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Charla sobre Julio Cortázar

Día Internacional del Cronopio

Por S G

(Charla dada en ocasión del aniversario del nacimiento de Julio Cortázar, el 26 de agosto de 2005, en el Comité Central del Partido Comunista)

Me gustaría pensar que si existe un cielo para cronopios, Julio Cortázar estaría este año sufriendo ataques de hilaridad –y tal vez de una bien habida bronca antieditorial- ante cada homenaje. Sé, sin ánimo de presunción, que no le gustaban los homenajes. Esa cosa acartonada y fría, como un museo de famas. Pero también me gusta creer que esto puede convertirse en una charla entre amigos, entre personas que pueden discrepar o unir afectos hacia su figura, a las que les interesa Cortázar como unidad, como escritor y hombre, ya que es uno de los pocos en los que encontramos una perfecta correlación y coherencia entre vida y obra. Alcance para esto señalar que fue el único que no se enriqueció con el fenómeno del Boom y que siguió viviendo en minúsculos departamentos en distintos lugares de París. Más allá de la generosidad económica, afectiva, en fin, de todo modo posible, que tuvo con los centenares de exiliados argentinos y de otras partes de América Latina durante las consabidas dictaduras.
Recuerdo con cierta tristeza y consternación lo que, hace algunos años, me comentó un profesor de la carrera de Letras de la UBA que quería dar un seminario sobre la obra de Julio Cortázar. La respuesta que recibió fue que Cortázar era un escritor para adolescentes y que poco valía la pena dar un seminario sobre su obra. Por supuesto a este profesor y a mí misma nos dejó un tanto atónitos semejante respuesta. Pero ha pasado el tiempo y ya no me asombra tanto. Muchos escritores, poetas a quienes respeto por su criterio y su escritura, me han dicho cosas similares. Algo así como que la obra de Cortázar padece de una cierta puerilidad, de un ingenuidad pobre y de una intención de ser brillante que no alcanza jamás. Muchas cosas pueden responderse a estas personas. Yo me limité a guardar un silencio azorado y a pensar inmersa en ese silencio que la mejor respuesta es la obra misma de Cortázar, una obra excepcional.
La irreverencia de Julio –permítanme llamarlo así, estoy segura de que él no se ofendería- es una irreverencia que no sólo significó una ruptura con la concepción tradicional de la novela –pienso particularmente en Rayuela, en 62 Modelo para armar y también, por qué no, en El libro de Manuel- sino con la trascendencia de esa ruptura como modo de denuncia hacia un sistema anquilosado desde su exilio, primero elegido, luego obligado por la tristemente célebre Triple A y posteriormente por la dictadura.
Pero, aunque tanto y tanto se escribió acerca de la obra y del mismo Cortázar, estamos aquí para hablar de él, para recordarlo y por lo tanto se vuelven imprescindibles algunas consideraciones acerca de su obra.
Para Cortázar el arte en su totalidad debía ser un acto subversivo, es decir, la violación de los límites de las ideologías represivas, mostrar lo que ocultan las cristalizaciones de esas ideologías, desobedecer el código social impuesto por un orden punitivo y censorio, desoír la razón de Estado. En otras palabras, rebasar lo permisible y transgredir lo decible. En estas afirmaciones resuena el Manifiesto surrealista y ciertamente es una de las fuertes influencias, concientes y elegidas por el propio Cortázar, al mismo tiempo que las filosofías orientales, como veremos más adelante. Él mismo decía que había que: “negar todo lo que el hábito lame hasta darle la suavidad satisfactoria”. Esto implica una constante rebelión contra el establishment, lo que llamaba La Gran Costumbre y a la vez una ruptura de la normalidad conveniente, convenida, consuetudinaria. Nuevamente cito a Cortázar: “Negarse a que el acto delicado de girar el picaporte, ese acto por el cual todo podría transformarse, se cumpla con la fría eficacia de un reflejo cotidiano”, es decir, abrirse a la novedad potencial de cada instante.
