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Literatura desechable: entre virtuosos y malvados

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Literatura desechable: entre virtuosos y malvados

Estamos en el tiempo de la literatura desechable, se abre, se usa y se tira. Algunos prefieren titularla literatura de aeropuerto porque se adquiere al iniciar un viaje en avión y al llegar al destino se echa en el primer bote de desperdicios al paso.

Ello, si se trata de un viaje nacional, porque si se emprende un trayecto trasatlántico habría que adquirir, al menos, dos ejemplares. La literatura kleenex suele ser breve, erótica, aventurera y feliz, se imprime por decenas de miles y se distribuye en los supermercados junto con los cereales gringos.

En su ensayo Elogio de la mala novela Mario Vargas Llosa ha dicho que aquella suele ser más entretenida que la buena. Estima que en el siglo pasado leer a Tolstoi, Flaubert y Stendhal era hechizarse hasta "vivir" la historia. A partir de Henry James y Proust comienza una escisión porque la novela comienza a ser forma antes que anécdota.

Leer hoy a Gadda, Broch y Musil es una operación intelectual, pero ya no se lee para desaparecerse en lo leído y adquirir la vida de héroes ajenos. En nuestra era son pocos los que han logrado la hazaña de Hemingway o de García Márquez, quienes han sido capaces de engendrar creaciones estilísticas que son, a la vez, mundos hirvientes de aventura que pueden atraer la atención de grandes masas de lectores.

Uno de los precursores de la novela pura de entretenimiento ha sido William Somerset Maugham, subvalorado y menospreciado por sus contemporáneos, aunque fuere un narrador de raza. Es de los pocos que han sabido tirar con primor del cordelito que mantiene unidos a autor y lector. Y saber tirar del cordelito es esencial en la literatura narrativa. Shakespeare, Dickens, Balzac y Tolstoi también fueron populares en su tiempo.

Algunos, como Balzac y Dickens, escribían para cobrar, por afán de dinero, llenando páginas y páginas de interminables folletines. La cultura de masas surge de la necesidad inmensa de programación de los medios de difusión modernos: radio, televisión, cine, periódicos, revistas y ediciones populares de libros. Hoy el pop-art considera que una botella de cerveza o una frase de argot pueden ser consideradas un objeto artístico.

Shakespeare y el teatro El Globo fueron en su tiempo lo que es hoy la serie negra: la novela policíaca, un entretenimiento masivo por excelencia. James Bond no se habría convertido en el heroico errabundo con quien podemos trascender la enajenación de la vida cotidiana. Pero hoy sabemos que James Bond y Don Quijote son primos hermanos.

El fenómeno persistente de James Bond ha sido analizado por grandes escritores, entre ellos Kingsley Amis, Umberto Eco y Oreste del Buono y ello explica por qué esta fórmula de la lucha entre los poderes virtuosos y los malvados, estas ocurrencias del héroe que se lanza a una empresa temeraria con altruismo y generosidad para rescatar la nobleza, el amor y la inocencia nunca han perdido su capacidad de fascinación.

Desde Tirant le Blanc hasta el Quijote, desde Amadís de Gaula hasta Batman, desde Roldán a Superman y desde el Cid hasta Tarzán, el paladín victorioso en el combate contra la infamia siempre ha suscitado la atención masiva.

Gunter Grass partió de un realismo escéptico que parecía era la única posición honesta dentro de las circunstancias de la reconstrucción alemana. Junto a Heinrich Boll era movido esencialmente por motivaciones éticas. A ninguno se le ocurrió moldearse a las necesidades del mercado, hacer fortuna narrando las desdichas del pueblo alemán, las miserias y necesidades de la posguerra. Eso habría excitado el interés morboso de muchos lectores posibles en países que no sufrían esa adversidad. La literatura, para ellos, no servía para medrar con el sensacionalismo ni para desnudar las penurias ajenas.

Hemos aceptado que los libros de memorias, los reportajes, incluso la propaganda pueden tener categoría de arte. Kurt Weill demostró que las canciones de café cantante ofrecían posibilidades a la música culta. Quizás Balzac escribiría hoy guiones de cine y en los años treinta Dickens habría sido autor de libretos para la radio. Goya, quizás haría caricaturas en los periódicos y Durero sería diseñador industrial.

Cada tiempo recibe lo que merece.

Por Lisandro Otero

04-01-2008
Fuente: Prensa Latina

 

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