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Yourcenar

Literatura de la sabiduría

Por Mario Goloboff

Marguerite Yourcenar (1903-1987), cuya obra literaria, una de las más relevantes del siglo XX, no sólo está impregnada de una notable formación clásica; también deslumbra por su notable inteligencia y un humanismo calmo. Un cuerpo literario en el cual confluyen, con infrecuente naturalidad, las más representativas tradiciones de Oriente y Occidente.

Cuando comienza a leerse a Marguerite Yourcenar, viene a la memoria aquella afirmación según la cual Sigmund Freud habría aprendido más sobre el alma y los comportamientos humanos en las borrascosas ficciones de Fedor Dostoievski que en los libros de su especialidad. Porque lo que impresiona en Yourcenar no es tanto la manifestación textual de su pensamiento (sin duda, compleja y enormemente elaborada), sino su pensamiento mismo, que parece llegarnos como diamante en bruto, como revelación. Las ideas de Yourcenar no sugieren al lector una novedad, sino más bien el reflejo de decirse "cómo no haberlo pensado antes". Y esto a pesar de que descubre, prácticamente en cada página, una idea nueva, una observación sensible y aguda, una mirada diferente sobre lo que suele llamarse "el otro lado de las cosas". El análisis que Marguerite Yourcenar emprende de la condición humana es tan vasto, tan personal, tan completo, que el intento de abarcarlo resulta osado. Sólo cabe resaltar algunas ideas que parecen esenciales.

El tiempo, un escultor
Y ya que, al fin, el lenguaje es todo en un texto literario, se debe comenzar por describir el trabajo de Yourcenar con ese elemento material (el único que posee un escritor); sus ideas particulares sobre la transcripción de lenguajes respecto de ciertos personajes cuando hablan, en esta u otras épocas, de la vida, del tiempo, del amor.

Puesto que algunos de sus relatos históricos, y en especial Memorias de Adriano, han sido tan destacados, y que luego ha habido una invasión de ese subgénero denominado "novela histórica" , será útil recordar lo que escribía años después, en 1978: "Uno puede preguntarse si el empleo de los medios de la novela tal como se ha elaborado en Europa en el siglo XIX y a principios del XX no es un sin sentido y si, en particular, el hecho de que los mismos antiguos no hayan dejado nada parecido no prueba que tal forma está muy mal adaptada para evocar la sensibilidad antigua". Y más adelante, admitiendo que pueden haber existido escasos y probablemente inauténticos documentos de la época para "reconstituir" la vida del Emperador (considerandos legales, disposiciones, decretos, cartas, hasta graffitis), dice: "Nada me hubiera permitido recrear, con un mínimo de plausibilidad, un intercambio de palabras serias, urgentes, sutiles o complejas, una conversación de Adriano con Trajano, con Plotino, con Antínoo, con su procurador Severo sobre los asuntos de Judea. Nada, o casi nada, nos queda de esas inflexiones, de aquellos cuartos de tono o de aquellas medio sonrisas habladas que, sin embargo, cambian todo". Grave cuestión, puesto que: "Si el lenguaje de nuestros personajes es tan importante, es porque él los expresa o los traiciona completamente" 1.

Yourcenar desarrolla la idea de que el tiempo esculpe más y mejor que la mano del artista, ya que no trabaja en la superficie sino en profundidad, y no sólo metafóricamente, también en sentido literal: en las estatuas. Toda una concepción sobre el tiempo, la materialidad de la materia y, acaso, su perennidad, se abre paso: "El día que una estatua es terminada, su vida, en cierto sentido, comienza. Se ha franqueado la primera etapa que, por el cuidado del escultor, la ha llevado del bloque a la forma humana; una segunda etapa, en el curso de los siglos, a través de alternativas de adoración, de admiración, de amor, de desprecio o de indiferencia, por grados sucesivos de erosión o de desgaste, la devolverá poco a poco al estado mineral informe del cual la había sustraído su escultor". Un materialismo, por qué no, dialéctico: "Nada dura sin cambiar", susurra Clitemnestra en Electra o la caída de las máscaras 2.

Esto se vincula estrechamente con su idea del tiempo humano. Preguntada sobre el envejecimiento, que tanto perturba a nuestros contemporáneos, Yourcenar responde con la singularidad que la distingue: "Ese rechazo a envejecer es otra manera de no amar la vida. Por otra parte, esta diferenciación puramente ideológica entre las edades, los sexos, las razas, los estados sociales, no tiene sentido. Las clasificaciones por grupos son todas falsas. No hay edad fija (...). Ese miedo de ver su imagen física alterada, a menudo se debe a una idea muy falsa de la belleza, que ha martirizado a miles de mujeres. Las gentes un poco refinadas tienen un sentido más amplio de la belleza. Un hombre inteligente dice: ‘Esa mujer es muy bella'. Una se da vuelta y ve que es una vendedora de diarios en la calle, con los rasgos amargos y gastados. En efecto, es muy bella" 3.

