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Fabián Casas: El trabajo del escritor invisible

Diferencias. Según Casas, "el periodismo te permite escribir aunque no pongas el alma. Un escritor hace lo contrario". (Foto: C. Muti)

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Fabián Casas: El trabajo del escritor invisible

Fabián Casas, 1965, porteño de Boedo, recicla cualquier imagen del fondo de su memoria como detonadores de su narrativa.

La facultad de recuperar un genial instante grotesco en el velorio de la propia madre, una foto de Julio Iglesias con sombrero de paja en la tapa de un disco olvidado, la desbandada de una patrulla de hinchas perdidos tras una goleada histórica, los sentimientos agolpados cuando el ventarrón cierra la puerta y quedamos del lado de afuera con la bolsa de basura en la mano. Fabián Casas, 1965, porteño de Boedo, recicla cualquier imagen del fondo de su memoria como detonadores de su narrativa. Las atrapa al vuelo convirtiéndolas en puentes hacia cosas inesperadas aunque conocidas: la soledad, el pánico, el amor, los lazos con los otros, la bondad.

Como para los linyeras, cualquier cosa levantada en la calle puede ser útil para un narrador o un poeta. Hace unas semanas, en el Festival de Poesía de Rosario, Casas habló de su peluquero. Se llama Mateo y lo describió como un ser ocurrente, fanático de los libros de autoayuda, obsesionado con ofrecer un buen servicio. "Es un tipo que al hablar estimula mucho el oído. Hace poco me dijo: «Todas las noches le rezo a Dios para que haga nacer nenes con dos cabezas». Esa frase tiene para mí tiene la potencia necesaria para iniciar una novela o un poema".

Casas se gana la vida como periodista. Tiene una decena de libros escritos, entre cuentos, poesía y otras variantes narrativas como su último trabajo, Ensayos bonsai. Aquí recopiló publicaciones de textos breves —unos cuantos originarios de sitios de Internet— donde se cruzan recuerdos de canciones, ideales revolucionarios, películas, poetas, mofas al periodismo deportivo, novelas familiares propias y ajenas. Temas como gatillos infalibles para derivar al habla de otras cosas. Más que para contestar, para hacer surgir nuevas preguntas, estado que al autor encuentra más interesante.

En el programa narrativo de Casas hay una reivindicación espontánea: el robo. El trabajo del escritor es unir las cosas dispersas que ha recibido, como la plegaria del peluquero, para armar con ellas cosas nuevas. Surge en la charla la mención casual de una frase que describe la encerrona del protagonista de uno de sus cuentos: "Estaba en el fondo del hecho consumado". Casas invoca a su autor. "Eso no es mío. Se lo afané a Gombrowicz. Pero es una oración en un texto que tiene un recorrido nuevo. Vivimos afanando. La literatura es algo que surge de una experiencia ritual colectiva. Yo me imagino a mí mismo como un soldador, como dice un poema de Martín Gambarotta, voy juntando y pegando cosas, para hacer otras".

—¿Hay cosas personales de las que uno debe liberarse para escribir?

—Creo que hay que liberarse de la necesidad de tener que representar un poder. Me interesa la posición de Lacan cuando pregunta no por qué hacemos algo sino para quién. Siempre hacemos cosas para que otro gigante que nos maneja la vida venga a sancionar y dictamine. Si nos liberamos de eso permitimos que nuestra vida, nuestro lenguaje, salga del cliché cotidiano. Un escritor tiene que trabajar en contra de su habilidad. En el periodismo adquirimos un oficio que ante el cierre, en una hora, te permite escribir algo aunque no pongas el alma. Un escritor tiene que hacer todo lo contrario. Tratar de generar que en la vida todo sea más riesgoso te coloca en un mejor lugar de producción. Donde está el peligro está la salvación.

—Varias veces hablaste del peligro en la literatura ¿Cuándo un libro es peligroso?