Recuerdo aquí un artículo de George Perec en el cual pide casi con desesperación, con una imprecación admonitoria que debemos interrogar la pelusa de los bolsillos, las cucharas, preguntarnos qué puede haber detrás del papel tapiz, desarticular todo lo que parece que de tan cotidiano ya ha dejado de sorprendernos. Y también recuerdo a los formalistas rusos, en particular a Shklovsky cuando insiste en que todo acto poético implica necesariamente una desautomatización de la percepción. Dice Shklovsky: “la automatización devora los objetos, los hábitos, los muebles, la mujer y el miedo a la guerra. La finalidad del arte es dar una sensación del objeto como visión, no como reconocimiento. El acto de percepción es en arte un fin en sí y debe ser prolongado. El arte es un medio de experimentar el devenir del objeto: lo que ya está “realizado”no interesa para el arte”.
¿Dónde está, entonces, el oscilante territorio de Cortázar? Precisamente en ese lugar en medio de la causalidad natural y del ingreso en lo maravilloso que se explica por medio de las pautas que rigen la experiencia objetiva. Aquí aparece lo fantástico, la materia textual porosa, un pasaje a otro orden con su coherencia propia, con tanto rigor como tiene un juego (la seriedad de los niños cuando juegan, diría Julio alguna vez).
En la escritura de Cortázar aparecen fuerzas extrañas que nos involucran (he aquí también lo excepcional) en un desconocido mosaico, en una figura concertadora de varios destinos (el mismo nuestro) ilusoriamente desligados, que se enhebran en actos aparentemente autónomos.
¿Cómo vio realizado esto Cortázar políticamente? Desde ya en Cuba. Pero fundamentalmente en su amada Nicaragua, la segunda patria que eligió junto con Carol, en donde vio “acorralar lo fantástico en lo real, realizarlo”, según sus propias palabras. No por nada en las paredes de Managua había grafittis llamando al poder a los cronopios. Allí tal vez percibió que su concepción mágica del mundo se realizaba tal como él pretendía (y lograba) plasmar en su literatura. Una visión de la realidad como ineludiblemente misteriosa. Una realidad como una epidermis que sólo se puede codificar de un modo precario, y que es verbalizable por alusión, no por vía intelectiva, analítica, sino por una vía supra-lógica, por un acrecentamiento de la experiencia posible. Entonces la literatura es un arma secreta, como para Gabriel Celaya, la poesía es un arma cargada de futuro.
Y precisamente en Cortázar el discurso narrativo se contagia del poético (él mismo manifestó más de una vez su deseo de ser poeta, frustrado deseo según sus palabras, del cual nos queda el desparejo pero bello libro Salvo el crepúsculo), ya que el lenguaje pasa permanentemente de la connotación a la denotación.
En cualquier caso se trata de hacer estallar el lenguaje, de provocar un nuevo ordenamiento, un nuevo nacimiento. Si de recursos se trata, en Cortázar vemos “oficio al servicio”, esto es, una actividad que no se agota en sí misma. No juglaría sino mensajería (el mensaje es más importante que el mensajero). Por lo tanto, habrá tantas lecturas como lectores.
De todo lo que signifique lo literario, orientarse “hacia una trascendencia en cuyo término esté el hombre”, en los términos de un americanismo como el del Che, asumiéndose un intelectual del tercer mundo. En ese sentido Cortázar señaló que los latinoamericanos necesitamos más que nadie el humor, ya que significa una distancia para verse mejor y porque en Latinoamérica se libra –aún hoy- una batalla contra todos los opresores, los censores, los comisarios, que, según palabras del propio Cortázar: “no tienen sentido del humor y además son malos amantes”. Tal vez el libro en el que más se encuentra desarrollado el humor sea en Historias de cronopios y de famas, aunque también encontramos páginas memorables en Un tal Lucas y en La vuelta al día en ochenta mundos. Acerca de HCF, Alejandra Pizarnik –su amiga y admiradora- escribió cuando el libro fue