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Se escribe cada vez peor

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Se escribe cada vez peor

Conocida como el arte de dar forma a los signos de una manera expresiva, armoniosa y elegante, la caligrafía ocupó hasta algunas décadas atrás un lugar muy importante en los primeros grados de la escuela primaria.

Mi generación debía escribir bien en relación con la gramática (principalmente con la ortografía, concordancia, sintaxis, morfología, semántica), con los contenidos conceptuales y expresivos de las oraciones y los párrafos, y con la grafía, es decir la forma de dibujar las letras del alfabeto para que fueran legibles y armoniosas.

Para lograrlo, existían reglas que daba gusto aprenderlas con la ayuda de las maestras. Tener buena letra y organizar correctamente la oración era un valor estético de lucimiento muy apreciado. Lo contrario quedaba como deslucido, aunque se tratara del alumno más inteligente del curso: algo equivalente a estar vestido de fiesta pero con los zapatos sin lustrar. Por cierto, nadie se sentía humillado ni discriminado pues teníamos sed de aprender.

Como se escribía de puño y letra, es decir, con "manu scripta", tanto en el aula como en "el hogar", había que hacer buena letra y si uno tenía la desgracia de tener letra fea debía mejorarla con la invalorable ayuda de la señorita, la mamá de uno, el libro Upa, textos de lectura y los hermosos cuadernillos de caligrafía de la época.

Si escribir bien era un arte, todos queríamos ser artistas, pero no resultaba fácil, salvo para las niñas, que solían hacer linda letra naturalmente. Pero tanto los de linda como los de fea letra sabíamos cómo se dibujaban correctamente en cuanto a la forma, dimensiones, proporciones, curvas, inclinación adecuada, armonía y elegancia, tanto si eran minúsculas como mayúsculas, y todos poníamos empeño en mejorar.

El celo de las maestras por enseñarnos a escribir bien era emblemático, todas tenían una caligrafía hermosa y jamás el más mínimo error de cualquier clase. Ellas eran nuestros modelos a imitar. Su constante inspección de los cuadernos, sus señalamientos siempre justos y las necesarias correcciones que indicaban, terminaban haciéndonos tomar conciencia de nuestra letra desmañada, así como de nuestras debilidades gramaticales. En consecuencia, uno sabía las formas normalizadas y todas las reglas.

Hoy las reglas no se enseñan, acá, en América Latina y en España, ¡por supuesto! En el resto del mundo desarrollado sí.

Hoy, cuando la caligrafía tiene estatus universitario y profesional pues existe la carrera de perito calígrafo y se estudia caligrafía en diseño y decoración en relación con la publicidad y con los logotipos de marcas comerciales e institucionales; cuando ella tiene una estrecha relación con el dibujo y la pintura como expresiones artísticas; cuando constantemente se diseñan nuevas tipografías; hoy, pues, la caligrafía en líneas generales está prácticamente ausente del aula (salvo honrosas excepciones) como espacio disciplinar y como aprendizaje concreto.

Actualmente los alumnos escriben cada vez peor en cuanto a las reglas gramaticales y horriblemente en cuanto a caligrafía. Evidencia de males mayores, como las tremendas dificultades para la producción y comprensión de textos, para la lectura mental y en voz alta, siendo su capacidad de expresión oral casi nula, en tanto que escribiendo son cada vez más elementales.

Sin olvidar que muchos de ellos escriben con letra de imprenta todos los textos pues no saben hacerlo en cursiva, justamente el estilo en que se puede ser más personal y en el que las consideraciones estéticas importan valores agregados al contenido de la palabra y de la comunicación, algo de lo cual la mayoría se desayunará al ingresar al mercado del trabajo.

"Los chicos escriben cada vez peor...", e'cir... osea... Es que escriben como hablan. La sensación generalizada de los docentes de los niveles secundario y terciario es la de estar frente a una situación catastrófica ¡y ni qué decir la que tienen los profesores universitarios!