—Cuando coloca en peligro al tipo que lo escribe. Hacer un libro peligroso es ser capaz de gastar un montón de tiempo en algo que puede interesarle a nadie. Otra vez Lacan, con su definición del amor: "Dar algo que uno no tiene a alguien que no lo quiere". Una ética de Saer, por ejemplo, es haber escrito libros para nada y nadie, pero siendo completamente riguroso con su propósito y su idea. Yo encuentro determinados tics y palabras que me han ido acompañando. Palabras, no temas, que en algún momento reverberaron y que yo encontraba como nuevas. Muchas de esas palabras enloquecieron para mí, dejaron de decirme cosas nuevas, se institucionalizaron dentro de su mismo discurso.

—Dejaron de ser peligrosas.

—Claro. Yo las identifico para retirarlas. Si al ver eso sigo haciendo lo mismo, insisto en lo que ya funcionó, no produzco nada nuevo, me condeno a mí y a quienes puedan leerme. Aún cuando cambiar implique que los que te siguieron te rechacen. Es la gran enseñanza de Bob Dylan en la canción "La granja de Maggie": "Tengo la cabeza llena de ideas/ que me están volviendo loco/ pero aquí me hacen lavar el piso y es una lástima/ No voy a trabajar más en la granja de Maggie". Dylan dice: "hago lo que yo quiero, me insultan un montón, pero toco lo que me importa".

—¿De dónde viene lo que te lanza a escribir? ¿Las ideas surgen escribiendo o están antes?

—El mayor estímulo es lo que empiezo a descubrir en nuestra vida cotidiana. Nuestra vida es un cliché conmovedor. Instalado por la palabra, por las instituciones, por nuestro diálogo interno, todas esas cosas que nos van paralizando, con una necesidad constante de representación en los demás, en lo que esperan los demás y en lo que te devuelven. Mis textos provienen de viejas preguntas. Empiezo a pensar un ensayo y lo hago desde un lugar frívolo y estandarizado. Soy normal, como todo el mundo. Es preferible esperar si lo que uno va escribiendo no lo representa, de modo que aquello irrumpa, para ser dicho por lo que tenés que decir. Como dice Jung, esperar a ser tomado por el arquetipo. Para mí es necesario eliminar la importancia personal. Zafar del canon. Estuve viviendo en Vietnam y aprendí allí el concepto japonés de wabi: tiene que ver con la pobreza voluntaria, algo distinto a la pobreza que está condenada tanta gente en el país. Si con dos manzanas estoy bien para vivir no necesito tener cinco. Allá los tipos, yo lo percibí así, tienen una impronta de invisibilidad. El que hace bien su trabajo es invisible.

"En Vietnam los tipos estaban acostumbrados a un pensamiento paradójico. Nosotros no toleramos eso y vivimos con antinomias: Menotti o Bilardo, Perón o Yrigoyen, Soda o los Redondos. Hay un montón de cosas en la vida que no pueden ser pensadas así. En un mismo momento y situación una cosa puede aparecer como opuesta a otra. Pero las dos cosas pueden contener verdad. Aceptar la contradicción y que te juzguen contradictorio".

Puede sonar curioso que justo cuando está diciendo cosas para un diario Casas hable de ser invisible. Pero se explica. Habla de eludir un matiz cultural predominante que, según dice, premia la exposición y por eso mismo castiga la exclusión. Y construye todo el tiempo falsas alternativas dicotómicas.

Casas dice que al preparar los ensayos del último libro la determinación de la edición fue casi no corregirlos. "Si tiro cuatro definiciones de lo que es un clásico y alguna se pisa con la otra prefiero que conviva ese sistema paradójico. No escribo para ganar un premio ni para superar a otro escritor".

El epígrafe de Ensayos bonsai fue tomado de una máxima de arquería que propone aprender no de los tiros que se aciertan, sino de los que se yerran. "Lo que escribo es provisorio, surge de un pensamiento en curso y no terminado, por eso está buenísimo para mí que venga alguien y me diga que puedo corregir lo que escribí, modificarlo para hacerlo mejor. Creerse el mejor escritor latinoamericano o de Boedo te convierte en un esclavo. Cuando lo veo a Lanata decir que va a hacer el mejor diario lo que veo es un esclavo. Un tipo con la necesidad constante de representar un poder. ¿Cuál es la opción ante esto? Ser invisible, hacer tu trabajo y dejar que las cosas funcionen como tengan que funcionar. Escribir pensando que tu lector tal vez todavía no haya llegado al mundo".

21-12-2008
Fuente: La Capital

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