfaga de ametralladora. Extraña la linealidad del relato, esta gran aventura u odisea para plasmar esta llamada de atención sobre nuestro presente. La escritura está despojada de las habilidades narrativas identificatorias del escritor. Falta el juego, el floreo del que es capaz el señor Saramago. Tan extraña como si, deliberadamente, Saramago hubiese preferido la suprema claridad, el golpe en frío -porque Ensayo... es un libro duro, durísimo- para contar esta historia donde con tanta precisión se presenta el cultivo de la mierda diaria en todo su esplendor.
Luego sucederá que el paisaje será acotado dentro de un edificio. En Todos los nombres alcanzará básicamente con la Conservaduría General del Registro Civil. Ahí trabaja don José, un escribiente más en una delegación estatal donde aún no ha entrado la tecnología.

¿Cómo funciona la Conservaduría?, muy fácil "[...] y cómo funcionan los archivos y los ficheros. Están divididos, estructural y básicamente, o, si queremos usar palabras simples, obedeciendo a la ley de la naturaleza, en dos grandes áreas, la de los archivos y ficheros de los muertos y la de los archivos y ficheros de los vivos. Los papeles de aquellos que ya no viven se encuentran más o menos organizados en la parte trasera del edificio, cuya pared del fondo, de tiempo en tiempo, en virtud del aumento incesante del número de fallecidos, tiene que ser derribada y nuevamente levantada unos metros atrás. Como será fácil concluir, las dificultades de acomodación de los vivos, aunque preocupantes, teniendo en cuenta que siempre está naciendo gente, son mucho menos acuciantes, y se han ido resolviendo, hasta ahora, de modo razonablemente satisfactorio, ya sea por el recurso a la compresión mecánica horizontal de los expedientes individuales colocados en las estanterías, caso de los archivos, ya sea por el empleo de cartulinas finas y ultrafinas, en el caso de los ficheros". Nuevamente, ahí trabaja don José y ahí, a la sombra de la Conservaduría -su vivienda está pegada al edificio y unida a él por una puerta que casi siempre está cerrada- vive con su secreto "Con la prohibición de usar la puerta, quedaban aún más reducidas las probabilidades de una intromisión inesperada en su recato doméstico, por ejemplo, si dejara expuesto encima de la mesa, por casualidad, aquello que tanto trabajo le venía dando desde hacía largos años, a saber, su importante colección de noticias acerca de personas del país que, tanto por buenas como por malas razones, se habían hecho famosas".

Ocurrió que don José pensó en traspasar los datos de las fichas originales del Registro Civil a su propio archivo de famosos. De noche retiraba las fichas, las copiaba y las devolvía al lugar de origen. Cien personas famosas, hasta que en uno de los últimos movimientos sucedió lo inesperado "Cuando por fin pudo recuperar el aliento, se agachó para recoger las fichas, una, dos, tres, cuatro, cinco, no había duda, seis, a medida que las recogía iba leyendo los nombres que allí constaban, famosos todos, menos uno".
Una desconocida, una mujer desconocida "Entonces por qué no deja de mirar la ficha de esa mujer desconocida, como si de repente ella tuviese más importancia que todos los otros, Precisamente por eso, estimado señor, porque es desconocida".
A partir de ahí, el enfrentamiento interno. Cien personas famosas contra una vida común. Una vida más sobre la tierra.

Saramago invita a sacar la mirada de las revistas, de los registros de la fama. Bajar la vista de la apariencia del éxito, de la concepción que la sociedad tiene de la llegada a las puertas de la gloria. El éxito, como nueva religión y quizá la que más seguidores cosecha, es el espejo maravilloso en el que la gran mayoría intenta hoy encontrarse. Éxito, ego, sacar la mejor ubicación para mejor exhibirse.
Saramago avisa, abre el juego para quien quiera tomar conciencia. La vida, las vidas son otra cosa, pobre de aquellos que se dediquen a la carrera de la apariencia, pobre de aquellos que queden atrapados en la contemplación de la apariencia.
Don José tenía cien famosos para seguir y se fue detrás de la historia de la mujer que el azar le había puesto en el camino.

