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Guillermo Martínez: ''La ironía nos salva del óxido del tiempo''

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Guillermo Martínez: ''La ironía nos salva del óxido del tiempo''

La última novela de Guillermo Martínez es La muerte lenta de Luciana B., una historia entre dos escritores y una joven que sucesivamente trabajó con ambos. Como en el resto de su obra, ni el suspenso ni la paradoja están ausentes. El lector decide.

Tu último libro es La muerte lenta de Luciana B., pero pregunto por uno anterior, Borges y la matemática, publicado por Seix Barral

Bueno, leí y revisé la obra de Jorge Luis Borges y encontré que realmente había algunos elementos recurrentes, que identifiqué inmediatamente como ficciones que tenían su germen, su primera inspiración, en ideas matemáticas. Un caso claro es el apunte que aparece al final de La Biblioteca de Babel. Ya toda la idea de La Biblioteca de Babel tiene un aire matemático.

Por lo menos, geométrico...

Por lo menos geométrico, claro. Pero hay varias ideas matemáticas allí, en cuanto a la finitud de la biblioteca, la manera en que describe como estaban compuestos los volúmenes, los anaqueles hexagonales. Al final, hay una frase que es casi una ironía donde dice que toda la Biblioteca de Babel se podría resumir, en realidad en un solo libro, un volumen sedoso, de páginas que se desdoblan incesantemente, dice. Y esa es la idea que luego da origen a El libro de arena, un texto muy posterior pero cuyo germen ya está ahí. Y que es una idea totalmente matemática, la idea de los números fraccionarios, la idea de que un segmento finito se puede subdividir infinitamente, de manera que no hay un número siguiente al cero. No hay una página siguiente a la inicial. Entre la tapa y la primera página, siempre hay infinitas páginas. Si bien están todos los libros allí, esto impide, de algún modo, leer con sentido porque es imposible continuar rumbo a la próxima página. En la Biblioteca de Babel están todos los libros, pero cada uno de ellos tiene su orden. En El libro de arena, en la otra biblioteca, también está todo el material, pero no se sabe de qué manera leerlo. Estas son algunas de esas ideas matemáticas.

Luego, en mi libro, muestro algunas otras. Otros escritores y ensayistas habían trabajado con esta contingencia. A mí, lo que me interesaba era establecer alguna cierta vinculación de tipo estilística, tanto en el credo artístico de Borges, como él lo enuncia en varias ocasiones, por ejemplo en su lectura de La filosofía de la composición, de Edgar Allan Poe, o cuando habla del genero policial, cuando se ve la preferencia de Borges por una obra razonada, articulada, precisa, esa predilección que él tiene por lo algebraico en literatura, en todo caso. Para mí Borges procede como un matemático en este sentido: cuando concibe una ficción, la rodea primero de ideas semejantes, tanto en El Aleph como en Funes el memorioso y en otros muchos textos. Él, inmediatamente, comienza con analogías con otras historias de la literatura universal y luego suministra su propio ejemplo. Y allí está ese intento de rastrear, dentro de los ejemplos particulares, lo genérico, lo universal que él captura. Entonces su ejemplo, su propia ficción, se inscribe en ese conjunto. Y a la vez tiene la fuerza de lo particular y, digamos, la generalidad de hablar por una serie, por un conjunto de textos.

Esa precisión que describís, ¿se detecta, por ejemplo, en cuentos como La muerte y la brújula, donde todo aparece como "matemáticamente perfecto"?

Sí, con el detalle que La muerte y la brújula tiene, justamente, la precisión adicional del mecanismo de relojería de un policial. Pero en muchos otros textos, no necesariamente policiales, también está ese trabajo riguroso de la búsqueda del adjetivo, el cierre de una frase, la última palabra, la música del texto. Precisión, por supuesto, no en un sentido estrictamente matemático, sino precisión artística, una precisión deliberada.

Hay un Borges con una estética del trabajo, de la corrección, que hoy está como cuestionada: en la Argentina hay corrientes estéticas en pugna y hay una corriente o una tendencia que prefiere el aspecto desmañado, el aspecto autobiográfico confesional inmediato o la sensación de "vida caótica", en contraposición con esta idea de una obra artística artesanalmente fabricada, totalmente concluida y largamente pensada. Son, casi diría, formas diferentes y contrapuestas de "estar" en la literatura. Y creo que lo importante no son las teorías sobre la literatura, sino el talento de los escritores. Eso es lo que define.

Borges, precisamente, decía que no le interesaba la historia de la literatura, sino la literatura.

Y a muchos les interesa la historia de los sucesivos procedimientos formales y a otros los textos que resultan de esos procedimientos formales.

