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La literatura como único destino

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La literatura como único destino

Uno de los galardonados este año con el Premio de la Crítica Literaria fue Antón Arrufat por su libro de ensayos El hombre discursivo. Autor recurrente en las nominaciones de este reconocimiento, Antón no solo figura en muchísimos otros lauros y ce

Usted ha resultado ganador en múltiples ocasiones de los Premios de la Crítica Literaria. En 1985 lo obtuvo por su novela La caja está cerrada, en 1987 por La tierra permanente (teatro), en 1995 por el libro de poesía Lirios sobre un fondo de espadas, en 2000 por la novela La noche del aguafiestas, en 2003 por Las tres partes del criollo (teatro) y se reencuentra esta vez con él en una nueva categoría gracias a El hombre discursivo (ensayo). Desde su visión de asiduo del lauro ¿cómo lo valoraría?

Este es un premio que ha sido muy criticado, me refiero al otorgamiento del premio en general que ya tiene varios años. Ha tenido buenos pero también pésimos momentos. Estos vaivenes valorativos se encuentran relacionados con la selección del jurado y con las obras que participan, publicadas a lo largo de un año. Ha habido jurados mal seleccionados que establecen pocas relaciones entre ellos. Se ha experimentado en constituir un jurado de críticos profesionales, un jurado de periodistas, otro de profesores... y a veces ha dado algún resultado y otras no. Digo esto porque hay algunos libros importantísimos y varios autores que no han sido nunca premiados por la Crítica, algunos incluso hasta Premios Nacionales de Literatura.
En cuanto a mí, los premios por lo general no me inquietan. Ni me inquieta el obtenerlos ni me preocupa el no obtenerlos. No digo esto porque soy un autor muy premiado y me puedo dar el lujo de decirlo, sino porque es algo que tiene que ver con mi temperamento, con mi manera de apreciar la literatura. Los premios son más bien para los demás, es decir, son los otros quienes te lo otorgan, son los otros los que hacen público que te estiman, que sienten por ti cierto interés.
En el caso específico del Premio de la Crítica, para mí posee el atractivo de ser un premio que yo recibo de los lectores. Es decir, cada uno de los integrantes del jurado supongo que ha leído la obra, la ha separado de entre cientos... Lo recibo como el resultado de un juicio de lector. A mí como escritor me interesa la opinión de un lector —aunque no sea un profesional de la lectura, como puede serlo un crítico—, de el que lee porque le gusta, porque los libros le son una compañía, porque no puede vivir sin leer, porque leyendo puede matar el tiempo de una de las mejores maneras posibles. Esa opinión me interesa. O sea que este Premio de la Crítica lo recibo en parte como un premio que me dan los lectores, un número de lectores que está representado por ese crítico o por ese escritor que ha votado por mi libro.

Sobre su opinión de los premios, en su discurso de aceptación del Premio Nacional de Literatura, usted dijo que este implicaba "un final, un término. Fuera de su entrega no queda nada. El último y más importante de cuantos entrega la cultura cubana, después de él nada resta por ganar". Aun así, los lauros no han dejado de llover para usted, con todos estos reconocimientos a cuesta ¿sigue pensando que la posible madurez de su escritura es ilusoria?

Una amiga mía, una actriz que se llama Miriam Learra, me dijo una vez: “¿cómo puedes tú estar tan joven?” Y ella misma se respondió: “Ya sé, porque esos premios no te los crees”. Suelo pensar que hay en esta opinión, expresada con un poco de humor, una verdad, y una profunda recomendación: la de no tomarse demasiado en serio estas distinciones, hasta el punto en que puedan dañar o esterilizar la creación futura de uno. Cambiar sus maneras de hablar y de comportarse, volverse solemne, dejar de atender las críticas adversas o favorables que hacen los buenos lectores a nuestros escritos. Ando con mucho cuidado en “creerme cosas”, como se dice ahora, en participar del ceremonial de los premiados. Aceptar, sin distancia crítica, el ceremonial de los premios es empezar a envejecer, embalsamarse en vida. Un escritor que se proponga continuar trabajando deberá huir de tales cosas. Todo lo que implique un “haber llegado”, por lo menos para un escritor experimental como yo intento serlo, encierra cierto peligro.

Hablando de El hombre discursivo usted decía que su estilo era un pensar narrando. ¿Eso se circunscribe al ensayo o se puede hacer extensivo al resto de su obra?

En una parte de lo que he escrito, principalmente en mis escritos juveniles, este propósito era tal vez menos deliberado, menos responsable, menos conciente de lo que ha sido en mi escritura posterior. No digo que sea mejor o peor, sino que aquella era más irresponsable y más alegre. Pero de manera general, el “pensar narrando”, tiene que ver con toda mi literatura. El pensar narrando, que no es una expresión personal, empieza a ser un lugar común en cuanto a la relación ensayo-ficción, es decir, que varios escritores contemporáneos escriben un ensayo que está cerca de la ficción, o al revés.
Esto no significa que los ensayos recogidos en El hombre discursivo resulten engañosos, sino que han sido organizados como se organiza un relato (cuento o novela). Son trabajos rigurosos —las fechas que se citan aspiran a ser exactas, las citas lo son, pueden ser comprobadas —; pero están compuestos desde el punto de vista de la narración: un comienzo, una parte intermedia en que se desarrollan y una parte final que va cerrando el ensayo. Eso es una estructura, convencional sin duda, pero una estructura narrativa.
Creo que esos ensayos, aparte de esta estructura secreta organizativa, cuentan algo. Casi todos están organizados partiendo de un personaje fictivo, que es la voz narrativa de esos ensayos. Además, están escritos como si las ideas se pudieran narrar. Hay también una especie de experimentación formal con ellos: unos en tercera persona, como el dedicado al cine, otros en forma dialogada, como el de Chéjov; otros fragmentarios, como el amor breve. En cada uno, sobre todo en los más largos, he intentado alguna novedad formal.