Saramago avisa. Saramago invita a mirar a nuestro alrededor. La sofisticación no es sinónimo de vida. Una vida se construye con momentos simples, la vida es una cuestión simple, y tan simple como frágil. Tener el tiempo y la capacidad de mirar es una buena manera de vivir. "Vivimos tan absortos que no reparamos en que lo que nos va aconteciendo deja intacto, en cada momento, lo que nos puede acontecer".
Todos los nombres es pura invitación. Al lector no le quedará elección posible. La historia de don José en la Conservaduría pasará a ser parte de sus días. Saramago vuelve a las sutilezas narrativas, a aquel juego de la escritura descubierto en Historia del cerco de Lisboa. Dos ejemplos, "Por estas razones, don José, aunque fuese sometido al más intenso de los interrogatorios, no sabría decir cómo y por qué tomó la decisión, oigamos la explicación que daría,..." y la relación que establece entre la última línea de la página 104 que lleva a la extrañeza, qué línea rara para Saramago "...como una hoja que se hubiese desprendido del árbol." y el principio de la página siguiente "El respeto por la realidad de los hechos y la simple obligación moral de no ofender la credibilidad de quien se ha dispuesto a aceptar como razonables y coherentes las peripecias de tan inaudita búsqueda reclaman la inmediata aclaración de que don José no cayó suavemente desde el pretil de la ventana, como una hoja que se hubiese soltado de la rama. Por el contrario, lo ocurrido es que cayó desamparado, como caería el árbol entero, cuando hubiera sido tan fácil irse escurriendo poco a poco de su momentáneo asiento hasta tocar con los pies en el suelo."

Todos los nombres es pura invitación porque señala que el mundo real, el posible y acariciable mundo real, ése que sí nos contiene, está en las historias de la gente común. Esa gente que anda sin careta ni conveniencias, que vive, que puede ser maestra u obrero, que puede tener hijos o no, que hace pocas o muchas cosas y muere porque así deberá ser. Esas personas hacen el mundo, si esas personas tomaran conciencia harían un mundo mejor. "Nada en el mundo tiene sentido, murmuró don José" y es cierto, hay poco con sentido en el puro cruce de imágenes que estamos alimentando. Otra vez Saramago "Don José decide que está todo hecho, que lo pueden despedir si quieren, expulsarlo del funcionarado, tal vez el pastor de ovejas necesite un ayudante para cambiar los números de las tumbas, sobre todo si anda pensando en ensanchar su campo de actividad, de hecho no hay motivo para que quede limitado a los suicidas, a fin de cuentas los muertos son iguales, lo que es posible hacer con unos puede ser hecho con todos, confundirlos, mezclarlos, qué mas da, el mundo no tiene sentido."

Nuevamente en el recoleto café de La Recoleta. Saramago sigue con el ejemplar de La caverna. Ese mismo que le tendiera el apurado que estaba fuera de tiempo y de lugar y que sigue estándolo. El apurado corcel de engalanada corbata vuelve a la carga, pero desde otro ángulo, y entonces arremete, después, eso sí, de recordar a los presentes que tiene todos los libros de Saramago autografiados. La pregunta es sobre La caverna. El interrogante apunta a la ubicación geográfica donde transcurre la historia. Saramago responde que no hay un lugar preciso. La historia puede ocurrir en cualquier sitio. Pero el apurado corcel no se conforma. Declara que para él, el lugar es una ciudad de Brasil, da el nombre pero no lo recuerdo, y que llega a dicha conclusión por la cantidad de kilómetros que hay entre la alfarería de los Algor y el centro comercial. Saramago reitera que no, el lugar no es Brasil. El lugar es todos los lugares, intervengo. Sin embargo, el apurado, y ya asombrando al reducido auditorio, insiste con Brasil. Saramago mira a Fernando Esteves, el editor, y le pide que en la próxima edición suplante los treinta kilómetros por otro número, cien kilómetros, así el lugar deja de ser Brasil. Para coronar la salida, Saramago, deslizó en tono más bajo una ironía final, dijo algo así como "y si queremos saber cuál es el lugar, podemos preguntarle al Señor, que todo lo sabe".
El lugar donde transcurre La caverna no es Brasil, es el mundo, un lugar en cualquier parte de este mundo globalizado. La caverna es la historia de la globalización de la pobreza. En ella, Cipriano Algor, alfarero, vive junto a su hija, Marta; junto a su yerno, Marcial Gacho y con el perro, inolvidable "persona canina", Encontrado. Hay un personaje más, pero que lo nombren las páginas del libro.