¿Fuiste un gran lector de Borges o lo leíste con particularidades y entre tantos otros?

A Borges lo leí de una manera no sistemática a lo largo de muchos años, sobre todo las ficciones. Luego hubo un período en que descubrí sus ensayos, todos interesantísimos, y los descubrí en momentos en los que yo mismo quería convertirme en escritor. Entonces era como me hablaban al oído de una manera difícil de encontrar en la literatura, justamente. Porque hay en Borges siempre un intento de hablar de literatura sin "guitarrear". Esta especie de búsqueda de rigor también está en su manera de referirse a la literatura. No es demagógico cuando habla de literatura, no apela a metáforas fáciles, no apela a sentimentalismos. Tiene una manera de hablar que es muy conceptual. Es notable, sobre todo, la falta de complejos que tiene para referirse a la literatura. Realmente es una persona que siente que está a la altura de cualquiera y entonces puede derribar con sus sarcasmos a cualquier escritor. Esa manera me hacía recordar un poco a lo que suelen ser los textos marxistas, que se "cargan" todos los prejuicios y normas sociales o morales. Hay algo profundamente iconoclasta en muchas de las ideas de Borges y eso genera una sensación de libertad muy grande.

Olvidé a Borges durante muchos años y lo redescubrí a raíz de una conferencia que tuve que dar, y retomé toda su obra. Ese momento también coincidió con la aparición de sus Textos Recobrados, que son extraordinarios, y completan y dan una imagen totalmente distinta del Borges que aparece recortado en su obra. Se trata de una colección de ensayos que fue publicando a lo largo de su vida, donde se percibe la primera fragua de sus ideas, y se ve un Borges polémico, muy polémico, como no aparece tan claramente en las Obras Completas, que son más "civilizadas". Es una obra muy interesante, en la que hay textos formidables. Personalmente trato de rescatar algunos en Borges y la matemática: por ejemplo hay un pequeño texto muy gracioso sobre las leyes del género policial, otro sobre la Filosofía de la composición de Poe, muchas reseñas. También se advierte el Borges crítico. Fue un momento en el que me reencontré con toda su obra. Y cada tanto vuelvo a ella. Pero no me siento para nada un "viudo" de Borges o un especialista en Borges. Soy una persona que lo ha leído. Y después lo he leído desde otro ángulo. Digamos que cada tanto, cuando surgen algunas dudas respecto a qué era o qué es la literatura, siempre es bueno releer algunos de sus cuentos.

¿Qué otros escritores argentinos te gustan? Se me ocurre, arbitrariamente, el nombre de Roberto Arlt.

Bueno, de Roberto Arlt leí su obra completa. Y fue una curiosidad: el primer concurso importante que gané tenía como premio la obra completa de Arlt, en tres tomos grandes de tapa blanda. Leí todo y tuve una especie de "frenesí Arlt, recuerdo todavía algunas de sus Aguafuertes e incluí algunas frases en algunos de mis textos. Pero no es un autor al que esté ansioso de retornar ahora. Creo, en todo caso, que mi formación como escritor empezó más con un escritor como Julio Cortazar que con Arlt. Luego, otro escritor importante para mí, un referente, fue Abelardo Castillo. También Daniel Moyano, que está siempre a punto de volver a aparecer y cae otra vez en el olvido. Y Liliana Heker o Alicia Steimberg y su primer libro, Músicos y relojeros, que es formidable. Eran otras estéticas, a la vez. Creo que hay toda una estética de los años ´60 que me influyó en cuanto a cierto rigor en la construcción, en la estructura, en la búsqueda de los adjetivos, cosas que todavía para mí son importantes.

Cuando leí Acerca de Roderer, y sin olvidar que se trata de ficción, de literatura, se me ocurrió preguntarme, entonces sin respuesta, cuál de los dos protagonistas se aproximaba, acaso, a vos, cuál, de ambos, podía ser tu alter ego. ¿El que se fue y volvía o el que se quedaba?

Muchos los leyeron de esa forma, como un avatar del tema del doble. A mí, sin embargo, lo que me interesaba era el personaje del genio esquivo de pueblo, en el que, incluso, es imposible saber hasta donde es verdaderamente un genio o es una especie de farsante fracasado, que se enmascara precisamente en el fracaso: hay una especie de reclusión que es la máscara de algo que, en realidad, no existe por debajo porque no hay posibilidad de confrontación con nada externo. Conocí a algunos de estos personajes en distintos ámbitos, cuando comencé la universidad, luego en Buenos Aires: cada tanto había una pista de la realidad que me volvía a mostrar este fenómeno, aquella persona que en apariencia es genial, tiene un discurso que parece genial, pero al "rascar" un poco y de pronto surgen las dudas. Y las dudas, a la vez, no son lo suficientemente fuertes como para descalificarlo definitivamente. Me interesaba, sobre todo, ese personaje.