¡Cuántas veces nos hemos encontrado con que al devolver una prueba escrita a un alumno para que nos la reescribiera legiblemente, o si deseaba nos la leyera en voz alta, no pudo hacerlo porque ni él podía desentrañar los rústicos jeroglíficos en los que había vertido su creativo galimatías!

Ante este estado de situación que ya es internacional, ¿qué se está diciendo cuando se afirma que la Argentina se halla dentro de los cuatro países con menor tasa de analfabetismo de América Latina? ¿De qué tipo de alfabetización estamos hablando: de una de primera calidad o de cuarta...?

Cómo se llegó a esta situación es una larga historia. Lo cierto es que hoy resulta muy fácil argüir que la secuencialidad de la lectoescritura se vio reemplazada por la cultura audiovisual, basada en la simultaneidad de la percepción de la realidad, generándose así la pérdida del hábito de la lectura y del estudio y la producción de textos que exigen consumo de tiempo.

También se escucha con frecuencia que hoy no se lee porque los alumnos pasan demasiado tiempo viendo televisión o internet. Y que en la escuela la maestra les pide que hagan las tareas en la computadora porque si no ella no entiende lo que escribieron; que tienen un vocabulario muy exiguo; que los mensajes de texto por celulares coadyuvan a la reducción expresiva, etc., etc.

Y si bien esos argumentos encierran cuotas de verdad, los extravíos de la escuela en esta materia comenzaron antes de la aparición de la informática y los celulares. Pero no pienso culpar al bolígrafo por desplazar a la estilográfica, ni a ésta por desplazar a la lapicera de pluma fuente, sino a la iconoclasia reformista de los '80, cargada de demagogia y facilismo, que con el pretexto de no consagrar estándares que fueran representativos o más accesibles para las clases altas, buscaba admitir las formas de comunicación y expresión de los sectores de clase baja para realizar así una supuesta democracia pedagógica. Semejante consideración, netamente ideológica, para nada pedagógica, terminó nivelando hacia abajo los desempeños en materia lingüística.

No obstante, aquellos especialistas con poder político-técnico involucrados oportunamente en su aplicación creen que así implementaron principios de justicia e igualdad al suprimir los desempeños extremos (los mejores y los peores). Si eso es lo que buscaban, el resultado sólo ha sido una mediocridad igualitarista de lo más aberrante, pues a juzgar por sus resultados pareciera que es obligatoria.

Otros aducen que la grafía es una marca de identidad personal que no se debe contrariar pues se estaría atentando contra el patrimonio individual del alumno, a la vez que se lo sometería a vejámenes inenarrables. Falso de toda falsedad: a escribir bien se aprende, pues no es hereditario tal desempeño y lo que todo ser humano desea y valora es que le enseñen a ser mejor y a escribir mejor, para no tener que lamentarlo en el futuro. Por otra parte, ni lo identitario ni lo idiosincrático es ni debe ser jamás un lecho de Procusto, ¡menos aún tratándose de niños!

Lo cierto es que los intelectuales argentinos responsables de esta situación constituyen una corporación cerrada que desde varias décadas atrás se mantiene firme en los puestos de conducción educativa, unificando así el poder de los ámbitos políticos, ministeriales, académicos, culturales y editoriales.

Como expertos reconocidos mundialmente por su capacidad para efectuar complejos diagnósticos de lo evidente y su incapacidad y perpetuo fracaso para las transformaciones concretas se da por descontado que la situación no se revertirá, sino que, por el contrario, aumentará.

Por empezar, muchos padres prefieren que los chicos gocen la escuela en lugar de sufrir el aprendizaje de tablas de multiplicar y dividir y las torturantes reglas de ortografía, o tener que llevar un pesado diccionario todos los días.

Incluso, demasiados colegas ya sostienen que no es importante la caligrafía de los alumnos, sino que... ¡lo importante es que se expresen!

Por Carlos Schulmaister
Profesor de Historia

04-03-2008
Fuente: Río Negro

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