publicado un artículo que tituló certeramente “Humor y poesía en un libro de Julio Cortázar” (Revista Nacional de Cultura, Venezuela, septiembre-octubre 1963). Allí señala entre otras cosas, que “el humor de Julio Cortázar se despliega por toda una gama de colores. Siempre es un humor metafísico, pero a veces es negro, a veces rosa, azul, amarillo... Muchas veces es feroz; pero su ternura es inagotable; suele proyectarla tan lejos que alcanza a los animales fantásticos”. Agrega: “Hablé de la apasionada minuciosidad de Cortázar y de su dominio de la noción del azar. Ello se debe a que pocos escritores saben como él “ver el infinito en un grano de arena”. Esta actitud –y aptitud- tan suya,” continúa Alejandra “se revela en todos sus libros y él mismo la define admirablemente en sus instrucciones para matar hormigas en Roma: ...entender a fuerza de paciencia la cifra de cada fuente, guardar en noches de luna penetrante una vigilia enamorada...”
Si comparamos dos hitos –por así decirlo- de la narrativa de Cortázar, como son “El perseguidor” y Rayuela, creo que más allá de los males metafísicos–si debemos definirlos de algún modo- que padecen ambos personajes, nos encontramos en dos situaciones diferentes. Oliveira busca un andamiaje cultural, Jhonny busca a su prójimo y a sí mismo. Yo me atrevería a decir que está buscando al hombre nuevo desde otra óptica que tal vez se asemeje a la de los maestros Zen, tan cara a Cortázar, en cuanto a una serie particular de operaciones espirituales. Por otra parte, también hablamos de la importancia del juego para Cortázar. Dice en alguno de sus tantos reportajes: “Creo que la literatura sirve como una de las muchas posibilidades del hombre apara realizarse como homo ludens, en último término, como hombre feliz. La literatura es una de las posibilidades de la felicidad humana: hacerla y leerla”. Si retomamos alguna de las ideas expuestas ya en esta breve intervención, queda latiendo la del intento de cambiar la realidad. En ese sentido Cortázar decía: “Cambiar la realidad es en el caso de mis libros un deseo, una esperanza; pero me parece importante señalar que mis libros no están escritos, ni fueron vividos ni pensados con la pretensión de cambiar la realidad. Hay gente que ha escrito libros como contribución para una modificación de la realidad. Yo sé que la modificación de la realidad es una empresa infinitamente lenta y difícil”. Más adelante agrega: “Lenin no habría luchado todo lo que luchó si no hubiera creído en el hombre. Hay que creer en el hombre”. Y si entramos nuevamente en el territorio de lo político, ya recordamos el inmenso amor suyo y de Carol por Nicaragua –a la que cedió los derechos de autor de su último libro Los Autonautas de la Cosmopista- y su apoyo incondicional a Cuba y su revolución. Pero para cerrar este tema son más apropiadas sus propias palabras: “En el plano político yo vuelvo a hablar del sueño irrealizado de Bolívar, los Estados Unidos de América del Sur, y sigo insistiendo que, aunque parezca una utopía, todos nosotros deberíamos seguir luchando por eso. Bueno, eso contiene un llamado. Nuestra manera de luchar es a través del trabajo intelectual (Luego hay otras maneras...)”.
Más allá de toda esta disquisición que, insisto frente a la cual, en algún lugar en el que quiero creer aunque no crea, Cortázar se estará desternillando de risa, mi recuerdo es el haber descubierto el jazz de la mano de los primeros libros suyos que cayeron en las mías –con la indeleble marca de mi padre- y de una tarde mágica en el café de La Paz, antes de que fuera for export, en un triste reencuentro con Argentina (triste ya sabemos todos por qué) cuando lo vi subir y subir desde una mesa frente a la mocosa que era yo y que lo único que pudo decir fue “Sueño con usted desde chiquita”. Él dijo “Cuanta pesadilla”. Creo que me reí mientras él bajaba de nuevo a la silla de madera que le quedaba tan chica como su cuerpo mismo. Como el mundo.



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