"Esa intermitente inmortalidad"
Poseedora de una vasta cultura, formada en lenguas clásicas y en el enciclopedismo, sin omitir lecturas profundas de los libros sagrados de Oriente y de Occidente ("las bases de mi cultura son religiosas, y mi público lo ignora totalmente...", afirma en Les yeux ouverts) 4, con un manejo acorde de no pocas lenguas europeas y de alguna asiática, Yourcenar se ocupa de los grandes temas de siempre y los más inquietantes del siglo XX: el poder, la memoria, la femineidad, la identidad sexual.

En tiempos de silencio o de perífrasis, cuando se ocultaba en Marcel Proust y apenas se insinuaba en André Gide, este último tema, desde el temprano Alexis, o el tratado del inútil combate (1929), fue abordado con delicadeza, sutilidad y extraña madurez (Yourcenar tenía poco más de veinte años), cuidando en primer lugar la manera lingüística, verbal: "...las palabras sirven a tanta gente, Mónica, que ellas no sirven más a nadie. ¿Cómo un término científico podría explicar una vida? Él no explica ni siquiera un hecho; lo señala. Lo señala de manera siempre parecida y, sin embargo, no hay dos hechos idénticos en vidas diferentes ni, tal vez, en una misma vida" 5.

Pero es su concepción del poder la que sobrevuela y contiene a todas las demás: el sentido de su ejercicio sobre los otros seres humanos, sus límites, sus excesos (especialmente en Opus Nigrum, o en la transcripción de los procesos de la Inquisición a Tommaso Campanella), la resistencia que genera. Esta última, acaso el más alto y calificado contacto que un intelectual puede guardar con el poder, aparece clara en su consagración de ciertas figuras históricas: "Los dos momentos más revolucionarios de la historia son probablemente aquellos en que un asceta hindú comprendió que un hombre limpio de toda ilusión devenía dueño de su propio destino (...) y aquel en el que algunos judíos más o menos helenizados reconocieron en su rabino a un dios voluntariamente comprometido con la vida y la pena humanas, antes de ser condenado por las autoridades tanto civiles como religiosas, y ejecutado por la policía local a la vista de una fuerza armada presta a mantener el orden" (Archivos del Norte).

Yourcenar fue de las primeras entre sus pares en denunciar el fascismo, por haberlo visto nacer y crecer en Italia; de las primeras también en señalar los males del capitalismo y sus salvajes represiones; de las primeras en comprometerse con las minorías, con la defensa de la naturaleza y de los animales. Todo ello no por un elitismo distante, ni por un socialismo académico o por alentar deseables utopías, sino quizás por un espíritu irreductiblemente libertario que siempre la llevó a reclamar más amplio espacio para los seres vivos. De manera permanente, mientras exista la especie: "La vida es atroz; lo sabemos. Pero precisamente porque yo espero pocas cosas de la condición humana, los períodos de felicidad, los progresos parciales, los esfuerzos por recomenzar y por continuar me parecen tan prodigiosos que casi compensan la inmensa masa de males, de fracasos, de incuria y de error. Las catástrofes y las ruinas vendrán; el desorden triunfará, pero de tiempo en tiempo también el orden (...). No todos nuestros libros perecerán; se repararán nuestras estatuas rotas; otras cúpulas y otros frontones nacerán de nuestros frontones y de nuestras cúpulas; algunos hombres pensarán, trabajarán y sentirán como nosotros: me animo a contar con esos continuadores ubicados a intervalos irregulares a lo largo de los siglos, con esa intermitente inmortalidad. Si alguna vez los bárbaros se adueñan del imperio del mundo, se verán forzados a adoptar algunos de nuestros métodos; terminarán por parecerse a nosotros" (Memorias...).

Volviendo al maestro de Viena, puede pensarse que, con una buena lectura de Yourcenar, los políticos aprenderían más sobre política y poder que de las experiencias acumuladas hasta hoy. Porque ella tuvo en vida aquello de lo que muchos carecemos; esos dos compañeros protectores, tiránicos aunque altamente pedagógicos: el dolor y la sabiduría.

1.Marguerite Yourcenar, Le temps, ce grand sculpteur, Gallimard, París, 1983.
2.Marguerite Yourcenar, Electre ou la Chute des Masques, Plon, París, 1954.
3.Entrevista con Josyane Savigneau, "La bienveillance singulière de Marguerite Yourcenar", Le Monde, París, 7-12-1984.
4.Con los ojos abiertos (conversaciones de M. Yourcenar con Matthieu Galey), Emecé, Buenos Aires, 1982.
5.MargueriteYourcenar, Alexis, o el tratado del inútil combate, Compañía General Fabril Editora, Buenos Aires, 1996.

Publicado en Edición Cono Sur (2007)



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