La alfarería depende de las compras del centro comercial. Ahí, Marcial Gacho es un guardia que aspira a llegar al nombramiento como guarda residente. ¿Significado?, poder tener una vivienda en el centro, dejar las afueras, entrar, pertenecer, a la mejor imagen. Pertenecer para a futuro vivir bien. "Vamos primero hasta el vigésimo piso para que nos dé tiempo de ver. La parte del ascensor que miraba al interior era acristalada, el ascensor iba atravesando vagorosamente los pisos, mostrando sucesivamente las plantas, las galerías, las tiendas, las escalinatas monumentales, las escaleras mecánicas, los puntos de encuentro, los cafés, los restaurantes, las terrazas con mesas y sillas, los cines y los teatros, las discotecas, unas pantallas enormes de televisión, infinitas decoraciones, los juegos electrónicos, los globos, los surtidores y otros efectos de agua, las plataformas, los jardines colgantes, los carteles, las banderolas, los paneles electrónicos, los maniquíes, los probadores, una fachada de iglesia, la entrada a la playa, un bingo, un casino, un campo de tenis, un gimnasio, una montaña rusa, un zoológico, una pista de coches eléctricos, un ciclorama, una cascada, todo a la espera, todo en silencio, y más tiendas, y más galerías, y más maniquíes, y más jardines colgantes, y cosas de las que probablemente nadie conoce los nombres, como una ascención al paraíso. Y esta velocidad para qué sirve, para gozar de la vista, preguntó Cipriano Algor, A esta velocidad los ascensores son usados sólo como medio complementario de vigilancia, dijo Marcial". En el cierre del capítulo se puede leer un gigantesco cartel "VENDERÍAMOS TODO CUANTO USTED NECESITARA SI NO PREFIRIÉSEMOS QUE USTED NECESITASE LO QUE TENEMOS PARA VENDERLE".