En una entrevista anterior afirmó: "a mí me interesa, tras reconocer que uno está en una tradición, combatir esa tradición". ¿El hombre discursivo es un intento de negar la tradición en que se reconoce inscrito o más bien de analizarla?

Al final de El hombre discursivo, en epílogo y fuentes, aparecen ciertas claves: el pensar narrando, La intención de colocarse voluntariamente en una tradición de ensayistas cubanos olvidados, casi desconocidos en estos momentos, Francisco José Castellanos, Luis Rodríguez Embil, Emilio Gaspar Rodríguez, escritores estos que hacen un poco lo que yo he tratado de hacer. No se trata de una incorporación consciente del propósito de esos ensayistas, sino que, a medida que escribía estos textos empecé a leer también sus ensayos y descubrí ciertas relaciones, a veces evidentes, a veces secretas, entre ellos y yo, respecto a la manera de abordar el ensayo. Algunos de los recogidos en este libro evidencian por igual un tono anacrónico, que encierra el deseo de relacionarse con ciertos procedimientos de algunos ensayistas cubanos del siglo XIX, Enrique Piñeyro, Manuel Sanguily, y principalmente con los de algunos poetas como José María Heredia —sin que esto deba tomarse al pie de la letra, más bien se trata de la existencia de un aroma común que nos acerca. Por supuesto, no solo se trata de cubanos, hay otras figuras tutelares. Stevenson y Thomas de Quincey, figuran entre ellas.
Como es evidente, una serie de ensayistas cubanos eminentísimos no me interesan para nada. Es una tradición cuantiosa, que no combato pero de la que me aparto. El ensayismo cubano, de la segunda mitad del siglo XX padece del uso de una terminología marxista sumamente árida, otros de una terminología filológica procedente de la escuela de París (Foucault, Derrida), impenetrable y vanidosa, por lo general puro galimatías. Después el género atraviesa otra etapa, la del ensayo universitario, plagado de comparaciones y citas ofuscadas.
El ensayismo de los autores que he citado es muy libre, tiene mucho encanto, es un poco frágil ideológicamente, pero puede abrir posibilidades a un ensayismo futuro en este país. Su hacer coincide con el de diversos ensayistas contemporáneos que pasaron por todos los períodos y están ahora interesados en escribir de otra manera, donde la escritura tiene también su acercamiento y su ficción.

Usted ha dicho que "para un verdadero escritor, su oficio es un absoluto, el oficio más elevado y al que no debe traicionar. Bien merece la persistencia y la espera. Vivos o muertos, realizada la obra, ocupará su lugar". ¿Está conforme Antón Arrufat con el lugar que él y su obra ocupan dentro de la literatura cubana?

Ese lugar se ensancha y varía con cada nueva generación. Lo digo sin vanidad, pero con cierto orgullo, el orgullo de quien ha trabajado y dedicado su vida a la realización de una cosa que no le ha quedado del todo mal. Por lo menos defendería el tiempo y la pasión que le he dedicado a la escritura. Ha sido el único de mis destinos, no tengo ni tendré otro. El espacio que una obra crea es el espacio futuro donde el autor va a sobrevivir. Uno se crea su propia dimensión, o al menos se crea la ilusión de esa dimensión, porque sin esa ilusión no se puede seguir escribiendo. La escritura es un trabajo de muchos años y de mucha soledad, un trabajo cuya remuneración es escasa, y al final uno ha dedicado su vida a algo que es completamente invaluable, pero que será evaluado con el tiempo, y el grado y la intensidad de esta dedicatoria formará parte de esa evaluación futura.
El espacio que se crea a sí mismo cuanto escribí hasta hoy, se vuelve cada día insospechado y enigmático. Me va dando sorpresas. Partes de esa obra interesan en este momento, otras no. Una de tales sorpresas ha sido El hombre discursivo. Me ha producido un verdadero asombro. Es uno de mis libros que más críticas ha obtenido, cinco en total hasta ahora. Tal número no es corriente para ningún escritor cubano, lo más que un libro alcanza entre nosotros no pasa de dos críticas. Contando la de la presentación, que el autor pide a un amigo o la editorial se encarga de pedírsela a alguien, y a esto se reduce la apreciación escrita que el libro va a tener. A su lado pondría la opinión oral, vertida en los corrillos y en las tertulias de café, durante un paseo o por teléfono, el habitual diabolismo de los escritores, la opinión expresada en una frase que se propone la negación o el elogio ambiguo, y que tampoco o escasas veces, desgraciadamente, llega a oídos del autor. Sin duda, la escritura literaria es un oficio muy solitario.

Yinett Polanco

16-10-2006
Fuente: La Jiribilla

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