La segunda cuestión era como tratarlo dramáticamente, como lograr que ese personaje interviniese, dramáticamente, en una novela. Acerca de Roderer supone el tema de la iniciación y tenía muchos ejemplos, muchos modelos posibles a considerar. El más fuerte, con el que me manejaba en ese momento, era el Doctor Faustus, de Thomas Mann. Pero en el Doctor Faustus, para mí, el personaje que es su contrapartida, Adrian Leverkuhn, que además es el narrador, estaba como demasiado subyugado. Está todo el tiempo esculpiendo la figura de bronce del héroe. No tiene dudas. Lo admira de manera abyecta, casi. Y no me interesaba eso.
Por eso pensé en alguien que fuera lo suficientemente inteligente como para sentirse en peligro con respecto al que acababa de llegar a su pueblo y, a la vez, para intuir sus propias limitaciones, lo que también forma parte de la inteligencia. Lo admira, no está seguro hasta qué punto el otro es genial y se establece un juego de admiración, envidia, recelo. No lo planteé como una conversación “entre yo y yo”, sino como la interacción de un personaje interesante y particular que debe, necesariamente, interactuar con otro.

A lo mejor suena absurdo, pero apenas terminé Acerca de Roderer, se me ocurrió releer Bartleby, el escribiente, de Herman Melville.

Es que de alguna manera se trata de opuestos. Se supone que Roderer, más allá de estar equivocado o no, lucha. Bartleby no hace nada, abandona antes de empezar. Siente, desde el principio, que nada tiene sentido. Bartleby, el Funes de Borges, Roderer son como una familia de personajes solitarios difíciles de comprender, relativamente inaccesibles para los protocolos y las relaciones humanas habituales.

¿Se parece Kloster, uno de los personajes de La muerte lenta de Luciana B., a Roderer?

Muchos me han dicho que allí hay algo de la atmósfera que rodea a Roderer. Diría que, sin que me lo propusiera, porque esta novela, originalmente, iba a ser un cuento, hay algo de los universos de mis tres novelas anteriores. Hay crímenes y el juego planteado por las conjeturas como en Crímenes imperceptibles; está presente el mundo de los escritores, como en La mujer del maestro, y una acechanza de lo diabólico, una especie de inminencia de lo sobrenatural que no llega a expresarse, pero que está como al espera, como en Acerca de Roderer.

Incluso, La muerte lenta de Luciana B saldrá ahora editada en inglés por Penguin Books y le cambiaron el título: se llamará The book of murder, que me parece que es un muy buen título, y en la tapa hay un libro del cual sale una llamarada, que alude a algo parecido a los "fuegos infernales". Existe algo de eso en la novela: desde Roderer yo no conseguía expresar esa clase de dramatismo que apunta a lo sobrenatural sin la necesidad de subrayar esa presencia.

Las semejanzas concurren pero creo, al mismo tiempo, que se trata de una novela bien distinta. En general me gusta pensar que mis novelas son distintas entre sí. La muerte lenta de Luciana B es casi una obra de teatro, tiene una estructura deliberadamente reducida. Son tres personajes, con dos versiones que se confrontan, y luego aparecen otras dos posibles conjeturas más. El lector tiene que decidir sobre una serie de hechos que están allí, a la vista de todos, con cuatro posibles conjeturas diferentes que podrían explicar esos hechos…

Y otra vez surge la conjetura como parte de tu otro universo, el matemático...

Exactamente. Para mí hay dos elementos que son permanentes: el suspenso, como elemento narrativo, que me interesa, me gusta como lector y me gusta como escritor, y lo "conjetural". Si tuviese que decir cuál es la forma de mis novelas, tiene que ver con una idea de suspenso, en el sentido de que el lector no puede anticipar desde el principio qué es lo que va a ocurrir o cómo se va a desarrollar dramáticamente la secuencia de acontecimientos. El suspenso es fundamental. Y el otro elemento está relacionado con la cuestión de la "vida de las conjeturas". Estamos acostumbrados a pensar que la única verdad es la realidad o que el hombre no es más que la serie de sus actos. No. La realidad y las conjeturas, los actos y las deliberaciones que los anteceden o los suceden, y los intersticios de vacilaciones que hay entre acto y acto. De esto también está hecha buena parte de la literatura, por ejemplo la literatura de Henry James.

¿Cuándo sentís que una novela, un cuento o un ensayo está definitivamente concluido?