Así pasan los días hasta que el centro comercial decide poner trabas a la producción del alfarero. Las piezas de barro cocido de Cipriano Algor ya no interesan. Los tiempos cambian y las personas comienzan a sobrar. Globalización del mercado de las miserias y a sobrar por edad, por oficios o porque históricamente siempre deben perder muchos para que ganen unos pocos. Hasta acá el planteo inicial de Saramago, cuestiones de vida y de poder armando la historia de manera magistral. Por ejemplo, los diálogos telefónicos entre el jefe de departamento del centro comercial y Cipriano Algor "No tuvieron que esperar mucho tiempo, el teléfono sonó cuando Marta quitaba la mesa. Cipriano Algor se precipitó, tomó el auricular con una mano que temblaba, dijo, Alfarería Algor, al otro lado alguien, secretaria o telefonista, preguntó, Es el señor Cipriano Algor, El mismo, Un momento, le paso al señor jefe de departamento, durante un arrastradísimo minuto el alfarero tuvo que escuchar la música de violines con que se rellenan, con maníaca insistencia, estas esperas, iba mirando a la hija, pero era como si no la viese, al yerno, pero era como si no estuviese allí, de súbito la música cesó, la comunicación se había realizado, Buenos días, señor Algor, dijo el jefe del departamento de compras, Buenos días, señor, ahora mismo le estaba diciendo a mi hija, y a mi yerno, es su día libre, que, habiéndolo prometido, usted no dejaría de telefonear hoy, De las promesas cumplidas conviene hablar mucho para hacer olvidar las veces que no se cumplieron, Sí señor, Estuve estudiando su propuesta, consideré los diversos factores, tanto los positivos como los negativos, Perdone que le interrumpa, creo haber oído hablar de factores negativos, No negativos en el sentido riguroso del término, mejor diré factores que, siendo en principio neutros, podrán llegar a ejercer una influencia negativa, Tengo cierta dificultad en entender, si no le importa que se lo diga, Me estoy refiriendo al hecho de que su alfarería no tiene ninguna experiencia conocida en la elaboración de los productos que propone, Es verdad, señor, pero tanto mi hija como yo sabemos modelar y, puedo decirle sin vanidad, modelamos bien, y si es cierto que nunca nos dedicamos industrialmente a ese trabajo, ha sido porque la alfarería se orientó a la fabricación de loza desde el principio, Comprendo, pero en estas condiciones no era fácil defender la propuesta, Quiere decir, si me autoriza la pregunta y la interpretación, que la defendió, La defendí, sí, Y la decisión, La decisión tomada fue positiva para una primera fase, Significa que vamos a hacerle un encargo experimental de doscientas figuras de cada modelo y que la posibilidad de nuevos encargos dependerá obviamente de la manera en que los clientes reciban el producto, No sé cómo se lo podré agradecer, Para el centro, señor Algor, el mejor agradecimiento está en la satisfacción de nuestros clientes, si ellos están satisfechos, es decir, si compran y siguen comprando, nosotros también lo estaremos, vea lo que sucedió con su loza, se dejaron de interesar por ella, y, como el producto, al contrario de lo que ha sucedido en otras ocasiones, no merecía el trabajo ni la inversión de convencerlos de que estaban errados, dimos por terminada nuestra relación comercial, es muy simple, como ve, Sí señor, es muy simple, ojalá estas figurillas de ahora no tengan la misma suerte, La tendrán más tarde o más pronto, como todo en la vida, lo que ha dejado de tener su uso se tira, Incluyendo a las personas, Exactamente, incluyendo a las personas, a mí también me tirarán cuando ya no sirva, Usted es un jefe, Soy un jefe, claro, pero sólo para quienes están por debajo de mí, por encima hay otros jueces, El Centro no es un tribunal, Se equivoca, es un tribunal, y no conozco otro más implacable, Verdaderamente, señor, no sé por qué gasta su precioso tiempo hablando de estos asuntos con un alfarero sin importancia, Le observo que está repitiendo palabras que oyó de mí ayer, Creo recordar que sí, más o menos, La razón es que hay cosas que sólo pueden ser dichas hacia abajo, Y yo estoy abajo, No he sido yo quien lo ha puesto, pero está, Por lo menos todavía tengo esa utilidad, pero si su carrera progresa, como sin duda sucederá, muchos más quedarán debajo de usted, Si tal ocurre, señor Cipriano Algor, para mí se volverá invisible, Como dijo usted hace poco, así es la vida, Así es la vida, pero por ahora todavía soy yo quien firmará el encargo".

Saramago coloca en relación directa la respiración, la vida entre comillas del centro comercial junto con el planteo de la caverna de Platón. Un centro comercial sin ventanas es una caverna. En la novela se habla de un mundo, de una sociedad que se acostumbra a ver y a pensar que la realidad es esa que está ahí. La realidad en la que sólo sobrevivimos, pero no por decisión sino por imposición de la fantasía, "Y ante todo, ¿crees tú que en esa situación puedan ver, de sí mismos y de los que a su lado caminan, alguna otra cosa fuera de las sombras que se proyectan, al resplandor del fuego, sobre el fondo de la caverna expuesto a sus miradas?", se preguntó Platón.

Sabemos que el aire tiene olor a mierda y seguimos; sabemos que existe otro camino y sin embargo seguimos aspirando la mierda mientras miramos hacia la pared de las sombras.
Otra vez Saramago propone abrir los ojos en una novela que es a la vez dura, negativa si se quiere -por la cotidianeidad palpable de los personajes y de la pintura incuestionable de la época- y que por este mismo motivo también es afirmación de las cuestiones esenciales del ser humano; el amor, los ideales, el respeto por uno mismo, son los puntos de partida que hacen al hombre más allá de los condicionantes económicos, "Hago lo que puedo, comprendo que hay cosas que están huyéndome de las manos y otras que amenazan hacerlo, mi problema es distinguir aquellas por las que todavía vale la pena luchar de esas otras que deben abandonarse sin pena, O con pena, La peor pena, hija mía, no es la que se siente en el momento, es la que se sentirá después, cuando ya no haya remedio, Se dice que el tiempo todo lo cura, No vivimos bastante para hacer esa prueba, dijo Cipriano Algor, y en el mismo instante se dio cuenta de que estaba trabajando en el torno sobre cuyo tabanque su mujer se derrumbara cuando el ataque cardíaco la fulminó. Entonces, obligado a eso por su honestidad moral, se preguntó si en las penas generales de que hablara también estaría incluída esta muerte, o si era cierto que el tiempo hizo, en este particular caso, su trabajo de curador emérito, o, todavía, si la pena invocada no era tanto de muerte, sino de vida, sino de vidas, la tuya, la mía, la nuestra, de quién".

Saramago da una vuelta de tuerca más a su escritura. La caverna no para de girar, de abrir y de cerrar juegos diversos. Dentro de lo puramente argumental aparecen pequeños ensayos, puntas preciosas que sin duda originarían horas de charla de café en esta Buenos Aires. Saramago se da hasta el lujo de adelantar el desarrollo de la historia dentro de la historia misma y logra lanzar al lector, aún con una desesperación mayor, en pos de las páginas siguientes: "Revelemos, desde ya, aunque sabiendo que perjudicaremos la regularidad del orden a que los acontecimientos deben someterse, que Cipriano Algor no comunicará en estos próximos días, ya sea al yerno, ya sea a la hija, una sola palabra acerca de la inquietante conversación que tuvo con el subjefe del departamento de compras. Acabará hablando del asunto, sí, pero más adelante, cuando todo esté perdido".
Los personajes de Saramago viven de manera tan intensa, la carne y los huesos son tan reales que llevan a pensar que quizá el escritor no conozca realmente a su personaje. Pareciera que apenas acaba de conocerlo en la calle, quizá tan sólo conozca su careta mínima y entonces escarba, cincela con la mano de la escritura y arma, procrea. Pareciera que los personajes se nutrieran en la historia, como si se dejasen descubrir, porque la historia les da vida, porque la historia los atrapa y entonces se dejan poseer. A veces, así lo pienso. Ocurre cuando la vida simple, total, golpea a la puerta. Ser un personaje de Saramago, ser tinta en el papel, ser imagen y sangre. Ser personaje de Saramago, vivir, pensar y ante todo, dudar. Magia.

La mañana llegaba a su fin en el recoleto café de La Recoleta. Ahí pude estrechar la mano de José Saramago. Me digo que hubiese sido un honor darle un apretón de manos a Juan Carlos Onetti porque mientras escribía recordé a José María Arguedas, "[...]Onetti tiembla en cada palabra, armoniosamente; yo quería llegar a Montevideo -estoy en Santiago- entre otras cosas para saludarlo, para tomarle la mano con que escribe". Fue una ceremonia profundamente humana estrechar la mano de Saramago. En su mano, la presencia del hombre que piensa, el hombre ajeno a las apariencias; un hombre, así de simple como simples son todos los hombres. Un hombre que respira sobre la tierra, con la conciencia atenta, con la mirada atenta, un hombre lejano a dios porque dios no existe. Un hombre simple, al natural, fue quien estrechó mi mano. Ese hombre tuvo el tiempo, las ganas de escuchar y de hablar, y ahora que lo pienso, me sentí extraño, porque no es común que en esta tierra, mi tierra, tan propensa a parir dioses, algún creído baje al cemento para hablar con los mortales. Dentro del libro hay una persona, escuché decir a José Saramago. Un ser humano; un ser humano escritor estrechó mi mano en el recoleto café de La Recoleta.

Así conocí a José Saramago, un hombre que mientras es nada más que él mismo, invita a mirar, invita a mirar más allá de la mugre que brilla.

Junio/2001



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