El momento que más disfruto de escribir se produce cuando termino un primer borrador y puedo comenzar a corregir. Para mí escribir es, sobre todo, corregir. Y llego a un momento en el que la nueva corrección, cuando la releo, empeora la versión anterior. En ese momento decido que el texto está listo.
Cotejo opiniones una vez que estoy absolutamente seguro de que hice todo lo que pude. Cuando noto esto, consulto. Y en general las respuestas son buenas porque uno, generalmente, siempre está leyendo sobre la misma huella. Entonces de pronto, con una lectura ajena, aparecen cosas que no había visto de tanto ver.

¿Qué tipo de literatura no escrita originalmente en castellano te atrae?

Sigo un poco Ian Mc Ewan, a Philip Roth. También leí a Sandor Marai, con no tanto entusiasmo como la moda lo sugería, al israelí Edgard Keret, que me gustó mucho, a Coetzee, que me interesó, aunque parcialmente. No estoy totalmente atento a todo lo que se edita pero soy ecléctico. Me gusta, sobre todo, confrontar con un libro con el cual yo no tengo nada que ver (en general sé que es lo que más me gusta), para tratar de dejarme sorprender o dejarme convencer por otras estéticas. A esto lo disfruto mucho, imponerme, de alguna manera, algo que en principio no me intensa.

¿Y qué texto o qué autor han logrado sorprenderte

Bueno, uno de los autores que descubrí y re descubrí, fue Thomas Mann, quien en una primara instancia me parecía impenetrable, insufrible, pesado o arcaico. Comencé, en mi adolescencia, leyendo La montaña mágica, y se me perdían todas las conexiones y todo lo vinculado con lo existencial, lo político o con el ascenso del nazismo. Se me escapaba la ideología de la época. Más grande y con otra edad regresé a Thomas Mann y leí Muerte en Venecia y el Doctor Faustus. A los libros, muchas veces, hay que esperarlos.

Luego, durante unas vacaciones, encontré en una librería de libros usados los dos tomos de La montaña mágica y los volví a leer y el texto me encantó. Otro escritor al que he leído mucho es Truman Capote, de quien, además, hay alguna referencia en La muerte lenta de Luciana B.. Y estoy leyendo a un escritor argentino que me sorprendió: se llama Lázaro Covadlo. Reside en España, perteneció al "club" de Enrique Vila Matas y tuvo una vida muy rara. Es como Felisberto Hernández pero un poco más trágico y más siniestro. Está cerca del absurdo, es muy extraño, pero es auténticamente extraño. No es que se las da de raro. Es una especie en sí mismo. También he leído todo lo que ha escrito Witold Gombrowicz. Me gusta mucho.

¿Y de los argentinos contemporáneos?

Bueno, incluso antes de ser uno de mis mejores amigos en la literatura, ya me gustaba leer a Pablo De Santis. Tanto él como yo creemos en la ficción como un mundo relativamente autónomo, apostamos mucho a la imaginación. En nuestras obras siempre hay algo de imaginación, de exceso, de construcción, de artificio, si se quiere. No estamos demasiado anclados en la realidad político-social de la Argentina de los años ´90, por ejemplo. Ninguno transitó ese costumbrismo. De Alan Pauls me interesa su tratamiento del lenguaje. Hay una tendencia que indica que escribir bien está mal y Pauls siempre se ha ocupado de escribir bien. Su mundo narrativo, en general, me gusta menos, pero su estilo y su forma son muy buenos. Me he interesado parcialmente en sus novelas, pero me gustan sus ensayos. También he leído parcialmente a Juan José Saer, a Ricardo Piglia, a Cesar Aira: una de sus últimas novelas, Parménides, me pareció extraordinaria.

Elegí, para vos mismo, un par de obras a las cuales releerías.

En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, sería una. Tuve una de las experiencias de lectura más extraordinarias que recuerde en los meses que estuve leyendo a Proust: era como que había pasado a otra realidad paralela. La fuerza de la atmósfera creada por Proust fue, por esos días, como la vida más real. Y a una edad en la que ya no me impresionaban tanto los libros. Es un libro para releer y para seguir aprendiendo. Estéticamente me siento un poco alejado, pero lo releería. También volvería a cualquiera de los textos de Henry James, que de hecho releo: Los papeles de Aspen es, para mí, una obra maestra. Otra novela sería El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell. Y el cuarto libro que me gustaría leer completo, son las Memorias de Casanova. Una excursión a los indios ranqueles, de Lucio V. Mansilla, es extraordinario: lo acabo de leer hace poco y sin dudas lo releería pronto y sin ningún problema. Y tiene que ver con la ironía: lo que salva a los escritores del paso del tiempo, del óxido del tiempo, es la ironía y la auto ironía.

Por Martín Zubieta

12-01-2008
Fuente: Bariloche 2000

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